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Bici en reposo

Bici en reposo

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Confía en tu pequeñez

El gato dijo: “Te atrapo”.

Y se aprestó el muy bribón

para atrapar al ratón

que le había entrado al trapo.

El ratón dijo “me escapo”

fiado en su pequeñez.

Peque y veloz a la vez,

se coló en el agujero.

El gato ha saltado, pero

se estrella ante la estrechez.

Lectura de Caballero

Voy a copiar aquí, para celebrar el Día del Libro, una secuencia de uno que he leído recientemente: La costumbre de vivir, de José Manuel Caballero Bonald. Un libro que está en mi biblioteca desde 2002, el año siguiente a su publicación. Las distintas catas dedicadas a sus páginas, en la última docena de años transcurridos, no me motivaron para emprender una lectura completa. Pero esta vez sí: me he sentido enganchado de principio a fin, siempre con el lápiz bicolor a mano para los convenientes subrayados.

Es un libro de memorias de un escritor, y por tanto un libro para gente especialmente aficionada a la literatura: escritores, profesores, estudiantes de Filología.

El fragmento que he seleccionado, para dejarlo aquí de muestra, es un poco largo. Pero también es bastante redondo, permite una provechosa lectura exenta. Y permite hacernos una idea de cómo ha llevado su vida Caballero Bonald, nacido en 1926 y Premio Cervantes (el que recibe hoy Elena Poniatowska) en 2012. También he elegido el fragmento porque me ha hecho evocar algún otro caso, más cercano, de amistad norte-sur, o asturianoandaluza para ser más precisos.

De los asturianos que aquí se mencionan, los más relevantes para mí son Ángel González y Emilio Alarcos, el poeta y el profesor, ambos por antonomasia. Desde que por primera vez leí poemas suyos, Ángel González me ha sido uno de los poetas más queridos y admirados. En cuanto a Alarcos, algunos de sus tratados los tuve como libros de texto mientras fui estudiante de Filología Románica. Después, en 1996, llegó a mis manos su Gramática de la lengua española de 1994; y la leí con la fruición del que está leyendo una novela maravillosa (deformación profesional se llama eso).

Y ahora copio:

 

Después de ese verano almeriense, [el de 1970] Ángel González y yo emprendimos una expedición a Asturias, uno de aquellos viajes laboriosos, interminables, que hacíamos a Oviedo desde Madrid, preferentemente en coche, lo que venía a suponer, amén de un serio trastorno físico, una temeridad. Siempre nos vanagloriábamos de haber batido un récord al revés: tardábamos en llegar más que cualquier otro viajero. Pero llegábamos en condiciones bastante aceptables. En aquella ocasión nos acompañaba Carlos Bousoño, aunque sólo hasta Oviedo, pues Ángel y yo cumplíamos la doble función de excursionistas por la costa -Lastres, Tazones, Gijón, Salinas- y lectores de poesía en la facultad de la que era entonces decano Emilio Alarcos Llorach. Me cuerdo muy bien de unas larguísimas sobremesas en el restaurante Conrado y de unas más largas descubiertas nocturnas que acababan en matutinas. La verdad es que Alarcos, que era cuatro o cinco años mayor que nosotros, no lo parecía en absoluto. Quizá lo que más me atrajo de él desde un primer momento fue la infrecuente y admirable alianza que siempre supo promover entre la sabiduría y el humor. Aquí un libro, aquí una amistad. Sus conferencias, sus textos críticos, sus tratados lingüísticos, disponen todos de una sugestión adicional: junto a la solvencia científica surge de pronto como el deseo de aligerar la aridez de la materia con la amenidad expositiva, incluso con un gracejo de muy castizos atavíos retóricos.

Mis primeras noticias de la obra de Alarcos como lingüista, como filólogo, como introductor del estructuralismo en España, se reducían entonces a que había inaugurado un curso académico en Oviedo con una lección sobre la poesía de Blas de Otero, publicada luego por Anaya (1966). El simple hecho de que Alarcos eligiera la obra de Otero para ese discurso inaugural me pareció un buen ejemplo de independencia y perspicacia. Corrían tiempos, ya se sabe, inflexiblemente controlados por la hostilidad censoria y las coacciones doctrinales y era muy difícil incurrir en cualquier desobediencia a las ordenanzas al uso. Y con mayor razón si cabe en el ámbito universitario. El libro sobre Blas de Otero fue para mí una excelente guía de penetración en la poesía del autor de Pido la paz y la palabra, pero también un muy preciso modelo de honradez intelectual. Por primera vez me acerqué a un estudio basado en los procedimientos lingüísticos para caracterizar la obra de un poeta, lo cual definía también una manera innovadora de enfrentarse al análisis de un texto. A lo mejor es que ya daba por seguro que, en poesía, el procedimiento lo es todo o la poesía no es nada.

