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Carmen

Ya la segunda quincena

de julio… ¡Virgen Bendita

del Carmen, qué rapidita

se pasa la vida buena!

Pero hicimos la faena

con penurias a racimos.

Y para esto la hicimos:

para que ahora el verano

vaya dando de su mano

frutos dorados y opimos.

Façam copias

En un relato del escritor Don X leemos lo siguiente:

[…] ahora busca entre los papeles de su mesa y elige una carpeta llena de fotocopias de escritos, de copias en papel carbón selladas en la oficina de Correos, prueba fehaciente de que se enviaron, aunque nunca hayan tenido respuesta. Señala fechas, pasa rápidamente de unos papeles a otros, de una solicitud a la de varios años antes, todas escritas en una máquina de escribir mecánica, a la manera antigua, como antes de los tiempos de las fotocopiadoras, con varias copias en papel carbón.

Sin ánimo de incordiar, diré que aquí la expresión “en papel carbón”, que aparece repetida, es incorrecta, un descuido del autor. Porque la copia no se hacía en el papel carbón, sino que este se interponía entre el primer folio y el segundo, y entre el segundo folio y el tercero, si venía al caso, y era en los folios donde se estampaba la copia, mientras el papel carbón iba perdiendo la impregnación que lo hacía servible para el menester.

Como todo el mundo sabe, la gran revolución para la elaboración de copias de un escrito, fue la imprenta. Antes de ella la copia siempre era única y laboriosa: recordemos el ambiente de los escritorios monacales de la Edad Media. La imprenta acabó con todo aquello.

Las copias con papel carbón, utilizable tanto a máquina como a mano, forman parte del ámbito tecnológico de la imprenta: el papel carbón permitía tener en casa, o en la oficina, una modesta imprenta, capaz solamente para tres o cuatro ejemplares.

Luego las imprentas caseras fueron evolucionando, mejorando, aumentando la tirada. Pero seguíamos en el dominio de la imprenta: la hoja de papel -o las hojas- seguía siendo necesaria para cada una de las copias.

Ahora, en estos tiempos de ahora, es cuando se ha extendido la nueva revolución que supera a la imprenta: para la copia no hace falta el papel, sino una pantalla, posible en muy diversos tamaños, acompañada o dotada de un teclado, en la que podemos producir o reproducir infinitos textos de cualquier extensión y de distribución mundial inmediata: un “Rosa, gracias, eres un encanto”, una receta de cocina o El Quijote.

Yo soy un antiguo: sigo enamorado de mi vieja estilográfica Parker de toda la vida, que me regalaron, y de mi vieja máquina Olivetti, que me compré con una de mis primeras retribuciones laborales (la primera la uso algo; la segunda, nada). Pero, pasado el descanso y descongestión vacacionales, se me haría muy penosa la vida sin mi pantalla con teclado y con conexión a La Red, en la que me siento felizmente atrapado.

Otra vez elogiamos a Muñoz Molina

A raíz de que le concedieran, hace tan poco tiempo, el Príncipe de Asturias de las Letras, algún otro escritor hacía bromas acerca de la metonimia aparecida en un titular periodístico: “Un premio a la moral de Muñoz Molina”, o algo muy parecido a eso. Un escritor está en su derecho a sentir envidia –los sentimientos son plantas espontáneas de cuyo nacimiento nadie tiene que sentirse culpable- a sentir envidia por el éxito de un colega. Gestionar ese sentimiento es lo que ya corresponde a la consciencia del envidioso; y, desde luego, hacer unas cuantas bromas basadas en un titular periodístico no parece una de las peores formas de gestionarlo.

Este país, a través de los miembros del jurado de dicho premio, ha tomado una sabia decisión al conceder el prestigioso galardón al jiennense: naturalmente, no solo por su valiente y equilibrada actitud ética, sino por la gran calidad de sus obras literarias.

Este país, perdón por la anáfora, está muy necesitado de aprender de la actitud ética de Muñoz Molina, así como de experimentar las vivencias estéticas –y enriquecerse con ellas- que suscita la lectura de sus obras.

Seguimos siendo gentes rudas, poco civilizadas, poco dadas a sutilezas artísticas, y poco dadas a sutilizas morales. Despotricamos contra los políticos corruptos, que tanto abundan, sin pensar que el resto de la sociedad es el caldo de cultivo que los propicia. La cresta del iceberg no está hecha de materia distinta a la del resto del ente. Lo que ocurre es que la mayoría, siempre pasa, somos gentes anónimas, a las que nadie mira sino los pocos que forman un entorno muy próximo, de los que es fácil zafarse cuando queremos cometer la acción que atenta contra nuestro propio sentido moral, al que acallamos con un “todos lo hacen, no voy a ser yo el tonto que no se aprovecha”. No atendemos a la voz de nuestra conciencia porque somos rudos, y somos rudos porque no atendemos a la voz de nuestra conciencia. Un círculo vicioso.

Está bien que de vez en cuando surja alguna figura notoria de la que podamos aprender una actitud distinta: no queramos ser buenos porque serlo es fácil o bonito, sino porque serlo es nuestra obligación. Y punto.