• Páginas

  • Archivos

  • diciembre 2016
    L M X J V S D
    « Nov   Ene »
     1234
    567891011
    12131415161718
    19202122232425
    262728293031  

Felicidad para todos

Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante

(Ev. San Juan, X, 10)

 

Para los niños:

Que tengan madre y padre, y abuelos y titos y primos: una amplia familia que les haga sentirse seguros y a salvo de toda intemperie. Que reciban regalos (no tantos que su misma abundancia los devalúe), y entre ellos siempre haya un libro adecuado a su edad.

 

Para los jóvenes:

Que, además de familia y sabios profesores, tengan amigos; buenos amigos: los que ven y admiran las virtudes del amigo, y son comprensivos con sus defectos. Que no sufran las penas del amor no correspondido, sino las alegrías del que sí lo es.

 

Para los padres:

Que se tengan y se sostengan el uno al otro. Que su trabajo les sea remunerado suficientemente, de modo que puedan aportar a sus hogares los medios necesarios para un desenvolvimiento digno.

 

Para los mayores:

Que no les faltan las fuerzas para apañarse a sí mismos y para ayudar a los próximos. Que tengan la satisfacción de verse escuchados atentamente cuando hablan, para que el caudal de su experiencia no se convierta en desperdicios.

 

Para todos:

Que ningún mal golpe de la mala fortuna les sea asestado en los días felices; y el tiempo de la dicha cumpla con sus funciones de aportar únicamente, en toda su gama de matices, felicidad.

 

Jacinta

Escribir un soneto me divierte

como a algunos llenar un crucigrama.

Cada cual se dedica a lo que ama

y yo amo escribir: esa es mi suerte.

Amo escribir, aunque es mucho más fuerte

la voz que a otros quehaceres me reclama.

La muy sutil de la preciosa Dama

de la Poesía suene y me despierte:

 

“Ahora que ocioso estás coge papel,

comprueba que la pluma tiene tinta

y déjate guiar: séme a mí fiel.

Sábete que soy yo la que está encinta,

pero tú parirás el churumbel

que Jacinto será o será Jacinta”.

Dientes

  1. Paseando el domingo por la zona de la playa, mi mujer y yo saludamos a un antiguo querido colega. Cuando continuamos el paseo, comentamos que a ambos nos ha llamado la atención su aparato de ortodoncia, algo que asociamos más con los alumnos del instituto que con los profes cuarentones. Pero, por supuesto, está muy bien: cualquier edad es buena para mejorarse la boca.
  2. La primera vez que me llevaron al dentista, en Granada, no tendría yo más de nueve o diez años. Yo, con mi madre; y mi prima Elena, un año mayor que yo, con la suya, la tía Antoñica. A la Elena la sentaron en el potro de tortura antes que a mí. Y desde la sala de espera oíamos sus gritos. Lo cual me sirvió a mí para darme cuenta de lo inadecuado de tanto escándalo, ¡qué vergüenza! Yo no grité.
  3. Al volver a casa durante mi primer año de seminarista, no recuerdo si por vacaciones de Navidad o de Semana Santa, me encontré a mi madre con la boca completamente sumida entre la nariz y la barbilla: le habían sacado todos los dientes y muelas. Mi madre andaba por los cuarenta y tres años. Y murió a los noventa: más de media vida, por tanto, con dentadura postiza.
  4. En el precioso libro de memorias de Anchee Min titulado en castellano La buena lluvia sabe cuándo caer, la escritora, al final de su relato, se muestra especialmente orgullosa y feliz por dos acontecimientos de su vida: la admisión de su hija Lauryann en la Universidad de Stanford, y el haberle podido costear a su padre, en Estados Unidos, una nueva dentadura a base de implantes. El padre es ya un bondadoso anciano, superviviente de una durísima vida en China. Y ahora está feliz con su impecable dentadura.
  5. En una teleserie cuya primera temporada ya he terminado de ver, Deadwood, una mujer joven y elegante quiere tener un gesto de atención y cortesía con otra mujer igualmente joven y distinguida. Por lo cual la primera se presenta en la habitación de hotel de la segunda (estamos en el oeste de los pioneros americanos). Después de los saludos y primeras muestras de deferencia, la visitante le ofrece un presente a la visitada: en un flamante pañuelo pulcramente doblado, le lleva unos cuantos dientes y muelas de su padre —del padre de la que se hospeda en el hotel—. La visitante los había recogido del suelo, adonde había ido a parar a consecuencia de una tanda de puñetazos.
  6. Por fin voy yo a revisión a mi clínica dental de confianza, después de varios años de abandono. Como no he notado ninguna molestia importante… Lo primero, una limpieza. Luego se tomará nota de los desperfectos que hay que arreglar. La ayudante de la jovencísima odontóloga tiene que ir a buscar una ficha nueva: a la vieja ya no le caben más anotaciones.
  7. La cita literaria: —¡Sin ventura yo —dijo don Quijote, oyendo las tristes nuevas que su escudero le daba—, que más quisiera que me hubieran derribado un brazo, como no fuera el de la espada. Porque te hago saber, Sancho, que la boca sin muelas es como molino sin piedra, y en mucho más se ha de estimar un diente que un diamante; mas a todo esto estamos sujetos los que profesamos la estrecha orden de la caballería. Sube, amigo, y guía, que yo te seguiré al paso que quisieres. (Don Quijote de la Mancha, I, 18).

