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Tengo hermanos pequeños

A mis hijas mayores

Esa salamanquesa

minúscula y sin cola

que anda por el sótano:

siempre delante de mis pies.

¿Por qué tanto llamarme la atención?

¿Pretendes que te adopte?

¿Acaso no te sientes satisfecha

con ser solo mi hermana?

Esa mirla absoluta-

mente calva que vive en nuestro árbol.

Me mira muy atenta.

¿Te me insinúas, me quieres seducir?

Te amo como hermana,

no podría tenerte como novia.

Ella se enfada, grita

y se marcha al tejado.

El mosquito bendito

que, a las cinco, sin falta,

me hace vuelos rasantes por la oreja

-casi siempre la izquierda-.

¿Por qué me resucitas tan temprano?

¿Por qué nunca me dejas, hermanito,

dormir un poco más?

Si lo que quieres es el título de gallo,

despiértame más tarde,

cuando esté el sol a punto

de alzarse de su lecho.

A nuestro hermano grande

me gusta saludarlo cuando sale.

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Vicente Sabido

A mi amigo Vicente le han coincidido tres cosas: llegar a la sesentena, publicar –en la preciosa colección de la Editorial Renacimiento- la antología de su poesía, y morirse.

– La sesentena apenas la ha rozado con las yemas de los dedos: la cumplía el día 18 del corriente.

– A su Antología, titulada Amor, José Luis García martín le ha hecho la reseña.

– La muerte, estoy seguro, no le ha pillado por sorpresa: Vicente era poeta, dialogaba con ella.

Ahora mismo acabo de releer su libro Aunque es de noche. Es un libro breve, como lo suelen ser los de poesía, como lo suele ser la vida misma. No extraña que en el primer poema encontremos a un Vicente todavía niño de tres años

Soy niño. Soy feliz. Feliz me espera

mi heroico caballito de madera.

ni que el último termine con una serena, inquietante, premonitoria exclamación:

Oh Sur, oh Sur, oh Sur,

oh tierno Sur de nunca!

Ayer, hace un rato, pensaba contar aquí alguna anécdota del tiempo en que fuimos compañeros de clase, en la facultad de Filosofía y Letras de Granada. Pero ahora me ha entrado la desgana, una especie de sequedad manos alante. No obstante, contaré una…

En cierta ocasión, en el último curso probablemente, le presté un libro que me pidió: el tercer volumen de La novela española contemporánea, de Eugenio de Nora. Luego dejamos de ser compañeros de aula, y solo nos veíamos muy de tarde en tarde, en encuentros casuales. Charlábamos un ratito, cambiábamos impresiones acerca de cómo nos iba. Y el siempre, en algún momento, interrumpía la conversación para decirme: “¡Oye, que sigo teniendo tu libro; a ver cuándo quedamos para que te lo devuelva!” Y yo: “No te preocupes; no me ha hecho falta”. Hasta que un día acordamos que el libro cambiaba de estatuto: pasaba de préstamo a regalo, para que Vicente tuviera un recuerdo mío. Como yo tengo aquí, ahora, uno suyo, su primer libro de poesía, con la dedicatoria de Vicente para mí (con fecha 29-VII-75: yo acababa de cumplir los veinticuatro).

Amigo Vicente: como has sido siempre tan buena persona y tan católico, ahora estarás en el cielo de San Pedro. Pero sin duda Apolo te invitará de vez en cuando a que pases unas vacaciones en el Parnaso, con él y con las traviesas musas. Pásalo bien.

Playa de Getares (hoy)

Playa de Getares (hoy)

Mendigos

En la literatura, creo que el personaje al que más le cuadra ser la patrona de los mendigos es Ariadna, la joven princesa hija del poderoso rey Minos. Traiciona a su familia por amor a Teseo y se fuga con él, pero este la abandona en Naxos. Qué mal quedaría la pobre de autoestima. Lo más probable es que se dedicara a envenenarse con vino barato, mendigando y vagabundeando por las inmediaciones del puerto. Hasta que la encontró Dioniso, Baco, el dios que supo ver en ella la belleza escondida debajo del abandono y de la mugre.

