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Neurosis

A lo largo de mi vida he padecido dos enfermedades de cierta importancia: las fiebres de Malta y la neurosis. Comparada con la segunda, la primera fue apenas un resfriado de un par de días, algo irrelevante.

Para los que lo tengan ya olvidado, o no lo hayan tenido nunca claro, recordaremos que el mecanismo básico de la neurosis consiste en la inhibición de un elemento de la vida emocional, por considerarlo nefando, tabú. Ese elemento pasa al inconsciente y desde allí se manifiesta con distorsiones inexplicables en la conducta, los llamados síntomas neuróticos. La imagen más gráfica de este padecimiento se la oí a una psicóloga a la que me referiré más adelante: el neurótico vive como alguien que quiere llevar una vida normal y a la vez mantener sumergido en agua un balón, que, por su naturaleza mucho menos densa, tiende a flotar sobre ella. Se sufre, por tanto, mucho con la neurosis. Y, además, no es fácil su cura.

La mía la tuvo porque fue una neurosis de adolescencia, etapa en que ya la personalidad está básicamente constituida. Se gestó en mí cuando abandoné el seminario y me reintegré a la vida familiar, cuando tenía dieciséis años, casi diecisiete. El elemento emocional inhibido fue el odio a mi padre y, de rebote, a mi madre. En mí pesaba demasiado el cuarto mandamiento, por lo que mi personalidad no pudo permitir que afloraran aquellos sentimientos. Y la inhibición me torció la vida para siempre. Sí, para siempre. Porque, aunque la neurosis se cure, las secuelas se van debilitando, pero nunca desaparecen del todo. De modo que ya no es uno un neurótico, pero es un convaleciente de neurosis.

La mía duró diez años: fui un neurótico desde los diecisiete hasta los veintisiete. Y a día de hoy, con sesenta y dos, sigo siendo un convaleciente de neurosis.

Mencionaré a continuación los factores que me ayudaron a salir de la enfermedad; ya que, como queda dicho, suele tener bastante escondido el cartelito de EXIT.

· Apartarme de mi familia físicamente, y de mi pequeño pueblo de Granada. En cuanto acabé mi compromiso con la Facultad, mi licenciatura en Filología Románica, me fui de allí: una corta temporada en Francia, luego la mili y después Madrid. Tres años en Madrid.

· Los amigos: una amplia gama de afectos –amigos, muy amigos, amigas, conocidas, novias, medio novias- que me mantuvo siempre abrigado. Y, aunque yo busqué mucho la soledad, para intentar encontrarme a mí mismo, nunca me sentí rechazado, a la intemperie, abandonado. Destaco ahora dos nombres propios de amigos muy amigos que, en esos años de Madrid, me acogieron una buena temporada en sus respectivos domicilios, como si fuera un familiar más (nunca les podré pagar tanta ayuda): Luis Gallegos Díaz y Juan Sisinio Pérez Garzón.

· El haber leído mucho a Sigmund Freud. Porque me encantaba leerlo. En una reseña reciente José Luis García Martín nos acaba de recordar la importancia del componente literario en la personalidad del fundador del psicoanálisis: nada raro, pues, que me gustara leerlo.

· Las sesiones de psicoanálisis. Las tuve con una psicóloga argentina –a la que antes aludía-: María Antonia Lozano Pizarro. En Madrid. Acudí a su consulta solamente a lo largo de tres meses. Pasados los cuales, en contra de su criterio, lo dejé. Para mí fue suficiente: aprendí la técnica del autoanálisis. Así que, poco después de dejar de acudir a María Antonia, tuve la gran revelación, la toma de conciencia, la íntima rebelión, la explosión.

Y enseguida supe que había encontrado la salida.

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