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El mismo cielo

Emulando —o imitando servilmente— al maestro Martín, me admiro pensando en la cantidad de temas que hoy podría tratar en estas líneas (si yo supiera algo de esos temas): que ya están a la venta las entradas para las corridas de la feria, que ayer ganó el Real Madrid, que los curas hacen su agosto en mayo con las comuniones, que Francia nos tiene a los europeos con el corazón en un puño.

Pero, como nada sé de esos temas, voy a escribir de otro tema del que tampoco sé nada, pero que al menos lo he visto en los dos últimos días, los dos primeros de mayo: una teleserie de una temporada y seis episodios titulada El mismo cielo (The Same Sky).

A mí, sin fijarme en los títulos de crédito, me ha parecido una teleserie alemana, a pesar del título en inglés. No sé, será una coproducción.

Y me ha resultado una sencilla lección de Historia. Historia Contemporánea con mayúsculas, pero también con minúsculas, contemporánea o coetánea respecto a mí mismo, pues el protagonista cumple 25 en el 74 (mes más, mes menos), cuando yo cumplía 23: me lleva dos años; y vivía en Berlín (en uno de los dos Berlines que había entonces, tan distintos) y se había preparado para ser un espía, mientras que yo vivía en un pueblecillo de Granada, tan cercano a la ciudad que me permitía ir cada día a mis clases como alumno de Filología. Cada día excepto los que tenía resaca, por haber estado bebiendo durante la noche anterior con mis amigos Falín y Cipriano, o con cualquier otra vida perdida y perdularia que por las tabernas de Gójar se moviera.

La historia que esta teleserie nos cuenta puede verse —yo así la he visto— como un símbolo anticipado de la caída del Muro y de la reunificación de Alemania (lo que ocurrirá unos quince años más tarde), así como de la posición central de esta Alemania reunificada en una Europa que camina en el tiempo por la senda de las libertades políticas y sociales.

Y nada más diré del argumento ni de los personajes. A ver, de éstos sí, diré algo: todos, hasta los que parecen más ambiciosos, o lacayunos, o torpes, o cobardes, están vistos con indulgencia. Hay que perdonar, tenemos que perdonarnos las propias debilidades, y seguir adelante.

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