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Sillín de ruedas

Después de cuatro años de bici colgada, el verano que está acabando me ha traído un grato y fructífero reencuentro con la máquina.

Estoy ahora convencido de que los daños y dolores en el metatarso y dedo segundo del pie derecho me los produjo el mucho tiempo de llevar en los pedales unas punteras demasiado cortas, con lo que presionaba demasiado contra ellas para mantener la posición adecuada de pies sobre pedales.

Sé lo que es llevar calas en lugar de punteras, y sé lo que es caerse con los pies atrapados en las calas. Así que las dejo para los ciclistas de verdad, y yo sigo con las punteras, pero con otras punteras más largas, que se adaptan mejor a mis pies.

Siempre he sido, cómo no, amante y practicante de las caminatas pedestres. Aunque en los últimos años también estas expansiones me han ido resultando progresivamente más trabajosas. El sobrepeso del cuerpo, claro. El alma pesa cero gramos; y la conciencia, que cada uno sopese la suya.

En fin, este menda está muy contento de su reencuentro con la bici, de haber ido subiendo en fuerzas, fuelle y confianza en la máquina. Y de su vuelta a ciertos hermosos parajes de las riberas del Dílar. Cómo esparcían aroma las gayombas y otros arbustos, con qué potencia bramaba el río.

La vida se ve muy corta cuando uno se va acercando a la setentena. Lo vivido se ve corto, y lo que se espera vivir…

Ergo, mientras uno pueda ser no un anciano en silla de ruedas sino un mayor en sillín de ruedas, carpam diem.

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Hacia el imperio global

Uno de los temas de actualidad que las noticias nos hacen mirar con mayor atención es el de los movimientos migratorios.

Europa está recibiendo unos flujos migratorios intensos, a pesar del imponente freno de las fronteras exteriores. Y al mismo tiempo, en América, Donald Trump viene dando una tabarra insoportable con el dichoso muro de la frontera con México.

Las desgracias, tragedias y crímenes que se vienen produciendo entre los que aspiran a llevar una vida mejor en una tierra distinta y distante de aquella en la que nacieron, esas desgracias nos horrorizan a todos.

Pero, por otro lado, parece que no nos libramos del recelo de sufrir una avalancha migratoria que termine quitándonos el pan de la mesa, o el médico de la cabecera de la cama en la que una enfermedad nos tiene postrados.

A pesar de lo mucho que se ha avanzado hacia la globalización económica y cultural, parece que la idea de la igualdad de todos los seres humanos —que eclosionó hace más de dos siglos con la revolución francesa— no acaba de convencernos.

“Libertad, igualdad, fraternidad”. No solo para todos los ciudadanos franceses; no solo para todos los ciudadanos españoles o peruanos, sino para todos los ciudadanos del mundo.

Voy a copiar ahora una breve cita de Harari (si no han leído ustedes sus dos luminosos libros, De animales a dioses y Homo Deus, ya están tardando demasiado), del capítulo 18 del primero de esos dos libros:

 

Tal como se ha explicado en el capítulo 11, estamos asistiendo a la formación de un imperio global. Al igual que los imperios anteriores, también este hace cumplir la paz dentro de sus fronteras. Y puesto que sus fronteras cubren todo el planeta, el imperio mundial hace cumplir de manera efectiva la paz mundial.

 

¿Qué es lo que más nos espanta de Donald Trump, que ponga aranceles a las mercancías que llegan a Estados Unidos desde otras partes del mundo, o su agresividad de perro cortijero contra el flujo migratorio?

Si la Organización de Naciones Unidas (ONU) sirviera para algo más de lo que sirve (sirve muy poco), ya estaría promoviendo actitudes mucho más abiertas, por parte de los Estados miembros, ante los movimientos de población.

Si todos los países del planeta estuvieran dispuestos a abrir sus fronteras (¡con orden y control!) a quienes quieran o necesiten cruzarlas, los flujos de población no serían tan traumáticos y trágicos.

Insisto: con controles rigurosos, para lo cual actualmente hay medios más que suficientes.

Esa imagen, por ejemplo, de la patera repleta que llega a una playa también repleta, no se volvería a repetir. El ciudadano extranjero que cruza una frontera sabría que lo primero que tiene que hacer es presentarse ante la policía de frontera para todos los controles de rigor.

Los Estados actuales, que tienen los días —o las décadas— contados, habrán de ser más benignos ante los ciudadanos del mundo que solo buscan ganarse la vida honradamente, y más severos con quienes infringen las leyes, sea cual sea su procedencia.

El espacio doméstico

Los que hemos sido estudiantes, en las primeras etapas de la vida, y luego profesores o maestros, hemos tenido clara la importancia de un espacio propio en la casa, necesario para la actividad íntima del aprendizaje, para las muchas horas con la sola compañía de libros, apuntes y cuadernos que requiere el estudio.

