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Quejas

Parece, o es seguro, que vivimos en un período de aceleración del cambio climático. A saber adónde irá la humanidad con ese cambio, y con los otros cambios.

Lo que sé es que ahora mismo resido en una ciudad que climáticamente se acerca mucho a un paraíso. Ciudad a la que llegan mendigos procedentes de cualquier punto de la Tierra y se quedan en ella muchos años, viviendo o sobreviviendo. En cambio en Alemania… Julio Camba escribía en una de sus crónicas que en Alemania no había mendigos. No podían sobrevivir. Nieve sí que había, mucha. Y la iban apartando, a donde no entorpeciera, los residentes, con un estoicismo rutinario.

Aquí, en esta ciudad, hay un invierno que dura el mes del solsticio: del 15 de diciembre al 15 de enero. Ayer, 16 de enero, día espléndido, ya se veía, desde la carretera que serpentea entre el mar y la montaña, se veía la playa bastante concurrida; no sé si con las debidas precauciones de distancia física; porque yo pasaba con mi rucha y no veía con detalle.

Un paraíso climático, ya digo. Pero aquí la gente se queja mucho del frío y del calor. Seguramente por pereza, por no andar buscando otros temas de conversación menos convencionales.

A mí lo que con más inmediatez me preocupa de este cambio climático es la posible escasez de agua potable, lo que en otras zonas es tristemente habitual. En esta urbanización, hace pocos días, hubo un corte de suministro que duró unas doce horas: de las doce de la noche a las doce de la mañana; y qué penoso se nos hace ese tiempo, a pesar de contar con algunas carrafas llenas en el sótano o en la despensa.

Deberíamos hacer mucho más para el mejor aprovechamiento del agua que se nos brinda, mucho más para mantenerla libre de productos tóxicos. Sin embargo uno no ve que esta sea una preocupación social importante, ni un campo de trabajo prioritario para los gobiernos. Solamente son noticia, o tema de conversación, o de lamento, los daños que a veces hace el agua cuando cae, o cuando se acumula. Siempre a posteriori, nunca, o casi nunca, prevemos.

Aquí Filomena nos trajo lluvia mansa, beneficiosa. En muchas zonas y ciudades del interior cayó abundante la nieve; y, acto seguido, los fríos polares la congelaron, la convirtieron en peligrosa roca. Pues eso hubo, y eso es lo que hay que remediar en cuanto se pueda; y no quejarse tanto, que las quejas solo son desahogos de pusilánimes (algo así diría don Quijote).

Por cierto, hoy es día de San Antón, otro don Quijote que, siendo el inventor de la vida austera de los eremitas, a los granadinos les dejó la nada austera receta de su famosa olla, capaz de resucitar a un eremita finiquitado. En esta casa nos hemos adelantado un día: la comimos ayer. Y quéjate, hermano, si no te está permitido metértela en el cuerpo.

Elogio de la micción

“El que pee fuerte y mea claro no necesita médico ni cirujano”. Es uno de los primeros refranes que se aposentaron en mi memoria en mi infancia rural. Una infancia cuasiescolarizada en la que, llegada la hora del recreo, los muchachos mayores, todos con los siete años cumplidos, la edad del comienzo del uso de la razón, salíamos en estampida de la revuelta jaula de don Antonio “Serón” y lo primero que hacíamos era ir en estampida a la calle Molino, más camino que calle, a soltar nuestra meada, con frecuencia regida por un sano espíritu de competencia: a ver quién aleja más.

Y recuerdo, con mucha pena, una frase reciente, de no hará más de diez años, pronunciada por una joven profesora de instituto, de Matemáticas para más señas: “Yo en el instituto no bebo agua, solo me mojo un poco la boca, porque me entrarían ganas de hacer pipí, y no hay tiempo para eso”. No, pensé yo horrorizado, sólo hay tiempo para la ESO, esa etapa nefasta que trajo a la educación, hace ya treinta años, la LOGSE.

Hay que mear mucho, para lo cual hay que beber mucho. Recuerdo también, un recuerdo intermedio entre los dos anteriores, una frase que, según repetía mucho nuestro padre espiritual en el seminario, repetía mucho Lutero: “Cree mucho y peca mucho”. Pues bien, yo aquí la cambio por “bebe mucho y mea mucho”.
Consejo que practico desde que me tiro de la cama, ya que, como he contado en alguna de mis décimas, mi desayuno es el de los tres tazones: tazón de agua, tazón de zumo de fruta con tropezones y tazón de café con
leche y con galletas (digestive, que son las más completas).

