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Recomendaciones para una noche de poca paz

No sé si le pasa a todo el mundo o sólo a mí. Cuando en la alta madrugada he estado durante mucho rato desvelado, intentando volver a dormirme, para no sentirme luego, todo el día, hecho unos zorros, si lo consigo, si vuelvo a dormirme, sistemáticamente me asalta la pesadilla, que me despierta rápida y abruptamente, y me hace lamentar mi torpe empeño.

Si ya has visto que no te vas a volver a dormir sana y apaciblemente, levántate y busca una ocupación, aunque sea la de estar cómodamente sentado en la oscuridad, dejando que tus ideas se pongan en orden ellas solas, sin tu ayuda, espontáneamente. Puede que se te ocurra algo que merezca la pena de ser escrito. En ese caso, das la luz, coges un boli (te recomiendo que tengas, entre tus objetos cercanos, un cuaderno o una carpeta de campo con folios) y redactas un borrador. O puede que te surja curiosidad por echar un vistazo a las novedades noticieras que proporcionan tus periódicos predilectos. Tendrás a mano, sin duda, un ordenador, tableta o móvil. Ponte a ello.

No es recomendable que adelantes la hora del desayuno. Éste se toma a la hora correcta, que coincide con espacios radiofónicos (¿no tienes aparato de radio en la cocina?) de tu agrado, que te van entrando por los oídos mientras los alimentos te entran por la boca. Y, hombre bien desayunado, hombre preparado para afrontar los embates del día.

Dejo para mañana, desoyendo algún refrán, lo que era el objeto central de hoy: la causa —puta causa— que me despierta últimamente a media noche, y las imágenes —en movimiento— que han constituido mi puta pesadilla de hace un rato.

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Fernando aramburu

De Fernando Aramburu he leído tres libros (poco, para su ya extensa producción): Los peces de la amargura (2006), Años lentos (2012) y Patria (2016). Los tres me han acojonado de lo buenos que son. Aunque confieso también que un cuarto libro, cuyo título no diré, aun pareciéndome bueno o muy bueno, me cansó después de las cien primeras páginas, y abandoné su lectura.

De los artículos periodísticos que de Aramburu he leído, antes en El País y ahora en El Mundo, no llevo la cuenta.

Casi siempre ocurre que no podemos, por alguna razón, leer libros que nos atraen. En estos casos suele ser un consuelo bastante eficaz leer algún que otro artículo de ese escritor razonablemente preterido: si es bueno en el texto largo, es lógico que lo sea también en el texto breve.

El de ayer de Fernando Aramburu en El Mundo es así de bueno y más. Yo no voy a ser tan tonto como para hacer aquí el enlace, porque entonces los millones de lectores que tiene este blog se van a pasar en bloque a Fernando Aramburu y van a abandonar para siempre el campo abierto —y árido— de Certe patet.

No obstante, voy a hacer una concesión a los certepáticos lectores: les voy a copiar aquí tres párrafos seguidos de este todavía caliente artículo de Aramburu, que se titula Elogio del aburrimiento.

Se ve que Aramburu no estaba muy satisfecho con su profesión de docente. Por su edad, seguramente le tocó ser un alumno de BUP y COU, una época y un sistema educativo bastante diferente de lo que vino después, fuera en España, en Alemania o en Estados Unidos. Los “hijos de la jartura” se crían de otra manera. Leed La buena lluvia sabe cuándo caer, el excelente libro de memorias de Anchee Min, dos años mayor que Fernando Aramburu y casada en segundo matrimonio con un profe de instituto estadounidense, y verán cómo las vivencias y la visión de la docencia en secundaria de este profe americano coinciden con las de nuestro donostiarra (seguramente, ya algo alemanizado por el amor).

Copio:

Por los días en que daba clases se hablaba mucho de la pertinencia de motivar a los alumnos. La palabra motivación era el bebedizo mágico con el que obrar todos los días, en el aula, maravillas pedagógicas. Al alumno había que hacerle la enseñanza atractiva. Las matemáticas debían saberle a fresa; la física y química, alegrarlo como un número de circo. El alumno no debía aprender por obligación, sino por curiosidad natural. Incluso había programas educativos que postulaban la flexibilidad máxima de las actividades. El alumno llegaba a clase y, ante la oferta de tareas, podía escoger la que le hiciese tilín.

Daba la casualidad de que los niños no vivían en la escuela. Por las mañanas llegaban al aula determinados por ciertos hábitos no siempre constructivos y rara vez conformes con el plan escolar de convivencia y trabajo. Muchos de ellos tendían a prolongar dichos hábitos en las horas lectivas. Y así, atiborrados de televisión, años después de consolas de videojuegos, Tamagotchis y lo que fuera que estuviese de moda (hoy día lo ignoro, pues cambié de oficio), el alumno mostraba pulsiones claramente adictivas, era incapaz de concentrarse en nada y enseguida se cansaba de los recursos motivadores del frustrado profesor, convertido en una especie de camarero o sirviente de los niños. El resultado no era el previsto por las directrices. Al final, el alumno detestaba el colegio con ardor tan sostenido como el de los chavales de mi época, sometidos por regla general a una férrea disciplina.

