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Cambio horario

Me despierta con la hora

de ayer mi biorreloj.

Y cuando ya estoy tos-

tando en la fiel tostadora

el rico pan que se dora

con el oro de la oliva,

mi memoria, que se aviva,

me recuerda el cambio horario.

No me deprimo, al contrario:

con café  me vengo arriba.

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Otra velada prolongada

Pues el sueño no viene, venga el trago.

El día ha sido bueno; y la velada,

vivida con sosiego. Así que nada

falta o sobra; y apruebo lo que hago.

Mas la mente parece que a un rey mago

espera, o la visita de algún hada

que la encienda y la ascienda, transportada

a donde su labor reciba el pago.

 

Y en tanto que la mente se entretiene

proyectando su vista en noche oscura,

la copa viene y va, y otra vez viene.

Por fin surge una voz, cercana, pura:

“¡Para el vaso, no sea que te envenene!

¡Tú a lo tuyo, a la literatura!”

Shostakóvich

El la película de Spielberg El puente de los espías, que algunos hemos visto recientemente en la tele, hay una escena en la que aparecen el espía ruso, ya preso y juzgado por sus delitos de espionaje, y su abogado, oyendo, de un doméstico y modesto aparato de radio, ambos con atención casi religiosa, una pieza musical de Dmitri Shostakóvich. Al final de la cual el ruso, con emoción contenida expresa: “Dmitri Shostakóvich, qué gran músico”.

Efectivamente, dicho sea también desde mi oceánica ignorancia en la materia: un gran músico. A pesar, o quizá en parte por ello, del constante sufrimiento a que se vio sometido viviendo en la peligrosa Rusia de Stalin, en la que era tan fácil que un artista recibiera —en las horas en que sabes que no es el lechero— una visita de la policía política, y desapareciera para siempre.

Hemos tenido ocasión, también muy recientemente, de leer la novela, totalmente fiel a la historia, que Julian Barnes dedica a la vida de este músico: El ruido del tiempo. “El arte es el susurro de la de la historia que se oye por encima del ruido del tiempo” (pág. 105).

Pero el miedo constante, y fundado, no impidió a Shostakóvich ir construyendo su ingente y magnífica obra.

A mí, en lo poquísimo que la conozco, me llama la atención la ambigüedad permanente, la incitación a la risa entreverada con el llanto, a la contemplación de lo heroico mezclado con lo bufo. Algo propio del artista que se ha visto obligado a vivir vigilado por el régimen, a expresar con mucha cautela y disimulo sus verdaderos sentimientos. En esto, al escritor español que más me recuerda es a Cervantes: otro artista inmerso en un mundo lleno de ignorancia, de prejuicios, de ejercicio arbitrario del poder político y religioso, añadido todo ello a la penuria de medios materiales. Y siempre poniendo una sonrisa en la tristeza.

Disfrutemos, mientras podamos, a pesar de los problemas, de la música de Shostakóvich, de la literatura de Cervantes.

Bob Nobel

http://www.elmundo.es/opinion/2016/10/14/57ffd4dfca47416d238b461c.html

Mensaje de la Academia Sueca (y de la juventud actual): No me des una novela de quinientas páginas; dame una canción de tres minutos.

Yo decía a mis alumnos: “Un poema es una canción tan buena que no necesita música, porque la lleva ya puesta.” Me equivocaba.

Dos andaluces y un japonés

Estando yo en el seminario menor de Granada, en 4º  curso, hace medio siglo, uno de los curas, el que era nuestro profesor de Griego, me recomendó, como factor para la mejora de mi nivel de redacción —no porque yo redactara mal, al contrario—, la lectura de Pemán y de García Lorca.

Y un servidor, que era dócil, se estuvo yendo, durante una temporada, en el recreo largo de la tarde, a la biblioteca, un recinto bien nutrido de libros y bien desnudo de lectores, a leer a estos dos autores andaluces.

Pemán me cautivó. Lo releía y no me cansaba, me aprendía sus poemas de memoria, me embobaban los personajes de su teatro.

