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El padrino

O la madrina, por supuesto.

Creo que hoy la mayoría de nosotros asocia tal apelativo a la figura de Marlon Brando en la trilogía, de ese título, de Coppola. O sea, a un padrino de la mafia. Figura que, seguramente, es una degeneración de la del antiguo patronus romano.

En nuestra sociedad, el padrino y la madrina, con pocas excepciones, son personajes de un día en celebraciones como bodas y bautizos. Nuestro sentido de la igualdad nos impide pensar de otra manera. Salvo que estemos contaminados del sentido mafioso de esa figura social y, ateniéndonos al refrán de que quien no tiene padrinos no se bautiza, busquemos el arrimo de alguien influyente, a cambio de “lo que haga falta”.

Sin embargo, teniendo en cuenta que la igualdad social es solo un valor, no una realidad, la figura del padrino, de un honesto padrino o de una honesta madrina, podría ser muy útil.

¿Lo está siendo a través de esas campañas que, en las últimas décadas, a través de alguna ONG, nos han animado a apadrinar un niño del tercer mundo? No lo sé; aunque me parece que no se ha logrado mucho por esa vía.

En nuestro sistema educativo -es en las etapas de formación de una persona donde cabría la influencia beneficiosa de un padrino-, concretamente en la secundaria, que es la que me ha tocado vivir muchos años, existe la figura del tutor. Pero este tutor lo es de un grupo de alumnos, formado para un curso solamente; transcurrido el cual el grupo se deshace y a ese profesor se le asigna otra tutoría.

No digo que este tipo de tutor de grupo no desempeñe una labor beneficiosa, al contrario. Pero creo que en los institutos debería existir también la figura del tutor individual. De modo que a un alumno, al llegar por primera vez al instituto en el que va a pasar a seis años muy importantes de su vida, se le asignaría un tutor que -salvo las excepciones pertinentes- lo sería durante esos seis años. Con lo cual la relación de conocimiento personal y familiar, de afecto humano y dedicación profesional, de orientación y apoyo en las encrucijadas y dificultades, podría ser mucho más intensa y efectiva.

No digo, insisto, que habría que eliminar la función tutorial para grupo y curso; pero la otra, la tutoría individual, tendría unos efectos positivos distintos, y de mucho más arraigo en la vida de los muchachos. Sería una noble institución académica y sería, además, la mejor forma de recuperar la relevancia social de la figura del padrino.  Y de la madrina, por supuesto.

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