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Comienza el día

Aprovecha la calma agosteña para ensayar una manera nueva de desayunar, sin dejarte invadir por las noticias, los comentarios, las ráfagas de música y los anuncios de la radio. En un silencio almo en el que te llegarán suaves el zumbido del motor del frigorífico, el gluglú de la cafetera al subir el café, los golpes o fricaciones de tu cucharilla o cuchara, los sordos sonidos de tu servilleta de papel, el piar de los gorriones o el zurear de las tórtolas en la vecindad. Incluso oirás con nitidez las primeras formulaciones que produce la maquinaria de tus pensamientos.

Lo que seguramente no oirás serán los ladridos de la perra de tu vecino: amo y perra son más madrugadores, y ya andarán en sus faenas por esos campos.

Si desayunas solo, te podrás centrar mejor en tus movimientos, elecciones, degluciones, ordenaciones, previsiones. Si desayunas acompañado por tu esposa o por tu hija, no las agobiarás con largas frases, con sonidos estridentes cuando sabes que aún están medio dormidas. Estarás atento a lo que puedas aportar para hacerles más agradable este comienzo del día; y no invadirás su espacio con tus cosas.

Cuidado: no te vayas de la cocina si aún no está todo recogido, adecentado, limpio, como acondicionado para el siguiente turno de desayunantes.

Después entra, cuando te toque y no antes, en el cuarto de baño, a realizar tus abluciones. Acabadas las cuales estarás preparado para el segundo capítulo de tu jornada agosteña: darte un paseo, leer un periódico, escribir unas notas en tu diario o en tu blog; o componer una décima.

Y ¡sobre todo! no comiences a amargarte pensando en lo que te duele, sea una ausencia, una rodilla o una España apandemiada y descoyuntada.

Por los pelos

Ayer iba yo en el coche, por la carretera comarcal, a hacer una compra. Y, en un punto de mi recorrido, vi a una mujer que caminaba, como es preceptivo, por su lado izquierdo, que también era el mío porque íbamos en la misma dirección. Estaba mediada la mañana, plena luz, pero mi visión fue tan fugaz como la del rayo de luna becqueriano. Así que pudo tener su punto de alucinación. El caso es que vi, o creí ver, que aquella señora tenía el cabello más hermoso que yo había visto en mi vida.

Hecha mi compra y de nuevo en casa, me ocupé de la siguiente tarea que me tocaba: pelarme. Hace por lo menos treinta años que no piso una peluquería; así que lo que me tocaba era meterme en el cuarto de baño con mi cortapelos eléctrica y darle un repaso, primero, a la corona de pelo de rata que rodea mi calva frailuna; después, al pelo, casi todo blanco, de la indómita barba.

Mientras me pelaba, pensé en la diferencia entre pelo y cabello. Cabello era el de la señora de mi visión, pelo era el que andaba segando mi cortapelos.

Sin embargo, etimológicamente la cosa, creo, no va por ahí. Capillus, la palabra latina que dio lugar a cabello, procede de la unión (aventuro yo, que soy un lingüista de medio pelo) de caput y pellis, cabeza y piel; o de caput y pilus (pellis y pilus, mismo lexema). O sea, que cabello es el pelo de la cabeza, mientras que pelo es el que sale en cualquier parte del cuerpo que no es la cabeza. Es el vello.

¿Es ya tan antiestético el vello en los hombres como en las mujeres? Ni entro ni salgo en ese tema. Lo que me consta es que en la sección Viejos de la topografía humana, el vello, como el cabello, se cae en unas partes y sale en otras, en las que todavía resulta más desfavorable.

Cubramos el cuerpo, en este escrito quiero decir, para dejar al descubierto solamente la cabeza.

¿Cuántas atenciones le debemos a nuestro cabello? Recordemos aquellas sevillanas de la película de Saura: “Absalón presumía / de sus cabellos”. Y ello le costó la vida. Sin embargo, seguro que a más de un aqueo de aquellos de Homero lo salvó de la muerte un compañero agarrándolo fuertemente de su larga melena para que no se lo tragara el mar.

