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Seminario de San Cecilio

En Granada. Pasé, en este seminario menor, cuatro años: desde los 13 hasta casi cumplir los 17; o desde 2º de Latín y Humanidades hasta 5º de la misma etapa. En ese seminario, ubicado en la Placeta de Gracia, muy céntrica ahora en la ciudad, aunque entonces no tanto.

Vivir en régimen de internado une mucho; y quizá más si el internado es de condiciones rigurosas en cuanto a horario, disciplina, religión, vocación.

A raíz de leer el comentario, o los comentarios, que ha escrito hoy, en una antigua entrada, Yo también pillé suspensos, el compañero José Antonio García Pérez, se me ha ocurrido hacer un somero repaso de los compañeros que recuerdo, de los nombres que quedan legibles en la lista escrita en mi memoria. Si algún antiguo colega ve muchas lagunas, o ve más olvidos que recuerdos, espero que lo comprenderá: hablamos de los años 1964-68. Ha pasado, desde entonces, mucha agua bajo los puentes del Genil.

De mi pueblo, Gójar, estábamos en el mismo grupo Javier Quiles Santaella y yo. Juan Sisinio Pérez Garzón estaba dos cursos por encima. Nicolás Rivero Salaver sí era del mismo curso, pero estaba en otro grupo para las clases.

De Dílar, creo recordar que José Antonio Haro era del curso siguiente, y los compañeros Ruiz Gómez y Puga, del precedente.

Sí recuerdo un compañero de Otura: Manuel Clemot Anguita. Y a uno de Cúllar Vega: Eduardo Bonilla Roldán.

De Beas de Granada quiero recordar que había dos, pero uno de ellos debe de andar en la niebla; al otro lo veo muy claro: Manuel Madero López.

Recuerdo a José Antonio Villarraso Moles, de Fornes; y a Antonio (o José Antonio?) Ruiz Freire, de Melegís.

Romero y un primo suyo, Palma, eran de un pueblo del Valle de Lecrín, Albuñuelas quizás.

Alcalde Fernández (¿Juan Antonio, estoy viendo demasiados compuestos de Antonio por tonto egocentrismo?) era de La Zubia. ¿Había alguno más de La Zubia, un tal Molina?

Fernández Galdeano era de un pueblo de la costa, no recuerdo cuál. Tampoco me acuerdo bien de su nombre; diré, para compensar lo olvidado, que era un portero de fútbol excelente.

De Órgiva era, y en parte al menos lo seguirá siendo, Manuel Palomino Guzmán (Manuel Palomino el Bueno; y el Grande); y de Cacín el que habría de ser su cuñado, Eusebio Pérez Fernández.

De Trevélez eran Manuel Casares Álvarez y su primo, José Álvarez López. De Busquístar, Alcalde Salguero (no digo nombre, dudo, pero diré que era gran bandurrista). Y de Cherín, Eugenio Pérez Fernández y Francisco Aguado (“Paquito Cherín”).

Manuel Argüelles Cerezo, sinónimo de estudioso, era de Iznalloz.

De la capital, de la misma Granada, sólo recuerdo a Juan Jiménez-Casquet Sánchez, que nos enamoró a todos cuando, en La hidalga del valle, de Calderón de la Barca, hizo el papel de la Gracia.

Creo recordar al José Antonio García Pérez que con su comentario me ha dado pie para esta entrada: flaquito (donde todos lo estábamos) y moreno, un poco apocado o especialmente humilde y piadoso. Al que no estoy seguro de recordar es al Teodoro Aguilera que menciona; ¿o sí?

Insisto: si alguno de aquellos compas lee esta lista y no se encuentra incluido, que me perdone. Al fin y al cabo, a algunos -o a muchos- no los he vuelto a ver desde la Semana de Pasión del 68.

Mientras nombraba, he aguantado, hasta donde he podido, las ganas de hacer comentarios, distingos, anotaciones sentimentales o bromistas, y me he limitado a los nombres, a hacer una lista, aunque me haya salido una tonta.

Ahora sí, para terminar, les mando un fuerte abrazo a todos. Y expreso mi deseo de que alguna vez no volvamos a juntar y nos contemos muchas historias.

PS

Algún día me entretendré rastreando las huellas de estos antiguos camaradas con la ayuda Internet. Hoy he preferido no hacerlo.

Emigrante

A lo largo de mi vida he salido muy poco de España. No obstante, tres veces me he visto acogido por nuestra vecina Francia. Lo digo así porque allí siempre me sentí bien acogido y bien tratado. Siempre hubo quien me dijera que hablaba muy bien en francés, quien me abriera la puerta de su casa y me sentara a su mesa.

La segunda vez fue hace cuarenta años. De hecho, regresé -regresamos, el equipo de trabajadores del que yo formaba parte- pocos días antes de que muriera Franco, muerte de la que se cumplen mañana mismo los cuarenta.

Entonces yo andaba acabando mis estudios universitarios. Cuando salimos de Granada, en tren, hacia la frontera, yo acababa de examinarme, convocatoria de septiembre, de las dos asignaturas que me quedaban del último curso. De las cuales no pude examinarme en junio porque contraje -el día 13 amanecí fatal- una severa y peligrosa enfermedad: las fiebres de Malta.

Yo era joven, tenía un cuerpo vigoroso. Y además me trató un buen internista de Granada. El caso es que, aunque las primeras semanas fueron muy penosas, me fui curando a lo largo del verano. Y en septiembre, una vez examinado de las dos asignaturas que me habían quedado, me fui con el equipo de mi amigo Manolique -o Philippe, según lo llamaban los franceses, por su segundo apellido, Felipe-, nos fuimos a la campaña de la grappe. Cargábamos, a horca y pala, el orujo en camiones, recorriendo las prensas de las bodegas; y lo llevábamos a la destilería de M. Dugas, en Port de Genissac, proximidades de Burdeos.

Recuerdo que los dos primeros días me sentí más bien débil. Así que me di una semana para recuperar la forma. Y la recuperé de sobra. Trabajé, me lo pasé bien con los compañeros españoles y franceses, gané un dinerito.

Al volver a Granada, me informé de mi nota en aquellas dos asignaturas. Había aprobado. Y Franco la palmaba. Comenzaba otra etapa en mi vida, y otra etapa en la vida de este trabajoso país llamado España.

Cuán poco…

Cuán poco hace falta para que no exista lo que existe.

Javier Marías, Así empieza lo malo. (Pág. 532)

Ed. Círculo de Lectores (licencia de Penguin Randon House)

Barcelona, 2015