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Adiós a las aulas

Cuando me examiné de la Prueba de Madurez (curso 69-70) había una parte oral en la asignatura de Francés.

-¿A qué trabajo te gustaría dedicarte cuando termines tus estudios? –me preguntó en francés un miembro del tribunal.

-Quiero ser profesor –le contesté.

-¿Por qué?

-Porque durante mis años de estudiante, estas son las dos cosas principales que yo he visto hacer: aprender y enseñar –le contesté en francés.

La verdad es que mis primeras experiencias docentes habían tenido lugar un par de trienios antes de dicha prueba, y no habían sido ni exitosas ni satisfactorias…

Resulta que en aquellos tiempos todavía era normal que a los niños –yo no era tan niño: comenzaba mis trece- se les exigiera alguna colaboración proporcional a lo que se hacía por ellos. Yo era un seminarista que había cursado 1º de Latín y Humanidades gracias al padrinazgo del cura párroco, don Ángel. Y él, en aquel verano, me encargó que correspondiera un poco a lo recibido dando clases de matemáticas a mis antiguos compañeros de acolitado, un año o dos más críos que yo.

Lugar: la cripta de los Villanova, contigua a la sacristía.

Material: una vieja y pequeña pizarra, sin duda procedente de algún derribo escolar.

Alumnos: los antes aludidos: José María el Pechereta, Miguel el Sabanillas, Jesús Bayo… y unas cuantas niñas entre las que destacaba por su silenciosa sagacidad sonriente mi prima Flori.

Aquella tropa no aprendió mucho. Hacía calor. Los muchachos lo que querían era darse un voltio por la vega, robar fruta y bañarse en el estanque de Mediaoreja. Y las niñas igualmente estaban ansiosas por escapar de aquel antro de muertos. Pepito Gatirre  era el más guasón, y pronto me los alborotaba a todos. Imposible explicar allí la raíz cuadrada o la regla de tres. Yo me cabreaba. Y echaba de menos una raíz de pino o una regla de tres cuartas para liarme a palos con unos cuantos.

Algunas de mis clases de este último curso, en los niveles bajos de la ESO, me han recordado aquellos comienzos: voy a terminar mi carrera docente como la empecé, me decía.

Con los mayores la cosa ha sido muy distinta, naturalmente.

Desde aquí a todos, a los mayores y a los pequeños también –qué culpa tienen los angelicos de que este país esté como está- les mando mi abrazo, mi bendición y mis mejores deseos para siempre.

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