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La suerte

A los sucesivos Gobiernos de la Nación no les importa animar a los ciudadanos a que se conviertan en ludópatas, con tal de aumentar la recaudación.

Pero los ciudadanos debemos ser cautos y procurar no poner mucha pasión en los juegos de azar, donde parece haber dinero fácil. Pues en ellos la ruina es más fácil. Una vez al año, seguro que no hace daño. Incluso nos puede ayudar, a los que somos más escépticos, a creer en la suerte. Porque la suerte existe, como constatamos cada veintidós de diciembre.

Los juegos, no sólo los de azar, son buenos y necesarios en la niñez y en la mocedad. Una vez que, como el poeta Gil de Biedma, nos percatamos de que la vida va en serio, lo que tenemos que hacer es ponernos a trabajar, incluso cuando no hay trabajo.

Porque lo mejor que nos puede pasar, en relación con la suerte, es que no nos haga falta ningún golpe de ella. Que nos conformemos con que no nos llegue un golpe de desgracia. Que también la negra suerte anda por todas partes, jugando a la ruleta con nosotros.

Un servidor, en cuanto a lo personal, se conforma con que las dos, la buena y la mala suerte, pasen de largo; con que me dejen como estoy.

En cuanto a la nación española, más que la buena suerte, le deseo que los políticos se pongan a trabajar (a “parlamentar”, como dice mi amigo J. S.) y consigan traernos un gobierno de gran coalición.

Y en cuanto a la humanidad entera, que la suerte le ayude a ‘sortear’ los grandes peligros, que la buena suerte la libre de la mala suerte; y que todos trabajemos para conseguir lo demás.

 

Ignómine

Cuarenta años publicando -previamente escribiendo, cómo no- sus novelas. Eduardo Mendoza. Publicó la primera en 1975, La verdad sobre el caso Savolta. Y ha publicado la -por ahora- última en este 2015 que ya se está acabando, El secreto de la modelo extraviada.

De todas estas novelas, cinco (El misterio de la cripta embrujada, El laberinto de las aceitunas, La aventura del tocador de señoras, El enredo de la bolsa y la vida, El secreto de la modelo extraviada) tienen por narrador y protagonista a un curioso personaje “ignómine”: nunca aparece su nombre. Teniendo él tan claro parentesco con el pícaro Lázaro, adopta en esto la actitud contraria. Recordemos cómo comienza La vida de Lazarillo de Tormes: Pues sepa V. M. ante todas cosas que a mí llaman Lázaro de Tormes, hijo de Tomé González y de Antonia Pérez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca.

Con nombre o sin nombre, los dos son el mismo don nadie (dos de tantos don nadie) al que la vida machaca sin tregua; y sin conseguir acabar con sus ganas de seguir adelante, de sobrevivir, de vivir, por muy precarias y penosas que sean sus circunstancias.

Mendoza es un purista del idioma. Y lo mismo lo es este personaje suyo, sin duda tan querido para él; y para sus lectores. Un curioso y divertido contraste: la pulcritud y precisión expresivas de este pobre y zarrapastroso personaje.

Son novelas sin duda juveniles éstas: porque pueden ser muy educativas para los jóvenes y porque los mayores volvemos a sentirnos jóvenes leyéndolas, y con la risa juvenil aflorándonos a la cara sin contención.

Aunque sólo hubiera escrito estas cinco novelas del amigo ignómine, Mendoza ya merecería nuestro perpetuo agradecimiento. Pero su obra es mucho más amplia y más honda. Que cada uno vea a qué parte de ella le mete mano.

Debates

Confieso que no soy aficionado ni a los debates ni a las discusiones. Ni a participar en ellos ni a verlos en la tele. Y, en cuanto noto que una persona opina de una manera distinta a la mía, tiendo a quedarme callado o a hablar del tiempo, hasta salir de ese incómodo espacio.

Reconozco, eso sí, que los debates políticos son necesarios, que son un medio -entre los otros- para que los votantes conozcan mejor a los candidatos, y elijan su papeleta con más fundado criterio, después de su propio escrutinio.

Pero mientras en este país impere la mala educación (sin que las lamentaciones en prensa de un Mariano José de Larra o de un Arturo Pérez-Reverte hayan servido para que pensemos en corregirnos), propongo que apliquemos a los debates políticos algunas reglas propias de prácticas deportivas, en cuanto a establecimiento de una autoridad moderadora, reparto de los tiempos, punición de faltas. Todo ello basado en un sagrado principio: el respeto debido; al árbitro (moderador), al otro o los otros contendientes y al público espectador.