Lorca me parecía mágico, me deslumbraba con la pirotecnia de sus metáforas; me asombraba, pero no me calaba.

En el curso siguiente, yo abandoné el seminario. Pasaron los años. En la sociedad española se pudo ir opinando con mayor libertad, se murió Franco… Y hemos llegado hasta aquí y hasta hoy.

Yo he vuelto muy poco a la lectura de aquellos dos autores que me fueron recomendados por don Fernando Mendoza. Dos autores que han tenido una suerte muy distinta en la consideración de la cultura oficial.

A Lorca lo he leído más por razones profesionales: era un autor de culto, y yo ejercía de profe de Lengua y Literatura. Pero reconozco que ha seguido sin calarme. Es cierto que muchos de sus poemas han tenido muy buena acogida como letras para el cante flamenco. Pero a mí sus dramas rurales se me siguen cayendo de las manos.

Lorca ha escrito de los campesinos andaluces como quien no ha convivido con ellos, sufrido y reído con ellos. Tenía del campo y de los campesinos la imagen que podía percibir desde el interior de una casa acomodada. Lo mismo de inexacta que la imagen que podría tener de él cualquier destripaterrones fuenterino: la de un señorito.

¿Por qué he escrito aquí estas líneas? No lo sé. Quizá porque acabo de volver de mi pueblo, tan próximo al Fuente Vaqueros de Lorca. Pero yo a quien estoy leyendo ahora es a Murakami, que me encanta. Lo mismo hoy, precisamente, le dan el Nobel. Y si no se lo dan, tampoco pasa nada. Al fin y al cabo no es el único gran escritor del mundo que aún no lo tiene.

El IES Saladillo a Pepe Marín

En mí don José Marín,

el mejor profe de Mates,

repartió horarios y cates

treinta cursos; y si al fin

lo licencié, no fue sin

lágrimas en muchos ojos.

Hasta los grupos más flojos

lamentaron su partida.

Mas en mí sigue la vida

de hacer frutales de abrojos.

Digresiones

—Para ser exacta, recibí clases de literatura inglesa en la Nihon Joshi Daigaku. Lecturas de Dickens. Tenía un profesor un tanto extravagante que no hacía más que digresiones que no tenían nada que ver con el argumento de la obra.

Es parte de lo que dice un personaje en el último capítulo del primer libro de 1Q84, la trilogía de Murakami.

Y yo me acuerdo de que, en mi último curso de instituto, los alumnos mayores, los de 2º de Bachillerato, en cierta solemne ocasión, cuando ya habíamos terminado las clases, expresaron —benevolentemente, no capté en ello ninguna acritud— la misma queja: las continuas digresiones.

Lo hacía conscientemente. Me metía en las bifurcaciones que presentaba el camino y daba algunos pasos por ellas, para otear e intuir adónde y por dónde nos podría conducir esa senda derivada.

Porque ninguna de las posibilidades humanas nos debe ser ajena, como tampoco ninguna de ellas es ajena a la literatura.

En la literatura cabe todo lo humano. No sólo en la novela —”largo y espacioso campo por donde sin empacho alguno pudiese correr la pluma”, Don quijote, I, 47— sino en todos los géneros.

Anoche veía en la tele un fragmento de un capítulo de una serie sobre espías y gente así. Varios personajes se extrañan de que un joven, al que algunos llaman “cerebrito”, dé respuesta a una rara cuestión relacionada con los templos católicos de Roma.

—¿Y tú cómo sabes eso? —le preguntan.

—Lo sé… Es que yo, desde muy niño, he leído mucho.

Insisto: la literatura toca todos los palos de la vida humana.

Por eso, si a jovencitos como los de esta generación, que tienen tan poquísimas lecturas, los obligamos a que nos comenten un fragmento de apenas veinte líneas, o un poema de apenas veinte versos, lo más probable es que se limiten a parafrasear lo que creen entender de dicho dichoso texto.

Mostrarles temas, abrirles campos de la realidad humana, hacer digresiones en nuestra explicación, debería ser un estímulo para sus deseos de saber.