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Pentálogo

Para actuar correctamente en todos, o en la mayoría de, los momentos de la vida cotidiana, debemos tener muy bien asumidas unas cuantas ideas básicas, un catecismo ético que hemos debido asimilar bien en los años de formación. Algo así como:

  1. Todos los hombres, todos los seres de la especie humana queremos decir, son iguales, sin que importe la raza, el sexo, la religión o la nación.
  2. Consecuencia lógica del primer punto sintetizado: las fronteras se han creado a lo largo de la historia para proteger privilegios o evitar agresiones; pero la igualdad humana aspira a un Estado total o mundial, con leyes iguales para todos los hombres, y para todos libertad de movimiento por todo nuestro planeta.
  3. Todo humano adulto aspira al bien: para sí mismo, para sus familiares más cercanos y para toda la humanidad; y se siente recompensado en la medida en que su esfuerzo personal contribuye a la felicidad tanto propia como de los demás.
  4. Las principales desgracias de la vida humana son la enfermedad, la indigencia, la violencia injusta y la guerra. Todos estamos obligados, dentro de nuestro ámbito de actuación, a cooperar para que tales desgracias nunca se produzcan.
  5. Todo ser vivo tiene un final individual: su propia muerte. Todo humano, por ende, llega a ese fin, inevitablemente. Lo ideal, lo deseable, es que toda muerte se produzca después de una larga, feliz y fructífera vida; pero con demasiada frecuencia no ocurre así. Todo humano adulto debe cooperar, dentro de su ámbito, en la defensa de la vida de sus semejantes, en especial la de los niños y la de las personas más necesitadas o vulnerables, cuidando además el entorno en el que tales vidas transcurren, ya que no puede haber vida buena si no tiene un entorno favorable.

Patuti

Ayer nuestra gata se pasó la mañana durmiendo en la cama de Clara. No en una mantita que tiene a los pies, sino en la parte cercana a la almohada, sobre la colcha, más fresca en estos días veraniegos.

Patuti, así se llama nuestra gata, lleva una vida aparentemente libre y feliz. No le falta nunca comida, ni agua; el cuarto de su amita Clara, ausente ahora casi siempre, no se le cierra nunca; y, en la puerta que da a la terraza, dispone de una gatera que le permite salir y entrar a su antojo, y acceder a tejados, tapiales, e incluso a algún solar vecino, que será como una selva para ella.

Creo que no baja nunca a ningún patio que no sea el de esta casa, pequeñito. Es una gata tímida, y no se expone a desconocidos ni a sus canes.
Anoche, sábado, ya tarde incluso, se oía jaleo en algún patio. Algunos vecinos, seguramente, estaban de celebración. Normal. Me imagino que la Patuti estaría entretenida observándolos desde algún tejado, viendo, oyendo, oliendo, si ser vista ni oída ni olida.

Yo tardé en acostarme. No me llegaba el sueño, volví a encender a la tele, y continué viendo la serie que ha tocado en estas noches, La Reina del Sur.

Me acosté, ya digo, tarde; mi señora dormía. Y a las seis en punto de esta mañana, la Patuti comenzó a maullar a la puerta, cerrada, de nuestro dormitorio. No tiene esta gata un maullido alto, o potente, pero sabe ponerle unas modulaciones, unos cambios de tono (ahora la veo llegar, se ha parado ante su gatera como para salir, lo ha pensado mejor y se ha vuelto, seguro que otra vez a la cama de Clara), decía que sabe darle tales quiebros a su maullido, que no solo me despierta en seguida, sino que hace que me despierte sobresaltado.

Mi señora no es de oído tan sensible como el mío, y sigue durmiendo como una marmota. Lo cual aprovecho yo para castigar a la gata: “a entretenerte y echarte de comer se va a levantar tu puta madre”, pienso; reacomodo mi cuerpo, y me quedo esperando que vuelva Morfeo. Pero quien vuelve es la Patuti, con renovados maullidos. “Esta vez no me vas a ganar”, pienso. Y efectivamente: pasado un rato, me volví a dormir, y he dormido hasta las ocho y cuarto.

Cuando me he levantado, no la he visto por ninguna parte, tampoco la he buscado. Ella sabe cuándo es mi señora la que se levanta, y entonces acude a recibir sus mimos y su desayuno. Por mi parte, sin rencor ni celos. Tampoco con muamuá. Compartimos vivienda, y familia. Y punto.

Somos peligrosos

Mientras nuestra especie anduvo repartida por el mundo en pequeñas comunidades de cazadores-recolectores, esta nuestra especie estuvo bien integrada en el medio, sin mayores daños para éste.

Aunque ya dábamos muestras de una capacidad de comunicación y colaboración muy superiores a las de cualquier otra especie. Así que vayan preparándose esos animalotes grandullones que quieren que les sirvamos de cena, o que no quieren servirnos de cena: lo van a pasar mal.

El primer salto grande en la evolución de las sociedades humanas llegó con el Neolítico, con los asentamientos estables de grandes poblaciones que vivían de la agricultura, de la ganadería y de completar la despensa con lo que pudieran rapiñar a las sociedades vecinas.

Y, si no respetamos a los que son nuestros semejantes, si los saqueamos cuando podemos, si no los socorremos cuando nos necesitan, ¿vamos a ser más piadosos con tigres, serpientes, elefantes, águilas o tiburones?

Sólo nos ponemos sentimentales con los animales cuando ya los hemos convertido en peluches o en dibujos animados para nuestros hijos; o en patéticos seres supermorientes de zoológico.

Ahora nos dicen, ahora vemos que la naturaleza se degrada con la extinción ¡de millones de especies! que estamos provocando.

¿Qué esperábamos si eso no? Lo hemos visto en otras especies: el éxito desmedido lleva al crecimiento desmedido, y éste, a su vez, al arrasamiento del medio, o sea, del medio de subsistencia para la especie exitosa. Y entonces llega el derrumbamiento.

Ya los hombres de ciencia han advertido: estamos todavía lejos de tener un planeta de recambio.

Pero bueno, decimos nosotros, mientras le podamos seguir sacando jugo a esta naranja gigante que habitamos, hagámoslo sin miedo. Sólo se vive una vez. Y mañana… ya se irá viendo.