La muerte es sólo un punto

Nada se perderá cuando me muera:

ni esta vida pequeña en la que vivo,

ni este verso medido en el que escribo

ni este aire de hora postrimera.

 

Y volverá a lucir la primavera

su poder invencible e invasivo;

y hará que entone el corazón altivo,

su aria lacrimosa y lastimera.

 

Nada se perderá en el infinito

universo total, en que la muerte

es sólo un punto, un paso, un requisito.

 

Todo es uno: lo vivo con lo inerte;

el cosmos es el cuerpo en el que habito.

Mi muerte, corazón, no ha de dolerte.

Voluntario obligatorio

Al joven hay que educar

con algo de mano dura;

pues su egoísmo se cura

imponiéndole ayudar

a quien carece de hogar

o, huyendo de la violencia,

se asoma a nuestra conciencia

y nos pide humanidad.

Que la generosidad

no relumbre por su ausencia.

El barrio del instituto

Camino por el barrio que atravesaba a diario para ir andando al instituto, con mi carterona cargada de libros y cuadernos sujeta con la mano izquierda, la mano tonta: ya que no sirve apenas para otra cosa, que lleve la cartera.

Ahora el dedo medio de esa mano es mi “dedo en resorte”, medio inservible si no es para causar dolor y molestias. Se está vengando por todo lo que lo estuve haciendo trabajar, acarrear cartera.

Mientras pienso en todo eso, en ese dedo que se engatilla vengativo y amenazador, veo —entre las doce y las trece horas, más o menos— a abuelas cargadas con pesadas bolsas de plástico. Son mujeres de mi edad, o incluso mayores, y llevan con estoicismo africano su pesada carga. Alguna de ellas se para y suavemente posa las bolsas en el suelo de la acera para descansar. Otras mantienen su paso sereno y decidido, erguidas y enteras en la tarea. No todas parecen haber salido de algún supermercado: alguna, según mis cálculos, es más probable que haya hecho la carga en alguna organización de caridad.

Y veo a jóvenes haciendo el caballito con la moto, y a otros jóvenes jugando a las cartas en un poyete o pretil frente al bar.

Y veo a una chica —acompañada quizá por su madre— arreglada y maquillada como para una gran fiesta: demasiado temprano, se me ocurre pensar.

Cuando yo atravesaba el barrio para ir al instituto, con la pesada carterona enganchada en mi sufrida mano izquierda, en torno a las ocho de la mañana, el barrio era un valle  dormido, que comenzaba a desperezarse precisamente en las proximidades del instituto, por las que empezaban a circular, como ciegas hormigas, cada cual porteando su plúmbea mochila, los alumnos del instituto.

Llueve

No quejarse de que llueve.

En el desierto de Nubia

echan en falta la lluvia

y no digamos la nieve.

El invierno es siempre breve

cuando le sigue el verano.

Y, si no tienes a mano

en el verano un botijo,

lo vivirás como un hijo

de lagarto mexicano.