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Piojos invaden colegio

Quien repela el pelo

repele las liendres.

Pélate, no engendres

en tu pulcro cielo

bichos que tu abuelo,

en tiempos de hambre,

criaba en enjambre,

mataba con celo.

 

Legiones de piojos

regentan colegio

donde tú trabajas.

Remeje en remojos

tu jabón más regio:

¡riega tus alhajas!

Mañana de domingo

El primero que se despierta, mucho antes de que amanezca, es el mirlo (él sabrá dónde duerme), que enseguida, con el buche vacío, se pone a cantar los misterios del universo.

Mi mujer duerme aún. Navega por los espacios en los que reina Morfeo.

Yo, que soy materialista y ateo, paso del dormitorio al cuarto de baño y de éste a la cocina sin encomendarme a ningún santo o divinidad.

Mientras desayuno “píparamente”, en la radio Yo-Yo Ma hace sonar con su violonchelo una suite de Juan Sebastián. Y ahora me da por pensar en los espacios siderales; en esos planetas, tan parecidos a éste, que acaban de ser avistados ahí mismo, a treinta o cuarenta años luz.

¿Sigue la luz recorriendo trescientos mil kilómetros por segundo, como cuando yo era estudiante? Sea la cifra que sea la que nos da Wikipedia, seguro que va mucho más rápida que esos misiles rusos que apenas superan los seis mil kilómetros por hora.

Es posible, nos dice Y. N. Harari, que, dentro de un siglo o dos, la especie que surja a partir del Homo sapiens, el Homo Deus, pueda navegar por esos mundos con una inteligencia no orgánica, no necesitada de alimentarse con cocidos y pizzas, ni de estimularse siquiera con cafeína. Navegar, sin marearse, a miles de kilómetros por minuto, o por segundo.

Homo Deus.

Desde que el Homo sapiens apareció en la tierra, hace doscientos mil años, ha admirado a los dioses, ha intentado parecerse a los dioses. Y, desde hace tres siglos, más o menos, no ha dejado de escuchar atentamente la música de Bach, porque es música de los dioses; o de Dios.

Escribir

“Escribir, cualquiera escribe”,

me decía cierto amigo.

Es lo mismo que yo digo.

Pero un escritor vive

para dar, al que recibe

su obra, obra de arte;

obra que sea estandarte

de la gran nación humana.

Y el escritor no se ufana:

aporta al mundo su parte.

“Recogido por su abuelo paterno”

Pues, señor, aquel tigre recogió al pobre Horacio a los trece años, y como medida preventiva le ataba las piernas a las patas de la mesa-escritorio, para que no saliese a la tienda ni se apartara del trabajo fastidioso que le imponía. Y como le sorprendiese dibujando monigotes con la pluma, los coscorrones no tenían fin. A todo trance anhelaba despertar en su nietecillo la afición al comercio, pues todo aquello de la pintura y el arte y los pinceles no eran más, a su juicio, que una manera muy tonta de morirse de hambre. Compañero de Horacio en estos trabajos y martirios era un dependiente de la casa, viejo, más calvo que una vejiga de manteca, flaco y de color de ocre, el cual, a la calladita, por no atreverse a contrariar al amo, de quien era como un perro fiel, dispensaba cariñosa protección al pequeñuelo, tapándole las faltas y buscando pretextos para llevarle consigo a recados y comisiones a fin de que estirase las piernas y esparciese el ánimo. El chico era dócil y de muy endebles recursos contra el despotismo.  Resignábase a sufrir hasta lo indecible antes que poner a su tirano en el disparadero, y el demonio del hombre se disparaba por la cosa más insignificante. Sometiose la víctima, y ya no le amarraron los pies a la mesa y pudo moverse con cierta libertad en aquel tugurio antipático, pestilente y oscuro, donde había que encender el mechero de gas a las cuatro de la tarde. Adaptábase poco a poco a tan horrible molde, renunciando a ser niño, envejeciéndose a los quince años, remedando involuntariamente la actitud sufrida y los gestos mecánicos de Hermógenes, el amarillo y calvo dependiente, que, por carecer de personalidad, hasta de edad carecía. No era joven ni tampoco viejo.

