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Elogio de la micción

“El que pee fuerte y mea claro no necesita médico ni cirujano”. Es uno de los primeros refranes que se aposentaron en mi memoria en mi infancia rural. Una infancia cuasiescolarizada en la que, llegada la hora del recreo, los muchachos mayores, todos con los siete años cumplidos, la edad del comienzo del uso de la razón, salíamos en estampida de la revuelta jaula de don Antonio “Serón” y lo primero que hacíamos era ir en estampida a la calle Molino, más camino que calle, a soltar nuestra meada, con frecuencia regida por un sano espíritu de competencia: a ver quién aleja más.

Y recuerdo, con mucha pena, una frase reciente, de no hará más de diez años, pronunciada por una joven profesora de instituto, de Matemáticas para más señas: “Yo en el instituto no bebo agua, solo me mojo un poco la boca, porque me entrarían ganas de hacer pipí, y no hay tiempo para eso”. No, pensé yo horrorizado, sólo hay tiempo para la ESO, esa etapa nefasta que trajo a la educación, hace ya treinta años, la LOGSE.

Hay que mear mucho, para lo cual hay que beber mucho. Recuerdo también, un recuerdo intermedio entre los dos anteriores, una frase que, según repetía mucho nuestro padre espiritual en el seminario, repetía mucho Lutero: “Cree mucho y peca mucho”. Pues bien, yo aquí la cambio por “bebe mucho y mea mucho”.
Consejo que practico desde que me tiro de la cama, ya que, como he contado en alguna de mis décimas, mi desayuno es el de los tres tazones: tazón de agua, tazón de zumo de fruta con tropezones y tazón de café con
leche y con galletas (digestive, que son las más completas).

Incluso metafóricamente meo mucho, ya que mis décimas son así, como meadas literarias (alguna la he titulado “decimeada”), una pequeña necesidad órgano-artístico-intelectual-recreativa, siempre sin daños ni molestias a terceros.

Por supuesto, los mayores de edad no sólo podéis: debéis beber vino, cerveza y otras bebidas tan reconfortantes para el espíritu como reconstituyentes para el cuerpo. Eso sí, con cabeza, que es lo último que se pierde. Cuando se tiene, que mucha gente anda por el mundo con una cabeza de cartón pintado, hueca como la de los muñecos.

Y, pues tenemos cabeza, no sólo bebamos con discreción. Meemos también con lo mismo, en los lugares y en la forma adecuados, y no como los perros (o los zagales de la escuela de don Antonio), que nos tienen infectadas e inmundas las calles y las plazas.

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