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Debates

Confieso que no soy aficionado ni a los debates ni a las discusiones. Ni a participar en ellos ni a verlos en la tele. Y, en cuanto noto que una persona opina de una manera distinta a la mía, tiendo a quedarme callado o a hablar del tiempo, hasta salir de ese incómodo espacio.

Reconozco, eso sí, que los debates políticos son necesarios, que son un medio -entre los otros- para que los votantes conozcan mejor a los candidatos, y elijan su papeleta con más fundado criterio, después de su propio escrutinio.

Pero mientras en este país impere la mala educación (sin que las lamentaciones en prensa de un Mariano José de Larra o de un Arturo Pérez-Reverte hayan servido para que pensemos en corregirnos), propongo que apliquemos a los debates políticos algunas reglas propias de prácticas deportivas, en cuanto a establecimiento de una autoridad moderadora, reparto de los tiempos, punición de faltas. Todo ello basado en un sagrado principio: el respeto debido; al árbitro (moderador), al otro o los otros contendientes y al público espectador.

Reglas

  1. El moderador es una autoridad incuestionable. Se presentará siempre acompañado de dos ayudantes. Y constituirán, por tanto, una especie de tribunal.
  2. El tiempo del debate es un bien limitado. El orador lo consume según su propio criterio, pero el moderador lo controla con todo rigor, a golpe de cronómetro como en el ajedrez.
  3. El tema o cuestión lo plantea siempre el moderador.
  4. Al participante que corresponda el turno de palabra no se le interrumpe por muy prolongada que sea su exposición, o por mucho que se salga por la tangente. A no ser que: a) Haya consumido el total de su tiempo disponible (para todo el debate, ya que no hay límite de tiempo para una intervención concreta), caso el cual el participante se tiene que levantar y marcharse. b) El moderador le muestre tarjeta. La cual será amarilla en la primera ocasión; y roja en la segunda. Ésta obligará al participante a lo mismo: a abandonar la sala.
  5. Las faltas punibles (con tarjeta amarilla o roja, según corresponda) son: a) Para quien está en uso de la palabra: el insulto, la grosería y la falta de respeto. Nunca el consumo excesivo de tiempo, a no ser, como queda recogido en la regla 4, que haya agotado el total del que le correspondía. b) Para quien no está en uso de la palabra: la interrupción oral infligida a quien está haciendo su exposición; y la falta de atención o de respeto manifestada a través de gestos o actitudes (mirando ostentosamente hacia atrás, por ejemplo).

Entiendo que un debate así reglado es más propio de alumnos de la ESO que de aspirantes a la Presidencia del Gobierno. Pero, pues se trata de limpiar la casa, para que brille el decoro, mejor empezar por las habitaciones altas, e ir descendiendo hasta llegar al sótano.

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Una respuesta

  1. A mi me pasa algo parecido, cuando estoy muy cansado no discuto, y hoy lo estoy. Es broma. Estoy de acuerdo contigo en que personas de cierta edad y supuestos conocimientos y preparación deben saber exponer ideas sin insultos y atropellos. Si no son capaces de hacerlo “delante” de unos cuantos millones de espectadores que no serán capaces de hacer en la “impunidad de la soledad”.
    Saludos,

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