En aquella espantosa vida, pasándose de cuerpo y alma, como las uvas puestas al sol, conservaba Horacio el fuego interior, la pasión artística, y cuando su abuelo le permitió algunas horas de libertad los domingos y le concedió el fuero de persona humana, dándole un real para sus esparcimientos, ¿qué hacía el chico? Procurarse papel y lápices y dibujar cuanto veía. Suplicio grande fue para él que habiendo en la tienda tanta pintura en tubos, pinceles, paletas y todo el material de aquel arte que adoraba, no le fuera permitido utilizarlo. Esperaba y esperaba siempre mejores tiempos, viendo rodar los monótonos días, iguales siempre a sí mismos, como iguales son los granos de arena de una clepsidra. Sostúvole la fe en su destino, y gracias a ella soportaba su miserable y ruin existencia.

El feroz abuelo era también avaro, de la escuela del licenciado Cabra, y daba de comer a su nieto y a Hermógenes lo preciso absolutamente para vivir, sin refinamientos de cocina, que, a su parecer, sólo servían para ensuciar el estómago. No le permitía juntarse con otros chicos, pues las compañías, aunque no sean enteramente malas, sólo sirven hoy para perderse: están los muchachos tan comidos de vicios como los hombres. ¡Mujeres!… Este ramo del vivir era en el que mayores cuidados el tirano ponía, y de seguro, si llega a sorprender a su nieto en alguna debilidad de amor aunque de las más inocentes, le rompe el espinazo. No consentía, en suma, que el chico tuviese voluntad, pues la voluntad de los demás le estorbaba a él como sus propios achaques físicos, y al sorprender en alguien síntomas de carácter, padecía como si le doliesen las muelas. Quería que Horacio fuera droguista, que cobrase afición al género, a la contabilidad escrupulosa, a la rectitud comercial, al manejo de la tienda; deseaba  hacer de él un hombre y enriquecerle, se encargaría de casarle oportunamente, esto es, de proporcionarle una madre para los hijos que debía tener; de labrarle un hogar modesto y ordenado, de reglamentar su existencia hasta la vejez, y la existencia de sus sucesores. Para llegar a este fin, que don Felipe Díaz conceptuaba tan noble como el fin sin fin de salvar el alma, lo primerito era que Horacio se curase de aquella estúpida chiquillada de querer representar los objetos por medio de una pasta que se aplica sobre tabla o tela. ¡Vaya una tontería! ¡Querer reproducir la naturaleza cuando tenemos ahí la naturaleza misma delante de los ojos! ¿A quién se le ocurre tal disparate? ¿Qué es un cuadro? Una mentira, como las comedias, una función muda, y por muy bien pintado que un cielo esté, nunca se puede comparar con el cielo mismo. Los artistas eran, según él, unos majaderos, locos y falsificadores de las cosas, y su única utilidad consistía en el gasto que hacían en las tiendas comprando los enseres del oficio. Eran, además, viles usurpadores de la facultad divina, e insultaban a Dios queriendo remedarle, creando fantasmas o figuraciones de cosas, que sólo la acción divina puede y sabe crear, y por tal crimen, el lugar más calentito de los Infiernos debía ser para ellos. Igualmente despreciaba don Felipe a los cómicos y a los poetas, como que se preciaba de no haber leído jamás un verso, ni visto una función de teatro; y hacía gala también de no haber viajado nunca, ni en ferrocarril, ni en diligencia, ni en carromato, de no haberse ausentado de su tienda más que para ir a misa o para evacuar algún asunto urgente.

Pues bien, todo su empeño era reacuñar a su nieto con este durísimo troquel, y cuando el chico creció y fue hombre, crecieron en el viejo las ganas de estampar en él sus hábitos y sus rancias manías. Porque debe decirse que le amaba, sí, ¿a qué negarlo?, le había tomado cariño, un cariño extravagante, como todos sus afectos y su manera de ser. La voluntad de Horacio, en tanto, fuera de la siempre viva vocación de la pintura, había llegado a ponerse lacia por la falta de uso. Últimamente, a escondidas del abuelo, en un cuartucho alto de la casa, que éste le permitió disfrutar, pintaba, y hay algún indicio de que lo sospechaba el feroz viejo y hacía la vista gorda. Fue la primera debilidad de su vida, precursora quizá de acontecimientos graves. Algún cataclismo tenía que sobrevenir, y así fue, en efecto: una mañana, hallándose don Felipe en su escritorio revisando unas facturas inglesas de clorato de potasa y de sulfato de cinc, inclinó la cabeza sobre el papel y quedó muerto sin exhalar un ¡ay! El día antes había cumplido noventa años.

Benito Pérez Galdós, Tristana (cap. 8)

El amor de San Valiente

No es un mimo, no es un gesto

con que ocultar la traición.