Pasar de príncipe a mendigo no es tan raro. En La novela de un literato -que no es una novela sino un extenso diario sin fechas en el que queda muy bien retratada la paupérrima bohemia literaria de las primeras décadas del siglo XX en Madrid- hay un capítulo, en el segundo volumen, titulado “Cómo se hunde un hombre”. En él un tal cubero explica a sus colegas:

Tres o cuatro días bastan para hacer de un burgués relativo un vagabundo, el tiempo que tarda en ensuciársele a uno la camisa, ajársele la tirilla, llenársele de barro las botas y crecerle la barba y el pelo. Si en ese breve plazo no encuentra el hombre quien lo salve, está perdido.

El paso inverso, una recuperación divina al estilo de la de Ariadna, es más infrecuente, aunque no imposible.

España ha sido siempre país de pobres. Lázaro de Tormes fue, ante todo, mozo de un ciego mendicante. Y la literatura realista española del siglo XIX está atestada de mendigos. A Pérez Galdós, más que el apelativo de Garbancero, que recordábamos en una entrada reciente, se le debería haber adjudicado el de Mendiguero, pues escribe mucho más que de los garbanzos, de los carentes de garbanzos, de los mendigos. Por ejemplo, al comienzo de su novela Misericordia, describe cómo ocupan estos las dos entradas de la iglesia de San Sebastián, en Madrid. Y los llama “la cuadrilla de la miseria”, “guardia de alcabaleros que cobra humanamente el portazgo en la frontera de lo divino”, “intrépidos soldados de la miseria”, y otras lindezas. Añade el narrador que entre ellos “los hay constituidos milagrosamente para aguantar a pie firme las inclemencias de la atmósfera”.

Lo cual sin duda era verdad en Madrid. Pero las inclemencias de la atmósfera de Madrid no son tan letales como, pongamos por caso, las de Berlín. Por eso Julio Camba, en Berlín, en una crónica de febrero de 1913, escribe que “en estos países de nieve no hay vagabundos ni pájaros. Los unos y los otros necesitan climas mejores.”

Y así, actualmente, mientras muchos jóvenes españoles emigran a los países nórdicos, buscando el abrigo contra la miseria en lugares de tanta adversidad climática, algunos jóvenes nórdicos se vienen a España a practicar exitosamente la mendicidad. Jóvenes como el que, hace un par de días, me abordó, postulante, a mí mismo. Lleva por lo menos un año deambulando por el barrio. Grandón, delgado, encorvado y semidescalzo, cubierto, invierno y verano, con un edredón mugriento a modo de capa o casa.

Qué pena nos inspiran estos jóvenes mendigos, y qué asombro que sobrevivan durante tanto tiempo entre tanta inclemencia.

Epifonema

Puestos a emitir un lema

que sin duda sintetice

lo que dije, lo que hice;

un escueto epifonema,

un seco epitafio que ma-

ñana se lea en mi losa,

diga este: “Presurosa

vino mi vida hasta aquí.

No te sorprendas si a ti

te pasa la misma cosa.”

Garbanzos

MCG nos manda una receta de los mismos acompañada de una foto perfecta, que muestra un plato verdaderamente apetitoso.

Y uno se pone enseguida a considerar… la cantidad de vida, de cocina y de literatura que tienen los garbanzos, los arrendundes, según los llamaba con frecuencia mi padre, con un término tomado al parecer del caló.

Los garbanzos incluso podrían tener un santo literario: San Benito Pérez Galdós, a quien, con harta malevolencia, llamaba Valle-Inclán el Garbancero. Para don Benito, ciertamente, los garbanzos, elemento esencial del cocido madrileño, eran, además, el símbolo de las necesidades materiales básicas.

Por mi parte, permanecen asociados al mundo rural donde me crié, donde podía observar, a mi vez, cada año, el proceso de la crianza de los garbanzos, y participar en él.

Primero la siembra. El arado, delante, iba abriendo el surco; y detrás el muchacho, con el saquillo o la talega colgando del hombro izquierdo –si no era zurdo-, para ir metiendo la mano derecha y dejando caer en el susodicho surco el lento chorreo de cabecitas narigudas, que quedarían enterradas al abrir el siguiente con el arado de tambor o de vertedera.

