• Páginas

  • Archivos

  • marzo 2014
    L M X J V S D
    « Feb   Abr »
     12
    3456789
    10111213141516
    17181920212223
    24252627282930
    31  

Planto por una cuca alpargatada

Qué descansada vida

la de la cucaracha;

que sin trabajo encuentra su comida,

ajena de si es roja o de si es facha.

Nocturna cual poeta,

ningún deber la ata.

Y no tiene otra meta

que comer, procrear y huir de la alpargata.

La alpargata es atroz,

golpea como la coz,

siega como la hoz

y vuela como el águila divina.

Y veloz y asesina,

a la cuca acoquina,

la golpea, la siega, la extermina;

y al orco la encamina.

Cucaracha imprudente,

no te alejaste de la humana gente,

que su furia desata

cuando toma en su mano la alpargata.

Cansinos frente a Ruano

Comencé con entusiasmo la lectura del bíblico -por su tamaño- volumen Mi medio siglo se confiesa a medias, memorias de González-Ruano; pero mi entusiasmo se fue desinflando. Lo dejé, pasé a otras lecturas. He vuelto a Ruano; pero no sé si lo terminaré.

Para ser un libro de memorias, lo escribe el autor a una edad extraordinariamente temprana: cuando tenía cuarenta y siete años.

Ruano, aunque estudió Derecho -lo de estudió es una metáfora verbal- sintió muy pronto la vocación literaria y periodística. Y, aunque se dedicó a leer y a escribir, parece que se dedicó más a conocer a -y mucho más a ser conocido por- cuanto escritor, escritorcillo o escritorazo se le fue poniendo a tiro.

En estas memorias le corta un traje a medida a cada uno de ellos; no por lo que escribieron, sino por su apariencia física, su simpatía o su relevancia social.

Cuando Ruano se pone a trajear a Cansinos Assens, cuya extensa novela de un literato (tres gruesos volúmenes diarísticos que abarcan desde 1898 hasta 1936) yo leí atenta e intensamente hace unos cuantos años, pensé en releer lo que Cansinos decía de Ruano. Y así constaté que la falta de aprecio era mutua, si bien se tratan con el mismo falso aprecio. Con la lógica distancia generacional: Cansinos, veinte años mayor, es ya un maestro para todos los entendidos. Se acusan recíprocamente, qué curioso, de los mismos defectos.

Yo, en este encuentro de antipatías, me pongo del lado de Cansinos Assens, al que el mismísimo Borges consideró siempre un maestro, su maestro.

Y quizá, al apostar por Cansinos frente a Ruano, estoy manifestando mi preferencia por la frescura del género diarístico frente a los libros de memorias, cocina de elementos previamente enranciados en la despensa.

 

Escribe Ruano:

Por esta época conocía ya a Ramón Gómez de la Serna y a Rafel Cansinos-Assens.

No recuerdo exactamente a quién de los dos pude conocer primero. Quizá fue a Cansinos, y me parece que me presentaron a él en el viejo Café del Pilar, que estaba en la Plaza de los Carros y al que venía también el raro y demoniófilo Rafael Urbano, que vivía allí cerca, por las Cavas, en una casa lóbrega que olía a niños crudos y meados.

“Era ya entonces -digo en mi libro Siluetas de escritores contemporáneos– el mismo Cansinos de ahora, alto, desvencijado, algo caballuno e infinitamente triste, con una actitud entre el lirismo desbordante, judaico, y la zumba andaluza que permitía con dificultad saber cuándo hablaba en serio y cuándo se tomaba el pelo a sí mismo”. Cansinos practicaba entonces una tertulia volante los sábados por la noche. Cada sábado quedaba citado con los contertulios en un café determinado para el sábado próximo y cuando se acababan los siete o diez cafés propicios, se volvía a empezar. Yo recuerdo haber ido a verle a ese Café del Pilar, al de San Isidro y al de San Millán en la calle de Toledo, al de Platerías en la calle Mayor, al de las Salesas en la calle de Doña Bárbara de Braganza. Al Gran Café Social de Oriente y a otro más pequeño que no recuerdo cómo se llamó y que estaba también en la calle cerca de la Facultad de Medicina. Sin duda fui también con él al viejo Café de San Bernardo, que todavía existe, y al Varela en Preciados, cerca de Santo Domingo, que siempre fue nido de cornejas literarias.