Creo que las autoridades educativas harían bien en introducir clases de soledad en los colegios. Serían económicas. Ni siquiera precisarían de personal docente especializado. Aprender a estar a solas y en silencio con los propios pensamientos es un arte que no todo el mundo domina. Y, sin embargo, en dicho arte radica uno de los antídotos más efectivos contra el aburrimiento, la ansiedad, las actitudes gregarias y la falta de iniciativa.

Como decimos por aquí, “ustedes veréis”.

Agua

https://elpais.com/elpais/2017/11/23/opinion/1511465011_082144.html

Futura

Apuntábamos ayer la posible –o incluso inminente– aparición, si la Tierra no sufre antes un definitivo cataclismo natural o artificial, de una nueva especie, generada a partir del Homo Sapiens y superadora de éste.

Veamos ahora alguna de las características de ese Superhomo.

La primera será la adaptación a entornos con severa escasez de agua potable: la consistencia de su piel, similar a la de los lagartos, y la pequeña proporción de componentes orgánicos le permitirán vivir cómodamente en desiertos como el de Sonora o el de Iberia, o en planetas inhabitables para el Sapiens.

La segunda será la organización social y política, deducida a través de programas informáticos. De modo que, si podrán vivir en un medio de poca agua, lo harán igualmente en una comunidad sin individuos dedicados a la política.

Y la tercera sería el régimen de aprovechamiento de los Sapiens no eliminados sino mantenidos como especie domesticada y auxiliar. También a éstos los organizarán según una clasificación científica, no de “a ojo de buen cubero” como la que empleaban los romanos de la Antigüedad con sus esclavos. Los destinados a servicios subterráneos marítimos, rurales, industriales, urbanos, domésticos, habrán sido seleccionados en función de sus mejores cualidades; de modo que podrán sentirse realizados, agradecidos y cómodos en ese régimen de esclavitud benigna, por lo que no habrá conatos de rebelión (no habrá Espartacos, por seguir con el contrasímil), lo mismo que ahora no los hay entre las ovejas o las gallinas.

De modo que los Superhomos regirán un mundo en paz, por lo menos mientras no encuentren, en sus viajes por el Espacio, algunos entes vivos que les busquen las cosquillas.

La agresión independentista

https://elpais.com/cultura/2017/11/13/actualidad/1510576109_231556.html

Que trata de lo que verá el que lo leyere

El crimen, el delito mayor contra la moral y el derecho, yo lo clasificaría en interno y externo.

Con interno me refiero al que se comete dentro de las familias. El primer criminal según la Biblia fue Caín, que mató a su hermano Abel. Desde entonces hasta ayer, triste día en que nos anonadó la espantosa noticia de que un padre había degollado a su hijita de dos años. Pasando por Medea –anteayer la trajo a Gójar Remedios Higueras y su compañía teatral Aristai, magníficamente–, la abandonada por Jasón y asesina de sus propios hijos.

El crimen externo es un delito entre vecinos: nadie mata al que está a una distancia insalvable. Lo que ocurre es que, en el mundo actual, todos, además de congéneres –qué pena que no hermanos–, somos vecinos: los aviones, y más las comunicaciones, vuelan muy rápido.

En sociedades tecnológicamente menos evolucionadas, el crimen se cometía contra el rival. Y recordaremos que rival viene de rivus, arroyo. Los rivales eran los vecinos beneficiados por las claras corrientes de un mismo arroyo, quienes, en no pocas ocasiones, han llegado a matarse por desavenencias en el reparto del agua.

El gran invento para justificar la matanza de vecinos fue el de nación, que llegó a su culmen, de atrocidades, en el siglo XX: mientras no termine el XXI; cuando eso ocurra, quien esté vivo y estudie Historia podrá saber si el XXI ha superado al XX.

Como decía hace unas líneas, ya todo el mundo es vecino, rival por tanto.

Urge crear o reactivar una serie de instituciones internacionales, mundiales, que apliquen un código común, un Derecho Internacional efectivo, para el trato entre vecinos, entre todos los humanos. Y urge que los Estados constituidos como democracias presionen por medios legales a aquellos que no lo son, para que también se conviertan en democracias homologadas.

Pero es muy posible que ese deseo, o milagro, no se cumpla. Que, entre catástrofes naturales –como el terremoto de esta pasada tarde/noche en una zona de la frontera entre Irak e Irán–, catástrofes naturales propiciadas por los humanos –cambio climático…– y guerras, el siglo XXI sea más horrible que todos los anteriores.

Pero, además, hay otro peligro en el horizonte… El humano lleva camino de crear, mediante la manipulación genética, la tecnología cíborg y la inteligencia artificial, una especie nueva que supere a su creador. Y lo lógico es pensar que ese superhomo tratará a los humanos como los humanos han tratado a las especies domesticadas, vacas, ovejas o caballos: en su propio beneficio; es decir, eliminando a los rebeldes y favoreciendo a los sumisos.

Como decía en mi pueblo el viejo Don Pepe, el que viva lo verá.

Nada que celebrar

https://elpais.com/elpais/2017/11/02/opinion/1509652112_797743.html