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Conocer el final

A Daniel Moreno López,

ayer alumno del insti y hoy legum peritus.

 

Nos atraen más los principios que los finales, los nacimientos que las muertes. Pero, en el caso de las obras de arte, especialmente para mí del arte literario, las consideramos perfectas, como deben ser, cuando nos atraen sus principios, sus medios y sus finales. Cierto que si yo voy a una librería y cojo entre mis manos una novela que presumo prometedora, casi seguro que me voy derecho a leer el arranque, la primera o primeras páginas. Y no es raro que ese arranque me seduzca hasta el punto de no volverla a soltar sino en la caja, para pagarla una vez que la cajera –o el cajero- me formule el importe.

Las obras maestras de la literatura española, esas por las que siento devoción y que he leído unas cuantas veces, casi en cualquier momento las abriría por cualquier parte y me pondría a leer.

Por eso me choca el infantilismo, la torpe ingenuidad con que algunos se acercan a una obra consagrada por la crítica, a veces por la crítica de varias generaciones o de varios siglos, abominando de que alguien les fuera a revelar algún dato que aparece al final de ese libro. “Ya hace tiempo que deberías conocerlo. Y ya que no, ¿por qué no ahora? Cualquier momento es bueno para conocer. Máxime para saber algo de una obra de la que lo que esperas es que te maraville tanto que, al acabar la última página, ya estés pensando en programar su relectura”.

No son las obras maestras del arte literario, o cinematográfico, o escénico, o musical, las que pierden nuestro interés una vez que conocemos su final. ¿Deja de interesarnos la Novena de Beethoven una vez que hemos escuchado, entusiasmados y sobrecogidos, su cuarto movimiento?

El final que no conocemos, y está muy bien que no conozcamos, es el de nuestra propia vida. Vivimos el presente, recordamos y aprendemos del pasado, proyectamos para el futuro, pero nunca conocemos nuestro final: si acaso, en el instante de producirse. Ni siquiera los suicidas, los que tienen no tentaciones de suicidarse, sino la determinación necesaria para tal crimen. Así, don Ramón Villaamil, el pobre Villaamil, fracasado en todo y hartísimo de todo, en el último instante todavía teme que le falle también aquel revólver que ya toca su cabeza. Pero no…

Retumbó el disparo en la soledad de aquel  abandonado y tenebroso lugar; Villaamil, dando un terrible salto, hincó la cabeza en la movediza tierra, y rodó seco hacia el abismo, sin que el conocimiento le durase más que el tiempo necesario para poder decir: “Pues… sí…”

Espero que me perdonen, si les es posible, y si nunca han leído esta novela. Porque acabo de copiarles el último párrafo de Miau, de Pérez Galdós. Y ya solo puedo disculparme con lo que ahora añado… Hace muchos años que leí por primera vez ese final. Pero con mucho gusto, con entusiasmo renovado, de disponer ahora mismo de tiempo, retomaría esta novela desde su bucólico principio:

A las cuatro de la tarde, la chiquillería de la escuela pública de la plazuela del Limón salió atropelladamente de clase, con algazara de mil demonios.

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