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Ira

Yuval Noah Harari

Yuval Noah Harari: “Superaremos la pandemia, pero corremos el peligro de despertar a un mundo diferente”

De imprentas y de libros

Entretanto, la revolución de la imprenta que había hecho posible la Reforma estaba teniendo también consecuencias impensadas. Entre 1450 y 1500 el precio de los libros cayó en dos terceras partes, y en adelante siguió reduciéndose. En 1383, que un escriba copiara un único misal (un libro para la liturgia) para el obispo de Westminster costaba el equivalente al sueldo de 208 días. En la década de 1640, gracias a la imprenta, se vendían ya en Inglaterra más de 300.000 almanaques populares al año, cada uno de unas 45-50 páginas y a un precio de apenas 2 peniques, en una época en que el salario diario de un obrero no cualificado era de 11,5 peniques. De media, el precio real de los libros cayó un 90 por ciento en Inglaterra entre finales del siglo XV y finales del siglo XVI. Y el boom no fue solo editorial. Entre 1500 y 1600, las ciudades donde se habían fundado imprentas a finales del siglo XV crecieron al menos un 20 por ciento más rápido (y puede que hasta un 80) que otras similares en que no se había adoptado tan pronto. La difusión de la imprenta fue responsable de entre un 18 y un 80 por ciento del crecimiento urbano entre los años 1500 y 1600.

Niall Ferguson, La plaza y la torre.

El papel oculto de las redes en la historia: de los masones a Facebook

Traducción de Inga Pellisa y Francisco J. Ramos

Editorial DEBATE

Título original: The Square and the Tower

Edición en formato digital: septiembre de 2018

Enfermedades

A las mías me refiero, que son las que mejor conozco. No a las que me postraron durante una temporadita, o temporada, y después se fueron sin dejar mayores daños.
Me voy a referir a las que llegaron para quedarse; las cuales, si no acabaron conmigo, tampoco, supongo, me han hecho más fuerte, o tal vez sí.

Neurosis la primera. La padecí en mi adolescencia, que se prolongó, a causa de la tal, mucho más de lo debido. Me la produjo la combinación de una educación absolutamente represiva, con cinco años de seminario, y la vuelta a un hogar familiar que ya no sentía como el mío, en el que, a la miseria económica, con ser mucha, le ganaba la miseria cultural y moral. Salí del padecimiento unos diez años después de haberlo contraído, gracias a tres meses de sesiones de psicoanálisis, que me enseñaron a mirarme desde fuera y a comprender, visceralmente, cómo se me había producido el atasco.

Desde aquella curación han transcurrido más de cuarenta años. Pero no ha habido un solo día en que no me haya sentido convaleciente de aquella enfermedad. Quede claro, no obstante, que, entre las secuelas que me dejó, no tiene cabida ningún rencor. Los curas hicieron por mí lo que pudieron; y lo mismo mis padres: ¿qué culpa tenían ellos de ser pobres, de no haber pisado jamás una escuela?

Psoriasis la segunda. Es una enfermedad genética. La heredé sin duda de mi madre, y ella de su padre. Tuve la suerte de que no empezó a manifestarse en mí sino a muy avanzada edad: a los cincuenta y dos años, si no yerro en mis cálculos. Y habría sido mezquino que me quejara del daño que me ha causado o me causa. Lamento, y mucho, el que causó a mis antecesores; y, sobre todo, el de mi hija Alma, que comenzó a tener brotes muy severos desde muy pequeña.

Estenosis la tercera. Lumbar. Empezó a manifestarse a los sesenta, con los pinzamientos. Se ve que esa zona de la columna la tengo ya bastante deteriorada. No obstante, en los ocho años transcurridos desde que apareció, he acudido sólo dos veces a un traumatólogo. El primero me prescribió: “Anda mucho; y vuelve por aquí dentro de seis meses”. Yo siempre he andado mucho, ello forma parte de mi modo de vida. Lo de volver a los seis meses… Volví a los seis años, pero a otro traumatólogo, que me diagnosticó: “Envejecimiento, macho, y eso no tiene cura”.

A pesar del ¡evidente! envejecimiento, he seguido siendo un contumaz adicto a las caminatas. Y además he recuperado la bicicleta, que durante cuatro años tuve abandonada. Ya pensaba que la caminata era mi pulmón derecho y la salida en bici mi pulmón izquierdo. Pensaba. Ahora me temo que el confinamiento me está dejando sin pulmones; y que, cuando estos estén en las últimas, vendrá el coronavirus para darles la puntilla.