El amor no es un ladrón

entre atractivo y molesto

que te desvalija el cesto

y corre a esconder su robo.

El amor es ese bobo

que no se aleja de ti;

que ni te importuna ni

huye al aullido del lobo.

Muchas vidas

Creo que fue en Gonzalo Torrente Ballester, en aquellos “Cuadernos de La Romana” que publicaba en el diario vespertino Informaciones, donde leí por primera vez que cada uno de nosotros es una sucesión de continuas muertes, “somos un reguero de cadáveres”. Como yo era entonces muy joven, apenas un estudiante universitario repleto de energía, la idea me impresionó. Tanto que nunca me ha abandonado, y siempre la he recordado asociada a la figura de Torrente Ballester.

Nos pasamos la vida eligiendo entre varias opciones. Y, cada vez que elegimos, renunciamos a una o a varias. Opciones que podrían haber desarrollado nuestro potencial humano en una determinada dirección, que nos podrían haber convertido en un individuo distinto, quizá mejor, pero que quedaron reducidas a vías muertas, a cadáveres de un impulso frustrado.

Pero es que la vida, no sólo la vida humana, se desarrolla con ese empuje de partida, con ese potencial, para contrarrestar con creces los obstáculos que sin duda tendrá que afrontar. Cualquier árbol produce mucha más madera que la que necesita para sostener sus frutos,  muchas más semillas que las que llegarán a convertirse en otro árbol.

Cuando llegamos a mayores y miramos hacia atrás, podemos ver las sombras de muchos yoes que quedaron abandonados, abatidos, cadáveres en el borde del camino. Y quizá se nos presente la tentación de dejarnos invadir por la melancolía. Sólo hemos vivido una vida, y quién sabe si no ha sido una de menos plausibles entre tantas que fueron posibles.

Apartemos la melancolía, que no tiene tanta justificación como parece. Cualquiera de nosotros, que con salud suficiente nos hemos plantado en la etapa de la jubilación, no ha vivido una sola vida, sino muchas, muchísimas vidas. Y harían falta muchos, muchísimos volúmenes de autobiografía para contarlas. Ello así incluso cuando nuestra memoria ha enflaquecido bastante, lo propio de la edad. Hemos vivido muchas vidas.

Hemos tenido una vida infantil. ¿Una? No; varias: la de la relación con nuestros padres o tutores, la vida doméstica u hogareña —que no es la misma que la anterior—, la de nuestros miedos íntimos, la vida de colegiales, la vida libre de los muchos ratos con colegas por el pueblo o por el barrio.

Hemos tenido una vida adolescente. Una no, varias: una vida sexual adolescente, la de las dudas sobre nuestro sexo y el opuesto, la de los asombros ante nuestro cuerpo y su evolución descontrolada, la de los placeres secretos o compartidos, la de las dudas sobre el espacio que puede abarcar la dignidad, sin llegar a despeñarse en el ridículo.

Hemos vivido una vida académica, que evolucionó desde la escuela primaria, o la escuela unitaria del franquismo, hasta el fin de la etapa universitaria. No una, sino muchas vidas académicas.

Hemos vivido unas cuantas vidas amorosas, con distintas intensidades, duraciones, satisfacciones e insatisfacciones; unas cuantas vidas laborales —en el campo, en una destilería, en la construcción de un polideportivo, en un vivero—…

¡Para qué seguir! Si no acabas de convencerte, amigo lector coetáneo, de que eres un hombre rico y afortunado, allá tú. Yo creo que sí lo eres, como también lo soy yo.

Tres citas sobre igualdad/desigualdad

  1. Como todas las sociedades del mundo, la sociedad romana estaba basada en la desigualdad, que podía originarse por el nacimiento, las riquezas u otros motivos.

Antonio Holgado Redondo y Consuelo Morcillo Sánchez,

Lengua latina y civilización romana. 2º de BUP (pág. 218).

Editorial Santillana. Madrid, 1978.

 

  1. Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro, si no hace más que otro.

Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha (I, 18)

 

  1. En el siglo XXI podemos asistir a la creación de una nueva y masiva clase no trabajadora: personas carentes de ningún valor económico, político o incluso artístico, que no contribuyen en nada a la prosperidad, al poder y a la gloria de la sociedad. Esta “clase inútil” no sólo estará desempleada: será inempleable.

Yuval Noah Harari, Homo Deus. Breve historia del mañana.

Editorial Debate. Barcelona, 2016.