Con Rafael Cansinos tuve toda la amistad que él concedía a un joven, que no era nunca mucha. Tenía una extraña altivez recreada en una especie de estética del fracaso y presumía de algo así como de mártir oficial de la literatura española. Sobre él pesaban los rumores maldicientes de viejos vicios y confusionismos de la intimidad que él se echaba sobre los hombros, encantado, como capas pesadas que hacían aún más angustiosa su existencia resudada de voluntarios martirios.

Los domingos, durante mucho tiempo, le encontraba en la Feria de los libros viejos. No compraba nunca y los libreros se guiñaban un ojo desconfiando de sus gabanes enormes y de sus manos demasiado grandes como manos de madera lívidamente policromada.

Cansinos era incansable contra lo que su apellido indica, y jamás se le vio en un tranvía. Le gustaba andar despacio todo Madrid y sentía gran entusiasmo por las verbenas que en más de una ocasión llevó a su literatura.

Copio de Siluetas lo que sigue, porque me parece tonto escribirlo otra vez de otro modo:

“Yo fui de los jovencitos que le acompañaban por las noches, casi ya de madrugada, al final de las tremendas paseatas, hasta su casa, al borde del Viaducto, en la calle vieja de la Morería. Vivía con una hermana suya muy seca y marchita, que se llamaba Pilar, y a la que él hacía aparecer entre las tremendas columnas salomónicas de su prosa. Tenían un perrillo los dos hermanos.

“Cansinos enseñaba su casa con mucha dificultad y como si fuera un premio que daba a la fidelidad y a la constancia. Una tarde me concedió a mí este premio y me subió a su piso de la Morería. Tenía una casa de esas que aunque no haya gato huelen a gato. Una casa con algo de sacristía, pero muy de escritor y muy identificada con su persona y su literatura. Había libros por todas partes y candelabros y trapos de iglesia, y un atril en la mesa de trabajo con un librote antiguo en hebreo.

“Cansinos era grande, huesudo, con la mandíbula mal encajada, los ojos un poco saltones, grandes cejas sin peinar, los cabellos rizosos y ya entonces entrecanos, dura sombra de barba y dientes grandes y muy visibles. Había en su persona una intención desgalichada y un aura fúnebre de cigarrón de los caminos. Hablaba pomposo y lento, con palabra elegida y párrafo largo, como su prosa; dejo muy andaluz, perezoso y, a la vez, inflamado. Era millonario en metáforas y de una imaginación sin límites.

“Poco antes de la guerra se dijo que había heredado algún dinero y dejó la casa de la Morería para irse a vivir cerca del Retiro, por la parte alta de la calle de Alcalá. Apenas escribía ya en los periódicos y publicaba pocos libros.

“Pasada la guerra, le encontré una noche y no nos entendimos bien. Estaba lleno de picos, como una verja abandonada. No quiso entender la tierna fidelidad antigua con que yo acudía a verle como a una de esas imágenes mutiladas que toman el sol en el Rastro. Uno le quiere a Cansinos pese a todo. Le reconoce su puesto de gran animador y gran desanimador de aquella evolución del modernismo al ultraísmo, su laberíntica cultura, su prosa, casi podrida de tan madura, y su tremenda resistencia física para seguir representando el papel que eligió en la gran comedia del mundo.”

 César González-Ruano, Mi medio siglo se confiesa a medias

Editorial Renacimiento. Sevilla, 2004.

