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Ser Ja y Ku

Ando nadando

en un mar de palabras.

Me estoy ahogando.

¡Resurrección!

Es el grito inaudito

del enterrado.

Una sonrisa:

es lo que ando buscando

en tanto llanto.

Musa, me arañas.

Usa menos las uñas

y más las mañas.

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Hoy me han hecho un TAC

¡La Vin qué susto! El que debía de dar yo cuando me quedé en calzoncillos y camiseta y me puse la bata azul de papel cebolla sin mangas. Lo que habrían disfrutado mis enemigos de la ESO haciéndome una foto en tal atuendo.

¡La Vin qué susto! El que yo sentí cuando vi que la máquina me metía pa dentro, porque yo me di cuenta de que por allí no me cabía la cabeza. Y yo me decía: “Verás tú… Como la enfermera no esté atenta, este bicho me descuerna para siempre”.

¡La Vin qué susto! El que me invadió cuando vi que me había salvado de la máquina horrenda, pero no de mi horario. ¡Que todavía me quedaba tiempo para cumplir con mi hora de mayor de sesenta años en el instituto! ¿Qué hacer: volver al instituto a hacer acto de presencia, o marcharme a mi casa, acogerme a sagrado y cometer omisión de ausencia en el instituto?

Ha ganado el sagrado. Mis ancestros católicos, que pesan mucho. Tanto, que mientras yo yacía desnudo e inerme ante la demoníaca máquina, mis alumnos de Latín tenían que estar trasegando y rumiando la hierogonía que les había dejado: Fides et spes la he titulado, como si fuera una encíclica de Pablo VII –el Papa que yo tendría que ser en unas pocas semanas- a los fieles o infieles de La Piñera y El Saladillo.

Y ahora vuelvo a la Negramática; que, de tantos exámenes como tengo en la Negra Carpeta (la Carputa), algunos tendré que llevar corregidos mañana.

Vida y muerte

Así es la vida:

cuanta menos me queda

más la valoro.

Así es la muerte:

cuanto más me amenaza

más la desprecio.

Yo también pillé suspensos.

No muchos, no se crean. Exactamente tres, en los doce años que transcurrieron desde 1º de Bachillerato, para mí 1º de Latín y Humanidades, y 5º de Filología Románica. Por eso los recuerdo bien, porque fueron pocos.

El primero me llegó poco después de dejar el Seminario Menor de San Cecilio de Granada. Estaba en 5º curso, y con el visto bueno del cura párroco de mi pueblo, que me apadrinaba, en las vacaciones de Semana Santa, decidí no volver. Estábamos en la primavera del 68 –cómo olvidarlo- y yo tenía dieciséis años (inviertan el orden de los dígitos y sabrán los que ahora tengo).

Así que hablé con el Rector y le expuse mi decisión. Y mi petición de que me adelantaran los exámenes finales para poder presentarme a la Reválida Elemental o Reválida de 4º -los seminaristas perdíamos un curso en la convalidación-.

Los curas accedieron al adelanto de exámenes y, efectivamente, pude presentarme a la dicha y dichosa reválida.

Yo  iba bien preparado, y siempre había sacado muy buenas notas. Pero en la prueba del grupo de ciencias me llegó el cebollazo…

Finales de junio. Instituto Padre Suárez de Granada, viejo como un mausoleo, y un calor de derretirse hasta los muros de los edificios. Y ahora resulta que el examen de Ciencias toca por la tarde, a las cuatro. Mis tíos Antonio y María regentaban una portería muy cerca del instituto. Y la familia acordó que yo ese día almorzara con ellos, para ahorrar tiempo. ¡Y cómo almorcé! Se ve que ellos habitualmente comían muy bien, porque estaban gorditos y lustrosos, no como los parientes del pueblo. Y a mí me hicieron comer hasta gloria; y no aceptaban un ya no me cabe más: “¡Cómetelo, verás qué bueno está!… Y ahora un café, para que no te duermas en el examen.” Creo que fue el primer café de verdad que yo tomé en mi vida… Y cuando llegué al instituto, con aquel calor y aquel empancinamiento tan tremendo, con aquel torpor de la sangre y aquel hervor de los nervios… en fin, un desastre. Pero llegó septiembre; y aprobé sin problemas -¡y sin banquete!- aquel examen de problemas.

Y quede para otra ocasión el relato de los otros dos suspensos.