• Páginas

  • Archivos

  • mayo 2020
    L M X J V S D
     123
    45678910
    11121314151617
    18192021222324
    25262728293031

Cinco líes

Cuando en la familia va a nacer un niño, o una niña, tú, como padre, o abuelo, o tío, o primo, deseas que se cumplan en él, en las sucesivas etapas de su vida, los cuatro adjetivos y un sustantivo, todos comienzan por li-, en los que cifras la plenitud de su vida, y la felicidad de los responsables de su nacimiento y crianza:
Lindo. Todos en la familia queréis que sea un niño así: lindo, precioso, guapo, hermoso, que provoque las ganas de comérselo a besos.

Listo. Deseáis que, cuando empiece a ir al colegio, la maestra, el dire, la conserje, los compañeros, pero sobre todo la maestra, comenten admirados a los padres, o entre sí: es listo como una ardilla, coge al vuelo las ideas, memoriza los versos, las definiciones, los nombres, las fechas con asombrosa facilidad; y siempre está atento a todo, muy despierto.

Limpio. Esperáis que, llegado a la adolescencia, no se deje ganar por la indolencia y la pereza; que se duche y se cambie de ropa interior a diario, que no plantifique las suelas de sus zapatillas sobre el sofá, que no deje que en su cuarto prospere la maleza como en un descampado, que cuide y ordene sus pertenencias, y que lleve sus manos y sus uñas impolutas.

Libre. Anheláis que, cuando los años lo conduzcan a la mayoría de edad, haya aprendido lo suficiente para ser y sentirse un espíritu libre; que no vaya, como Vicente, a donde va la gente; que no sea gregario sino egregio, con ideas propias las cuales no teme poner en liza con las de los demás, valiente y respetuosamente. Porque “la libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos”.

Líder. Esperáis que, después de la amorosa, cuidadosa, exquisita, sólida educación y formación que ha ido recibiendo y asimilando, se comporte como un líder, esto es, como una autoridad sólida y moral, como una referencia fiable para los que se mueven en su proximidad. No como un tramposo encumbrado, un arribista aposentado en un cargo obtenido con falsía y ambición. Deseáis que sea una autoridad como Garcilaso lo era en la poesía, “el cual, no solamente en mi opinión, mas en la de todo el mundo, ha sido tenido por regla cierta”.

Y con esos deseos, anhelos, esperanzas, continuáis viviendo vuestras vidas.

Enfermedades

A las mías me refiero, que son las que mejor conozco. No a las que me postraron durante una temporadita, o temporada, y después se fueron sin dejar mayores daños.
Me voy a referir a las que llegaron para quedarse; las cuales, si no acabaron conmigo, tampoco, supongo, me han hecho más fuerte, o tal vez sí.

Neurosis la primera. La padecí en mi adolescencia, que se prolongó, a causa de la tal, mucho más de lo debido. Me la produjo la combinación de una educación absolutamente represiva, con cinco años de seminario, y la vuelta a un hogar familiar que ya no sentía como el mío, en el que, a la miseria económica, con ser mucha, le ganaba la miseria cultural y moral. Salí del padecimiento unos diez años después de haberlo contraído, gracias a tres meses de sesiones de psicoanálisis, que me enseñaron a mirarme desde fuera y a comprender, visceralmente, cómo se me había producido el atasco.

Desde aquella curación han transcurrido más de cuarenta años. Pero no ha habido un solo día en que no me haya sentido convaleciente de aquella enfermedad. Quede claro, no obstante, que, entre las secuelas que me dejó, no tiene cabida ningún rencor. Los curas hicieron por mí lo que pudieron; y lo mismo mis padres: ¿qué culpa tenían ellos de ser pobres, de no haber pisado jamás una escuela?

Psoriasis la segunda. Es una enfermedad genética. La heredé sin duda de mi madre, y ella de su padre. Tuve la suerte de que no empezó a manifestarse en mí sino a muy avanzada edad: a los cincuenta y dos años, si no yerro en mis cálculos. Y habría sido mezquino que me quejara del daño que me ha causado o me causa. Lamento, y mucho, el que causó a mis antecesores; y, sobre todo, el de mi hija Alma, que comenzó a tener brotes muy severos desde muy pequeña.