 

Escribe Cansinos:

Pedro Luis de Gálvez, el viejo hampón con aires de proxeneta, me presenta a un jovencito alto, delgado, fino como una señorita, absolutamente imberbe y con una voz abaritonada, aún mal segura, de pájaro que está mudando. Cuando habla, la nuez prominente le sube y baja por la tirilla, como si llevara una piedrecilla en el buche. Todo él muestra un empaque altivo, impertinente, y una ansia de parecer raro, escandaloso.

-Aquí tiene usted a César González-Ruano…, ¡el adolescente de Wilde!

El joven, con voz ambigua de colegiala de internado, exclama: -¡Por fin, maestro, he logrado llegar hasta usted!… ¡Es usted inaccesible!…

Yo me disculpo. Efectivamente, el jovencito me ha enviado ya varias hojitas de las que publica por su cuenta, como Buscarini, acompañadas de cartas adulatorias, de esas cuya lectura le ruborizan a uno cuando las lee, y la Hermana se refería a él cuando me hablaba de las apariciones ante la puerta de un jovencito afeminado que a toda costa quería pasar…

Antes de conocerlo y de recibir sus “opusculitos”, ya tenía yo noticia del joven César, que en breve espacio de tiempo se ha creado una notoriedad poco envidiable de invertido y cleptómano de libros y de relojes de mesa, y demás cosas portables… Una notoriedad poco envidiable para cualquiera, pero, por lo visto, envidiable para él, pues parece gozar con el gesto de escándalo que suscita su nombre o su presencia, y acepta con agrado las irónicas frases y los guiños malignos con que Luis de Gálvez lo define. Yo no puedo evitar cierto sentimiento de conmiseración a vista de este adolescente precozmente pervertido o acaso simplemente calumniado por sí mismo, pulcro y reverberante de claridad juvenil, al lado del viejo hampón, sucio, con tipo de ex presidiario, tufos de tahúr y gestos de borracho de vinazo vulgar, que lo muestra con la ufanía de una Celestina que hubiera cazado a una ingenua Melibea…

-Yo le envié a usted mis opusculitos, maestro -dice el joven con su voz ambigua-, y usted no se ha dignado contestarme… Yo tenía mucho deseo de conocer su opinión… Yo soy un admirador suyo… y su discípulo… He leído todas sus obras…, el Candelabro… Trébol fraterno… Yo querría hablar largamente con usted… ¡maestro!

-Bien…, ya hablaremos…

Afortunadamente, Pedro Luis, que por lo visto va recorriendo tabernas con su joven alumno de picaresca, tira de él, diciéndole:

-Bueno, César, ya has conocido al maestro… y has tenido el honor de hablar con él… Por esta vez ya está bien… Ahora no seas pesado…

-Tienes razón -asiente César. Y despidiéndose de mí: -¡Muchas gracias, maestro! Ya en otra ocasión me permitirá usted que me acerque a hablarle, cuando lo vea… Porque en su casa, por lo visto, no recibe… Bueno, ya le enviaré mi próximo opusculito…

El joven César es, en cierto sentido, un imitador de Buscarini. Aunque de clase más acomodada -es, según dicen, un señorito, hijo de viuda con algunos bienes de fortuna-, no tiene recursos para editarse libros, como hacía Ramón en sus comienzos, y apela a esos opusculitos, como él dice, con diminutivo cariñoso, que constan de un pliego de imprenta que, por otra parte, las más de las veces no paga. De este modo, pliego a pliego, va formando, como Buscarini, su Opera omnia.

Pero a fuer de señorito, no tiene el valor, como Buscarini, de vender el mismo sus opusculitos por los cafés o en las esquinas.

César González-Ruano es el terror de los impresores ingenuos. César los envuelve con su labia presuntuosa y camelística, beneficia el equívoco de su identidad de apellido con ese señor Ruano, secretario general del Ayuntamiento, que realmente no le toca nada, y da a entender que su supuesto tío abonará la cuenta. Naturalmente no ocurre así, se aclara el equívoco, los impresores braman, pero ya la edición está íntegra en poder del joven petardista.

