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De la cabeza

No puedo hablar -no sabría- de la cabeza en general o en teoría, ni de la cabeza de nadie en particular. Sólo de la que me tocó en suerte, a la que conozco un poco, después de haberla cargado sobre estos hombros durante cerca de setenta años.

Exteriormente es normal, nunca ha destacado en nada ni para bueno ni para malo. De joven recibió algunos elogios, como todas en la juventud.

Bien entrada en la cuarentena, comenzaron las pérdidas y las debilidades capilares, a la vez que le empezaron a aparecer las canas. Y comenzó a proveerse de gafas para la lectura y para las compras en el supermercado.

Nunca se ha sentido cómoda tocada (de tocar, 2,2). Siempre ha preferido el tacto del aire libre (“Cabeza loca no quiere toca”), aunque a veces no ha tenido más remedio que combatir el frío con alguna prenda de abrigo.

Montó en moto durante un buen puñado de años, pero usó poco el casco de motorista: en aquellos tiempos no era obligatorio. Y alguna cicatriz le quedó por no llevarlo.

Casco de ciclismo sí que ha llevado y sigue llevando. Y no le pesa: es ligero y cómodo. Pero el que ahora usa, está para reponer: en cabeza vieja, casco nuevo, como vino viejo en odre nuevo, para compensar.

Y ya puestos a pensar en lo que necesita esta cabeza bicicletera, diremos que no le vendría mal un conjunto de pañuelos (o uno siquiera) de los que se ponen entre casco y casco, sobre todo para contener los chorreones de sudor que van directos a los ojos o a las gafas.

Y las gafas también. También necesitan sustitutas, ser sustituidas, las de cabeza de maestrillo jubilado, por otras más aerodinámicas, para esas bajadas en las que ella va, adelantada y lanzada, como dispuesta a ganar una etapa del Tour.

Esta cabeza que nunca ha gustado de ir tocada salvo sobre bici, ha encarado las gafas con paciencia: a la fuerza ahorcan.

Y nunca ha hecho un uso habitual de auriculares. Aunque últimamente ha empezado a echarlos de menos, para una recepción discreta del sonido en el móvil.

O sea que, queridos Reyes Magos, traedle a esta cabeza hermana un casco de ciclismo, un juego de pañuelos de lo mismo, unas gafas graduadas, progresivas y ¡deportivas!, y unos auriculares para que pueda oír el móvil sin que se enteren los pies que la pasean. Os quedará enteramente agradecida.

PS

Hubiera querido hablar algo del funcionamiento interno de la cucurbitácea que me tocó (y que yo a veces toco), pero sería abusar de vuestra paciencia, sensatos lectores. Ojalá alguno de vosotros sea Melchor o Gaspar o Baltasar.

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