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Una lágrima en mayo

Una lágrima en mayo.

Día treinta, una lágrima

llorada si no vista,

es como un largo puente

uniendo dos orillas

que se miraban desde lejos, solas.

Una lágrima en mayo

despierta, allí en sus nidos,

a las aves nocturnas,

todas desconcertadas,

igual que en los eclipses,

por ese velo súbito

en la vida tan clara.

Una lágrima en mayo

parece un gran desorden.

Y en cuanto se ha vertido,

aunque nadie la vea,

le crea al mundo entero

un deber, una deuda.

Tendrán que trabajar

la tierra, sus entrañas,

fabricando diamantes, y los mares

harán conchas más nuevas

que las que antes hacían.

Pondrán todas las flores

sutilezas, esmeros

en florecer. Estío, otoño, invierno

con la nieve y el vino

aumentarán los bienes

juntados para el pago.

Y acumulando plomos, hojas, oro,

con la belleza ahorrada

cada día del año,

vendrá el mundo a pagarte,

alguna vez, en gozo,

a ti que la has llorado

-llorada si no vista-

la lágrima de mayo.

(Pedro Salinas)

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Del que estoy leyendo, página por la que voy

En su tiempo libre, Gong escribía. Internet empezaba a despegar como foro para toda clase de ideas, y ella se fue forjando fama de asesora en sintonía con los problemas de la República Popular. La gente empezó a llamarla «la pequeña dragón». Recibía montañas de mensajes de solteros angustiados, padres preocupados y novias ansiosas, muchos de ellos miembros o exmiembros de su página de contactos.

Con frecuencia, sus consejos clamaban contra las ancestrales tradiciones chinas. Si tu suegra te considera una simple «fabricante de hijos» y tu marido no ayuda, le decía Gong a una esposa reciente, olvídate del marido, «haz acopio de valor y abandona esa familia». En el caso de una pareja de nuevos ricos en la que el marido había empezado a acostarse con quien no debía, Gong aplaudió a la esposa por no convertirse en una «persona patética, débil y lloriqueante», y le aconsejaba obligar al marido a firmar un documento estipulando que perdería todo su capital si volvía a engañarla con otra. Por encima de todo, Gong entendía la búsqueda de amor dentro del marco de la independencia personal. «Los pasteles de carne —escribió— no caen del cielo.»

 

Osnos, Evan. China: la edad de la ambición (Ensayo político)

Spanish Edition (Posición en Kindle 861-869)

EL HOMBRE DEL TR3S. Edición de Kindle.

Precio en oferta Kindle Flash: 1, 89 €

 

Historia de los judíos

Los judíos no fueron sólo innovadores. También fueron ejemplos y paradigmas de la condición humana. Parecía que presentaban con claridad y sin ambages todos los dilemas inexorables del hombre. Fueron los “forasteros y viajeros” por antonomasia. Pero ¿no compartimos todos esa condición en este planeta, donde a cada uno se nos concede apenas una estancia de setenta años? Los judíos han sido el emblema de la humanidad desarraigada y vulnerable. Pero ¿acaso la Tierra entera es algo más que un lugar de tránsito provisional? Los judíos han sido fieros idealistas que buscaban la perfección, y al mismo tiempo hombres y mujeres frágiles que ansiaban la abundancia y la seguridad. Querían obedecer la ley imposible de Dios, y también buscaban conservar la vida. Ahí está el dilema de las comunidades judías de la Antigüedad, que trataban de combinar la excelencia moral de una teocracia con las exigencias prácticas de un estado capaz de defenderse. El dilema se ha repetido en nuestro propio tiempo en la forma de Israel, fundado para realizar un ideal humanitario, y que ha descubierto en la práctica que necesita mostrarse implacable si quiere sobrevivir en un mundo hostil. Pero ¿acaso éste no es un problema recurrente que afecta a todas las sociedades humanas? Todos queremos construir Jerusalén. Parece que el papel de los judíos es concentrar y dramatizar estas experiencias comunes de la humanidad, y convertir su destino particular en una moral universal. Pero si los judíos asumen este papel, ¿quién se lo asignó?

