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La vida lenta

La vida parece lenta

mientras la estamos gastando.

Cambiamos de opinión cuando

hemos llegado a sesenta.

Grabado en letra de imprenta

leemos ya en nuestra frente:

“Caminante, ten presente

el destino que te aguarda;

comprobarás que no tarda

aunque andes lentamente.”

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Crónica

Entre los muchos dichos, anécdotas, facecias, que los hombres de mi pueblo contaban de Bastianico [gracias, amigo Ico J] el Patillas (él un anciano, yo todavía muy crío), decían que decía: “Tengo tres enfermedades crónicas: asma, mal de azúcar y un güevo como un pipote”. Yo no sé de cuál de las tres moriría. Probablemente en sus últimos días le salió otra, la cuarta, que fue la que le dio la puntilla.

En la vida de cualquiera, tener una enfermedad crónica es lo natural: ¿quién no tiene un defecto, un fallo de fábrica o contraído tempranamente en los años de formación? A continuación, a lo largo de la vida laboral, con sus penurias, carencias, tensiones, encontronazos y traumas, que nos salga otra, llamada o no enfermedad laboral, no tiene nada de raro: por habernos cargado mucho peso, por habernos cargado a muchos alumnos, por habernos pasado muchos miles de horas encadenados a un volante, por habernos pillado un pie con la rueda trasera de un tractor, por habernos caído de un árbol que estábamos podando, de un camión cuya carga estábamos amarrando…

Si tenemos la suerte, a pesar de nuestras dos enfermedades crónicas, de llegar a la edad de la jubilación  con un grado de salud razonable para pasar algún tiempo de paz y no de aflicción, enseguida nos envalentonamos y creemos llegado el momento de rejuvenecernos y de librarnos, por fin y para siempre, de esas dos taras que nos vienen amargando la existencia. Nos hacemos un programa de vida nueva: mucho ejercicio físico, una dieta espartana, y un horario frailuno que parece trazado por un inquisidor de los de la Contrarreforma.

Resultado: pillamos otra enfermedad, que, a esta edad, tampoco tiene vuelta atrás: llega y se queda. Y ya estamos como Adolfo el Patillas.

-¿Qué hacer entonces, cómo vivir, cómo organizarnos, cómo disfrutar, cómo envejecer?

-No hay fórmulas mágicas. Cada uno tendrá que ir viendo lo que más le conviene. Si acaso, podríamos afirmar que ciertos principios generales que nos han ayudado antes cuando los hemos tenido en cuenta (No te engañes a ti mismo, Sé tú mismo, Oye la voz de tu conciencia, Tú no eres el centro del universo ni el ombligo del mundo…) siguen siendo válidos a cualquier edad.

-En cualquier caso, ¿qué viene después?

-Ir a hacerle compañía a Bastianico el Patillas. ¿Quién sabe? Lo mismo sigue teniendo el mismo sentido del humor, y nos divierte con algunas de sus anécdotas.

Un libro

Lo he leído estos días atrás. Pasó que empecé a leerlo en medio del curso, y leí la mitad, doscientas cincuenta páginas, prácticamente del tirón, creo recordar que en el Puente de San Matías. Luego los trabajos del instituto me hicieron abandonarlo. Nunca he sido capaz de acostumbrarme al método de un ratito de lectura cada día, pasito a paso. “Uva a uva, se comió una zorra una viña”, dice el refrán. Pero yo no soy esa zorra, soy la del atracón, la de llegar una noche a una viña y vendimiarla de golpe: “Más vale una panzá que cien panzaíllas”, solía decir un jefe que tuve hace tiempo.

Así que en unos días de la semana pasada, gracias al verano vacacionero, he retomado este libro, he disfrutado primero de releer las doscientas cincuenta páginas que ya había leído, y he continuado hasta el final, hasta el melancólico final, con el mismo impulso.

Ahora, distraídamente, antes de colocarlo en su lugar de la estantería, lo hojeo y me fijo en algunas de las frases que he subrayado. Copio aquí una muy breve de la página 60: “Nací en un planeta, no en un país”. Me gusta esta frase, el rechazo de los patrioterismos catetos que manifiesta. Otras frases históricas y lapidarias de similar contenido recordamos; por ejemplo, aquella tan hermosa del Padre Feijoo: “Para el hombre magnánimo, todo el mundo es patria; para el hombre santo, todo el mundo es destierro”. La del libro al que me estoy refiriendo ahora tiene la ventaja de la brevedad, responde a la sensibilidad funcional y antirretórica de nuestro tiempo.

Y hora es ya de enseñar la portada del libro: Amin Maalouf, Los desorientados. Que yo sepa, es el último por ahora del autor.

Todo lo que he leído de Maalouf me ha encantado. Y en este último el autor me ha parecido igual de sensible y fino que en los anteriores, igual de cosmopolita y de bien orientado.

O sea, es un autor que recomiendo sin reservas: enriqueced vuestro verano con su lectura.

 

Carmen

Ya la segunda quincena

de julio… ¡Virgen Bendita

del Carmen, qué rapidita

se pasa la vida buena!