A pesar de su extremada juventud -frisará los dieciocho- Ruano tiene ya un anecdotario tan copioso como esos viejos hampones literarios que se llaman Cubero, Sánchez-Rojas y Pedro Luis de Gálvez. Se cuenta de él que muchas veces ya los libreros de viejo lo sorprendieron in fraganti y lo echaron de sus tiendas a empellones, después de curarle la instantánea obesidad de los libros escamoteados. Una vez, cuenta Yagües, el editor, sus empleados lo detuvieron ya en el portal con un reloj de mesa bajo la americana… -Hombre, señor Ruano…, un libro, pase…, pero un reloj…

[…]

Ese González Ruano tiene algo de postizo, de falso, que me repele, a pesar de la actitud reverencial que ante mí afecta… su aparición siempre provoca en mí un involuntario gesto de desagrado, que a duras penas reprime mi natural benevolencia. Me dejo abordar de él en las calles, en los cafés; pero me resisto a recibirlo en mi casa, según él pretende.

La Hermana, siguiendo mis instrucciones, le niega la entrada, con pretextos corteses… No estoy… Estoy trabajando…, etcétera.

Días pasados, el impertinente joven le dijo con su voz engolada de tiple: -Hasta los ministros tienen hora para recibir…

-Pues ya ve usted; mi hermano no es ministro y, sin embargo…, no recibe.

No; no quiero recibirlo en la intimidad. Ya tengo bastante con esos encuentros casuales, inevitables. Me desagradan su pose wildiana, su frío cinismo, tener que aguantar sus confidencias freudianas, con una paciencia que pudiera interpretarse como complicidad. Confidencias que, además, no tienen nada de nuevas, y quizá tampoco de sinceras, pues todo en él es pose, literatura vieja y corrompida.

Rafael Cansinos Assens, La novela de un literato. Vol 3.

Alianza Editorial. Madrid, 2005.

El blog de Ignacio

El mundo, con frecuencia, por más que no queramos, nos pone ante los ojos y ante las narices su cara más amarga: horrores, violencia, enfermedades, miseria. Pero el mundo también tiene otra cara opuesta a la anterior, en la que triunfan la belleza, la magnanimidad, la ternura, la armonía.

Para aliviarnos de los continuos agobios que nos produce el contacto con la primera, buscamos, con todas las reiteraciones posibles, la caricia de la segunda cara de las mencionadas, la de la belleza.

Por ello algunas personas, creo que no muchas, dedican parte de su tiempo de ocio a transitar a pie -la única manera natural de trasladarse el ser humano- por parajes de montaña, de ribera, de costa, en los que todavía sigue ejerciendo su dominio la mano serena de la naturaleza, a veces incluso mejorada con la acción humana; que, bien lo sabemos, no todo lo que sale de la mano del hombre es feo.

Y, como vivimos tiempos en los que la tecnología ha facilitado tanto el poder llevar encima una cámara fotográfica, así como la transmisión de las fotos obtenidas, no es raro que se unan como dos aficiones complementarias el caminar por hermosos entornos y el compartir la experiencia mediante la fotografía.

Lo de Ignacio es todo eso y mucho más. Él diseña previamente los recorridos, los planifica y sistematiza, ilustra las fotografías con un pie que es una certera y cálida línea de escritura, hace un cuadro de datos técnicos para posibles interesados en emular la acción, y relata el periplo en una prosa escueta, precisa, entrañable.

¡Y qué ejemplar discreción la de Ignacio! Qué prudente y sabio su mantenerse detrás de la cámara, detrás de los objetos bellos que nos presenta. En estos tiempos de tanto ombliguismo -o sea, egoísmo agravado por la torpeza, la zafiedad o el deseo de convertirse en espectáculo-, Ignacio tiene muy clara su actitud: él solamente ejerce  como testigo y como transmisor; lo importante es lo que nos muestra, no su persona. La única foto que aparece de él, es de tamaño carné, y está velada, como vista a través de un cristal camuflante de colores.

