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Universidad

Al final de la lectura de esta entrada, quizá alguien concluya que me he metido a abogado de ricos sin cobrar. ¿Quién vive mejor y mejor pagado que los profesores universitarios, en esta España reseca, tan escasa de agua como de euros? Pues bien: defendiendo a los profesores universitarios, reivindico las exigencias de sus alumnos, reverencio la institución en la que todos ellos están integrados, y muestro preocupación por un problema de la sociedad en la que vivo.

Hace muchísimos años que acabó mi etapa universitaria. Desde entonces, salvo algún rato de conversación con algún profesor o alumno, salvo la lectura de algún artículo —nunca un libro, que ahora recuerde— no he tenido contacto con la institución. Sin embargo, todo lo relacionado con la Universidad me afecta, me importa, me reconforta o me duele. Es como si esa etapa de la vida “imprimiera carácter”, como nos decía el catecismo acerca de algunos sacramentos.

En mi entorno familiar, además, cuántos titulados universitarios, a pesar de que mi madre nunca pisó la escuela ni nunca aprendió a leer, y de que mi padre sólo aprendió un poquito durante su servicio militar. Y dentro de ese entorno familiar, el círculo más próximo, formado por mi mujer y mis tres hijas, cada una con su experiencia universitaria.

Siento, una vez más, que me he extendido demasiado en el preámbulo. Pasemos al cuerpo de la entrada.

Todo el mundo parece dar por sentado y por correcto que los profesores universitarios tienen que dedicarse, a partes iguales más o menos, a la docencia y a la investigación. ¡Cómo va a dar clase a universitarios quien no es capaz de compaginar la docencia con la investigación!

Pero también oímos no pocas quejas de alumnos universitarios acerca de profesores que no se toman en serio su labor docente, que en clase no les importa inducir al sueño más que a la ciencia, que se buscan subterfugios para dedicar menos del mínimo tiempo exigible para correcciones de exámenes y trabajos, y para atención personal a alumnos; los cuales se sienten postergados por sus profesores.

¿No podría ello deberse en parte a que tengan que simultanear dos tareas, la investigación y la docencia, las dos tan absorbentes y tan exigentes?

Un profesor universitario debe estar al tanto de lo que se va investigando y publicando en su materia: sólo eso, sin necesidad de estar él también investigando.

Los universitarios necesitan un profesorado plenamente dedicado a la docencia. Otra cosa será que los profesores puedan (o incluso deban) abandonar periódicamente esa labor para desarrollar un proyecto de investigación, durante un año, un bienio, un trienio. Para luego volver, con energía y vocación renovadas, al encuentro con los alumnos.

Y mucho mejor si se les retiran esas estúpidas cargas burocráticas, que para lo único que sirven es para tapar con escritos hueros las vergüenzas de la Administración.

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