La juvenil pareja, los recién enamorados, tienen otras necesidades de espacio propio: el espacio íntimo compartido puede, incluso debe, ser pequeño. Si cuando bailan puede ser suficiente una baldosa de 0,30 x 0,30, cuando no bailan les basta una cama  de 0,80, siempre que esté apartada de terceras miradas; e incluso una aún más pequeña hecha de fragante hierba, en medio de una solitaria pradera primaveral (que se note que estamos en abril…).

Ahora bien, si esa joven pareja se plantea seriamente una vida compartida, con hijos, mesa de plancha, bicicletas y otros medios de transporte, las necesidades de espacio doméstico se complican bastante. Y ahí puede presentarse el deseo agobiante de contar con un espacio individual propio, sobre todo si el trabajo en casa, el estudio o la creación artística han de formar parte de la vida ordinaria.

Algunos jóvenes escritores nos han dado páginas autobiográficas gloriosas sobre los padecimientos de quien necesita ese espacio doméstico propio para su trabajo y sólo agónicamente lo consigue. Yo recomendaría, por ejemplo, algunos artículos de David Gistau (todo lo que escribe me encanta), pero ahora no me voy a poner a buscar títulos, fechas o medios en los que han aparecido.

Y luego vamos pasando las hojas del calendario, los calendarios enteros. Y de la casa que hemos ido llenando de libros –o de obra pictórica propia, qué sé yo– y de hijos, éstos se van, a iniciar su andadura independiente, y a veces se van muy lejos. Y la casa comienza a tener espacios vacíos, melancólicamente vacíos, o inmisericordemente atestados de añoranzas.

Y siguen pasando los años. Y entonces puede que comencemos a percatarnos de que a nuestra casa le sobran escalones, peldaños de escalera, desniveles. Porque nos fallan las rodillas, o las caderas, o las lumbares, o todo el esqueleto. Ahora consideramos importante tenerlo todo a mano, todo llano y próximo: la cama, el baño, la cocina, el ropero, el patio, la panadería de la esquina y la vecina acogedora y comprensiva.

¿Y cuál será el siguiente espacio doméstico que nos resulte suficiente: la mesa camilla, la butaca hogar, la silla de ruedas, la cama articulada? Cuando ya no nos acordemos de nuestros queridos libros, sepamos poco de nuestros amados hijos, hayamos sido olvidados por nuestros atentos vecinos, ¿qué espacio doméstico necesitaremos?

Hay un cuento de Chéjov que se titula El hombre enfundado. En él el profesor Burkin cuenta la historia de un colega, “un tal Bélikov”, profesor de Griego, quien, más que vestirse, se forraba completamente para protegerse del exterior, cuyo contacto escrupulosamente evitaba. No fue un hombre feliz, claro. ¿Cómo serlo con esa obsesión?

Pero “Bélikov murió. A su entierro acudió todo el mundo, es decir, los dos institutos y el seminario. Ahora que yacía en el ataúd tenía una expresión dulce, agradable, incluso jovial, como si se alegrase de verse por fin en una funda de la que no saldría jamás. ¡Sí, había alcanzado su ideal!”

El caso es que un hombre normal, cualquiera que no comparta esa penosa manía de Bélikov, si vive lo suficiente, también llega a una edad en la que su espacio doméstico, o vital, se reduce tanto que llega a coincidir con el de Bélikov.

Poesía

Ayer, durante mi caminata solitaria, quizá al pasar junto a un limonero lleno de frutos, recordé el soneto precioso de Miguel Hernández “Me tiraste un limón”. Y, como todavía no está del todo ida mi memoria, me lo recité mentalmente. Con un único tropiezo: no recordé el adjetivo que antecede al sustantivo “calentura”. Ahora, con la ayuda eficaz e inmediata de Internet, lo he recuperado: “ansiosa”. ¡Qué bien, qué joya de la poesía este soneto! Y nunca he tenido que pagar un céntimo por hacerlo mío.

Es cierto, es cierto: la especie humana va mejorando. Mejores alimentos, mejores medicinas, mejor educación. Aunque quién sabe lo que el futuro le deparará.

Dice la rima (IV) de Bécquer: “Podrá no haber poetas, pero siempre / habrá poesía”. Yo le pondría, al contenido de estos versos, un reparo: el de que todos somos, al menos un poco, poetas. Por tanto, siempre que haya en el mundo hombres (y mujeres, por favor), habrá poesía.

Aunque lo que es, en nuestra especie, una semilla sembrada genéticamente, el germen (divino) de la poesía, se puede cultivar más o menos, descuidar menos o más.

Resulta que, lo mismo que vivimos tiempos de muchas posibles ayudas para el aprendizaje, el cultivo, vivimos tiempos de mucho ruido. Y el ruido es enemigo de la poesía

No sé si hay establecido -fácil que sí- un Día Internacional del Silencio, pero todos debemos procurarnos, en nuestro vivir ordinario, ratos de sosiego y silencio. En ellos aflorará en nosotros la poesía: en nuestros propios versos, en los versos que un día leímos y después olvidamos, o en sencillas líneas en prosa, pues también en limpia prosa se escribe la poesía.

