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El gran Gabo

 

Últimamente he pasado algunas horas dedicado a la lectura de García Márquez. Entre otras obras, acabo de leer, por primera vez, Vivir para contarla. Esto, y que una de las dos opciones del examen de Lengua de Selectividad -anteayer, día 12 de junio, Andalucía- haya sido un pasaje de Crónica de una muerte anunciada, me dan ocasión para anotar aquí algunas consideraciones. Y, para no extenderme, enumero:

1. Cuando uno ha leído mucho a un autor, es muy difícil que la presencia, por muy poderosa que sea, de sus personajes -entre ellos los narradores- nos haga dejar de oír la voz personal del autor.

2. Cuando hablamos de un gran escritor, no necesariamente estamos hablando de un gran hombre -“No hay gran hombre para su ayuda de cámara”-. Aunque, ¿qué es un hombre sino su obra?

3. La vocación, el afán de ser, por encima de todos los obstáculos, escritor, llevan a García Márquez a vivir una juventud que yo calificaría de heroica.

4. Es de su juventud, y bastante menos de su niñez -y siempre de su país-, de lo que nos habla García Márquez en Vivir para contarla. La narración se acaba en el verano de 1955, cuando el escritor tiene veintiocho años, y vuela por primera vez hacia Europa.

5. Uno de los rasgos que más se hacen notar en Vivir para contarla es el entramado que forman vida y obra: continuamente este relato de la vida nos está remitiendo a pasajes, personajes, lugares de la obra.

6. García Márquez rehuyó tanto los diálogos en su obra -técnica en la que confiesa no sentirse seguro- como amó las largas conversaciones con sus amigos. Compensó esa ausencia de diálogos con la selección, por parte del narrador de turno, de frases lapidarias que aparecen en boca de los personajes.

7. Y, como el narrador es personaje, también este encuentra oportunamente la ocasión de “retorcerle el cuello” a la lógica aristotélica y de mantener al lector en el mundo de su lógica mágica, como podemos apreciar en el remate del párrafo que a continuación, como broche de oro, copio:

 Mi último recuerdo de la casa de Cataca por aquellos días atroces fue el de la hoguera del patio donde quemaron las ropas de mi abuelo. Sus liquiliques de guerra y sus linos blancos de coronel civil se parecían a él como si continuara vivo dentro de ellos mientras ardían. Sobre todo las muchas gorras de pana de distintos colores que habían sido la seña de identidad que mejor lo distinguía a distancia. Entre ellas reconocí la mía a cuadros escoceses, incinerada por descuido, y me estremeció la revelación de que aquella ceremonia de exterminio me confería un protagonismo cierto en la muerte del abuelo. Hoy lo veo claro: algo mío había muerto con él. Pero también creo, sin duda alguna, que en ese momento era ya un escritor de escuela primaria al que sólo le faltaba aprender a escribir.

Gabriel García Márquez, Vivir para contarla (cap. 2, pág. 121)

Ed. Círculo de Lectores. Madrid, 2002

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