Las puertas de la pandemia

PEDRO JORDANO

EL MUNDO. Jueves, 16 abril 2020

 

El virus SARS-Cov-2 y su efecto principal, la pandemia de Covid-19, no tiene precedentes en su acción -es nuevo para la ciencia, al igual que lo fue el SARS-Cov de 2003-, pero sí en su forma de expansión y en su dinámica de infección. Muestra analogías con otras pandemias que ha sufrido la humanidad, especialmente en los últimos 50 años.

¿Cuál es su origen último?

La mayor parte de las pandemias tienen origen zoonótico: virus (u otros microorganismos como bacterias, protozoos, etc.) que normalmente se hospedan en animales saltan a humanos en ciertas condiciones. Causan las llamadas enfermedades zoonóticas, o zoonosis. Entre ellas están VIH/sida, gripe H1N1, gripe aviar, Lyme, rabia, Zika, West Nile, malaria, Hantavirus, ébola, etc. Normalmente no hay efectos negativos en la especie hospedadora que aloja a los virus en condiciones naturales, pero al pasar a humanos sí puede iniciar patologías. Es lo que se conoce como spillover, la excedencia del virus a nuevos hospedadores, humanos en este caso. ¿Cuándo acontece?

No hay muchas especies de vertebrados que sean hospedadores de virus potencialmente zoonóticos. Pero realmente no lo sabemos con certeza, porque desconocemos la biodiversidad de los virus en la naturaleza, al igual que desconocemos cuántas especies de seres vivos hay en el planeta. Estimamos que conocemos sólo un 1% de los virus existentes; y que seis de cada diez de nuestras enfermedades infecciosas (no sólo por virus) tienen origen zoonótico. Ahora bien, se estima que sólo un 0,1% de todos los virus con potencial patogénico para humanos han pasado ya realmente de animales al hombre. O sea, no cabe duda de que tendremos más pandemias causadas por nuevos virus. Por el momento, son unas 220 especies de virus (los virus son mejor definidos como cuasi-especies, grupos complejos de genomas no-idénticos) las registradas como patogénicas en humanos.

En 2013, S.J. Anthony y otros investigadores de la alianza EcoHealth buscaron sistemáticamente todos los virus hospedados por una única especie: el zorro volador índico, el gran murciélago que es portador del virus Nipah, causante de varias pandemias desde 1999; de 55 virus diferentes encontrados, 50 eran nuevos para la ciencia y 10 de ellos del mismo grupo que el Nipah, pero desconocemos su efecto en humanos. Si esa fuese una diversidad típica de virus hospedados por cada una de las casi 5.500 especies de mamíferos, una estimación conservadora (y muy probablemente errónea) de la diversidad de virus en estos vertebrados sería 320.000 especies, y no menos de 3,2 millones si nos atrevemos sólo a extrapolar a las algo más de 62.000 especies de vertebrados conocidas.

Un catálogo de la biodiversidad de virus sería útil por su interés médico y para aplicaciones en veterinaria y sanidad animal y vegetal. Pero en la lista más actualizada de la Comisión Internacional para la Taxonomía de los Virus, encontramos enlistadas sólo 5.520 especies; aún nos falta mucho por conocer de la biodiversidad vírica. Los virus juegan un papel fundamental en el equilibrio de muchos ecosistemas, pero no tenemos una lista de virus potencialmente infecciosos para humanos simplemente porque aún no hemos prospectado bien su biodiversidad natural. No obstante, hay esfuerzos recientes en esa dirección. Por ejemplo, la Agencia de EEUU para el Desarrollo Internacional (USAID) estableció su programa de Amenazas Emergentes Pandémicas (EPT) en un esfuerzo para identificar y responder a nuevas enfermedades zoonóticas antes de que se propaguen a los humanos. En su subprograma PREDICT, que lleva operativo ocho años en 30 países, buscan identificar nuevas enfermedades infecciosas emergentes que podrían convertirse en una amenaza para la salud humana.

Los científicos de PREDICT ubican su investigación en puntos críticos geográficos y se centran en la vida silvestre que es más probable que transmita enfermedades zoonóticas: murciélagos, roedores, aves, y primates no humanos. PREDICT estima que existen aproximadamente 1,6 millones de especies víricas sólo en aves y mamíferos, de las cuales unas 700.000 podrían tener potencial zoonótico. Por su parte, siguiendo esta línea, el Global Virome Project va a emplear diez años para detectar la mayoría de amenazas víricas no conocidas de la humanidad, un objetivo factible técnicamente si se disponen recursos para ello.

