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Poesía bucólica

Poesía bucólica

 

Así de tranquilas estaban, junto al arranque del cortafuegos. Que esta vez me tentó, y yo me dejé caer en la tentación. No caer: ascender; porque el cortafuegos arranca hacia arriba y, cuando se corona la primera cima, se puede ver que crestea en una sucesión de ascensos y descensos imponentes. Y, como no está acabado, vuelta por la misma vía, a ratos desmontado, arrastrando o sujetando la bici.

Y ahí seguía el rebaño, todas las buenas vacas en la misma postura, como si fueran de cera. Pero ¿cuánto les dura a estas vacas la siesta del borrego?

Me recordaron a las ovejas de Salicio y Nemoroso, o sea, las de la Primera Égloga de Garcilaso: “cuyas ovejas al cantar sabroso / estaban muy atentas, los amores, / de pacer olvidadas, escuchando·” Entonces me dije que si a aquellas ovejas les podía atraer la atención más el canto de los pastores que la hierba, lo mismo a estas vacas les interesaba más una lección de poesía bucólica que seguir dormitando. Así que me puse a explicarles la antecitada Primera Égloga, empezando con una introducción sobre el autor. Y, cuando ya tocaba hablarles de la estructura -yo me había encaramado en una roca que cumplía muy bien la función de tarima- acepté por fin que no había logrado mi propósito, que me estaban oyendo como si oyeran llover, o como meros alumnos de instituto, a los que oír unas gotas de lluvia en las ventanas de la clase les resulta mucho más interesante que cualquier tema del maestro.

Solo la ternera que aparece en el centro de la imagen, hacia la derecha, no se perdió una frase ni un detalle de mi exposición, en cuanto se percató que la cosa iba de amores. Se veía claro que anda enamorada. Por lo que, ignorando a las demás, me dirigí a ella en exclusiva, y le di algunos consejos para que tuviera éxito con su novio o novillo:

-Selecciona bien la hierba que te metes en el cuerpo, para que andes lozana y vigorosa. Procura hablar poco y observar con atención todo lo que se mueve en torno a ti, la atención con la que ahora me estás escuchando, y no seas demasiado efusiva de tus inquietudes, sino que las controlas tras la gracia de tu sonrisa. Y seguro que triunfas.

Y, una vez acabada la lección, reemprendí la bajada con la biciburra.