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Garbanzos

MCG nos manda una receta de los mismos acompañada de una foto perfecta, que muestra un plato verdaderamente apetitoso.

Y uno se pone enseguida a considerar… la cantidad de vida, de cocina y de literatura que tienen los garbanzos, los arrendundes, según los llamaba con frecuencia mi padre, con un término tomado al parecer del caló.

Los garbanzos incluso podrían tener un santo literario: San Benito Pérez Galdós, a quien, con harta malevolencia, llamaba Valle-Inclán el Garbancero. Para don Benito, ciertamente, los garbanzos, elemento esencial del cocido madrileño, eran, además, el símbolo de las necesidades materiales básicas.

Por mi parte, permanecen asociados al mundo rural donde me crié, donde podía observar, a mi vez, cada año, el proceso de la crianza de los garbanzos, y participar en él.

Primero la siembra. El arado, delante, iba abriendo el surco; y detrás el muchacho, con el saquillo o la talega colgando del hombro izquierdo –si no era zurdo-, para ir metiendo la mano derecha y dejando caer en el susodicho surco el lento chorreo de cabecitas narigudas, que quedarían enterradas al abrir el siguiente con el arado de tambor o de vertedera.

Aun así, aparentemente duros como el granito, se podían comer. Despacio, claro. Dejándolos en la boca hasta ablandarse lo suficiente, según las muelas de cada uno, como para iniciar con éxito la sabrosa trituración.

Los mayores contaban una anécdota, creo que con Antonio Mixtillos como ejecutante. Llevaba este a Marcelo de sembrador, mientras él, por delante, manejaba el arado. Nada mas comenzar la labor, viendo Mixtillos la carica de hambre de Marcelo, no tuvo otra ocurrencia  que decirle: “Marcelo, ni uno, que vale tres duretes un kilete”. Lo que quería decir: no te comas ni uno. Así que Marcelo, con la boca hecha agua, aguantó un buen rato sin echarse ninguno a la boca. Hasta que el hambre se hizo demasiado dura. Soltó el saco en el surco y le dijo a Mixtillos que se iba al pueblo. Parado este y parada la yunta, Antonio Mixtillos lo miraba apartarse del grupo, echando por tierra la jornada de siembra. Ahora sí, recapacitó (quizá recordó, de algún sermón del cura, la frase bíblica: no pongas bozal al buey que trilla) y, mientras lo veía alejarse, lo llamaba a grandes voces: “¡Marcelo, no te vayas, vuélvete, aunque te comas algunetes!”

Pocas cosas hay que desprendan un aroma tan fino y grato como un campo de garbanzos en una mañana de primavera, cuando sus hojitas aterciopeladas comienzan a brillar con el rocío que las refresca.

Luego la estación avanza, y el contenido de las vainas va madurando. Ya están para merendárselos, al dente, sin tanto desgaste de molares como en la época de la siembra.

Después vendrá la operación penosa: la siega o el arranque; porque la mata, al secarse, se pone nudosa y pinchuda, muy agresiva para las manos de un niño. Pero a la fuerza ahorcan, y los garbanzos tienen que ir a la era. Donde, una vez trillados y aventados, estarán listos para entrar en el saco. Y no olvidemos el aprovechamiento de la paja, muy consistente, tanto para el pienso del ganado como para la lumbre de la casa.

Cuántas buenas experiencias se pierden los niños de ahora, la mayoría de ellos, por criarse tan alejados del campo, tan ajenos a las estaciones y a los ciclos de las cosechas. Y lo peor de todo es que le harían ascos a un rico plato de garbanzos como el que nos ha presentado CG.

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