La información que tenemos sobre reservorios potenciales de virus patogénicos es muy limitada pero señala repetidamente a varios grupos: primates, murciélagos, pangolines, y varios grupos de aves. El caso de los pangolines es llamativo: de las ocho especies existentes en África y en Asia, cuatro están en peligro crítico de extinción y el resto, vulnerables o amenazadas. Son cazadas y comercializadas pese a la regulación y prohibición de su comercio en numerosos países, habiéndose cazado más de un millón de individuos en los últimos diez años; son la especie más comercializada ilegalmente en el mundo. En ellas se han encontrado recientemente los coronavirus más similares al SARS-Cov-2. Pero, cuidado, la fauna no es el problema. La verdadera raíz del problema es el modo perverso en que nos conectamos con estos animales: llevados al exterminio por el consumo de su carne y la superstición de que sus escamas de queratina (la proteína que forma nuestras uñas) tienen un valor curativo según la medicina tradicional china. Muy a pesar de que varios tratados de medicina china tradicional, de los años 652, y posteriormente en 1518, recomendasen no usar bajo ningún concepto esta especie. Tanto China como otros muchos países precisamos un mejor control de los canales de suministro y demanda de animales silvestres, tanto para su comercio, consumo, o su tenencia como mascotas.

Algunos virus son viejos enemigos nuestros. Los rinovirus resfriaron a los antiguos egipcios, y los retrovirus endógenos invadieron los genomas de nuestros ancestros primates hace decenas de millones de años. Otros virus son más jóvenes. El VIH, por ejemplo, se convirtió en un virus humano hace aproximadamente un siglo. Y otros apenas comienzan a afectarnos, desencadenando brotes y temores de nuevas plagas mundiales. Si cerramos puertas a esta excedencia o derrame desde los reservorios naturales, no ocurrirían estos trasvases de enfermedades. Pero hemos abierto muchas veces esas puertas. Una vez abiertas, con más de 7.500 millones de personas en la Tierra, con una movilidad capaz de conectar los rincones más recónditos en pocas horas, las condiciones para el trasvase de patologías están garantizadas. La humanización de hábitats naturales, la deforestación, el comercio y tráfico de animales silvestres para consumo humano sin regulación, la sobreexplotación ganadera de áreas silvestres, y otras muchas acciones crean condiciones ideales de contacto para que se abran estas puertas a las zoonosis.

Una pandemia grave, global, no debería ser el incentivo que precisen los gobiernos y los políticos para actuar; es necesaria una actitud proactiva frente a las enfermedades emergentes. Deberíamos estar mejor preparados, conociendo mejor nuestro planeta a través de la ciencia para detectar a tiempo los puntos calientes donde puedan abrirse esas puertas siniestras de la enfermedad. Entre tanto, prohibir tajantemente el comercio, tráfico, caza y venta de animales silvestres no sólo para alimento, también como mascotas. El problema no es que estos animales sean portadores: no podemos matarlos a todos para evitar el contagio; simplemente, dejémosles tranquilos, protegidos con una legislación que sea efectiva. Los datos y la historia nos dicen claramente que se han abierto repetidamente estas puertas como consecuencia del uso abusivo de los recursos naturales, de esa relación tóxica con el mundo natural que insistimos en mantener y que debemos revisar urgentemente si no queremos una humanidad abocada a pandemias.

Pedro Jordano es profesor de investigación del CSIC en la Estación Biológica de Doñana y profesor asociado de la Universidad de Sevilla. Actúa como secretario del jurado del Premio Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento en Ecología y Biología de la Conservación.

 

Escrito sin lágrimas

La relación entre los hombres y los dioses ha sido siempre muy estrecha, seguramente desde los mismos comienzos de la humanidad. Pero, para que tal relación existiera, primero los hombres tenían que crear a los dioses; y darles una identidad que el grupo humano, no un solo individuo, percibiera y compartiera.
Después vendría, también desde muy al principio, que unos cuantos elementos del grupo se adueñaran de los dioses; de sus voces, de su voluntad, de su incidencia y poder sobre los humanos: “Somos nosotros los que conocemos los mandatos de los dioses, y a los demás les toca cumplir y obedecer y someterse”.

En el mundo clásico, tan atractivo por su riqueza cultural, mitológica y religiosa, surgen unas figuras en las que la relación hombre-dios se estrecha aún más: son los héroes, hijos de una divinidad y de un individuo humano. En el escudo de Andalucía nos ha quedado imagen de uno de los más conocidos, Hércules o Heracles, hijo de Júpiter (Zeus) y de la princesa Alcmena. Al acabarse su vida como mortal, Hércules experimentó su apoteosis, su ascenso a la plena condición de dios olímpico.
El gran cambio en la percepción humana de los dioses llegó con las religiones monoteístas: el judaísmo y sus dos hijas, el cristianismo y el islam.