Aun así, aparentemente duros como el granito, se podían comer. Despacio, claro. Dejándolos en la boca hasta ablandarse lo suficiente, según las muelas de cada uno, como para iniciar con éxito la sabrosa trituración.

Los mayores contaban una anécdota, creo que con Antonio Mixtillos como ejecutante. Llevaba este a Marcelo de sembrador, mientras él, por delante, manejaba el arado. Nada mas comenzar la labor, viendo Mixtillos la carica de hambre de Marcelo, no tuvo otra ocurrencia  que decirle: “Marcelo, ni uno, que vale tres duretes un kilete”. Lo que quería decir: no te comas ni uno. Así que Marcelo, con la boca hecha agua, aguantó un buen rato sin echarse ninguno a la boca. Hasta que el hambre se hizo demasiado dura. Soltó el saco en el surco y le dijo a Mixtillos que se iba al pueblo. Parado este y parada la yunta, Antonio Mixtillos lo miraba apartarse del grupo, echando por tierra la jornada de siembra. Ahora sí, recapacitó (quizá recordó, de algún sermón del cura, la frase bíblica: no pongas bozal al buey que trilla) y, mientras lo veía alejarse, lo llamaba a grandes voces: “¡Marcelo, no te vayas, vuélvete, aunque te comas algunetes!”

Pocas cosas hay que desprendan un aroma tan fino y grato como un campo de garbanzos en una mañana de primavera, cuando sus hojitas aterciopeladas comienzan a brillar con el rocío que las refresca.

Luego la estación avanza, y el contenido de las vainas va madurando. Ya están para merendárselos, al dente, sin tanto desgaste de molares como en la época de la siembra.

Después vendrá la operación penosa: la siega o el arranque; porque la mata, al secarse, se pone nudosa y pinchuda, muy agresiva para las manos de un niño. Pero a la fuerza ahorcan, y los garbanzos tienen que ir a la era. Donde, una vez trillados y aventados, estarán listos para entrar en el saco. Y no olvidemos el aprovechamiento de la paja, muy consistente, tanto para el pienso del ganado como para la lumbre de la casa.

Cuántas buenas experiencias se pierden los niños de ahora, la mayoría de ellos, por criarse tan alejados del campo, tan ajenos a las estaciones y a los ciclos de las cosechas. Y lo peor de todo es que le harían ascos a un rico plato de garbanzos como el que nos ha presentado CG.

Lecturas no previstas

Entre los libros leídos este verano (que puede ser para mí como el verano mitológico de la literatura: un verano que nunca se acaba), entre esos libros ha habido dos que no entraban en mis previsiones, sino que en un determinado momento me asaltaron y me engancharon con gran fuerza. Dos libros de muchísimo éxito popular, muy leídos, lo cual es para mí (prejuicios de uno) más un motivo de recelo que de confianza. Dos novelas: La casa de los espíritus (1982), de Isabel Allende, y La sombra del viento (2001), de Carlos Ruiz Zafón.

Poco voy a decir ahora de estos libros. Solo que me han parecido dos historias preciosas y muy bien contadas.

La primera es, en buena medida, la historia de Chile en el siglo XX; no completo, puesto que, según hemos dicho, esta novela se publicó en 1982. Ahora los chilenos llegan a la triste conmemoración del golpe militar (cuadragésimo aniversario). Y algunos de ellos piden perdón por no haberse implicado más en la defensa de la República y de los compatriotas perseguidos y torturados. Y si piden perdón, habrá que perdonarlos, digo yo.

La segunda tiene como protagonista una ciudad, Barcelona. La obra comienza con una explícita referencia cronológica: el narrador adulto recuerda hechos del verano de 1945, cuando él cumplía diez años. La variedad de ambientes y de personajes, la presentación de los escenarios urbanos y el enfoque de las escenas, la intriga, la violencia y el amor, la presencia totémica de los libros: todo muy logrado.

Un libro nos gusta cuando, nada más acabarlo de leer, pensamos que tenemos que releerlo. Y es lo que yo he pensado al acabar estos dos.

¿Y no nos planteamos la posible lectura de otros libros de los mismos autores? Por supuesto que sí. Y podríamos jurar de antemano que, aunque no estén a la altura del que ya hemos leído, también serán buenos libros.