• Páginas

  • Archivos

  • mayo 2020
    L M X J V S D
     123
    45678910
    11121314151617
    18192021222324
    25262728293031

Zweig

Stefan Zweig murió, se suicidó, el 22 de febrero –exactamente tres años después de la muerte de Antonio Machado– de 1942. Tenía sesenta años. Machado, pocos más cuando murió. Ambos estaban, al final de sus días, en el exilio y la penuria, después de haber vivido una vida razonablemente plena y exitosa; Zweig, en un estatus económico más favorable, por la fortuna familiar.

Pero dejo ya, ahí, el paralelismo entre estos dos escritores, que me ha surgido al leer, en Wikipedia, la fecha de la muerte del austríaco. Del que acabo de leer El mundo de ayer, un libro de memorias póstumo que el autor subtituló Memorias de un europeo. De él había leído ya unos cuantos libros –Momentos estelares de la humanidad, por ejemplo, todos en la última década, más o menos. Lo cual anoto porque lamento no haber tenido acceso a los libros de Zweig en mi juventud, ya que me parece un autor de una gran fuerza moral, de apasionamiento contagioso en su dedicación intelectual y literaria, de búsqueda permanente de la perfección y del contacto y aprendizaje junto a quienes, por su valía y logros, podían servirle de ejemplo en su propia labor.

Ahora, en estos años en los que la construcción de una Europa unida nos va pareciendo un proceso difícil y lleno de escollos y peligros, la actitud de Zweig, tan inequívocamente europea, podría servir de ejemplo y enseñanza a quienes creemos, la inmensa mayoría, que no hay otro buen camino que esa unión, para afrontar los retos del futuro.
A Stefan Zweig le quedaba, creo, vida, salud, talento, para continuar su obra al menos un par de décadas más, pero se quedó sin tierra bajo sus pies.

Quizá si hubiese aguantado aquella crisis por un año más, habría conocido acontecimientos que le hubiesen devuelto la esperanza: la de que cambiaban las tornas en la guerra, y los nazis empezaban a perder terreno, empezaban a hundirse.

Yo termino aquí mi comentario con un deseo recurrente al final de las buenas lecturas: ojalá, pasado no mucho tiempo, encuentre el momento adecuado para releer estas memorias.

Cinco líes

Cuando en la familia va a nacer un niño, o una niña, tú, como padre, o abuelo, o tío, o primo, deseas que se cumplan en él, en las sucesivas etapas de su vida, los cuatro adjetivos y un sustantivo, todos comienzan por li-, en los que cifras la plenitud de su vida, y la felicidad de los responsables de su nacimiento y crianza:
Lindo. Todos en la familia queréis que sea un niño así: lindo, precioso, guapo, hermoso, que provoque las ganas de comérselo a besos.

Listo. Deseáis que, cuando empiece a ir al colegio, la maestra, el dire, la conserje, los compañeros, pero sobre todo la maestra, comenten admirados a los padres, o entre sí: es listo como una ardilla, coge al vuelo las ideas, memoriza los versos, las definiciones, los nombres, las fechas con asombrosa facilidad; y siempre está atento a todo, muy despierto.

Limpio. Esperáis que, llegado a la adolescencia, no se deje ganar por la indolencia y la pereza; que se duche y se cambie de ropa interior a diario, que no plantifique las suelas de sus zapatillas sobre el sofá, que no deje que en su cuarto prospere la maleza como en un descampado, que cuide y ordene sus pertenencias, y que lleve sus manos y sus uñas impolutas.

Libre. Anheláis que, cuando los años lo conduzcan a la mayoría de edad, haya aprendido lo suficiente para ser y sentirse un espíritu libre; que no vaya, como Vicente, a donde va la gente; que no sea gregario sino egregio, con ideas propias las cuales no teme poner en liza con las de los demás, valiente y respetuosamente. Porque “la libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos”.