Reglas

  1. El moderador es una autoridad incuestionable. Se presentará siempre acompañado de dos ayudantes. Y constituirán, por tanto, una especie de tribunal.
  2. El tiempo del debate es un bien limitado. El orador lo consume según su propio criterio, pero el moderador lo controla con todo rigor, a golpe de cronómetro como en el ajedrez.
  3. El tema o cuestión lo plantea siempre el moderador.
  4. Al participante que corresponda el turno de palabra no se le interrumpe por muy prolongada que sea su exposición, o por mucho que se salga por la tangente. A no ser que: a) Haya consumido el total de su tiempo disponible (para todo el debate, ya que no hay límite de tiempo para una intervención concreta), caso el cual el participante se tiene que levantar y marcharse. b) El moderador le muestre tarjeta. La cual será amarilla en la primera ocasión; y roja en la segunda. Ésta obligará al participante a lo mismo: a abandonar la sala.
  5. Las faltas punibles (con tarjeta amarilla o roja, según corresponda) son: a) Para quien está en uso de la palabra: el insulto, la grosería y la falta de respeto. Nunca el consumo excesivo de tiempo, a no ser, como queda recogido en la regla 4, que haya agotado el total del que le correspondía. b) Para quien no está en uso de la palabra: la interrupción oral infligida a quien está haciendo su exposición; y la falta de atención o de respeto manifestada a través de gestos o actitudes (mirando ostentosamente hacia atrás, por ejemplo).

Entiendo que un debate así reglado es más propio de alumnos de la ESO que de aspirantes a la Presidencia del Gobierno. Pero, pues se trata de limpiar la casa, para que brille el decoro, mejor empezar por las habitaciones altas, e ir descendiendo hasta llegar al sótano.

Lo escrito en el pijama

Después del desayuno, mientras me lavo los dientes, intento leer, en el espejo, la amplia cartelera que me aparece en el pijama. Lo consigo con esfuerzo, pues las líneas de lectura se ven invertidas.

Y me digo que esta frontal de la camiseta pijamera podría ser un buen sitio para colocar, no un mensaje tontipavo como el que yo me acabo de leer, sino una exhortación sentenciosa, una arenga impactante, un elogio convincente; pero escrito al revés, como el rótulo en la visera de las ambulancias, para que lo lea bien el interesado mientras se frota los caninos e intenta encontrar el gesto más adecuado para surcar la jornada que comienza, la fuerza suficiente para afrontar el día con entereza.

Escrito al revés, insisto, para que quien lleva la prenda puesta lo pueda leer con comodidad; como una especie de máxima síntesis de ese libro de autoayuda que todos andamos necesitando casi siempre.

Tres huesos de cereza

Un día apareció en la cabaña del hospital un hombrecillo vestido con un blusón azul y unos grandes pantalones sueltos, un hombre muy alto, completamente calvo y con un bigotito rubio tan tenue que era casi invisible. Se dirigió a mí con toda formalidad y me dijo que su nombre era Anton Bruckner. Bruckner, el célebre compositor austriaco. Era idéntico que en las fotografías que había visto de él. Nos estrechamos la mano y luego le dije que se sentara y él, después de mirar a su alrededor un poco confundido, cogió un taburete de madera, lo colocó cerca de la cama y se sentó a mi lado.

Herr Bruckner -le dije-. Siempre he amado su música.

Es usted muy amable -me dijo-. ¿Es usted músico también, sin duda?

-Sí. Compositor -dije yo-. Pero no tengo éxito.

-No se preocupe por el éxito -dijo él-. La música no tiene nada que ver con el éxito ni con los aplausos. Aunque a todos nos guste recibirlos.

-Es evidente que la música no es eso -dije yo-. Pero ¿cómo se puede componer cuando uno no obtiene ningún reconocimiento? ¿Cómo es posible componer cuando uno pierde la fe en sí mismo?

-Usted tiene que comprender lo que es realmente la música -dijo él-. Entonces la preocupación por el éxito no se convertirá en la fuerza dominante de su vida.

Hablaba un inglés extraño, con un fuerte acento alemán, un acento alemán que también resultaba peculiar. Yo no sabía que Bruckner hablara inglés, aunque sí que había sido muy bien recibido en Inglaterra y que siempre había sentido afecto y admiración por ese país, y también que había intentado en varias ocasiones emigrar a los Estados Unidos. Aunque supongo que aquella figura que acababa de entrar en mi cabaña no era realmente Bruckner, sino una creación de mi imaginación.

-Dígame, Herr Bruckner, ¿qué es realmente la música?

