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Niña con perro y móvil

Esta niña no ha ido al instituto.

Con móvil de mil euros en la diestra

y correa de can en la siniestra,

disfruta la bonanza que disfruto.

¿Falta justificada? No me inmuto

por la cuestión: no ceso de ver muestra

de que el insti educa y asilvestra.

Goza, pues, muchachita, tu minuto.

E igual, si puedes, la estación entera.

Como yo, que, vividos tantos años,

sigo aquí y me sonríe Primavera.

Que el azar no te lleve, niña, a extraños

peligros o derrotas. Y que muera

la fiera que te hiciera sufrir daños.

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Un poema de d’Ors

Reconozco que en los últimos años —desde que dejé de dar clase en el instituto— casi no he leído poesía. Quizá porque la vida de los mayores es bastante prosaica: he puesto en consonancia mis lecturas con mi vida.

Otras personas, lectoras o no, tal vez pensarán que en el mundo hay demasiados problemas y tragedias como para entretenerse con poesías, una vez dejados atrás la infancia y el colegio. ¿Debo contestar ahora a esta hipotética objeción? Quizá sí. Pero, como es altamente improbable que quien piensa así entre en este blog, no lo voy a hacer.

O sí. Toda vida humana debe mantenerse, hasta el final, abierta a las experiencias del arte, y por tanto también de la poesía. Para no descender a un estado meramente animal.

Es verdad que la lectura de la poesía requiere algo más de preparación, un mediano —siquiera— aprovechamiento de los años de la enseñanza secundaria. Algún conocimiento de Métrica, una sensibilidad auditiva más atenta para apreciar los sonidos de la lengua, las secuencias que forman.

Los poetas de las últimas generaciones, con frecuencia, han querido apartarse de los ritmos muy marcados, machacones, reiterativos. Pero todos sabemos que no hay ritmo si no hay repetición. Y la poesía necesita ritmo, marcha. O no será poesía.

El autor del poema que voy a copiar ahora es Miguel d’Ors, quien, en este año de 2016 —no sé en qué fecha— cumple o ha cumplido los setenta. Este d’Ors, abuelo ya, nieto del novecentista Eugenio d’Ors, fue durante treinta años, hasta su jubilación en 2009, profesor de literatura en la Universidad de Granada.

Tuve yo una joven compañera de departamento en el instituto que había sido alumna de d’Ors en Granada. Pero esta alumna de d’Ors —antes lo había sido mía en el insti— no llegó a enterarse de que Miguel d’Ors era un excelente poeta hasta que yo se lo hice saber, unos cuantos años más tarde. Es evidente que d’Ors, en sus clases, no se entretenía hablando de sus propios poemas sino de los de otros poetas, lo cual le honra. Aunque parece ser que ese ninguneo de sí mismo, que el profesor d’Ors se aplicaba, era secundado por los otros profesores de la Facultad, que tampoco hablaban del poeta d’Ors.

Probablemente ha perjudicado a su éxito y reconocimiento su actitud como creyente: d’Ors es un Gonzalo de Berceo de su catolicismo. A mí, a pesar de que dejé de ser creyente en la remota adolescencia, eso nunca me ha parecido un obstáculo. No por convertirme en agnóstico o ateo dejé de leer los poemas de Fray Luis de León, de San Juan de la Cruz, o los deliciosos Milagros de Nuestra Señora del aludido Berceo.

El poema que voy a copiar es muy sencillo —la difícil sencillez es característica de d’Ors, como la de mezclar la broma con lo serio—. Se entiende muy bien. No hay que explicarle el contenido a nadie que sepa leer, y menos si ese lector tiene ya una edad.

Es un poema de treinta versos sin rima, salvo algunas asonancias, aparentemente casuales, y el pareado final; y con libre alternancia de dos tipos de versos: los endecasílabos —18 de los 30— y los alejandrinos —dos hemistiquios heptasílabos —siete más siete, que constituyen los otros 12—. Todo ello —más los numerosos encabalgamientos y pausas internas— hace que pueda parecer prosa a oídos poco atentos; pero no lo es. Insisto: son treinta versos meticulosamente medidos.