Incluso metafóricamente meo mucho, ya que mis décimas son así, como meadas literarias (alguna la he titulado “decimeada”), una pequeña necesidad órgano-artístico-intelectual-recreativa, siempre sin daños ni molestias a terceros.

Por supuesto, los mayores de edad no sólo podéis: debéis beber vino, cerveza y otras bebidas tan reconfortantes para el espíritu como reconstituyentes para el cuerpo. Eso sí, con cabeza, que es lo último que se pierde. Cuando se tiene, que mucha gente anda por el mundo con una cabeza de cartón pintado, hueca como la de los muñecos.

Y, pues tenemos cabeza, no sólo bebamos con discreción. Meemos también con lo mismo, en los lugares y en la forma adecuados, y no como los perros (o los zagales de la escuela de don Antonio), que nos tienen infectadas e inmundas las calles y las plazas.

Tres estampas con perro

De mi paseo matutino de ayer.

Primera. Tomo el camino rural más cercano: cuanta más soledad, menos mascarilla. No obstante, me he colocado ese adminículo en el codo (por si tengo que saludar a alguien con codazo, me digo). En la confluencia del camino con la última calle, un hombre, de mi edad o poco menos, pela o peina a su perro. Un perro gran y peludo. Al rebasarlos yo, el hombre se ha puesto a recoge manojos de pelos del suelo. No tiene una bolsa en la otra mano, se ha puesto a recogerlos porque paso yo, y los tirará en la hierba del borde del camino. De este tramo del camino que está siempre llovido de cacas caninas. No he saludado al hombre, allá se pudran amo y perro.

Segunda. Cruzo el río, seco por aquí desde hace muchos meses. El tramo del camino que ahora tengo delante es recto, y en leve pendiente. Al fondo veo un bulto, color algo chillón. Parece un hombre parado. ¿Habla con alguien que desde aquí no puedo ver? Hay otro bulto negro en el suelo. Al llegar a su altura, veo que lo que hay en el suelo es un enorme perro negro y peludo, totalmente inmóvil, del que el hombre, de mi edad o poco menos, no aparta la vista. Aminoro la marcha, los miro… El hombre está llorando debajo de su mascarilla, no ha pensado en quitársela. El perro inmóvil tiene a su lado, no enganchado al cuello, un grueso y vistoso cordón. “¿Está muerto?”, le pregunto. El hombre aumenta al llanto al contestarme que sí, que le ha debido de dar un infarto. Yo no sé qué decir, retomo mi caminata despacio, compungido. De pronto me vuelvo y le pregunto: “¿tiene móvil?”. No me he dado cuenta, antes de preguntarle, de que el hombre ya está con su móvil en la oreja, y con la otra mano me hace el gesto de que no puede oírme. Es que soy gilipollas: el que no lleva móvil soy yo.

Tercera. Me desvío de mi ruta habitual para acercarme a la finca de Jacinto, de mi edad. Aunque no he estado nunca en tal finca, pienso que encontraré la entrada fácilmente. Así sucede, pero busco algunos indicios que me lo confirmen antes de llamar al timbre. Y, antes de que me acerque a pulsar, comienzan los estridentes ladridos de perro gozque. Llamo al timbre, comienza a abrirse la cancela automáticamente, y veo al autor de los ladridos, más o menos como una lenteja en tamaño y color. Ya se acerca también Jacinto a la cancela y me invita amablemente a que entre. Elogio el lugar y el dueño me lo muestra orgulloso, me señala algunos elementos concretos, construidos con sus propias manos. Llama a su señora, que está dentro de la casa, para que me salude. Yo, hecha la pregunta que me ha llevado hasta allí, procuro abreviar la visita, siempre al aire libre y sin aproximaciones físicas. Al salir, Jacinto me acompaña nuevamente hasta la cancela, y me dice que la próxima vez que vaya por allí, que llame al timbre. “¡Pero si he llamado!, yo pensaba que tú me has abierto al oír el timbre”. “No. Yo he oído ladrar al perro, ¿será que el timbre se ha averiado?” Pero comprueba que el timbre sí suena. Lo que pasa es que el gozque suena más.