-Si se lo digo, estropearé la posibilidad de que usted lo descubra por su cuenta -me dijo él-. Y eso no estaría bien. Es posible que usted haya venido a este lugar exclusivamente para eso.

-¿Es usted realmente Anton Bruckner?

Se sacó de uno de los bolsillos de su blusón una bolsa de papel llena de cerezas y se puso a comer. Me ofreció. Estaban muy rojas y tenían un aspecto delicioso. Pero yo tenía miedo a comer alimentos del mundo de los sueños, y rechacé su oferta.

-La música es una forma de alabar a Dios -dije yo-. ¿Es eso lo que usted cree?

El frunció ligeramente el ceño. Escupió un par de huesos al suelo y luego se guardó de nuevo la bolsa de cerezas en el bolsillo de su blusón de campesino.

-Dios es una palabra que se les dice a los niños -dijo Bruckner limpiándose los labios con el dorso de la mano-. Aquí no solemos utilizar esa palabra.

-Usted siempre fue un buen católico, un hombre de fe.

-En efecto. Pero eso no me salvó de la desdicha. Siempre fui desdichado, señor Barbarín. Toda mi vida, desde niño, siempre fui un desdichado y un solitario. Nadie me quiso nunca, en toda mi vida. Jamás logré tener un verdadero amigo ni inspirar cariño a ninguna mujer. ¿Le parece fácil vivir así una vida entera?

-Dígame, ¿qué es la música realmente?

-La música tiene un lado humano y un lado que no es humano -dijo Bruckner-. La música representa al ser humano en toda su complejidad y también el cosmos en toda su complejidad, y representa el vínculo que existe entre los dos. Representa lo que conocemos del ser humano y también lo que no conocemos. La totalidad de la realidad. La totalidad del alma y la totalidad del mundo. Y el puente que une el alma del hombre con el alma del mundo.

Quedé en silencio, pensando que Bruckner jamás habría dicho cosas como aquéllas.

-Usted no es realmente Bruckner -le dije-. Usted es una creación de mi imaginación, y dice cosas que yo he pensado o que yo podría pensar.

Cuando salió, me quedé pensativo durante un largo rato. Luego descubrí que en el suelo de la cabaña había tres huesos de cereza. Los cogí y los guardé debajo de la almohada y me dispuse a dormir un rato. Estaba seguro de que cuando me despertara, los tres huesos de cereza habrían desaparecido, pero no fue así. Los tres huesos seguían donde los había dejado, y todavía hoy, cuando escribo estas memorias, siguen en mi poder.

Andrés Ibáñez, Brilla, mar del Edén (págs. 321-323)

Ed. Círculo de Lectores (Licencia editorial de Galaxia Gutenberg)

Barcelona, 2015.

Premio Nacional de la Crítica 2015.

Más del seminario

En entrada reciente (22-11-15) mi memoria hacía repaso de los que fueron mis compañeros de clase en San Cecilio. Algunos más recordé después, que ya no entraron en el recuento. Gajes de la memoria.

Hoy, andando por la calle camino de la farmacia -sólo un resfriado-, me he acordado de uno de aquellos compañeros, del treveleño Manuel Casares Álvarez. Y por asociación inevitable, de su primo, José Álvarez.

Éste, seguramente, era más sensible y atento; y más vivo que el hambre; pero su cara lo traicionaba: era una cara de paleto sin paliativos.

Su primo, el brutísimo Manuel, era un caso de manual. Andaba siempre “echao palante”, como un espartano de las Termópilas, el cuerpo oscilante, como el que busca asegurar un pie antes de mover el otro. Y tenía unas fuerzas de coloso. A mí, que no era en absoluto un esmirriado, me levantaba como si yo fuera un muñeco de paja, un espantapájaros que hay que enganchar en una rama de la higuera.

La verdad es que estos alpujarreños tenían sus trucos para mantenerse robustos: sus familias les llevaban cajas de embutidos caseros -altísima calidad- y ellos, al salir del comedor después de la cena, se metían “una hogaza en el seno”, un pan redondo, de medio kilo quizá, protegido entre el jersey y el sobaco; y, cuando se apagaban las luces en el dormitorio, reunidos en pequeños grupos sigilosos, hacían una sobrecena en la que se ponían tibios. Así cualquiera.

Hoy, camino de la farmacia, he recordado una frase que repetía el compa Casares: “los hombres tienen que oler a tabaco y a vino; y las mujeres, a colonia y al polvos.” Me he acordado mientras veía los anuncios que proliferan en esta época prenavideña, en los que yo nunca sé si anuncian colonia o anuncian polvos.