Estenosis la tercera. Lumbar. Empezó a manifestarse a los sesenta, con los pinzamientos. Se ve que esa zona de la columna la tengo ya bastante deteriorada. No obstante, en los ocho años transcurridos desde que apareció, he acudido sólo dos veces a un traumatólogo. El primero me prescribió: “Anda mucho; y vuelve por aquí dentro de seis meses”. Yo siempre he andado mucho, ello forma parte de mi modo de vida. Lo de volver a los seis meses… Volví a los seis años, pero a otro traumatólogo, que me diagnosticó: “Envejecimiento, macho, y eso no tiene cura”.

A pesar del ¡evidente! envejecimiento, he seguido siendo un contumaz adicto a las caminatas. Y además he recuperado la bicicleta, que durante cuatro años tuve abandonada. Ya pensaba que la caminata era mi pulmón derecho y la salida en bici mi pulmón izquierdo. Pensaba. Ahora me temo que el confinamiento me está dejando sin pulmones; y que, cuando estos estén en las últimas, vendrá el coronavirus para darles la puntilla.

Malos tiempos para…

La corrección lingüística, por ejemplo.

Ya lo eran antes del estado de alarma por la COVID-19. Antes de esta triste situación hemos vivido tiempos de mucha comodidad y de muchos egos inflados: me esfuerzo lo mínimo y doy por óptimo todo lo que sale de mí, sin filtros ni autocrítica.

Creo, leyendo los periódicos estos días, que ha aumentado el nivel de erratas y de incorrecciones. Y debemos ser considerados y comprensivos con ello: ahora el periodista escribe con mucho más estrés.

Pero el sentido del pudor tiene que mantenerse despierto en quienes escriben para muchos lectores, cuantos más mejor.

Hay que repasar lo que se escribe antes de darlo por bueno: es una norma básica. Hay que echar mano del diccionario –es tan fácil consultarlo: en el móvil…– siempre que nos surja la duda léxica; y optar por la construcción sintáctica más clara, con los indispensables signos de puntuación. Nuestro idioma es un tesoro muy grande: no lo despreciemos como si fuera calderilla.

Nos puede ayudar a mantenernos sensibles respecto a tal necesidad, la de escribir bien, el suscribirnos al boletín de la Fundación del Español Urgente (Fundéu BBVA). Además, la página web de esta Fundación, y la de la RAE, están a nuestro alcance con una ayuda impagable. Y gratuita.

Historiadores

No todo va a ser hablar –o escribir– acerca del coronavirus, o padecer su veneno. Venceremos al virus, y la solidaridad y cooperación a nivel mundial saldrán reforzadas.

Ahora lo que quiero es hacer una explicación de la explicación que fue mi entrada sobre El infinito en un junco, de Irene vallejo.

Mencionaba uno ahí a tres historiadores –Harari, Ferguson, Vallejo– cuya lectura le ha resultado de gran impacto: por su preparación, su capacidad de comunicación y por su honestidad y sencillez personal.

Esta tercera cualidad, aunque parezca que tiene poco que ver con el trabajo del historiador, es fundamental. Porque no es lo mismo que el autor parta de una posición ideológica, o política, muy definida, que si investiga y escribe desde su honesta, y humilde, perspectiva personal, siempre abierta a una posible modificación, a partir de los datos que va encontrando.

Es decir, un historiador es un intelectual independiente –valga la redundancia–, no está sometido a una escuela, a un partido político, a una ideología, a una teoría, a una religión.

Y el lector lo ve venir, presentarse con su bagaje de información, con su sensibilidad personal, su íntimo interés por esclarecer el pasado, su manera de contar y de escribir.

Si se suele decir, en literatura, que el ensayo es el hombre, por lo personal que es este género, una monografía histórica será un ensayo histórico o será un mamotreto de los que se hojean, se colocan en la estantería y se olvidan.

Un historiador no es un pontífice –y menos un acólito– de ninguna religión o poder, es un hombre –o una mujer– que ha investigado unos temas del pasado, y los expone desde su personalidad y perspectiva, y escribe con plena conciencia de que otros historiadores podrán venir después con otros datos y otra visión de ese pasado. Y así avanza el mundo.

