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Tres huesos de cereza

Un día apareció en la cabaña del hospital un hombrecillo vestido con un blusón azul y unos grandes pantalones sueltos, un hombre muy alto, completamente calvo y con un bigotito rubio tan tenue que era casi invisible. Se dirigió a mí con toda formalidad y me dijo que su nombre era Anton Bruckner. Bruckner, el célebre compositor austriaco. Era idéntico que en las fotografías que había visto de él. Nos estrechamos la mano y luego le dije que se sentara y él, después de mirar a su alrededor un poco confundido, cogió un taburete de madera, lo colocó cerca de la cama y se sentó a mi lado.

Herr Bruckner -le dije-. Siempre he amado su música.

Es usted muy amable -me dijo-. ¿Es usted músico también, sin duda?

-Sí. Compositor -dije yo-. Pero no tengo éxito.

-No se preocupe por el éxito -dijo él-. La música no tiene nada que ver con el éxito ni con los aplausos. Aunque a todos nos guste recibirlos.

-Es evidente que la música no es eso -dije yo-. Pero ¿cómo se puede componer cuando uno no obtiene ningún reconocimiento? ¿Cómo es posible componer cuando uno pierde la fe en sí mismo?

-Usted tiene que comprender lo que es realmente la música -dijo él-. Entonces la preocupación por el éxito no se convertirá en la fuerza dominante de su vida.

Hablaba un inglés extraño, con un fuerte acento alemán, un acento alemán que también resultaba peculiar. Yo no sabía que Bruckner hablara inglés, aunque sí que había sido muy bien recibido en Inglaterra y que siempre había sentido afecto y admiración por ese país, y también que había intentado en varias ocasiones emigrar a los Estados Unidos. Aunque supongo que aquella figura que acababa de entrar en mi cabaña no era realmente Bruckner, sino una creación de mi imaginación.

-Dígame, Herr Bruckner, ¿qué es realmente la música?

-Si se lo digo, estropearé la posibilidad de que usted lo descubra por su cuenta -me dijo él-. Y eso no estaría bien. Es posible que usted haya venido a este lugar exclusivamente para eso.

-¿Es usted realmente Anton Bruckner?

Se sacó de uno de los bolsillos de su blusón una bolsa de papel llena de cerezas y se puso a comer. Me ofreció. Estaban muy rojas y tenían un aspecto delicioso. Pero yo tenía miedo a comer alimentos del mundo de los sueños, y rechacé su oferta.

-La música es una forma de alabar a Dios -dije yo-. ¿Es eso lo que usted cree?

El frunció ligeramente el ceño. Escupió un par de huesos al suelo y luego se guardó de nuevo la bolsa de cerezas en el bolsillo de su blusón de campesino.

-Dios es una palabra que se les dice a los niños -dijo Bruckner limpiándose los labios con el dorso de la mano-. Aquí no solemos utilizar esa palabra.

-Usted siempre fue un buen católico, un hombre de fe.

-En efecto. Pero eso no me salvó de la desdicha. Siempre fui desdichado, señor Barbarín. Toda mi vida, desde niño, siempre fui un desdichado y un solitario. Nadie me quiso nunca, en toda mi vida. Jamás logré tener un verdadero amigo ni inspirar cariño a ninguna mujer. ¿Le parece fácil vivir así una vida entera?

-Dígame, ¿qué es la música realmente?

-La música tiene un lado humano y un lado que no es humano -dijo Bruckner-. La música representa al ser humano en toda su complejidad y también el cosmos en toda su complejidad, y representa el vínculo que existe entre los dos. Representa lo que conocemos del ser humano y también lo que no conocemos. La totalidad de la realidad. La totalidad del alma y la totalidad del mundo. Y el puente que une el alma del hombre con el alma del mundo.

Quedé en silencio, pensando que Bruckner jamás habría dicho cosas como aquéllas.

-Usted no es realmente Bruckner -le dije-. Usted es una creación de mi imaginación, y dice cosas que yo he pensado o que yo podría pensar.

Cuando salió, me quedé pensativo durante un largo rato. Luego descubrí que en el suelo de la cabaña había tres huesos de cereza. Los cogí y los guardé debajo de la almohada y me dispuse a dormir un rato. Estaba seguro de que cuando me despertara, los tres huesos de cereza habrían desaparecido, pero no fue así. Los tres huesos seguían donde los había dejado, y todavía hoy, cuando escribo estas memorias, siguen en mi poder.

Andrés Ibáñez, Brilla, mar del Edén (págs. 321-323)

Ed. Círculo de Lectores (Licencia editorial de Galaxia Gutenberg)

Barcelona, 2015.

Premio Nacional de la Crítica 2015.

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