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Façam copias

En un relato del escritor Don X leemos lo siguiente:

[…] ahora busca entre los papeles de su mesa y elige una carpeta llena de fotocopias de escritos, de copias en papel carbón selladas en la oficina de Correos, prueba fehaciente de que se enviaron, aunque nunca hayan tenido respuesta. Señala fechas, pasa rápidamente de unos papeles a otros, de una solicitud a la de varios años antes, todas escritas en una máquina de escribir mecánica, a la manera antigua, como antes de los tiempos de las fotocopiadoras, con varias copias en papel carbón.

Sin ánimo de incordiar, diré que aquí la expresión “en papel carbón”, que aparece repetida, es incorrecta, un descuido del autor. Porque la copia no se hacía en el papel carbón, sino que este se interponía entre el primer folio y el segundo, y entre el segundo folio y el tercero, si venía al caso, y era en los folios donde se estampaba la copia, mientras el papel carbón iba perdiendo la impregnación que lo hacía servible para el menester.

Como todo el mundo sabe, la gran revolución para la elaboración de copias de un escrito, fue la imprenta. Antes de ella la copia siempre era única y laboriosa: recordemos el ambiente de los escritorios monacales de la Edad Media. La imprenta acabó con todo aquello.

Las copias con papel carbón, utilizable tanto a máquina como a mano, forman parte del ámbito tecnológico de la imprenta: el papel carbón permitía tener en casa, o en la oficina, una modesta imprenta, capaz solamente para tres o cuatro ejemplares.

Luego las imprentas caseras fueron evolucionando, mejorando, aumentando la tirada. Pero seguíamos en el dominio de la imprenta: la hoja de papel -o las hojas- seguía siendo necesaria para cada una de las copias.

Ahora, en estos tiempos de ahora, es cuando se ha extendido la nueva revolución que supera a la imprenta: para la copia no hace falta el papel, sino una pantalla, posible en muy diversos tamaños, acompañada o dotada de un teclado, en la que podemos producir o reproducir infinitos textos de cualquier extensión y de distribución mundial inmediata: un “Rosa, gracias, eres un encanto”, una receta de cocina o El Quijote.

Yo soy un antiguo: sigo enamorado de mi vieja estilográfica Parker de toda la vida, que me regalaron, y de mi vieja máquina Olivetti, que me compré con una de mis primeras retribuciones laborales (la primera la uso algo; la segunda, nada). Pero, pasado el descanso y descongestión vacacionales, se me haría muy penosa la vida sin mi pantalla con teclado y con conexión a La Red, en la que me siento felizmente atrapado.

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