Los historiadores deben evitar la búsqueda de esquemas providenciales en los hechos. Es demasiado fácil encontrarlos, pues somos criaturas crédulas, nacidas para creer y dotadas de una imaginación poderosa que fácilmente reúne y organiza los datos para adaptarlos a un plan trascendente cualquiera. Sin embargo, el escepticismo excesivo puede originar una deformación tan grave como la credulidad. El historiador debe tener en cuenta todas las formas de la prueba, incluso las que son o parecen ser metafísicas. Si los primitivos judíos fueran capaces de analizar, con nosotros, la historia de su progenie, no hallarían en ella nada sorprendente. Siempre supieron que la sociedad judía estaba destinada a ser el proyecto piloto de toda la raza humana. A ellos les parecía muy natural que los dilemas, los dramas y las catástrofes judíos fueran ejemplares, de proporciones exageradas. En el curso de los milenios, que los judíos provocasen un odio sin igual, incluso inexplicable, era lamentable pero de esperar. Sobre todo, que los judíos sobreviviesen, cuando todos los restantes pueblos antiguos se habían transformado o desaparecido en los entresijos de la historia, era completamente previsible. ¿Cómo podía ser de otro modo? La providencia lo decretaba, y los judíos obedecían. El historiador puede decir: no hay nada a lo que pueda denominarse providencia. Quizá no. Pero la confianza humana en esa dinámica histórica, si es intensa y lo bastante tenaz, constituye en sí misma una fuerza que presiona sobre el curso de los hechos y los impulsa. Los judíos han creído que eran un pueblo especial, y lo han creído con tanta unanimidad y tal pasión, y durante un periodo tan prolongado, que han llegado a ser precisamente eso. En efecto, han tenido un papel porque lo crearon para ellos mismos. Quizá ahí está la clave de la historia.

Final del Epílogo de:

La historia de los judíos, de Paul Johnson

Sipan Barcelona Network S. L. (Penguin Randon House)

Traducción de Aníbal Leal

1ª edición, septiembre de 2017

Título original: A History of the Jew (1987)

CUESTA CREERLO

Cuesta creer que el incendio inextinguible

de tu melena al viento morirá,

como mueren las rosas, y que entonces

emergerá la hermosa calavera

que siempre hubo debajo, maquillada

con tendones y músculos y piel,

y que mi cráneo no estará a tu lado.

Luis Alberto de Cuenca, Cuaderno de vacaciones

Madrid, 2015

“Recogido por su abuelo paterno”

Pues, señor, aquel tigre recogió al pobre Horacio a los trece años, y como medida preventiva le ataba las piernas a las patas de la mesa-escritorio, para que no saliese a la tienda ni se apartara del trabajo fastidioso que le imponía. Y como le sorprendiese dibujando monigotes con la pluma, los coscorrones no tenían fin. A todo trance anhelaba despertar en su nietecillo la afición al comercio, pues todo aquello de la pintura y el arte y los pinceles no eran más, a su juicio, que una manera muy tonta de morirse de hambre. Compañero de Horacio en estos trabajos y martirios era un dependiente de la casa, viejo, más calvo que una vejiga de manteca, flaco y de color de ocre, el cual, a la calladita, por no atreverse a contrariar al amo, de quien era como un perro fiel, dispensaba cariñosa protección al pequeñuelo, tapándole las faltas y buscando pretextos para llevarle consigo a recados y comisiones a fin de que estirase las piernas y esparciese el ánimo. El chico era dócil y de muy endebles recursos contra el despotismo.  Resignábase a sufrir hasta lo indecible antes que poner a su tirano en el disparadero, y el demonio del hombre se disparaba por la cosa más insignificante. Sometiose la víctima, y ya no le amarraron los pies a la mesa y pudo moverse con cierta libertad en aquel tugurio antipático, pestilente y oscuro, donde había que encender el mechero de gas a las cuatro de la tarde. Adaptábase poco a poco a tan horrible molde, renunciando a ser niño, envejeciéndose a los quince años, remedando involuntariamente la actitud sufrida y los gestos mecánicos de Hermógenes, el amarillo y calvo dependiente, que, por carecer de personalidad, hasta de edad carecía. No era joven ni tampoco viejo.