Líder. Esperáis que, después de la amorosa, cuidadosa, exquisita, sólida educación y formación que ha ido recibiendo y asimilando, se comporte como un líder, esto es, como una autoridad sólida y moral, como una referencia fiable para los que se mueven en su proximidad. No como un tramposo encumbrado, un arribista aposentado en un cargo obtenido con falsía y ambición. Deseáis que sea una autoridad como Garcilaso lo era en la poesía, “el cual, no solamente en mi opinión, mas en la de todo el mundo, ha sido tenido por regla cierta”.

Y con esos deseos, anhelos, esperanzas, continuáis viviendo vuestras vidas.

En Austria, recién acabada la Primera Guerra Mundial

Cada visita a la ciudad era una experiencia angustiosa; por primera vez vi los amarillentos y peligrosos ojos del hambre. El pan negro se desmigajaba y sabía a resina y cola, el café era un extracto de cebada tostada; la cerveza, agua amarilla; el chocolate, arena teñida y las patatas estaban heladas; la mayoría de la gente criaba conejos para no olvidar del todo el sabor de la carne; en nuestro jardín un muchacho cazaba ardillas con escopeta para las comidas de los domingos, y los perros y gatos bien alimentados pocas veces regresaban de sus paseos. Los tejidos que se ponían a la venta eran en realidad papel preparado, sucedáneo de otro sucedáneo; los hombres iban vestidos casi exclusivamente con uniformes viejos, incluso rusos, sacados de un  almacén o un hospital y dentro de los cuales ya habían muerto unas cuantas personas; no eran raros los pantalones hechos de sacos viejos. Se le encogía a uno el corazón al andar por la calle, donde los escaparates parecían saqueados, la argamasa se caía desmigajada como tiña de las casas en ruinas y la gente, visiblemente desnutrida, se arrastraba a duras penas hacia su lugar de trabajo. La alimentación era mejor en la llanura; con el bajón general de la moral, ningún campesino pensaba en vender la mantequilla, los huevos y la leche a los «precios máximos» fijados por la ley. Guardaban escondido en el granero todo cuanto podían y esperaban la visita de compradores con mejores ofertas. Pronto apareció una nueva profesión: la de los «acaparadores». Hombres sin trabajo cogían una o dos mochilas e iban de un campesino a otro, iban incluso en tren a lugares especialmente productivos, para conseguir víveres ilegales y venderlos luego en la ciudad a un precio cuatro o cinco veces más elevado. Al principio los campesinos estaban la mar de contentos con la gran cantidad de billetes de banco que les llovían en casa a cambio de los huevos y la mantequilla que ellos, a su vez, también «acaparaban». Pero, en cuanto iban a la ciudad con sus carteras repletas para comprar mercancías, descubrían con irritación que, mientras ellos sólo habían pedido cinco veces más por sus víveres, el precio de la guadaña, el martillo y la olla que querían comprar se había multiplicado por veinte o cincuenta. A partir de aquel momento aceptaban sólo objetos industriales, intercambiaban mercancía por mercancía, valor real por valor real; después de que, con sus trincheras, la humanidad hubo retrocedido felizmente a la edad de las cavernas, también perdió la milenaria convención del dinero y volvió al primitivo trueque. Un grotesco comercio se extendió por todo el país. Los habitantes de las ciudades acarreaban hasta las casas de campo todo aquello de que podían privarse: jarrones de porcelana china y alfombras, sables y escopetas, aparatos fotográficos y libros, lámparas y adornos; y así, por ejemplo, si alguien entraba en una casa de campo de Salzburgo, podía encontrar allí, con gran sorpresa, un buda indio que lo miraba fijamente o una librería rococó con libros franceses encuadernados en cuero, de los que los nuevos propietarios presumían con mucho orgullo.

Zweig, Stefan. El mundo de ayer: Memorias de un europeo (Spanish Edition) . Edición de Kindle.