Caminata

En la de ayer hubo algo que llamó especialmente mi atención y que quiero contar aquí, brevemente.

Serían las 19:15, aproximadamente (yo no llevaba reloj ni móvil). Era, por tanto, de noche, y creo que la hermosa luna llena aún no había asomado, o al menos no se había hecho visible. Zona urbana; no de centro urbano, pero sí de vías y urbanizaciones cuidadas, de espacios públicos ajardinados e iluminados.

En una placeta adyacente a una urbanización cercada por un muro con una especie de ventanas totalmente enrejadas (para que los de fuera vean el lujoso jardín pero no lo puedan tocar: a la clase media acomodada le gusta ese lucimiento), en esa placeta, digo, junto al muro, hay dos chicas adolescentes. Una de ellas trepa por una de las rejas como medio metro, mientras la otra la observa atenta, móvil en mano. La trepadora se contorsiona y se inclina lo suficiente como para que su cara y su boca queden junto a algo. ¿A qué? A una enorme polla erecta sobre su escroto, dibujada en grueso trazo negro. La chica pone la pose de iniciar la simpática felación mientras su compañera le hace la foto; después de lo cual, baja y se pone junto a la compañera, a mirar el móvil: a mirar la foto, deduzco, que acaban de obtener.

Creo que ninguna de las dos chicas se percató de que yo pasaba por allí, a ninguna de las dos parecía preocuparle la presencia o ausencia de testigos.

¿Qué iban a hacer estas dos adolescentes con aquella foto? ¿La iban a guardar como un recuerdo íntimo de su amistad? ¿Se la iban a mandar a alguien como una broma, un mensaje, una provocación, una muestra de su capacidad artística?

A lo mejor estas cosas en nuestra sociedad no tienen importancia, sólo son el típico entretenimiento de adolescentes. ¿Tendrá quizá más relevancia la siguiente, anodina viñeta? A ver.

Al cabo de un rato, una media hora, todavía en mi caminata, me crucé con otras dos chicas más o menos de la misma edad y aspecto. En el paraje, acera y calzada son estrechas, y el tráfico, a esas horas, abundante. Me eché a la calzada porque ninguna de las dos hizo un gesto para colocarse de forma que a mí me quedase algo de acera. Rápido, que vienen coches. Creo que estas dos, que casi se rozaron conmigo, me vieron igual de poco que las dos de la foto.

Es lo que ocurre cuando tienes sesenta y seis años y además los aparentas: casi nadie te ve.

FELIZ AÑO NUEVO

QUE EN 2018 SE SOLUCIONEN TODOS LOS PROBLEMAS RLACIONADOS CON:

1. EL CLIMA

2. LA ENERGÍA

3. LA CONTAMINACIÓN

4. LA EMIGRACIÓN

5. LA EDUCACIÓN

6. LA DELINCUENCIA

7. EL PARO

8. LA XENOFOBIA

9. LA PENSIÓN

10. LA EUTANASIA

Resultados

Con lo que llevamos soportado de matraca catalana en los medios, hoy, el día post, hasta yo, un tonto en todas las materias y mayormente en la política, me voy a atrever a opinar sobre los resultados de las urnas.

  1. Me congratulo por el éxito de Ciudadanos e Inés Arrimadas. Representan una actitud moderada, cívica (como su nombre) y pragmática. Me uno a sus tres deseos de vida: Visca Catalunya, visca Espanya, visca Europa.

  2. Me alegro de que los dos partidos que más han perdido sean los de los dos extremos del arco parlamentario: las CUP y el PP. La lentitud paquidérmica de éste, su incapacidad para tender puentes, explicar, ilusionar… La radicalidad selvática de aquéllas, mas propia de adolescentes mimados y malcriados que de personas con formación, disciplina y visión política… Creo que ha habido un corrimiento de votos hacia posiciones más centradas y reconducibles. Lo cual dice bien de los votantes catalanes, de su seny.

  3. Creo que si, tanto los fugados como los encarcelados, encabezados respectivamente por Puigdemont y Junqueras, tienen algo de generosidad y dignidad, si no son meros oportunistas sin pizca de grandeza, deberían renunciar a sus escaños, ponerse a entera disposición del Tribunal que los requiere, y dejar que en las formaciones políticas que hasta ahora han liderado tomen el relevo otros miembros (o miembras). Los cuales tendrían que aprovechar la oportunidad de replantearse el rumbo que sus partidos han seguido en los últimos años, con tan malas consecuencia para Cataluña, España y Europa.

Ojalá que en esta etapa que comienza hoy, los ciudadanos que no vivimos en Cataluña podamos ver que la matraca de esta rica comunidad autónoma de España no está todos los días en nuestra sopa. Aunque me temo que no vamos a tener esa suerte, como no vamos a tener tampoco la que reparten hoy los niños de San Ildefonso.