Al copiar el poema me voy a tomar dos libertades:

Primera: voy a separar las pseudoestrofas con una línea de asteriscos. Esto lo hago porque el procesador del blog me corrige automáticamente el interlineado. Pretendo, por tanto, que el lector vea mejor las partes —pseudoestrofas, porque son desiguales— en que lo ha conformado el autor.

Segunda: pongo doble barra para separar los dos hemistiquios heptasílabos en cada verso alejandrino.

Copio ya. Y ojalá les guste como a mí.

 

ELECCIONES

Salir en bicicleta // o escuchar a Bill Evans,

redondear un soneto // o cortarse las uñas,

hacer la compra o contestar las cartas

que en la mesa se aburren // hace ya dos semanas…

***

Hay que elegir, que preferir; no vale

quedarse en esa O // y arrellanarse en ella,

viendo pasar el tiempo // como desde una hamaca,

porque entonces el tiempo // va yéndose vacío,

dejando atrás la vida, // como un tren que has perdido,

y al fin acabas siempre en el comienzo.

***

Y elección es rechazo. En el remoto

fondo de tu memoria ya te ves

escogiendo: Francés // o Inglés, Letras o Ciencias,

Filosofía y Letras o Derecho,

unas oposiciones o una tesis,

esta ciudad o aquélla. Muy temprano

supiste que la vida se va haciendo

con renuncias, que vamos // dejando a nuestro paso

cadáveres de sueños, de existencias

que algún momento fueron // un futuro posible.

***

Todo lo descartado, me pregunto,

todo lo asesinado ¿a dónde va?

¿Alguien vive las vidas potenciales

que cada uno fuimos // dejando en la cuneta?

¿Hay en algún rincón del mundo alguien

que está ahora siendo lo que yo no quise?

¿Se me parecerá? ¿Será feliz?

¿Estará imaginándome ahora mismo?

***

(Ya sé que todo esto // son ocurrencias, pero,

por si acaso, un saludo, compañero).

15-IX-11

Miguel d’Ors, Atomos y galaxias

Ed. Renacimiento. Sevilla, 2013

A mi compa Ragel, que se jubila

“Tú te jubilas ya: pues al Estado

lo que más le interesa es que te mueras”.

Dijo el compa Ragel, quien muy de veras

es un plástico artista consumado.

Hoy al plástico artista le ha llegado

su relevo en el insti. Calaveras

va a pintar y esculpir, tibias y enteras

—si la suya a la fuerza, otras de grado—.

Y la obra maestra de mi compa

será la calavera de Rajoy:

se erigirá en Moncloa a toda pompa.

Compañero Ragel, si no le doy

a tu gloria más voz, es por tu trompa

de Eustaquio, tan sensible. Tuyo soy.

A Anne-Sophie Mutter

Cuando el leve violín de Ana Sofía

alza los leves trinos de Amadeo,

subo de la tristeza a la alegría,

me alejo de lo ruin, lo sucio y feo,

llego al cielo por vía de armonía

y me bendice un Dios en el que creo.

Y todo, hasta la pena más oscura,

se convierte en angélica hermosura.

Hablar

Como las terrazas de los cafés han invadido aceras y zonas peatonales, paso junto a una mesa en torno a la cual se sientan cinco o seis personas, casi todas mujeres en torno a la treintena. Aunque mi paso en su proximidad dura tan poco tiempo, me es suficiente para percibir que al menos tres de ellas están haciendo simultáneamente uso de la palabra. ¿A cuál de ellas prestarán atención los otros reunidos? Me inclino a creer que a ninguna. Simplemente están esperando un pequeño hueco para iniciar su propio canturreo. Porque eso es lo que piensa el paseante que están haciendo, no hablar, sino canturrear como las golondrinas u otros pájaros que tan alborotados andan, o vuelan, en cuanto llega la primavera.

Cualquiera esperaría, para el acto de hablar, una actitud más prudente, más respetuosa, más atenta al entorno. Porque fue la cualidad del habla la que hizo humanos a los de nuestra especie, a la que, más que con el de Homo Sapiens, deberíamos distinguir con el apelativo  de Homo Loquens. Lo que es sapere, degustar, tener sentido para discernir en su hábitat o ambiente, muchas otras especies, o todas, lo tienen, les es necesario para la vida.

