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Mirlo

En su libro de poemas Átomos y galaxias, Miguel d’Ors le dedica una décima (no soy el único culpable de escribir utilizando ese arcaico molde). Un poema-décima titulado “Vergüenza”. Y, como el libro está montado por el orden alfabético de sus títulos —un juego más de d’Ors, poeta seriamente juguetón—, viene a caer entre los últimos. Lo copio entero:

Toda la tarde luchando

por guardar en un poema

—”Cada loco con su tema”…—

este encanto tibio y blando

del campo de abril. Tachando,…

así no,… vuelta a escribirlo…

De repente canta un mirlo

entre el ramaje cerrado

y me digo avergonzado:

él sí que sabe decirlo.

El mirlo y su canto (y el campo de abril, por supuesto) bien se merecen este pequeño homenaje en versos octosílabos, tan tradicionales.

Los poetas, incluso los excelentes poetas como d’Ors, coinciden con el mirlo en eso: en cantar para pocos oyentes.

Y si por la tarde prestamos poca atención a nuestro vecino mirlo, mucha menos por la mañana, cuando él empieza su tarea, un buen rato antes de que amanezca.

Esta pasada noche, la del cambio primaveral de la hora, noche que compite con la de San Juan para ser la más corta del año, un servidor, que debe de ser especialmente sensible a los cambios cronométricos, se ha despertado con la hora nueva, a pesar de no haberse acostado anoche muy temprano. Así que, con la calle a todo silencio, he podido disfrutar plenamente del canto de este viejo amigo, un canto que de veras encanta, antes de que se presentara la primera luz de la mañana.

Si el mirlo cantara sólo un amanecer, o un atardecer, al año, y en una sola ciudad o comarca, tal acontecimiento lo anunciarían con tiempo suficiente en la tele, y se organizarían innumerables viajes para oírlo y, sobre todo, para grabarlo con el móvil. Todos con el brazo bien estirado para pillarlo mejor. Aunque, poco tiempo después, aburridos por la falta de novedad, lo borráramos, y adiós muy buenas señor mirlo.

Conclusión a modo de moraleja: cuántas maravillas de la vida nos pasan cotidianamente desapercibidas, mientras nos quejamos y nos lamentamos miserablemente por cualquier mínima contrariedad.

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Una respuesta

  1. Pasan, pasamos, desapercibidos los pequeños placeres que nos rodean en nuestra vida cotidiana. El embaucador canto del mirlo es uno de ellos. En nuestra casa, desde hace años, respetuosa con los pájaros, estos acaban acercándose mucho y los mirlos es raro el año en que no anidan casi a nuestra vista. Oirlos cantar a escasa distancia y mirándote, parece que fuera un canto dedicado.
    Saludos

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