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Dos libros

Estoy leyendo Continente salvaje. Europa después de la Segunda Guerra Mundial, de Keith Lowe.

El autor, con ese sentido práctico, didáctico, con esa prosa funcional que leemos en los historiadores anglosajones y raramente en los españoles, nos sumerge en los horrores de la guerra y de la inmediata posguerra.

El primer campo de exterminio nazi que se descubrió fue el de Majdanek, cerca de la ciudad polaca de Lublin, que fue tomado por el Ejército Rojo en julio de 1944. […]

Los alemanes hicieron todo lo posible por evacuar Majdanek antes de la llegada del Ejército Rojo, pero con las prisas de huir no legraron ocultar las pruebas de lo que ahí ocurrió. Cuando las tropas soviéticas entraron en el recinto descubrieron una serie de cámaras de gas, seis grandes hornos con restos de esqueletos humanos calcinados esparcidos alrededor y, cerca de ahí, varios montículos enormes de ceniza blanca llena de trozos de huesos humanos. Los montículos de ceniza daban a un campo inmenso de hortalizas, y los soviéticos llegaron a la conclusión obvia: los organizadores de Majdanek habían usado los restos humanos como abono. “La producción alimentaria alemana es esto”, escribió un periodista soviético de la época. “Matar personas; abonar calabazas.”

Aprovecho que me sale al paso otro libro para tomarme un respiro y soslayar el espanto.

El nuevo libro es La mujer que no quería amar. Y otras historias sobre el inconsciente, de Stephen Grosz. Está constituido por treinta y un capítulos independientes, con historias y reflexiones emanadas de veinticinco años de variada experiencia como psicoanalista del autor.

La palabra “inconsciente” que aparece en el falso título de la versión castellana -el título original es The Examined Life– es un vocablo muy importante en la teoría y práctica del psicoanálisis, pero quizá no aparezca ni una vez a lo largo del libro. En cambio, sí que me ha resultado llamativa la frecuencia de aparición de la palabra pérdida. Así, en la página 144:

Al enfrentarnos al cambio dudamos, porque el cambio es pérdida. Pero si no aceptamos cierta pérdida […], podemos perderlo todo.

Efectivamente, pienso, vivir es ir dejando atrás, es ir perdiendo. Lo que importa es que ello, pues es inevitable, lo llevemos bien, con dignidad y elegancia, como la Elvira de Alvear del poema de Borges: “Todas las cosas tuvo y lentamente / todas la abandonaron.” “Todas las cosas la dejaron, menos / una. La generosa cortesía / la acompañó hasta el fin de su jornada […].”

Llega, al final, un capítulo en el que el libro de Grosz confluye con el de Lowe. Resulta que el padre de aquel fue un niño judío que logró escapar del holocausto. Y a este padre, como regalo para el octogésimo aniversario de su nacimiento, el hijo le organiza un viaje a los lugares de su infancia, donde perdió a tantos familiares y amigos:

Mukachevo es ahora parte de Ucrania, y está situada a algo más de trescientos kilómetros de Budapest.

El padre reconoce muy bien esos lugares, pero no los quiere reconocer; y, agobiado, le insiste al hijo para que se alejen de allí cuanto antes: vámonos, vámonos, vámonos ya. El buen  octogenario no quiere enfrentarse a tanta pérdida. Asumiendo, además la paradoja de que él, que había perdido tanto, fue el afortunado porque se salvó.

Luego el hijo se pregunta por qué él se ha dedicado al psicoanálisis. Y concluye que hace con sus pacientes algo similar a lo que ha hecho con su padre: llevarlos al lugar -de su inconsciente- donde se encuentra la evidencia de ciertas importantes pérdidas que ellos nunca han aceptado.

Y, acabado el libro de Grosz, vuelvo a sumergirme en el de Lowe.

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