Sillín de ruedas

Después de cuatro años de bici colgada, el verano que está acabando me ha traído un grato y fructífero reencuentro con la máquina.

Estoy ahora convencido de que los daños y dolores en el metatarso y dedo segundo del pie derecho me los produjo el mucho tiempo de llevar en los pedales unas punteras demasiado cortas, con lo que presionaba demasiado contra ellas para mantener la posición adecuada de pies sobre pedales.

Sé lo que es llevar calas en lugar de punteras, y sé lo que es caerse con los pies atrapados en las calas. Así que las dejo para los ciclistas de verdad, y yo sigo con las punteras, pero con otras punteras más largas, que se adaptan mejor a mis pies.

Siempre he sido, cómo no, amante y practicante de las caminatas pedestres. Aunque en los últimos años también estas expansiones me han ido resultando progresivamente más trabajosas. El sobrepeso del cuerpo, claro. El alma pesa cero gramos; y la conciencia, que cada uno sopese la suya.

En fin, este menda está muy contento de su reencuentro con la bici, de haber ido subiendo en fuerzas, fuelle y confianza en la máquina. Y de su vuelta a ciertos hermosos parajes de las riberas del Dílar. Cómo esparcían aroma las gayombas y otros arbustos, con qué potencia bramaba el río.

La vida se ve muy corta cuando uno se va acercando a la setentena. Lo vivido se ve corto, y lo que se espera vivir…

Ergo, mientras uno pueda ser no un anciano en silla de ruedas sino un mayor en sillín de ruedas, carpam diem.

Hacia el imperio global

Uno de los temas de actualidad que las noticias nos hacen mirar con mayor atención es el de los movimientos migratorios.

Europa está recibiendo unos flujos migratorios intensos, a pesar del imponente freno de las fronteras exteriores. Y al mismo tiempo, en América, Donald Trump viene dando una tabarra insoportable con el dichoso muro de la frontera con México.

Las desgracias, tragedias y crímenes que se vienen produciendo entre los que aspiran a llevar una vida mejor en una tierra distinta y distante de aquella en la que nacieron, esas desgracias nos horrorizan a todos.

Pero, por otro lado, parece que no nos libramos del recelo de sufrir una avalancha migratoria que termine quitándonos el pan de la mesa, o el médico de la cabecera de la cama en la que una enfermedad nos tiene postrados.

A pesar de lo mucho que se ha avanzado hacia la globalización económica y cultural, parece que la idea de la igualdad de todos los seres humanos —que eclosionó hace más de dos siglos con la revolución francesa— no acaba de convencernos.

“Libertad, igualdad, fraternidad”. No solo para todos los ciudadanos franceses; no solo para todos los ciudadanos españoles o peruanos, sino para todos los ciudadanos del mundo.

Voy a copiar ahora una breve cita de Harari (si no han leído ustedes sus dos luminosos libros, De animales a dioses y Homo Deus, ya están tardando demasiado), del capítulo 18 del primero de esos dos libros:

 

Tal como se ha explicado en el capítulo 11, estamos asistiendo a la formación de un imperio global. Al igual que los imperios anteriores, también este hace cumplir la paz dentro de sus fronteras. Y puesto que sus fronteras cubren todo el planeta, el imperio mundial hace cumplir de manera efectiva la paz mundial.

 

¿Qué es lo que más nos espanta de Donald Trump, que ponga aranceles a las mercancías que llegan a Estados Unidos desde otras partes del mundo, o su agresividad de perro cortijero contra el flujo migratorio?

Si la Organización de Naciones Unidas (ONU) sirviera para algo más de lo que sirve (sirve muy poco), ya estaría promoviendo actitudes mucho más abiertas, por parte de los Estados miembros, ante los movimientos de población.

Si todos los países del planeta estuvieran dispuestos a abrir sus fronteras (¡con orden y control!) a quienes quieran o necesiten cruzarlas, los flujos de población no serían tan traumáticos y trágicos.

Insisto: con controles rigurosos, para lo cual actualmente hay medios más que suficientes.

