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Hay que ser burros

Pedro Simón.  EL MUNDO. Hoy

El español es el idioma oficial en los sistemas educativos de los siguientes países: Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Costa Rica, Cuba, Ecuador, El Salvador, Guinea Ecuatorial, España, Guatemala, Honduras, México, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú, Puerto Rico, República Dominicana, Uruguay y Venezuela.

Cuando se apruebe la ley educativa del Gobierno, uno de estos 21 países saldrá de la lista. Elijan la respuesta más disparatada. Piensen lo más ridículo.

En efecto, la cagamos.

Conviene dejarlo claro desde el principio para subrayar el dislate: el Ejecutivo español ha tachado literalmente que el español aparezca como lengua oficial en el sistema educativo español en un documento escrito… en español y en un país llamado España.

Después de la promoción de curso sin esfuerzo, después del profesorado sin el máster oficial, llega la última entrega de Superproducciones Celaá: la España sin el español. O con un español jibarizado, con uno a medio gas, con uno que no estorbe mucho.

Porque nuestros alumnos -eso sí- van sobradísimos de gramática y de ortografía y de oratoria y de sintaxis y tienen auténtica devoción por Faulkner.

Que el español deje de ser por ley la lengua vehicular equivale a elegir un coche que no pueda circular por todas las carreteras. Ahí casi siempre hay un accidente. O un atasco. O unos conductores que no se enteran. El paleto con un Bentley.

Es cierto que hubo un tiempo ominoso (durante el franquismo y aún después) en que el idioma español caía como un yugo imperial sobre las otras lenguas del Estado. Esa burrada del nacionalcatolicismo. Pero no es el caso hoy. Volver ahí es legislar sobre un trampantojo.

Adónde va un chico de Arenys de Munt o de Ondarroa si no sabe no ya el inglés, sino el castellano, un buen castellano, uno mejor que el sabe uno de Valladolid, pongamos. De qué extraño modo defiende un gobierno socialista la igualdad de oportunidades si no utiliza esa llave que abre puertas gratis: una lengua que hablan 580 millones en el mundo.

Se puede ser de izquierdas y decir cosas sensatas sobre la enseñanza. Incluso se debieran decir, sobre todo porque los que menos tienen necesitan la educación pública como boya a la que agarrarse.

Antonio Machado lo hacía: «Nuestros políticos llamados de izquierda, un tanto frívolos -digámoslo de pasada-, rara vez calculan, cuando disparan sus fusiles de retórica futurista, el retroceso de las culatas, que suele ser, aunque parezca extraño, más violento que el tiro».

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