Conocí a Ignacio hace ya muchos años: unos cuarenta, o casi. Durante una temporada convivimos muy estrechamente. Luego la vida hizo que cada cual tirara por su propio derrotero. Y nos perdimos la pista; o, al menos, yo perdí la suya. Ahora, con las facilidades tecnológicas del presente, hemos vuelto a estar en contacto.

Y yo no puedo menos  de pedir a los lectores de Certe patet -alguno que otro se sigue asomando a este pequeña chifladura- que visiten el blog de Ignacio. Verán… verán que tienen que visitarlo muchas veces para aprovechar lo más posible, de lo mucho que ya lleva ofrecido a los internautas.

Al amor de los libros

Eloy Sánchez Rosillo, Antes del nombre

Col. Nuevos Textos Sagrados, nº 281

TUSQUETS EDITORES. BARCELONA, 2013

 

                 

                  VIEJAS HISTORIAS

 

Aquellos episodios de la Historia Sagrada

que de pequeño oía en el colegio

y que en casa, más tarde, repasaba despacio

me fascinaban siempre. Llenaban de hermosura,

de muy fuertes y opuestas emociones

-y quizá de algo más, de algo sin muerte-,

al niño retraído y soñador

que en mi ser habitaba. Qué intenso y sugestivo

el universo elemental y exótico

en el que transcurrían. Allí supe

del dolor y el amor, de sangre y fuego,

de plagas y diluvios y guerras y milagros,

de justicia implacable y de misericordia.

Luego, ¿dónde se fueron las vívidas estampas

que en el alma bullían? Poco a poco

el tiempo fue empujándolas a ciertos arrabales

últimos del recuerdo (que son ya casi olvido).

Y muchos, muchos años, otros rumbos anduve.

En ocasiones, ahora, retirado en mi cuarto,

leo y releo la Biblia buscando no sé qué,

buscando, por instinto, agua de vida.

Y reencuentro en sus páginas los relatos que brotan

-tan frescos como entonces, tan dulces, tan terribles-

del fondo más remoto de mí mismo.

De nuevo me consuelan, me espantan, me subyugan.

Por los viejos caminos pedregosos

de Judea y Samaria, bajo un sol de leyenda,

o en la ribera azul del mar de Tiberíades,

los ojos de aquel niño que yo fui

se cruzan con los ojos de Jesús cuando pasa.

(Págs. 21-22)

 

 

         LA TORMENTA Y PATROCLO

 

Mientras va descargando una tormenta

refulgente y bellísima, que hace tan distintos

estos lugares míos cotidianos,

yo releo en la tarde la Ilíada y miro el cielo

desde el silencio de mi habitación.

Está el balcón abierto, paso a paso,

parece que el otoño se aproxima.

Y anda allí arriba Zeus, que en el rayo se goza,

haciendo de las suyas: ha reunido

copiosos rebaños de nubes con guedejas

muy negras y muy grises, y los mueve deprisa

de un sitio a otro con sus truenos súbitos

y su látigo hermoso de relámpagos.

Para mis ojos, qué regalo inmenso.

Sin embargo, aquí abajo, en este libro

que tengo entre las manos, sobreviene

un suceso terrible: la muerte de Patroclo,

amigo inseparable y camarada

del desdichado Aquiles, el de los pies ligeros.

Malherido en un lance anterior del combate

entre la hueste aquea y la troyana,

sus momentos postreros se precipitan ahora:

ante mi compasión y mi estupor,

le da alcance de lleno con su lanza insaciable

el esforzado Héctor, y la vida se escapa

irremediablemente de este cuerpo tan joven.

En mi pecho se mezcla el alborozo

de la tormenta con el sufrimiento

de los viejos hexámetros, transidos

de emoción muy profunda y de intemperie amarga.

Y así, yendo y viniendo una vez y otra

del júbilo que llega de lo alto

al dolor de esta muerte, he pasado la tarde.

