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Jubilado a los diecisiete

Mi compa Mario Ocaña decía que los noruegos dicen que no hay mal tiempo sino ropa inadecuada. Los españoles, lo que venimos diciendo “de tó la vida” es que, al mal tiempo, buena cara. Yo me quedo con la síntesis: al mal tiempo, buena cara y buena ropa.

Todo lo cual viene a cuento de que esta mañana he renovado mi traje de agua, de lluvia, después de los susodichos años de servicio del que pasa a la jubilación. En un estado de tan escaso deterioro, que solo tiraré los pantalones y conservaré la chaqueta; porque sería un pecado tirar lo que se conserva en condiciones de perfecto uso.

El traje nuevo es del mismo formato, color y tejido que el viejo. Comprado además en la misma tienda. No me extrañaría que también procedente de la misma fábrica: en Cambados, Pontevedra (dice la etiqueta del nuevo), donde deben de saber no poco de la lluvia y de los trajes de agua.

En esta Andalucía secanera, sobre todo en la Andalucía oriental, a veces vemos a los paisanos correr como posesos  en cuanto se desata un chubasquillo, buscando resguardo. Pero mi hija Alma me dice que los parvulitos de Londres están totalmente familiarizados con la lluvia; y bajo su mansa caricia juegan en los patios del cole como arañas de agua en un estanque.

Un servidor, en días de lluvia pertinaz e inagotable, con el traje de agua que jubila hoy, ha caminado feliz, durante muchas horas, por los andurriales marinos y monteros de esta parva ciudad; mientras la inmensa mayoría de los convecinos prefería el armatoste del coche, o el combinado de sofá y televisión.

Ahora a estas dulces prendas les ha llegado su retraite. Y, lo mismo que aquí dediqué unas líneas de homenaje a la cartera que fue mi compañera de instituto durante idéntica cantidad de años, esta tarde considero de justicia dedicárselas a mi viejo traje.

Y vámonos al campo con el nuevo, que este febrero está empeñado en meternos en regadío.

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