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Estar a gusto en mi pueblo

Expresiones con las que alguien declaraba encontrarse en satisfactoria coyuntura. Estamos en el que era mi pueblo hace cincuenta años.

  • Como un marrano en un charco. Creo que la comparación no necesita aclaración ni comentario.
  • Como un choto con dos maes. Traducido: como un cabritillo con dos madres. A veces ocurría: una cabra perdía a su cría y no negaba su ubre a la de su vecina, que así era doblemente mamante y doblemente feliz.
  • A tahá zacuía. En español: a tajada sacudida. Cuando comer era llenar (u ocupar sin llenar) la panzorra con lo que hubiera, o sea con forrajes de mala calidad; o, si se comía carne, alcanzar sólo unas hebras dispersas en salsaguate; entonces, tener la fortuna de comer carne sin estorbos de salsa, eso era comer de verdad.
  • Le amarga el azúcar. Castellano perfecto. Comprábamos el azúcar por cuartos de kilo, envueltos en papel de estraza, en la tienda de la Quinita o en la de la Pirula. Se la echábamos al café (cualquier líquido oscuro y medio caliente se llamaba café); y casi contábamos los microgramos o microgranos. ¡Cómo tenías que estar de sobrado para que te amargara el azúcar!

Ahora la gente utiliza otras expresiones, que demuestran que, con la comida buena y abundante, se han desarrollado muchísimo la inteligencia, el ingenio y la gracia:

  • Más a gusto que un arbusto. ¡Qué hallazgo el de la rima consonante, que rotundidad! Insuperable.
  • Más feliz que una perdiz. Su evocación -paradójica- del final de los cuentos populares infantiles resulta gloriosa. O más. Esta la utilizaba ayer en su artículo ( en El País) mi admirada y querida Elvira Lindo.

Querida Elvira: no te pases de llana; que, entre la llaneza cervantina y la de muchos modernos de encefalograma llano, hay un abismo.

Cagar sin daño

En mi pueblo, allá por los cincuenta del veinte, no había agua corriente, ni cuartos de baño, ni cosa que se les pareciera. Y las personas humanas hacíamos nuestras necesidades como las personas caprinas, es decir, donde las necesidades se presentaban; aunque, eso sí, con un punto de discreción y vergüenza que no tenían las cabras: elegíamos el rincón menos visible.

Los hombres lo buscaban en el campo; las mujeres, en corrales o cuadras; los niños, por doquier. Recuerdo ver a alguno de los muchos Silvestricos haciéndolo encaramado en la copa de la higuera, como si fuera un gorrión.

Cuando se me presentó tener que irme al seminario, a los doce años, pensé que lo que me resultaría más difícil sería cagar en un váter. Pero no fue así como ocurrió, me acostumbré a la primera.

A los dieciséis, cuando deserté de la curillanía y me quedé con mi familia y en mi pueblo, volví a la ausencia de agua corriente, de duchas y de cuartos de baño.

Y una malhadada y plácida tarde de primavera, estando yo a lo mío de la evacuación al abrigo de un balate gratamente cubierto de parras y de pastos, oí voces femeninas y apresuré la acción. Así que, estando yo aún con los pantalones a medio subir y con el regalo aún entre las piernas, hicieron su aparición la madre y la hija (la madre, una matrona entrada en carnes; la hija, una belleza).

Después de aquel inoportuno encuentro, no cejé hasta habilitar la rústica casa familiar con cuarto de baño, con ducha, inodoro y pozo ciego -robándole un trozo al corral-. Pasados algunos años, llegó el agua corriente.

Y fue pasando el agua. Y fue pasando el tiempo. Pero hemos seguido siendo parientes de las cabras, aun con cuartos de baño.

 

Altares e infiernos

Hasta los diecisiete años, edad en la que me volví un ateo irrecuperable, viví en un mundo similar, en aspectos de mucha relevancia, al mundo en que había vivido Gonzalo de Berceo, siete siglos y medio antes: un mundo en el que los humanos se debatían entre fuerzas angelicales y protectoras que hacían lo que estaba en su mano para llevarlos al Paraíso, con Dios y Santa María, y fuerzas malignas que no perdían ocasión para empujarlos al precipicio en cuyo fondo los aguardaba Belcebú con toda su corte, en un infierno de fuego inagotable.

Actualmente, yo no sé si están en regresión las religiones convencionales, las de antiguo origen. Quizá no. Quizá se pensó que sí allá por los años setenta del pasado siglo; se pensó que con el desarrollo de las ciencias y de la tecnología, y con una izquierda moderada e ilustrada en los gobiernos de los países, afloraría una sociedad de hombres “libres e iguales”, que tendrían una jornada laboral liviana, a los que quedaría tiempo para el ocio clásico, el enriquecedor, liberados del oscurantismo ancestral de la religión: narcotizante, embobante y alienante.

Lo que hemos visto, en la medida en que los hombres se han ido desenganchando de las viejas religiones, ha sido que se han creado e impuesto dogmas nuevos, nuevas figuras de culto. Es como si esta especie animal, evolucionada y distinta, necesitara sentir que vive en un mundo de tres niveles: el de los altares, de seres adorados y reverenciados; el de los seres inferiores, carentes de derechos y de dignidad, que sólo merecen hostigamientos y castigos; y el de los hombres propiamente tales, que tienen que andarse vigilantes, y sentirse a la vez vigilados, para no convertirse en reos y ser arrojados a los inferi, al mundo inferior; sino lo contrario: cuanto antes, sin tener que esperar a la muerte corporal ni siquiera llegar a la edad adulta, lograr una apoteosis como la de Hércules, o una asunción como la de Santa María. La gloria de los altares.

O sea, que no tenemos arreglo.