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Anacoreta

Desde mi vasta ignorancia, pienso que la principal clasificación psicológica que se puede hacer de las personas es la que las divide en introvertidas y extrovertidas. Según la tendencia: a encerrar dentro de sí mismas cualquier experiencia como el que acaba de tomar un bocado difícil de masticar y de digerir, o a comunicarla a otros desde la urgencia de que si la guardaran dentro de sí mismos se les pudriría.

Un servidor ha sido siempre, por temperamento propio propísimo, de los primeros.

Esto no quiere decir que a uno no le guste la comunicación: lo que no le gusta es la comunicación que se anticipa al íntimo análisis de la experiencia. La experiencia es siempre estar con otros. El análisis es algo que siempre se practica en soledad.

Un servidor era ya un introvertido cuando, niño de pocos años, hacía una vida rural: cuánto tiempo disponible para la soledad en el campo. Y siguió siéndolo cuando se convirtió en un curilla, en un seminarista. ¿Y cómo era posible la soledad en un lugar de tanta y tan inevitable proximidad? Era posible en la capilla, en los muchos momentos para el rezo, en el recogimiento que era el punto de partida para la oración.

En la vida laboral, los más frecuentes son los trabajos que requieren una alta dosis de extroversión: para trabajar en grupo, para formar parte de un equipo.

“No sabes trabajar en equipo”. Es un reproche que con frecuencia se me ha hecho en el entorno familiar.

Sin embargo, creo que, en mi vida laboral, he salvado solventemente el escollo de mi introversión. ¿Cómo? Porque ante mis alumnos he procurado ser, no Antonio González, sino el profesor Antonio González. Lo cual implica una concepción del triángulo educativo inadecuada para los tiempos que corren. Porque es como decir a los alumnos: Aquí, en el aula, yo no soy importante. Vosotros tampoco. Aquí lo importante es la asignatura, la materia que estudiamos para vuestra formación. Un discurso que genera mucho rechazo en una época en la que, desde todos los ámbitos e instancias, se anda predicando lo contrario: “Lo importante es tu ombligo, el centro de ti mismo, y su periferia, el resto de ti mismo”.

Como introvertido, he sido siempre lo que todos los introvertidos: un anacoreta a tiempo parcial. Etimológicamente, anacoreta es el que se aparta de la tierra habitada. Los antiguos anacoretas se iban a vivir a un desierto, entregados a la penitencia y la oración. Yo he procurado retirarme a ratos. Con suficiente autocontrol. Porque las obligaciones nos ligan, como el nombre indica, nos ob-ligan, nos atan: las obligaciones sociales, laborales, familiares…

Ahora, al soltarse los nudos laborales y al relajarse los familiares –mis hijas se han hecho ya mayores-, voy a tener más tiempo para practicar la anacoresis.

¿Lograré practicarla sin menoscabo del orden y el autocontrol? ¿O pasaré de ser un anacoreta a tiempo parcial a ser un anarcoreta?

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Una respuesta

  1. A veces las etiquetas nos traicionan. Puede ser usted introvertido pero una persona magnética, de ahí ese don de ser un anacoreta necesario para los más extrovertidos, que van en busca de usted para enriquecerse personalmente de su persona o bien de su literatura.

    No sé más que usted, una humilde opinión, no más.

    Saludos

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