Aquella vez en Oviedo todo se ajustó a un programa de actos más bien vertiginoso que preludiaba lo que ocurrió en otros viajes sucesivos. Los consumos etílicos de larga duración, quiero decir los que no concuerdan con mis hábitos de bebedor vespertino, suelen alterarme bastante y casi nunca con desenlaces predecibles. Recuerdo una comida magnífica con Juan Cueto en una taberna marinera de Tazones, un almuerzo digno de la mesa de Lúculo en una venta caminera próxima a Gijón y sobre todo un itinerario de figones en Lastres. Ya estaba cayendo la noche en este empinado pueblo, y Ángel y yo nos apostamos en una esquina aguardando que pasara una procesión: dos hileras de mujeres enlutadas y entonando cánticos. Se conoce que el espectáculo de unos forasteros barbudos y con cara de pecadores, vagamente identificables con la imagen duplicada de Satanás, se contradecía con el recogimiento de aquella ceremonia religiosa. Lo supimos porque a medida que aquellas mujeres se iban acercando hasta donde estábamos, interrumpían la salmodia y miraban a otro lado en señal de reprobación. No fuimos perseguidos por la Iglesia militante, pero sí nos negaron una última copa, ya tarde, en una taberna donde alentaba el fantasma de aquel energúmeno patriota llamado don Pelayo.

Cada Noche tenía su afán. Por ejemplo, aquella vez en que Alarcos, Ángel y yo, después de haber cerrado el último bar, nos encontramos sin saber dónde ir ni qué beber. Se le ocurrió entonces a Alarcos una idea luminosa: en un cajón de la mesa de su despacho en la facultad guardaba una botella de whisky para imprevistos. Ningún imprevisto más perentorio que aquél, de modo que nos dirigimos a la vieja universidad en busca de tan preciada botella. La ciudad estaba vacía y la poca iluminación ponía en las fachadas una tonalidad imprecisa, unas sombras itinerantes que me sugirieron por vez primera la escénica clandestinidad de Vetusta. Al llegar al portón, Alarcos se buscó nerviosamente por todos los bolsillos y comprobó desolado que no llevaba encima las llaves. Hubo unos momentos de incertidumbre. El portón lucía más bien decrépito y, según pudimos comprobar, parecía bastante vulnerable. Alarcos nos pidió por señas que nos apartáramos y se situó en la acera de enfrente. Tomó desde allí carrerilla y se precipitó sobre el portón con mucha más potencia de la que hacía prever su enteca complexión. El cuerpo de Alarcos chocó leñosamente con la noble madera de la puerta de la alma mater, pera ésta permaneció negándonos la entrada. Yo me ofrecí a ayudar a Alarcos, uniendo mi impulso al suyo, pero ya él volvía a lanzarse sobre el portón, el cual hizo un extraño mientras se abría una de las hojas con un estridente gemido de goznes. De modo que entramos, subimos a oscuras una escalera, atravesamos una galería y finalmente nos introdujimos en un despacho. No sé si una vez en posesión de la botella, volvimos a salir o nos la bebimos allí mismo. En cualquier caso, hubiese resultado de lo más edificante la intervención de la policía ante un allanamiento de morada perpetrada por el decano de la morada.

Alarcos podía comportarse así, antes -por supuesto- de que Josefina, su mujer, truncara de modo sañudo las naturales inclinaciones del profesor a los esparcimientos joviales. Ya había publicado por entonces algunos libros que marcaron la cumbre de los estudios lingüísticos en España: la Gramática estructural o la Fonología española. Pero procuraba que no se le notase. Si se refería ocasionalmente a esos libros (y aunque era consciente , creo yo, de su condición precursora), lo hacía como si fuesen obras de un señor al que conocía de pasada, pero con el que no quería tener mucho trato. La magistral Gramática de la lengua española que publicó en 1994 debe algo al entusiasmo -no me atrevo a decir a la vigilancia- de Josefina. La última vez que estuvimos juntos fue poco antes de su muerte, en Sanlúcar de Barrameda, donde presidió el tribunal ante el que se defendía una tesis doctoral de José Juan Yborra sobre mi obra novelística. Yo le sugerí al director de la tesis -Alberto González Troyano- la composición de ese tribunal y él eligió el lugar en que debía celebrarse el acto: la espléndida bodega sanluqueña de Barbadillo. Nunca un ceremonial académico se había inscrito en un marco más inusitado, aunque en este caso también fuera el más idóneo. Me consta que Alarcos disfrutó lo suyo. Él sabía muy bien, conviene reiterarlo, que la erudición y el recreo pueden -incluso deben-simultanearse sin mayores estorbos.

En Oviedo he vivido algunas de las más gustosas noches de esos y otros subsiguientes tramos de mi historia personal. Se trata de un referente afectivo que en ningún caso se ha visto alterado por la mella del tiempo o la desmemoria de la edad. Siempre podía elegirse allí un seductor itinerario nocturno por la zona antigua de la ciudad, entre la catedral y el mercado, un poco al hilo de las remembranzas emocionantes de aquella secreta ciudad vislumbrada a través del catalejo que pone Clarín en manos del magistral don Fermín de Pas, contrastadas entonces con otras muy distintas andanzas amatorias y desenvolturas vitales. Tras la muerte de Emilio Alarcos, mis amigos asturianos de aquellos días son mis amigos actuales de cualquier parte: Paloma y Enrique Álvarez-Uría, Mariano Antolín Rato, Juan Cueto, Miguel Munárriz, Lola y Juan Benito Argüelles, Fernando Corujedo, Josefina Alarcos, Alicia Prada, Lola Mateos, amén de otros diversos inquilinos de la noche y espontáneos azotacalles.

