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Democracia

Continuamente, en los últimos tiempos, estamos leyendo en la prensa, en sus páginas de opinión, que la democracia está amenazada, en todas partes, por populistas, nacionalistas y salvapatrias de toda laya y peligro.

No con tanta frecuencia, pero casi,  leemos que los profesores universitarios constatan que a los mejores alumnos no les atrae la dedicación a la política, que ven como algo corrompido y corrompiente, lo contrario de lo que tendría que ser.

En la tele vemos el Parlamento convertido en lodazal de descalificaciones y de insultos. Diríase que, si en el sistema judicial la presunción de inocencia es primordial, en política la presunción de culpa de los oponentes también lo es; con lo cual, más que oponentes son enemigos, ellos son los malos y nosotros los buenos, ellos quieren hundir al país y nosotros salvarlo. Guerracivilismo puro y duro.

Pero nada de eso es lo que queremos los ciudadanos. Queremos un país con un sistema educativo excelente, mucho mejor que el que ahora tenemos. Queremos un desarrollo económico con empresas altamente cualificadas y competitivas, y con empleo y futuro para todos. Queremos un sistema sanitario público sin listas de espera, unas pensiones aseguradas, una verdadera atención a la dependencia.

Los líderes políticos deberían estar obligados a dirigirse periódicamente, trimestralmente por ejemplo, a toda la ciudadanía, exponer sus programas y su visión del mundo, y exponerse a las preguntas que sus oyentes les hagan. Muchas menos chorradas en la tele pública, y más servicio de calidad.

Los que tenemos muchos años hemos visto cómo ha ido mejorando España, especialmente desde que tenemos democracia y la Constitución del 78 (aunque hay que reconocer que en la última década del franquismo también hubo importantes mejoras).

Ahora tememos que el país que les dejamos a nuestros hijos no está a la altura de los tiempos. Les dejamos un medio ambiente averiado por la contaminación y el cambio climático, unas empresas que laminan los derechos fundamentales de los empleados, unos autónomos asfixiados por los impuestos, paro y economía sumergida, un sistema educativo a la deriva desde la educación primaria hasta la universitaria, y unos hogares donde los ancianos saborean la amarga y deprimente papilla de la soledad.

Tenemos que volver a la senda sana, al desarrollo sostenible, al debate político respetuoso con el oponente, a un sistema educativo eficiente y convincente, a unos comportamientos sociales en los que la educación básica (Normas de urbanidad se titulaba un librito de lectura obligatoria en el centro en el que yo comencé a ser estudiante), el civismo y los buenos modales sean tan sagrados como los dogmas y los ritos para el creyente de cualquier religión.

Y no digo más.

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