Esa imagen, por ejemplo, de la patera repleta que llega a una playa también repleta, no se volvería a repetir. El ciudadano extranjero que cruza una frontera sabría que lo primero que tiene que hacer es presentarse ante la policía de frontera para todos los controles de rigor.

Los Estados actuales, que tienen los días —o las décadas— contados, habrán de ser más benignos ante los ciudadanos del mundo que solo buscan ganarse la vida honradamente, y más severos con quienes infringen las leyes, sea cual sea su procedencia.

El espacio doméstico

Los que hemos sido estudiantes, en las primeras etapas de la vida, y luego profesores o maestros, hemos tenido clara la importancia de un espacio propio en la casa, necesario para la actividad íntima del aprendizaje, para las muchas horas con la sola compañía de libros, apuntes y cuadernos que requiere el estudio.

La juvenil pareja, los recién enamorados, tienen otras necesidades de espacio propio: el espacio íntimo compartido puede, incluso debe, ser pequeño. Si cuando bailan puede ser suficiente una baldosa de 0,30 x 0,30, cuando no bailan les basta una cama  de 0,80, siempre que esté apartada de terceras miradas; e incluso una aún más pequeña hecha de fragante hierba, en medio de una solitaria pradera primaveral (que se note que estamos en abril…).

Ahora bien, si esa joven pareja se plantea seriamente una vida compartida, con hijos, mesa de plancha, bicicletas y otros medios de transporte, las necesidades de espacio doméstico se complican bastante. Y ahí puede presentarse el deseo agobiante de contar con un espacio individual propio, sobre todo si el trabajo en casa, el estudio o la creación artística han de formar parte de la vida ordinaria.

Algunos jóvenes escritores nos han dado páginas autobiográficas gloriosas sobre los padecimientos de quien necesita ese espacio doméstico propio para su trabajo y sólo agónicamente lo consigue. Yo recomendaría, por ejemplo, algunos artículos de David Gistau (todo lo que escribe me encanta), pero ahora no me voy a poner a buscar títulos, fechas o medios en los que han aparecido.

Y luego vamos pasando las hojas del calendario, los calendarios enteros. Y de la casa que hemos ido llenando de libros –o de obra pictórica propia, qué sé yo– y de hijos, éstos se van, a iniciar su andadura independiente, y a veces se van muy lejos. Y la casa comienza a tener espacios vacíos, melancólicamente vacíos, o inmisericordemente atestados de añoranzas.

Y siguen pasando los años. Y entonces puede que comencemos a percatarnos de que a nuestra casa le sobran escalones, peldaños de escalera, desniveles. Porque nos fallan las rodillas, o las caderas, o las lumbares, o todo el esqueleto. Ahora consideramos importante tenerlo todo a mano, todo llano y próximo: la cama, el baño, la cocina, el ropero, el patio, la panadería de la esquina y la vecina acogedora y comprensiva.

¿Y cuál será el siguiente espacio doméstico que nos resulte suficiente: la mesa camilla, la butaca hogar, la silla de ruedas, la cama articulada? Cuando ya no nos acordemos de nuestros queridos libros, sepamos poco de nuestros amados hijos, hayamos sido olvidados por nuestros atentos vecinos, ¿qué espacio doméstico necesitaremos?

Hay un cuento de Chéjov que se titula El hombre enfundado. En él el profesor Burkin cuenta la historia de un colega, “un tal Bélikov”, profesor de Griego, quien, más que vestirse, se forraba completamente para protegerse del exterior, cuyo contacto escrupulosamente evitaba. No fue un hombre feliz, claro. ¿Cómo serlo con esa obsesión?

Pero “Bélikov murió. A su entierro acudió todo el mundo, es decir, los dos institutos y el seminario. Ahora que yacía en el ataúd tenía una expresión dulce, agradable, incluso jovial, como si se alegrase de verse por fin en una funda de la que no saldría jamás. ¡Sí, había alcanzado su ideal!”

El caso es que un hombre normal, cualquiera que no comparta esa penosa manía de Bélikov, si vive lo suficiente, también llega a una edad en la que su espacio doméstico, o vital, se reduce tanto que llega a coincidir con el de Bélikov.