José Manuel Caballero Bonald:

La costumbre de vivir. La novela de la memoria, II.

Alfaguara-Santillana. Madrid, 2001.

Páginas 499-503

Me dedico al médico

A los médicos.

Creo que lo más interesante que me ocurrió en el reciente mes de marzo fue la atención dermatológica de la que fui objeto. La doctora, una guapísima joven de la que yo estaría orgulloso si fuera su abuelo, me examinó, diagnosticó y eliminó un protuberante tumor cutáneo, una verruga del culo, perdón, del glúteo.

Y del presente mes de abril, ¿qué voy a decir? Con los soles, las nieblas, los rocíos, las lluvias de abril estoy familiarizado: nada, por tanto, de ello me sobrecoge. De los santos de paso, o sea, de madera o de escayola, paso. Alors, ¿qué es lo que me merece un comentario de mi mes de abril? Pues hablemos de mi visita al dentista: una radiografía, dos caries, una fractura… Y un diagnóstico: como tengo implantes en el maxilar superior y una sencilla prótesis en el inferior, estoy titicojo. Cojeo comiendo. Como cojearía caminando si llevara en un pie un zapato bueno, un Panama Jack por ejemplo, y en el otro una zapatilla de seis euros (el par).

Y ya lo veo venir… ¿Qué tendré que contar del casi amaneciente mes de mayo? De poner en mayas las hermosuras de mayo, ya se ocupó Lope de Vega. Y de ponerlas en romance, el anónimo autor de aquel del prisionero (“Que por mayo era, por mayo”), que nos hizo llorar a casi todos de emoción y de compasión. ¿Qué tendré que contar yo del esplendoroso mes de mayo que ya asoma? Alguna visita médica, seguro. Que los discos de mis lumbares, sin ir mas lejos, están muy gastados, y en cuanto hago una leve inclinación me quedo torcido como un garabato, y me cuesta dios y ayuda, y un ayedo de ayes, volver a la postura de partida. ¡Mándeme algo, doctor…!

Ya sé, ya sé, querido lector, lo que ahora estás pensando: “Qué egoísta eres, maestro, solo piensas en tus males”. Pero eso no es cierto. Estoy atento a los males del mundo, como, según imagino, estás tú. ¡Son tantos y tan grandes los males del mundo…! Yo te cuento los míos para que sonrías.

La voz de Los Clásicos

El encanto de abril,

con su lluvia, su sol, su arco iris, sus flores,

sus dulzuras, su música.

A las tres de la tarde,

mientras recojo la cocina,

a la hiedra frontera a la ventana

van llegando los mirlos. Y, posados,

muy atentos escuchan la lección musical

que cada día imparte Micaela Vergara,

en la que el instrumento imprescindible

no es sino la voz de Micaela.

Mozart, Beethoven, Bach, todos los grandes

la secundan, aportan su obra entusiasmados.

Los mirlos no se pierden una nota, un silencio,

un crescendo, un matiz, un comentario.

Al acabar la clase se dispersan.

Algunos se dirigen al jardín

donde está Miguel d’Ors escribiendo unos versos.

Quieren mostrarle ufanos

lo que con Micaela han aprendido.

Aniversario

En esta ciudad, en la que he vivido y laborado durante los últimos veinticinco años de mi vida laboral, aprendió mi padre a leer y escribir.

No vino aquí en edad escolar: vino a hacer la mili, que duró tres años. Alguna anécdota chusca guardo en mi memoria, de lo que me contaba acerca de su mili -aunque hablaba mucho más de lo que le llegó a continuación: la guerra-. Pero lo más importante, para él y para mí, fue que aquí, en las clases que les daban en el acuartelamiento -primeras y últimas clases de su vida-, se alfabetizó. Y escribía y leía mejor que muchos alumnos de los que hay actualmente en la ESO. Y, a partir de entonces, pudo enorgullecerse de no ser un triste analfabeto.

No es que después de la mili practicara mucho la lectura, y menos la escritura. Sus trabajos de campesino pobre, pobre de verdad, no lo requerían ni lo propiciaban.

Sus hijos sí que pudimos, los tres, ir a la escuela del pueblo. Y tener, incluso, la lectura como un hábito nunca abandonado. El menor, además, terminó una carrera universitaria: otro motivo de orgullo para él; y también de preocupación.

Este año me he acordado con más frecuencia de mi padre: en primer lugar, por haber tenido más tiempo, al estar prejubilado; en segundo lugar, por haberme prejubilado a la misma edad en la que el se prejubiló, aunque él estaba entonces bastante más cascado de lo que yo lo estoy ahora; en tercer lugar, porque cada día percibo más lo mucho que me parezco a él, y comprendo mejor lo que fue su vida, y lamento más los malos ratos que le di.

Hoy hace treinta años que murió.