• Páginas

  • Archivos

  • noviembre 2014
    L M X J V S D
    « Oct   Dic »
     12
    3456789
    10111213141516
    17181920212223
    24252627282930

El oficial alemán y el pianista

Insisto en que, a lo largo de las dos últimas décadas, he visto muy poco cine. Acorde con mi idea de que “el séptimo arte” es una afición de juventud.

No obstante, anoche vi en la tele una muy buena película, desde cuyo estreno han transcurrido ya doce años: El pianista, de Roman Polanski.

Es una película impactante, fuertemente impactante; y un derroche de calidad cinematográfica, por supuesto.

Aquí sólo voy a comentar algo acerca de algunas de las últimas secuencias. A partir de la aparición del oficial alemán. Qué contraste tan fuerte entre su aspecto impecable y la enorme devastación y ruina que lo rodea, que incluye al pianista.

Queda patente que es un oficial de vocación. Un militar hondamente imbuido del sentido de la dignidad de su profesión. Aunque ahora se esté cuestionando -o renegando de- algunas de sus creencias más importantes. Pero sigue actuando automáticamente según otras. Ayuda al pianista, aunque sabe que es judío. Sabe que es judío y que es un gran pianista: lo ha oído tocar. Pero todavía no sabe su nombre.

Cuando vuelve a buscarlo y no lo ve -no puede saber dónde está exactamente, ni si está-, podría haberlo llamado con el apelativo de “pianista”; pero no: lo llama con el apelativo de “judío”.

Ahora bien, he aquí la escena que choca con el espíritu castrense de este oficial: la escena en la que, derrotado el ejército alemán y acabada la guerra, aherrojado él en un campo de prisioneros repleto de soldados alemanes, con aspecto ya desastrado, abatido e indigno, busca la salvación personal argumentando que él había ayudado al pianista polaco Szpilman. ¿Dónde está tu sentido de la dignidad militar, capitán? ¿No te importa la suerte de tus compañeros, quieres salvarte solo?

Sin embargo, el director de la película nos ha dado previamente una explicación clara y suficiente para tal actitud: el “retrato en sepia” que este capitán tiene en su mesa de oficina, ampliamente mostrado por la cámara, en el que él aparece feliz con su esposa y sus hijos.

Este capitán está “cautivo y desarmado”. Pero también está ansioso por volver a ver a su mujer y a sus hijos. Aunque sólo sea una última vez.

Así lo entiendo yo al menos. Acordándome al mismo tiempo de otro militar que, además de militar, era poeta y enamorado: Garcilaso de la Vega. Y acordándome, no de un soneto en el que él cuente su propia historia, sino de uno en el que evoca la historia mitológica de Leandro, el soneto XXIX. El cual Leandro, para ver a su amada Hero, cruzaba a nado, cada noche, el Helesponto. Atrapado en el mar por la tormenta una de esas noches, pide a las olas que no lo maten ahora, a la ida, que lo maten a la vuelta, cuando ya haya visto una vez más a su amor.

Y eso es lo que, según yo pienso, quería este capitán atrapado por la deletérea tormenta de la guerra: ver una vez más a los objetos de su amor, antes de morir.

Multiplicarnos la vida

Es imposible. Es verdad que a veces, o con frecuencia, tenemos la impresión de que eso está ocurriendo: que no estamos viviendo una vida sino mil. Cuando vemos una película que nos arrebata, o leemos una novela que ídem. No nos dejemos engañar por nuestro entusiasmo momentáneo; estamos viviendo únicamente nuestra vida, que es inmultiplicable lo mismo que es indivisible -eso es lo que significa el sustantivo ‘individuo’: indivisible-.

Podemos, eso sí, en la edad y condiciones adecuadas, reproducirnos, procrear, o crear algunas obras que nos sobrevivan y sigan siendo de alguna utilidad a individuos venideros.

Pero nuestra propia vida es única, y va corriendo, como un arroyo -el río manriqueño- a su desembocadura. Y, mientras la ocupamos en una tarea, afición o pasatiempo, no la ocupamos en otro. Si estamos leyendo, o releyendo, una novela de seiscientas páginas, no podemos estar simultáneamente visitando a nuestra suegra, o podando un árbol, o revisando y ajustando la bicicleta, o tomando unas cañas con unos compadres.

Basta con que un día nos salgamos de nuestras actividades habituales, de nuestro pequeño mundo cotidiano, para que nos demos cuenta de lo limitados y torpes que somos en una ilimitada gama de posibilidades próximas: conducir -¡y aparcar!- en nuestra propia ciudad, arrancar una motosierra, guisar un potaje de lentejas. Actividades en las que otra mucha gente corriente luce con serenidad.

Nada nos multiplica la vida, pero muchas cosas nos la pueden hacer más rica y agradable, más fecunda y feliz. Y en ellas nos debemos emplear cuanto podamos, con una sola cortapisa: que no generen daños a terceros. Porque nuestra felicidad no está por encima de la de los demás, sino al mismo nivel. Y si pensamos en aquellos que estamos procreando, o en aquellos a cuya procreación y crecimiento estamos colaborando, entonces nuestra felicidad, nuestra vida individual, no está al mismo nivel, sino siempre por debajo. Según la frase de San Juan bautista cuando preparaba la llegada del Mesías: Illum oportet crescere, me autem minui, Es necesario que él crezca y que yo disminuya.