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Simetrimismo

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Una visita al doctor

-Doctor, dormir no me deja

un ferocísimo lobo

porque dice que le robo

de su rebaño la oveja.

Y su colmillo es la reja

que me ara por lo recio.

-Contractura de trapecio

-dictamina mi galeno-.

Y me receta un veneno

para matar a ese necio.

Poesía

Ayer, durante mi caminata solitaria, quizá al pasar junto a un limonero lleno de frutos, recordé el soneto precioso de Miguel Hernández “Me tiraste un limón”. Y, como todavía no está del todo ida mi memoria, me lo recité mentalmente. Con un único tropiezo: no recordé el adjetivo que antecede al sustantivo “calentura”. Ahora, con la ayuda eficaz e inmediata de Internet, lo he recuperado: “ansiosa”. ¡Qué bien, qué joya de la poesía este soneto! Y nunca he tenido que pagar un céntimo por hacerlo mío.

Es cierto, es cierto: la especie humana va mejorando. Mejores alimentos, mejores medicinas, mejor educación. Aunque quién sabe lo que el futuro le deparará.

Dice la rima (IV) de Bécquer: “Podrá no haber poetas, pero siempre / habrá poesía”. Yo le pondría, al contenido de estos versos, un reparo: el de que todos somos, al menos un poco, poetas. Por tanto, siempre que haya en el mundo hombres (y mujeres, por favor), habrá poesía.

Aunque lo que es, en nuestra especie, una semilla sembrada genéticamente, el germen (divino) de la poesía, se puede cultivar más o menos, descuidar menos o más.

Resulta que, lo mismo que vivimos tiempos de muchas posibles ayudas para el aprendizaje, el cultivo, vivimos tiempos de mucho ruido. Y el ruido es enemigo de la poesía

No sé si hay establecido -fácil que sí- un Día Internacional del Silencio, pero todos debemos procurarnos, en nuestro vivir ordinario, ratos de sosiego y silencio. En ellos aflorará en nosotros la poesía: en nuestros propios versos, en los versos que un día leímos y después olvidamos, o en sencillas líneas en prosa, pues también en limpia prosa se escribe la poesía.

La tragedia de Macbeth

Fui un vicioso del cine desde que tenía dientes de leche. O desde el seno materno, no sé bien. Y vi todo el que pude. Que no fue mucho, para mi infatigable afición, pero fue algo.

La cual afición duró hasta la edad adulta, llamando así a la que tenía cuando comencé a trabajar como profe de instituto, que, además, coincidió con el comienzo de la crianza de mis hijas.

A partir de entonces no hubo tiempo para tanto cuelgue; y me desenganché.

Mi modo de mirar una buena peli se volvió austero y resignado, pero no menos atento. Veía fragmentos de películas, en la tele, claro, y tenía suficiente criterio para saber si eran excelentes aunque viera sólo el cacho que me tocaba. Prescindiendo del resto. Al fin y al cabo, de todo en la vida tenemos un conocimiento fragmentario, incompleto, hecho de retazos mayores o menores, más o menos entrelazados.

Y como sigo viendo cine con ese fragmentarismo, anoche vi, sólo, la hora final, aproximadamente, de Macbeth, la película del director Justin Kurzel, con música, impresionante, de su hermano Jed Kurzel.

Que esté montada sobre la obra de Shakespeare, parece que ya tiene que ser una garantía de calidad. En este caso lo es.

El texto shakespeariano se aligera, pero mantiene su fuerza poética. Y las imágenes, la actuación de los personajes, los paisajes, la música, tienen una intensidad apabullante.

Cuánto tiempo ha pasado desde que oí por primera vez la premonición de la tercera de las brujas (fatídicas en la película de anoche): “Salve, Macbeth, tú serás rey”. Fue en uno de aquellos remotos programas de Estudio Uno, sentados ante la tele de nuestro amigo Juan Sisinio. Tenía que pasar un puñado de años antes de que hubiera tele en casa de mis padres.

En fin. Seguiré, mientras pueda, viendo fragmentos de películas, y disfrutando con ello, siempre que la pieza sea de una calidad similar a la de anoche.

A volar

Es la hora del paseo.

Camino tranquilamente

por la acera. De repente,

algo en el suelo. Lo veo

sin ver si es bonito o feo.

Es un verso. Lo recojo

como si fuera un manojo

de plumas, un volantón.

Lo echo a volar, y ya son

diez que vuelan a su antojo.

Con toda la lejía que haga falta

El lavandero

o lavandera lave la bandera:

que quede blanca.

De 1º de Latín y Humanidades a 1º de Jubilación

Formado, pues, que hubo de la tierra el Señor Dios todos los animales terrestres y todas las aves del cielo, los trajo al hombre, para que viese cómo los había de llamar; y, en efecto, todos los nombres puestos por el hombre a los animales vivientes, ésos son sus nombres propios.

Génesis, 2, 19

Comienzo mi entrada de hoy con esta cita porque, al recordar lo que fue mi comienzo como estudiante, en ese primer curso que menciona el título, lo que hice fundamentalmente fue aprender nombres, vocabulario (y gramática): doble vocabulario, latino y español.

Claro que no partía de cero: con doce años, es natural, hablaba y entendía; pero el ritmo del aprendizaje se disparó. Con disciplina absoluta. Todos los días comenzaban, a las 7:00, con misa y sermón en la capilla; y al acabar la misa, antes de desayunar, íbamos directos a clase, donde teníamos que escribir nuestro resumen del sermón en una octavilla; y el rector, que oficiaba la misa, los leía todos.

Conocer es poder nombrar, saber es poder decir y escribir. La viñeta de El Roto, la de hoy, en El País, me ha hecho recordar el refrán de que “por la boca muere el pez”. Pero, en contra del mensaje del refrán, por la boca no muere el hombre, sino que vive: tanto por el alimento que toma como por la palabra que lo expresa y comunica. Y somos tan ricos, no según cuanto dinero tengamos, sino según cuanta porción de la realidad del mundo nos hayamos apropiado mediante la lengua, o, mejor, mediante las lenguas, pues la capacidad humana del lenguaje no está limitada por naturaleza al idioma materno, al contrario, en los periodos primeros de la vida, el niño y el joven tienen una gran facilidad para adquirir otros idiomas.

El niño y el joven. Después, si se vive lo suficiente, se llega a esa edad en la que lo que se posee es una tendencia general a la desposesión, al olvido. Pasamos del juanramoniano “nombre exacto de las cosas” al también juanramoniano “¿cómo era, Dios mío, cómo era?”.

Así es nuestra vida.