La figura de Jesucristo tiene una importante semejanza con la de Hércules: el poseer la doble naturaleza, la divina y la humana. Aunque Cristo sólo tuvo naturaleza humana cuando Dios Padre quiso redimir a los humanos de sus faltas –y de sus sobras– y envió a su hijo unigénito para que les trasmitiera el mérito de su propia obra redentora, y pudieran ellos, por fin libres de culpas, ser dignos de la gracia del Cielo; partícipes, por tanto, de la naturaleza divina. O sea, ya todos los hombres, cuando muramos en esa gracia, podremos experimentar nuestra propia apoteosis, como Hércules.

Las tres religiones monoteístas han evolucionado de muy distinta manera.

Los judíos han vivido, casi dos milenios, dispersados por el mundo, en la diáspora, desde su derrota y destrucción ante la Roma imperial, hasta la constitución del nuevo Estado de Israel, poco después de finalizada la Segunda Guerra Mundial. Ahora Israel es un pequeño y próspero país, rodeado de enemigos que anhelan su aniquilación. Pero es un país democrático, en el que cada individuo puede elegir su posicionamiento respecto a la religión.

El cristianismo, ya con dos milenios bien cumplidos de historia, experimentó, en su expansión y evolución, tres momentos especialmente relevantes: el triunfo, con el emperador Teodosio, siglo IV, de convertirse en la religión única y oficial del Imperio Romano tanto de Oriente como de Occidente; el Cisma de Oriente, en el siglo XI, cuando la parte oriental de la jerarquía cristiana no estuvo dispuesta a mantener su servidumbre respecto al Papa de Roma, para lo cual recurrió a una justificación o triquiñuela teológica; y la reforma protestante, siglo XVI, con Lutero como principal clérigo reformador, y nuestro Emperador Carlos como el principal paladín de la obediencia al Papa.

La reforma, en tiempos de Lutero, estaba siendo muy necesaria en la Iglesia de Roma, pero ésta prefirió mantenerse en el boato externo, en la teatralidad, y en el dominio de las conciencias individuales por la vía de la rendición de cuentas en el confesionario. Mientras, en el dominio protestante, comenzaba a vivirse una religión con más libertad de conciencia, con más trato directo y confianza con Dios en la oración, con menos ritos fastuosos y más laboriosidad en beneficio propio, familiar y de la comunidad.

A los que nos hemos criado en el mundo católico nos tocó una parte muy anquilosada del cristianismo. Y de los que nos educamos en el nacional catolicismo de la dictadura franquista, qué decir: hartura de curas, empacho de curas y militares.

Algunos privilegiados nos educamos con unas cuantas vueltas de tuerca más que la gente corriente: los que estuvimos internados en un seminario para convertirnos de mayores en curas.

En ese mundo anduvo inmerso, este que suscribe, durante casi cinco años cruciales de su formación: desde los doce a casi los diecisiete.

Después de abandonar aquel estricto internado, no habían pasado muchos meses cuando aquel exseminarista se había convertido en ateo total. Y lo sigue siendo, a la edad de sesenta y ocho.

Hace pocos días un joven vecino me hizo el regalo de un libro (Escrito con lágrimas, de Luke Veldt) a cuya lectura me he sentido, por varias circunstancias, comprometido. A pesar de que tal libro es, en alta proporción, la predicación de un pastor protestante a sus lectores, más o menos previsibles. Pero también es, este librito, el testimonio sincero de un padre que ha sufrido el tremendo mazazo de la pérdida de una hija de trece años.
Es una obra pulcramente escrita, traducida y editada, que yo he leído con emoción, respeto y atención, a pesar de mi ateísmo. Porque hay algo en común entre la fe de este pastor y mi ateísmo: la actitud de procurar ser personas algo mejores cada día, por poco que se evolucione en esta tendencia.

Pero yo no necesito proyectar mis deseos personales en un Dios Todopoderoso y Eterno, que no pasa de ser un invento humano compartido. Me moriré y, simplemente, ya no estaré, ni en ninguna tierra ni en ningún cielo. Pero en el mundo seguirá habiendo hombres, y mujeres, esforzándose cada día por ser mejores, en lo ético, pero también en lo físico, lo psíquico y lo estético. Y seguramente, poco a poco, lo irán consiguiendo; irán pareciéndose cada vez más a esos seres imaginarios, los dioses, que, desde el principio de la humanidad, los hombres hemos tenido tanto empeño en forjar: para que sean nuestros modelos o referentes, no nuestros carceleros.

Querido hermano