En nuestros orígenes culturales latinos, el infante o infantil era el parvulillo que aún no había llegado a la edad de hablar, expresado con una etimología más antigua, la del verbo fari, sinónimo de loquor.

Cuánto nos hemos perdido el respeto los humanos al pervertir o rebajar el noble valor de los actos de habla.

Al autor de este apunte no le cabe duda del peso, en los orígenes de tan evidente degradación cultural, del desastre educativo en los institutos de secundaria actuales, convertidos en cárceles para adolescentes —ése es el delito que han cometido: ser adolescentes—.

A partir de ahí, las gentes sin educación no valoran el esfuerzo útil, según aquel lema de la Ilustración, Quid verum, quid utile, sino la bobalicona ociosidad, el estúpido aturdimiento, las sandeces y las pullas convertidas en espectáculo.

Y eso es lo que nos ofrecen, un día tras otro, nuestros políticos, tanto en los debates parlamentarios como en las ruedas de prensa (suerte que nos libramos de las reuniones a puerta cerrada, que ésas sí que serán para llorar de vergüenza): nos ofrecen circo barato.

Volvamos a los institutos. Porque, según las informaciones que uno recibe, comenzamos razonablemente bien el proceso educativo, en las etapas infantil y primaria. Y es al llegar a la secundaria cuando la cosa se estropea irremediablemente. No: no puede ser irremediablemente. Tenemos que encontrar remedio a tan grave mal. Y entonces, cuando tengamos mejores ciudadanos, tendremos, sin duda alguna, mejores políticos.

Nacimiento de Rodrigo

Me nació un sobrino nieto.

Se presentó el 26

de marzo; y aquí me veis,

verseando recoleto.

Pero por Baco prometo

que, con su abuelo Miguel

y mi otro hermano, Manuel,

festejaremos al rorro

bebiendo blanco y tintorro

de la tina y del tonel.

Noah y Mario

Para los aficionados a la literatura son de agradecer los numerosos casos de escritores que llegan a longevos. Aunque esta longevidad puede llegar a pesarles a ellos mismos, si el final se hace muy penoso. “¡Cuánto tarda la muerte en llegar!”, es una de las últimas frases que le oyeron pronunciar a Azorín, que vivió casi un siglo.

Pero quien ha suscitado en mí este apunte no ha sido Azorín, sino la pareja de escritores del título: Noah Gordon y Mario Vargas Llosa.

Noah Gordon cumplirá noventa años en noviembre (el once del once). Ahora, leyendo (muy despacio, palabra a palabra, frase a frase) su Photo Bio en su web, al final encuentro esta sencilla frase, llena de serenidad, plenitud y confianza:

Though the preceding pictures cover 88 years of a life, I feel that I’m still evolving as a teller of stories.

Frase que me ha recordado el párrafo final del artículo de Vargas Llosa en El País del pasado domingo (don Mario alcanzó su octogésimo aniversario el 28 de marzo —creo que se ha enterado de ello hasta el último gato, que tal vez sea yo):

Quizá sea un poco optimista hablar del futuro cuando se cumplen ochenta años. Me atrevo sin embargo a hacer un pronóstico sobre mí mismo; no sé qué cosas me puedan ocurrir, pero de una sí estoy seguro: a menos de volverme totalmente idiota, en lo que me quede de vida seguiré empecinadamente leyendo y escribiendo hasta el final.

Mantener la cabeza serena (no es asunto mío el Vargas Llosa de la prensa rosa) y una suficiente salud a una avanzada edad es un bien no sólo para el mayor que lo disfruta, sino también para todos los que están en contacto con esa persona mayor, que, en el caso de un escritor renombrado, es gente de todo el mundo.

Ahora que a los ancianos tendemos a hacerles muy poco caso —cuidados médicos aparte—, porque lo que solemos hacer es mantenerlos aparcados donde esperen la muerte sin molestar, al menos prestemos atención a estos provectos escritores, que trasmiten con tanta maestría sus experiencias de la vida.