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Competencia

A AGD

Cierta maestra de párvulos a la que vengo frecuentando desde hace unas cuantas décadas, me contaba, en actitud ponderativa, la anécdota de cómo se entretienen algunos de sus angelitos. Acabada la mañana, mientras esperan el ingreso en el comedor (los nenes que son “de comedor”, claro está), le cogen al compa un pellizco en la mejilla, con dos de sus inocentes deditos, y no se lo sueltan hasta que grita de dolor, o hasta que se zafa de un tirón. Gana el que más tiempo soporta el pellizco.

A cualquier edad y en cualquier circunstancia encontramos algún objeto por el que competir.

Recordamos la etimología de este verbo del español, competir: el verbo latino PETO significa intentar llegar a, tender a. De ahí centrípeto: que tiende al centro. El prefijo con– significa, en este caso, la concurrencia de individuos intentando alcanzar el mismo objetivo. Y el que primero lo alcanza, se siente dueño del mismo, sea éste un balón de fútbol o una sede parlamentaria.

Cuánta competencia en la actividad humana: en los juegos, en los deportes, en la vida laboral, en el bar.

¿Recordáis -aquí me remonto a mi remota infancia- en qué consiste el juego del pañuelo? Para practicarlo hace falta un pañuelo limpio, algo que, desde que nos pasamos masivamente a los kleenex, nadie lleva en el bolsillo. Un auxiliar sostenía el objetivo, el pañuelo, en el centro de la pista; y dos jugadores, uno de cada bando, competían por adueñarse de él.

Muchas personas, con un sentido de la convivencia humana muy pacato y buenista, opinan que la competencia es una lacra social que hay que desterrar, para sustituirla por un espíritu colaborativo y coparticipativo. Y algo de razón tienen. Algo. Pero no podemos perder de vista que lo que está inscrito en el núcleo de nuestra naturaleza -quizá porque buena parte de los bienes a los que intentamos acceder son escasos- no se puede borrar con moralina. Mejor lo aceptamos y a continuación intentamos controlarlo, moderarlo, someterlo a medida.

También hay individuos humanos a los que, aparentemente, no les gusta competir: se desentienden de los otros a la hora de organizar su propia vida. Individuos que no miran de reojo al vecino para ver lo que ha conseguido o está a punto de conseguir; que parecen ensimismados, abismados en sí mismos. Pero tal apariencia no es sino la primera impresión. Si las miramos más atentamente, nos daremos cuenta de que llevan dentro a su propio competidor: es el superego de que hablaba Sigmund Freud, el cual los está retando continuamente, sin darles descanso.

Peroración: compitamos como hermanos o, al menos, como buenos vecinos; y si tenemos un superego demasiado dominante, recordémosle que no existiría ni sería nada sin nuestro modesto y limitado ego.