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Digresiones

—Para ser exacta, recibí clases de literatura inglesa en la Nihon Joshi Daigaku. Lecturas de Dickens. Tenía un profesor un tanto extravagante que no hacía más que digresiones que no tenían nada que ver con el argumento de la obra.

Es parte de lo que dice un personaje en el último capítulo del primer libro de 1Q84, la trilogía de Murakami.

Y yo me acuerdo de que, en mi último curso de instituto, los alumnos mayores, los de 2º de Bachillerato, en cierta solemne ocasión, cuando ya habíamos terminado las clases, expresaron —benevolentemente, no capté en ello ninguna acritud— la misma queja: las continuas digresiones.

Lo hacía conscientemente. Me metía en las bifurcaciones que presentaba el camino y daba algunos pasos por ellas, para otear e intuir adónde y por dónde nos podría conducir esa senda derivada.

Porque ninguna de las posibilidades humanas nos debe ser ajena, como tampoco ninguna de ellas es ajena a la literatura.

En la literatura cabe todo lo humano. No sólo en la novela —”largo y espacioso campo por donde sin empacho alguno pudiese correr la pluma”, Don quijote, I, 47— sino en todos los géneros.

Anoche veía en la tele un fragmento de un capítulo de una serie sobre espías y gente así. Varios personajes se extrañan de que un joven, al que algunos llaman “cerebrito”, dé respuesta a una rara cuestión relacionada con los templos católicos de Roma.

—¿Y tú cómo sabes eso? —le preguntan.

—Lo sé… Es que yo, desde muy niño, he leído mucho.

Insisto: la literatura toca todos los palos de la vida humana.

Por eso, si a jovencitos como los de esta generación, que tienen tan poquísimas lecturas, los obligamos a que nos comenten un fragmento de apenas veinte líneas, o un poema de apenas veinte versos, lo más probable es que se limiten a parafrasear lo que creen entender de dicho dichoso texto.

Mostrarles temas, abrirles campos de la realidad humana, hacer digresiones en nuestra explicación, debería ser un estímulo para sus deseos de saber.

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