En aquella espantosa vida, pasándose de cuerpo y alma, como las uvas puestas al sol, conservaba Horacio el fuego interior, la pasión artística, y cuando su abuelo le permitió algunas horas de libertad los domingos y le concedió el fuero de persona humana, dándole un real para sus esparcimientos, ¿qué hacía el chico? Procurarse papel y lápices y dibujar cuanto veía. Suplicio grande fue para él que habiendo en la tienda tanta pintura en tubos, pinceles, paletas y todo el material de aquel arte que adoraba, no le fuera permitido utilizarlo. Esperaba y esperaba siempre mejores tiempos, viendo rodar los monótonos días, iguales siempre a sí mismos, como iguales son los granos de arena de una clepsidra. Sostúvole la fe en su destino, y gracias a ella soportaba su miserable y ruin existencia.

El feroz abuelo era también avaro, de la escuela del licenciado Cabra, y daba de comer a su nieto y a Hermógenes lo preciso absolutamente para vivir, sin refinamientos de cocina, que, a su parecer, sólo servían para ensuciar el estómago. No le permitía juntarse con otros chicos, pues las compañías, aunque no sean enteramente malas, sólo sirven hoy para perderse: están los muchachos tan comidos de vicios como los hombres. ¡Mujeres!… Este ramo del vivir era en el que mayores cuidados el tirano ponía, y de seguro, si llega a sorprender a su nieto en alguna debilidad de amor aunque de las más inocentes, le rompe el espinazo. No consentía, en suma, que el chico tuviese voluntad, pues la voluntad de los demás le estorbaba a él como sus propios achaques físicos, y al sorprender en alguien síntomas de carácter, padecía como si le doliesen las muelas. Quería que Horacio fuera droguista, que cobrase afición al género, a la contabilidad escrupulosa, a la rectitud comercial, al manejo de la tienda; deseaba  hacer de él un hombre y enriquecerle, se encargaría de casarle oportunamente, esto es, de proporcionarle una madre para los hijos que debía tener; de labrarle un hogar modesto y ordenado, de reglamentar su existencia hasta la vejez, y la existencia de sus sucesores. Para llegar a este fin, que don Felipe Díaz conceptuaba tan noble como el fin sin fin de salvar el alma, lo primerito era que Horacio se curase de aquella estúpida chiquillada de querer representar los objetos por medio de una pasta que se aplica sobre tabla o tela. ¡Vaya una tontería! ¡Querer reproducir la naturaleza cuando tenemos ahí la naturaleza misma delante de los ojos! ¿A quién se le ocurre tal disparate? ¿Qué es un cuadro? Una mentira, como las comedias, una función muda, y por muy bien pintado que un cielo esté, nunca se puede comparar con el cielo mismo. Los artistas eran, según él, unos majaderos, locos y falsificadores de las cosas, y su única utilidad consistía en el gasto que hacían en las tiendas comprando los enseres del oficio. Eran, además, viles usurpadores de la facultad divina, e insultaban a Dios queriendo remedarle, creando fantasmas o figuraciones de cosas, que sólo la acción divina puede y sabe crear, y por tal crimen, el lugar más calentito de los Infiernos debía ser para ellos. Igualmente despreciaba don Felipe a los cómicos y a los poetas, como que se preciaba de no haber leído jamás un verso, ni visto una función de teatro; y hacía gala también de no haber viajado nunca, ni en ferrocarril, ni en diligencia, ni en carromato, de no haberse ausentado de su tienda más que para ir a misa o para evacuar algún asunto urgente.

Pues bien, todo su empeño era reacuñar a su nieto con este durísimo troquel, y cuando el chico creció y fue hombre, crecieron en el viejo las ganas de estampar en él sus hábitos y sus rancias manías. Porque debe decirse que le amaba, sí, ¿a qué negarlo?, le había tomado cariño, un cariño extravagante, como todos sus afectos y su manera de ser. La voluntad de Horacio, en tanto, fuera de la siempre viva vocación de la pintura, había llegado a ponerse lacia por la falta de uso. Últimamente, a escondidas del abuelo, en un cuartucho alto de la casa, que éste le permitió disfrutar, pintaba, y hay algún indicio de que lo sospechaba el feroz viejo y hacía la vista gorda. Fue la primera debilidad de su vida, precursora quizá de acontecimientos graves. Algún cataclismo tenía que sobrevenir, y así fue, en efecto: una mañana, hallándose don Felipe en su escritorio revisando unas facturas inglesas de clorato de potasa y de sulfato de cinc, inclinó la cabeza sobre el papel y quedó muerto sin exhalar un ¡ay! El día antes había cumplido noventa años.