Pero hicimos la faena

con penurias a racimos.

Y para esto la hicimos:

para que ahora el verano

vaya dando de su mano

frutos dorados y opimos.

Façam copias

En un relato del escritor Don X leemos lo siguiente:

[…] ahora busca entre los papeles de su mesa y elige una carpeta llena de fotocopias de escritos, de copias en papel carbón selladas en la oficina de Correos, prueba fehaciente de que se enviaron, aunque nunca hayan tenido respuesta. Señala fechas, pasa rápidamente de unos papeles a otros, de una solicitud a la de varios años antes, todas escritas en una máquina de escribir mecánica, a la manera antigua, como antes de los tiempos de las fotocopiadoras, con varias copias en papel carbón.

Sin ánimo de incordiar, diré que aquí la expresión “en papel carbón”, que aparece repetida, es incorrecta, un descuido del autor. Porque la copia no se hacía en el papel carbón, sino que este se interponía entre el primer folio y el segundo, y entre el segundo folio y el tercero, si venía al caso, y era en los folios donde se estampaba la copia, mientras el papel carbón iba perdiendo la impregnación que lo hacía servible para el menester.

Como todo el mundo sabe, la gran revolución para la elaboración de copias de un escrito, fue la imprenta. Antes de ella la copia siempre era única y laboriosa: recordemos el ambiente de los escritorios monacales de la Edad Media. La imprenta acabó con todo aquello.

Las copias con papel carbón, utilizable tanto a máquina como a mano, forman parte del ámbito tecnológico de la imprenta: el papel carbón permitía tener en casa, o en la oficina, una modesta imprenta, capaz solamente para tres o cuatro ejemplares.

Luego las imprentas caseras fueron evolucionando, mejorando, aumentando la tirada. Pero seguíamos en el dominio de la imprenta: la hoja de papel -o las hojas- seguía siendo necesaria para cada una de las copias.

Ahora, en estos tiempos de ahora, es cuando se ha extendido la nueva revolución que supera a la imprenta: para la copia no hace falta el papel, sino una pantalla, posible en muy diversos tamaños, acompañada o dotada de un teclado, en la que podemos producir o reproducir infinitos textos de cualquier extensión y de distribución mundial inmediata: un “Rosa, gracias, eres un encanto”, una receta de cocina o El Quijote.

Yo soy un antiguo: sigo enamorado de mi vieja estilográfica Parker de toda la vida, que me regalaron, y de mi vieja máquina Olivetti, que me compré con una de mis primeras retribuciones laborales (la primera la uso algo; la segunda, nada). Pero, pasado el descanso y descongestión vacacionales, se me haría muy penosa la vida sin mi pantalla con teclado y con conexión a La Red, en la que me siento felizmente atrapado.

Otra vez elogiamos a Muñoz Molina

A raíz de que le concedieran, hace tan poco tiempo, el Príncipe de Asturias de las Letras, algún otro escritor hacía bromas acerca de la metonimia aparecida en un titular periodístico: “Un premio a la moral de Muñoz Molina”, o algo muy parecido a eso. Un escritor está en su derecho a sentir envidia –los sentimientos son plantas espontáneas de cuyo nacimiento nadie tiene que sentirse culpable- a sentir envidia por el éxito de un colega. Gestionar ese sentimiento es lo que ya corresponde a la consciencia del envidioso; y, desde luego, hacer unas cuantas bromas basadas en un titular periodístico no parece una de las peores formas de gestionarlo.

Este país, a través de los miembros del jurado de dicho premio, ha tomado una sabia decisión al conceder el prestigioso galardón al jiennense: naturalmente, no solo por su valiente y equilibrada actitud ética, sino por la gran calidad de sus obras literarias.

Este país, perdón por la anáfora, está muy necesitado de aprender de la actitud ética de Muñoz Molina, así como de experimentar las vivencias estéticas –y enriquecerse con ellas- que suscita la lectura de sus obras.

Seguimos siendo gentes rudas, poco civilizadas, poco dadas a sutilezas artísticas, y poco dadas a sutilizas morales. Despotricamos contra los políticos corruptos, que tanto abundan, sin pensar que el resto de la sociedad es el caldo de cultivo que los propicia. La cresta del iceberg no está hecha de materia distinta a la del resto del ente. Lo que ocurre es que la mayoría, siempre pasa, somos gentes anónimas, a las que nadie mira sino los pocos que forman un entorno muy próximo, de los que es fácil zafarse cuando queremos cometer la acción que atenta contra nuestro propio sentido moral, al que acallamos con un “todos lo hacen, no voy a ser yo el tonto que no se aprovecha”. No atendemos a la voz de nuestra conciencia porque somos rudos, y somos rudos porque no atendemos a la voz de nuestra conciencia. Un círculo vicioso.

Está bien que de vez en cuando surja alguna figura notoria de la que podamos aprender una actitud distinta: no queramos ser buenos porque serlo es fácil o bonito, sino porque serlo es nuestra obligación. Y punto.