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Nunca he comido angulas

Lo cual no me produce pena en absoluto. ¿Que por qué las menciono? Porque me he acordado de que, hace muy pocos días, cierto pianista entrevistado en la radio las ponía como ejemplo de algo que, aunque guste mucho, puede llegar a cansar.

Es verdad. Alguna variedad en los platos de pescado, de carne, de legumbres, resulta necesaria. De ahí a estar necesitando cada día platos nuevos, guisos distintos, sabores sorprendentes, hay mucha distancia.

Hay personas de gusto inquieto, tanto en la comida como en lo demás. Son personas que, al cabo de una temporada de despertarse en la misma habitación, de besar los mismos labios al levantarse, de oír las mismas voces mientras desayunan, sienten un tedio insoportable. Personas que mueren por complicaciones producidas por la obesidad porque no tienen la oportunidad de recorrer cada tarde una senda distinta, lo cual es razón suficiente para que no caminen. Cambiar de ambiente, de amigos, de comida, de empleo, de colegas… Cambiar es vivir.

En el otro extremo están los que rápidamente se adaptan, se aficionan, se encariñan. Y ven el cambio como una amenaza a su estabilidad, a su felicidad. ¿Por qué leer a otros autores, si con la medio docena que frecuento y que guardo en mi biblioteca me siento entretenido y alimentado? ¿Por qué buscar otros lugares para caminar si los que recorro a diario me ofrecen continuamente aspectos nuevos, encuentros inesperados, paisajes cambiantes? ¿Cambio de pareja? No; gracias. ¿Cambio de amigos? No; gracias. ¿Cambio de hijos? ¡No; gracias!

¿Cuál es la actitud más sana, más sabia? Probablemente la que proponía Santo Tomás: In medio virtus est, en el término medio está la virtud. Por consiguiente, entre siempre angulas y cada día un pescado diferente, que cada cual busque su punto de equilibrio.