Benito Pérez Galdós, Tristana (cap. 8)

Páginas finales de un libro

No puede negarse que Occidente aparenta ser, en estos momentos, la civilización de mayor éxito del planeta. Los derechos del individuo garantizados por ley y la democracia parlamentaria, la propiedad privada y la libertad de mercado y la clara separación entre la dimensión religiosa y la política, principales señas de identidad del mundo occidental, constituyen el modelo en el que se miran los pueblos del mundo, tal como desearon las potencias vencedoras en 1945. La extensión efectiva de la sociedad de consumo y, por su mediación, de los valores occidentales, la influencia económica y, si es necesario, incluso la intervención militar directa se han venido usando con el fin de que así fuera desde el término de la Segunda Guerra Mundial, al menos allí donde las naciones occidentales, y sobre todo, los Estados Unidos de América, han tenido capacidad para hacerlo. Por convencimiento o de forma más o menos inconsciente, los derechos humanos, la democracia, el libre mercado y la secularización de la sociedad siguen ganando terreno día a día en Asia oriental y meridional, en Europa del Este, en Iberoamérica e incluso, con mayores dificultades y en menor grado, entre las naciones africanas. Millones de seres humanos, año tras año, arriesgan sus vidas animados por la esperanza de encontrar en Occidente la libertad y el bienestar que no les ofrecen sus países de origen y, en su mayoría, terminan por abrazar los valores de la tierra que los acoge, ya sean ellos mismos, sus hijos o sus nietos. Las fuerzas de la modernidad, al menos tal como se entiende ese concepto en Occidente, son poderosas y continúan avanzando.

Los últimos años, sin embargo, han demostrado que el triunfo de la democracia parlamentaria y el capitalismo está resultando un poco más problemático de lo que se preveía. La integración en los países receptores de muchos inmigrantes pertenecientes a determinadas culturas resulta más trabajosa de lo que a veces se piensa. Además, en numerosas ciudades europeas y norteamericanas, la inmigración no equivale a integración y prosperidad, sino a marginación y miseria. Los recién llegados, muchos de los que llevan ya décadas en el país de acogida e incluso buena parte de los que han nacido en él permanecen apartados de las ventajas que las democracias occidentales garantizan a sus ciudadanos, siguen abrazados a sus valores y tradiciones y, en ocasiones, incluso reaccionan con notable violencia contra la sociedad que parece rechazarlos.

Pero más elocuente es lo que sucede en los propios países de origen de los inmigrantes. Algunas naciones, entre ellas la populosa China, en la que habita uno de cada cinco seres humanos, impugnan sin dudar la sedicente universalidad de los valores occidentales, sin excluir siquiera de su rechazo la democracia y los derechos humanos, y tratan de igualar tan sólo su desarrollo económico y su progreso técnico. Otros estados, como Rusia, que alberga alrededor de ciento cuarenta millones de personas, y la práctica totalidad de las naciones africanas, parecen afrontar notorios problemas para alcanzar la modernidad, aun deseándola en todas sus dimensiones. Pero el problema más grave parece provenir del mundo musulmán.

El problema esencial se encuentra en dilucidar si la civilización islámica puede evolucionar hacia un estadio en el que resulten compatibles la modernidad y el mahometismo. Uno de los rasgos básicos de la cultura occidental y, por ende, de la modernidad, es la nítida separación entre religión y política. En un régimen democrático, el Estado no tiene, ni puede tener, confesión religiosa alguna, ni tampoco abrazar una corriente ética concreta más allá del compromiso genérico con la preservación de los derechos humanos fundamentales, entre los que ocupa un lugar destacado el de elegir y practicar una religión y una moral determinadas. Para el islam, sin embargo, resulta impensable un Estado neutro en materia religiosa, sencillamente porque no existe dimensión alguna de la existencia humana que pueda entenderse ajena a la religión. Por ello, los países musulmanes devienen impermeables en muy alto grado al materialismo, el hedonismo y el relativismo moral que acompañan por doquier a la modernidad, incluso cuando, por efecto de la exportación masiva de petróleo, sus sociedades han alcanzado un importante nivel de riqueza; pero también, y parece que en no menor medida, a la democracia y las libertades individuales. Quizá por ello, sus países generan el mayor número de fanáticos terroristas dispuestos al martirio por atentar contra Occidente, al que consideran la diabólica encarnación de todo mal. Si existe un argumento sólido en contra de la convicción de que el mundo entero avanza hacia la comunión universal con la visión de las cosas propia de la civilización occidental, es la contumacia con que las sociedades islámicas se aferran a sus señas colectivas de identidad.

