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Madres

Soy un viejo (y tú también lo eres si has llegado a los setenta. Si aún no te acogota algún achaque, yo me alegro por ello contigo. Mas no te creas eterno, has entrado en el tramo final).

Soy un viejo. Y abuelo de un nieto más hermoso que el sol, que mañana cumplirá año y medio. Lo veo poco en persona, en “la presencia y la figura”, que escribió el santo Juan, pero lo veo bastante en fotos, vídeos y videollamadas. Vive a dos mil kilómetros de aquí.

Me acuerdo de él mucho, cómo no (y de la madre que lo trajo). Me acuerdo de él siempre que, por la calle, veo a un mayor, generalmente una joven madre, llevando de la mano a su pequeño; o lo lleva suelto, pero cerca, y va pendiente de él, y habla con él; y si el niño (o la niña, claro, o la niña) le contesta o le pregunta con una frase redonda, llena de vocabulario, de gramática y de vida, aunque él no tendrá más de tres o cuatro años, me emociono y me entusiasmo pensando en las posibilidades de cada ser de nuestra especie.

Puedo recordar que, cuando yo andaba por esas primeras edades, ni las madres, ni los demás familiares, ni los vecinos, ni el maestro, andaban tan atentos en la conversación con las criaturas: sólo esporádicos avisos que solían comenzar por el adverbio ‘no’; y de vez en cuando un guantazo en el culo o algún pescozón. Y no es que entonces las madres, o los mayores en general, no quisieran y protegieran a los componentes de la nueva camada, pero pensaban que cualquier exceso de atención o de ternura era contraproducente, aguacharraba, reblandecía al infante. Y seguramente algo de razón tenían, pero, sin duda también, algo de información les faltaba.

En estos tiempos, en los que tanto la madre como el padre han de ejercer un empleo (o varios) para tener la posibilidad de un estatus económico digno, esa escrupulosa y constante ocupación en la crianza de los hijos se ha vuelto mucho más admirable.

Maternidad y paternidad, algo heroico en la actualidad.

Así que cómo no pensar con admirativa pesadumbre en tantos miles de madres que, desgarrando su vida familiar, han salido, o están saliendo, o probablemente van a salir en los próximos días, de Ucrania, acompañadas de sus hijos, pero dejando atrás a sus maridos, su hogar, sus pertenencias, sus querencias, la cotidianeidad por la que tanto lucharon.

Ojalá todas ellas encuentren piedad, generosidad y fraternidad ¡y sororidad!, perdón, casi me olvido de ésta, allá a donde lleguen.

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