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Redondilla

COLOFÓN

Mira si es poco sensato
este arte nuestro que para
que tú contemples tu cara
te ofrezco mi autorretrato.
(Último poema de Manzanas robadas, de Miguel d’Ors)

Hacía siglos que no leía poesías, y menos escribía versos –ni prosa– de ningún tipo, como prueba este blog, ha tantos meses abandonado. Pero ayer sentí el impulso de volver a Miguel d’Ors, a mi admirado d’Ors. Primero, a ver si tenía algo nuevo publicado; y lo tiene: Viaje de invierno (2021, Renacimiento). Y leo la reseña que le hace José Luis García Martín. Y veo que profesor y crítico tan sabio y exigente se quita el sombrero, es un decir, ante la nueva obra del veterano poeta. Me la regalaré. Pero no antes de releer, otra vez, los dos libros anteriores, que los tengo aquí, a mano. Y, asombrado, maravillado y gozoso, comienzo por Manzanas robadas (2017). Mañana le tocará el turno al precedente, Átomos y galaxias (2013).

Una anécdota de ayer, en el ámbito familiar, me trae ahora a este último poemita, “Colofón”, del primer libro mencionado. Colofón, o sea, remate, final, despedida del lector.

El poeta se vale, para tal despedida, de la tradicional, humilde y sencilla redondilla. Pero, claro, el poeta la trabaja a su manera. Respeta, sí, pulcramente, la preceptiva, pero echa mano de recursos propios para hacerla parecer algo distinto, novedoso, personal. Desde la cuasilocución consecutiva, ponderativa, inicial, tan coloquial, de tanto uso popular “mira si”, hasta las sucesivas aliteraciones (el verso tercero parece un trabalenguas) y hasta el fuerte encabalgamiento entre los versos segundo y tercero, que separa (y une) no ya una preposición de su término, sino los dos componentes de una locución conjuntiva de finalidad, “para que”. Así que nos suena novedoso el ritmo de estos octosílabos, no consabido, rutinario, habitual.

Pero aún no hemos dicho nada del contenido. ¿Qué nos dice el poeta en esta redondilla de despedida? ¿A qué autorretrato se refiere en el último verso? A cuál va a ser, amigo, al que el poeta ha hecho de sí mismo en este poema y en los treinta y cuatro que lo preceden y que constituyen el poemario. El poeta se ha retratado en sus aficiones, predilecciones, inquietudes, arrobamientos, fidelidades, felicidades e infelicidades. ¡Ah!, y en su manera de expresarlas, de contarlas. De presentártelas a ti, a mí, al lector, sin el cual el libro no sería tal. “La mitad del libro la pone el lector”, es una frase que se reitera en las novelas del protagonista Melchor Marín, del que acaba de salir la tercera (El castillo de Barbazul, Javier Cercas, tendremos que regalárnosla también). Pues bien, si eso ocurre con una novela, qué diremos de un libro de poemas sino que la mitad del libro la pone el lector. El lector que ha seguido, verso a verso (sí, Antonio Machado), paso a paso, poema a poema, cada vivencia del poeta, y ha contemplado el cuadro que ha dejado de cada una de ellas. Y el lector se ha ido identificando, he aquí la palabra clave, se ha ido haciendo un igual al poeta. Aquí tiene lugar un grado de identificación mayor que el que expresa Baudelaire cuando llama al lector “mon semblable, mon frère” D’Ors no llama al lector “mi similar, mi hermano”, le dice “yo soy tú y tú eres yo”.

Y yo me pregunto ahora: esta aproximación hasta la identificación total ¿sólo se puede hacer entre poeta y lector? ¿No se puede hacer entre vecino y vecino? Si los humanos somos todos tan parecidos… ¿Por qué, entonces, nos dedicamos tanto a alimentar, a engordar, a ponderar esas mínimas diferencias? ¿Para justificarnos cuando consideramos enemigo a nuestro hermano, a nuestro vecino, a nuestro igual?

Conozco algunos casos de hermanos mellizos o gemelos que son enemigos irreconciliables. ¡Qué triste! Pero en estos días de pesadumbre y angustia por los acontecimientos que están teniendo lugar en el este de Europa, cómo no sentirnos abatidos por la amarga paradoja de que el gobierno y el ejercito de Rusia estén invadiendo, destruyendo, machacando, a los que son geográfica, étnica, cultural y lingüísticamente más cercanos a los rusos. ¡Hala!, no seamos iguales: homo homini lupus.

Pues no: homo homini geminus, aequalis, frater.

Volvamos, para terminar, al comienzo, a la redondilla de d’Ors. Y ahora, cómo no recordar aquel verso de Lope de Vega en el Arte nuevo de hacer comedias: “y para las de amor las redondillas”. Se refiere a las escenas de amor, en el teatro. Pues bien, eso es lo que le hace aquí el poeta al lector para despedirse: una escena de amor.

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