Es por ello por lo que el pasado reciente, y puede que el inmediato futuro, aparecen definidos ante nuestros ojos con unos perfiles más semejantes a lo que el célebre politólogo de la Universidad de Harvard Samuel P. Huntington denominó “choque de civilizaciones” que a la victoria sin matices de occidente que profetizara Francis Fukuyama en su popular ensayo. Pero las dificultades no se deben tan sólo a la profunda y visceral reacción antioccidental de sectores de población muy amplios fuera de Europa y Estados Unidos, como ha apuntado Huntington, sino a la evidencia de que el mismo Occidente parece sufrir una profunda crisis de identidad. Y si esto es cierto, el futuro inmediato de la dignidad del individuo, la democracia parlamentaria y la economía de mercado podría ser morir de éxito.

No es exagerado afirmar que la sociedad occidental languidece en nuestros días adormecida por el narcótico de la opulencia. El desarrollo económico, que fue posible gracias, entre otras cosas, a la extensión de los valores que han hecho de occidente lo que es, puede ahora causar su destrucción. Y no porque riqueza y libertad sean incompatibles, sino porque la riqueza ha tenido como efecto colateral e indeseable minar las bases de la libertad. Como de algún modo le sucedió a la civilización romana en los últimos siglos del Imperio, y sin necesidad de compartir las jeremíacas profecías de Huntington acerca de la decadencia moral, el suicidio cultural y la desunión política de Occidente, sí es posible apreciar en el presente ciertos síntomas preocupantes y quizá similares a los que han jalonado en el pasado la lenta marcha de las civilizaciones hacia la decadencia.

Una prueba convincente de la pérdida de fe en sí misma en la civilización occidental es el creciente descrédito que parecen sufrir la democracia y sus instituciones. Tanto en los Estados Unidos de América, en mucho mayor grado, como en la misma Europa, disminuye día a día el interés de los ciudadanos en la política; la participación en las consultas electorales decrece; la afiliación a partidos y sindicatos se reduce, y sólo parece incrementarse la dificultad para percibir diferencias entre las opciones. Todo ello va extendiendo la idea, sin otra alternativa aparente una vez que se ha hecho evidente el fracaso histórico del comunismo soviético, de que todos los líderes políticos son iguales y actúan movidos más bien por intereses personales que por el deseo de servir a la colectividad. Esta actitud, sin embargo, podría disfrazar el pretexto tras el que una sociedad embotada por la opulencia y el materialismo oculta su escasa disposición a ejercer con responsabilidad las funciones propias, y a menudo gravosas, de la ciudadanía consciente y responsable.

Por desgracia no se trata de un hecho aislado. La desaparición progresiva de la ética basada en el esfuerzo y el compromiso ha infectado todos los ámbitos de la vida. Las famosas palabras de John F. Kennedy que aconsejaban a los jóvenes no usar su tiempo como una hamaca, sino como una herramienta, resultan hoy poco atractivas para las nuevas generaciones crecidas en la abundancia fácil. Los medios de comunicación, siervos sumisos de la imparable maquinaria del consumo, siembran sin miramientos en las conciencias cada vez más indefensas valores radicalmente opuestos a los que se suponen propios de la democracia occidental. El materialismo sin disfraces, la búsqueda del placer fácil y rápido, el rechazo visceral del compromiso y el culto desmedido al dinero parecen ser las pautas reales de comportamiento en las que la sociedad occidental educa a sus hijos. Y la asimilación acrítica de ciertas ideas tenidas por políticamente correctas no ayuda demasiado a evitarlo. En especial, va arraigando de manera inconsciente en la mayoría de la población una sorprendente y errónea identificación entre la tolerancia moral y el relativismo ético que olvida que el respeto a las ideas de otros en modo alguno equivale a la falta de ideas propias. Si la primera es connatural a la democracia, el segundo no lo es, porque priva a la colectividad que lo sufre del eficaz elemento de coherencia que nace de la posesión de unos valores compartidos y porque, sobre todo, convierte en imposible la tarea de socializar a las nuevas generaciones.