O sea, lo de cabello corto o largo, es opinable. Lo de cabello cuidado o descuidado, no. Todos tenemos que cuidar (mientras quede alguno) nuestro cabello. Pero cuidarse el cabello no implica tener que ir a una peluquería. A lo mejor la mujer de mi visión se había limitado a lavárselo y peinárselo ella misma. Lo cierto es que a mí me hizo recordar el soneto de Góngora: “Mientras por competir con tu cabello / oro bruñido al sol relumbra en vano”…

Vargasllosiano

El adjetivo del título, si no recuerdo mal, lo he leído muy recientemente en una tribuna periodística, al aplicar la pregunta de este escritor, cuándo se jodió Perú, a otro entorno que nos es más próximo: cuándo se jodió Cataluña.

Yo lo retomo porque esta noche, en horas siempre mejor aprovechadas si se dedicaran al sueño, he vuelto a repasar mi pasado, con la consabida pregunta de cuándo se jodió mi vida.

Para mí no hay duda alguna sobre la respuesta, que ahora comparto con el posible lector. Mi vida se jodió hace muchos años. Yo tenía entonces 16, y ahora estoy a punto de cumplir los 70.

Se jodió cuando decidí, después de cinco años en el seminario menor, abandonar aquel internado y volver a la casa paterna. Una casa que ya se me había quedado tan pequeña que se convirtió en poco tiempo, ni siquiera en un zulo, en una tumba en vida y juventud. Tumba en la que no podía crecer sin romper el respeto a mis padres. Dejé de creer en Dios (y perdí los padrinos que hasta entonces había tenido, los curas), pero se ve que no dejé de creer en el Cuarto Mandamiento: honrarás a tu padre y a tu madre. Así que me adapté a aquel bajo techo y seguí viviendo en aquella tumba.

Con las pocas energías que me dejaba utilizables la neurosis, continué mis estudios universitarios; y, suspirando cada día por acabarlos y salir por fin de mi casa y de mi pueblo, me licencié en Filología Románica.

Luego, después de unos quince meses de mili, también me licencié en el ejército.

Un amigo, Luis Gallegos, me abría las puertas de su casa en Madrid (en Móstoles, para ser exactos), me ayudaba a encontrar trabajo en las obras del Metro. Poco después otro amigo, Juan Sisinio, compartía su vivienda conmigo en el centro de Madrid. Yo era un zombi, pero conservaba amigos; incluso seguía haciendo muy buenos nuevos amigos: misterios de la vida, que se aferra a la vida con tanta fuerza.

¿Cuándo empecé a entender lo que me había pasado? Después de tres meses de sesiones de psicoanálisis. Aprendí a mirarme desde fuera, como me miraba la psicóloga, que sin duda era buena en lo suyo. Toma de conciencia: brutal, gigantesca, como la presa de un pantano que se rompe de un divino puñetazo.

Yo pensaba que en poco tiempo me sentiría del todo liberado del infierno que había padecido. Pero había malvivido diez años en mi íntima cárcel, años que debieron ser de crecimiento, desarrollo, formación.

Sí: desde aquel día de mi toma de conciencia, me he ido sintiendo, cada día, un poco más liberado de mi condena. Pero, hasta hoy, ni un solo día he dejado de sentirme convaleciente de aquella negra, larga, juvenil enfermedad.

Fui recuperando fuerzas, capacidad de trabajo y de disfrute, lucidez. Pude, llegado el momento, asumir las dos facetas a las que entregué lo bueno que de mí quedaba: mi familia (mi mujer y mis hijas, básicamente) y mi trabajo como profe de instituto (desde que decidí que ya estaba suficientemente recuperado).

Han pasado muchos años. La vida pasa deprisa. Quiero concluir esta entrada pidiendo perdón a mi esposa e hijas por no haber sido mejor esposo y padre; pidiendo perdón a mis antiguos alumnos por no haber sido mejor profesor. He hecho lo que he podido. Lamento no haber sido mejor. Y sé que, cuando os miráis en vuestro íntimo espejo y aceptáis vuestra realidad, con sus luces y sombras, os gana el impulso de perdonar a otros; a otros miserables como yo.