Comienza a anochecer. Y cuando apenas

queda ya alguna luz, cierro el balcón y el libro.

(Págs. 109-110)

Si supiéramos bien

Si supiéramos bien, a ciencia cierta,

cuántos pasos distamos de la muerte,

seguro que obraríamos de suerte

que la muerte sería ya la muerta.

Pero nos acercamos a su puerta

ignorantes, felices. Nadie advierte

cuán breve es el trayecto hasta que inerte

cae su cuerpo y ya no se despierta.

Obrar cual si supiéramos el día

que el seno de la tierra ha de acogernos:

con piedad, con amor, con alegría.

Ser útiles, sencillos, firmes, tiernos.

La vida es nuestra, no tuya ni mía.

Compartir o acabar en los infiernos.

Mi amigo Manolo

FOTO DE ICO JOAQUÍN

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Vida retirada

La enseñanza en este país está mal, muy mal. ¿Lo hemos dicho alguna vez? Sí. Pues insistimos.

Este recién acabado fin de semana entrevistaban en RNE a Félix de Azúa. El cual decía: la universidad en España no existe; y en los institutos los profesores se pasan más tiempo intentando hacer callar a los alumnos que explicando. -No pongo comillas porque cito de oreja-. Y en la misma dirección disparaba, hace muy pocos días, Luis Antonio de Villena en su tribuna de El Mundo: “Nuestra enorme crisis cultural” la titulaba.

Y uno de los muchos aspectos que están mal es el aprovechamiento del profesorado mayor: con más experiencia docente y menos energía en el cuerpo. Inventaron la pantomima de la reducción de dos horas lectivas a los mayores de cincuenta y cinco. Horas que al afectado le respetan cuando “se puede”, y en las que él “no se puede” ir del centro.

En la universidad los profesores no suelen tener ninguna prisa por jubilarse; en cambio, actualmente, los profesores de instituto, si pudieran, se jubilaban todos a los cuarenta.

¿Hablo de este tema porque yo, jubilado, echo de menos mi trabajo en el instituto? No es eso, pero hay algo de eso, de lamento por el desaprovechamiento social de algo que a la sociedad le cuesta mucho obtener.

En el cuarto de siglo que siguió a la implantación de la LOGSE, los profesores íbamos viendo que, en la misma medida en que nosotros, con el paso de los cursos, íbamos ganando en oficio, fluidez y maestría, los alumnos que recibíamos habían ido perdiendo en modales, capacidad de atención, conocimientos básicos y respeto debido. Hablo en general, nadie en concreto tiene que darse por aludido.

En fin… Me había propuesto entrar en algunos detalles, pero ahora pienso que no son estos ni el lugar ni el momento.

Así que… seguiré con mi “vida retirada”. Anoche, también en RNE -aunque no en Radio Uno sino en Radio Tres- algunos magníficos presentadores y musicólogos, de los muchos buenos que hay en Radio Nacional, ponían canciones en las que el tema era ese, la vida retirada. ¿Cómo no recordar enseguida la   Oda I de Fray Luis? ¿Cuántas veces la habré leído, cuántos años hará que me la sé de memoria? “Qué descansada vida / […] / que no le enturbia el pecho / de los soberbios grandes el estado”…

Al medio siglo justo de empezar a ser estudiante -estudiante de verdad- me he retirado del ejercicio de la profesión. ¿Y sabéis cuál es una de las actividades de las que más disfruto ahora? La de volver a ser estudiante. Estudiante libre, por supuesto; sin que nadie me imponga exámenes ni materias, ni necesidad de conseguir ningún título o diploma. Disfruto incluso cuando veo que mi memoria ya no es la que era ni mucho menos. Porque mi inteligencia, como la del abuelo de Ernestina -léanme Ernestina o el nacimiento del amor, de Stendhal- sigue funcionando en las dos o tres cosas que todavía me importan en la vida.