Pero el relativismo alcanza el máximo de su potencial disgregador cuando se une al complejo de culpa. Durante las últimas décadas ha llegado a convertirse en un lugar común la necesidad de pedir perdón al mundo por el daño que occidente le ha hecho. Esa actitud, en sí misma, no es mala; es más, se trata incluso de un rasgo propio de nuestra cultura, la única que ha producido una conciencia crítica lo bastante fuerte para superar un tanto el etnocentrismo característico de toda civilización. Pero una cosa es denunciar cuanto de malo ha hecho y hace Occidente y otra bien distinta renunciar a defender cuanto tiene y hace de bueno en un mundo en el que los derechos humanos, la libertad y la democracia siguen siendo, por desgracia, más la excepción que la regla.

Por último, el declive de Occidente parece alcanzar también a la economía. En los primeros años del siglo xxi, los índices de crecimiento alcanzados por algunos grandes países asiáticos y americanos, en especial China, la India y Brasil, multiplican varias veces los tímidos progresos que exhiben Estados Unidos y Europa. Su penetración en los mercados y, en consecuencia, su porcentaje de participación en el comercio mundial no han hecho sino incrementarse en detrimento de los países occidentales. Su progreso tecnológico en sectores relevantes como las telecomunicaciones, la informática o incluso el aeroespacial se hace cada vez más evidente. Y la crisis iniciada en 2008, quizá la más profunda de la historia del capitalismo, no ha servido sino para acelerar el proceso. A diferencia de lo ocurrido en otras ocasiones, han sido los denominados países emergentes los que menos han sufrido el impacto de la depresión, que en el caso de China incluso ha permitido alimentar unos índices de crecimiento económico superiores a los ya muy altos que venía registrando su producto interior bruto en las últimas décadas del siglo xx, hasta llegar al recalentamiento.

Así las cosas, el futuro inmediato de la humanidad plantea muchas incertidumbres, pero también alguna certeza. El desarrollo de estas naciones, que suman en conjunto una cifra próxima a la mitad de la humanidad, pone en tela de juicio el modelo actual de desarrollo, que sólo puede conducir a corto plazo al agotamiento de los recursos estratégicos y a una feroz competencia por los restantes que pondría en peligro la paz mundial y la supervivencia misma de la especie. En este contexto, y en el marco de una sociedad internacional cada vez más multipolar, no sólo en lo político y lo económico, sino también en lo social y lo cultural, Occidente, y en especial Europa, lejos de adoptar una actitud de despreocupación irresponsable o aferrarse a una superioridad que ya no podrá sostener por la fuerza, deberá esforzarse por compatibilizar la defensa de los valores que son, a un tiempo, universales y propios de Occidente con el respeto a las creencias de otras civilizaciones, cada vez más pujantes y no siempre dispuestas a asumir sin más las formas de vida occidental. No caben ya imposiciones. El único camino posible es el diálogo y el respeto entre las diferentes culturas desde un firme compromiso colectivo con la paz y el progreso de la humanidad en su conjunto. En nuestras manos está lograrlo. Si no lo hacemos, una nueva Edad Media, mucho más oscura y prolongada que la que sobrevino en Europa tras la caída del Imperio romano, podría cernirse sobre nosotros. Y en esta ocasión quizá no habrá un Renacimiento esperándonos a la salida.

Luis E. Íñigo Fernández, Breve historia del mundo

Ed. Nowtilus, 2011

Cap. 9. ¿El fin de la historia?

 

 

Tres huesos de cereza

Un día apareció en la cabaña del hospital un hombrecillo vestido con un blusón azul y unos grandes pantalones sueltos, un hombre muy alto, completamente calvo y con un bigotito rubio tan tenue que era casi invisible. Se dirigió a mí con toda formalidad y me dijo que su nombre era Anton Bruckner. Bruckner, el célebre compositor austriaco. Era idéntico que en las fotografías que había visto de él. Nos estrechamos la mano y luego le dije que se sentara y él, después de mirar a su alrededor un poco confundido, cogió un taburete de madera, lo colocó cerca de la cama y se sentó a mi lado.

