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Animales

Somos animales, todos nosotros, el homo sapiens.

Nuestra especie ha desarrollado el lenguaje, la mente, la capacidad de colaboración en grandes grupos, también la rivalidad, y ha tenido una relación muy diversa con las otras especies animales: las ha masacrado, las ha domesticado, las ha divinizado, las ha encerrado o enjaulado, las ha sufrido, les ha servido de alimento o le han servido de alimento, ha aprendido de ellas…

A estas alturas está claro que la acción humana está afectando negativamente a la biodiversidad, necesaria para la propia vida humana en el planeta. Y está también claro que el contacto del urbanita actual con animales no de su misma especie es mucho más infrecuente y esporádico. Para una persona de ciudad, ver trepar tranquilamente por una pared de su vivienda una pequeña larva, puede suponer una conmoción no tan pequeña.

Dos revoluciones han modificado grandemente nuestra relación con los animales: la revolución neolítica, de hace unos diez mil años, y la revolución industrial, de hace un par de siglos. Quizá ahora, en nuestros días, se está produciendo una tercera revolución de tanto calado para la humanidad como las dos anteriores: la revolución de Internet.

Mi relación personal con los animales ha cambiado mucho desde mi infancia rural, casi puro neolítico, a mi vejez, permanentemente conectada al móvil y al ordenador. Quiero decir que me crié literalmente entre animales. Ahora comparto vivienda con una gata, aparte de con mi señora, claro, y tengo la suerte de que los sonidos que con más frecuencia me llegan del exterior son cantos, trinos o gorjeos de pájaros o aves. Y también la desgracia, cuando salgo a pasear por estas proximidades, de tener que ir viendo, y esquivando (no oliendo, no tengo buen olfato) cacas de can.

No sé si hacía falta una nueva ley de bienestar y protección animal. Pocos y muy remotos recuerdos me vienen de haber visto a alguien maltratando a alguno. Aunque confieso que yo mismo he combatido recientemente, con productos venenosos, invasiones de pulgones o de hormigas.

No sé cómo terminar una entrada de tema tan amplio, que yo reduzco aquí a tan poco texto. Pues así: admitiendo que no soy vegetariano ni vegano, ni lo pienso ser mientras pueda evitarlo.

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