Herr Bruckner -le dije-. Siempre he amado su música.

Es usted muy amable -me dijo-. ¿Es usted músico también, sin duda?

-Sí. Compositor -dije yo-. Pero no tengo éxito.

-No se preocupe por el éxito -dijo él-. La música no tiene nada que ver con el éxito ni con los aplausos. Aunque a todos nos guste recibirlos.

-Es evidente que la música no es eso -dije yo-. Pero ¿cómo se puede componer cuando uno no obtiene ningún reconocimiento? ¿Cómo es posible componer cuando uno pierde la fe en sí mismo?

-Usted tiene que comprender lo que es realmente la música -dijo él-. Entonces la preocupación por el éxito no se convertirá en la fuerza dominante de su vida.

Hablaba un inglés extraño, con un fuerte acento alemán, un acento alemán que también resultaba peculiar. Yo no sabía que Bruckner hablara inglés, aunque sí que había sido muy bien recibido en Inglaterra y que siempre había sentido afecto y admiración por ese país, y también que había intentado en varias ocasiones emigrar a los Estados Unidos. Aunque supongo que aquella figura que acababa de entrar en mi cabaña no era realmente Bruckner, sino una creación de mi imaginación.

-Dígame, Herr Bruckner, ¿qué es realmente la música?

-Si se lo digo, estropearé la posibilidad de que usted lo descubra por su cuenta -me dijo él-. Y eso no estaría bien. Es posible que usted haya venido a este lugar exclusivamente para eso.

-¿Es usted realmente Anton Bruckner?

Se sacó de uno de los bolsillos de su blusón una bolsa de papel llena de cerezas y se puso a comer. Me ofreció. Estaban muy rojas y tenían un aspecto delicioso. Pero yo tenía miedo a comer alimentos del mundo de los sueños, y rechacé su oferta.

-La música es una forma de alabar a Dios -dije yo-. ¿Es eso lo que usted cree?

El frunció ligeramente el ceño. Escupió un par de huesos al suelo y luego se guardó de nuevo la bolsa de cerezas en el bolsillo de su blusón de campesino.

-Dios es una palabra que se les dice a los niños -dijo Bruckner limpiándose los labios con el dorso de la mano-. Aquí no solemos utilizar esa palabra.

-Usted siempre fue un buen católico, un hombre de fe.

-En efecto. Pero eso no me salvó de la desdicha. Siempre fui desdichado, señor Barbarín. Toda mi vida, desde niño, siempre fui un desdichado y un solitario. Nadie me quiso nunca, en toda mi vida. Jamás logré tener un verdadero amigo ni inspirar cariño a ninguna mujer. ¿Le parece fácil vivir así una vida entera?

-Dígame, ¿qué es la música realmente?

-La música tiene un lado humano y un lado que no es humano -dijo Bruckner-. La música representa al ser humano en toda su complejidad y también el cosmos en toda su complejidad, y representa el vínculo que existe entre los dos. Representa lo que conocemos del ser humano y también lo que no conocemos. La totalidad de la realidad. La totalidad del alma y la totalidad del mundo. Y el puente que une el alma del hombre con el alma del mundo.

Quedé en silencio, pensando que Bruckner jamás habría dicho cosas como aquéllas.

-Usted no es realmente Bruckner -le dije-. Usted es una creación de mi imaginación, y dice cosas que yo he pensado o que yo podría pensar.

Cuando salió, me quedé pensativo durante un largo rato. Luego descubrí que en el suelo de la cabaña había tres huesos de cereza. Los cogí y los guardé debajo de la almohada y me dispuse a dormir un rato. Estaba seguro de que cuando me despertara, los tres huesos de cereza habrían desaparecido, pero no fue así. Los tres huesos seguían donde los había dejado, y todavía hoy, cuando escribo estas memorias, siguen en mi poder.

Andrés Ibáñez, Brilla, mar del Edén (págs. 321-323)

Ed. Círculo de Lectores (Licencia editorial de Galaxia Gutenberg)

Barcelona, 2015.

Premio Nacional de la Crítica 2015.