• Páginas

  • Archivos

  • enero 2020
    L M X J V S D
    « Dic    
     12345
    6789101112
    13141516171819
    20212223242526
    2728293031  

Limpiando la playa

Hace casi diez años me compré una casa en la costa de Gales del Sur. Con su litoral atlántico escarpado y azotado por el viento, sus campos de golf siempre empapados por la lluvia, los restos de su antigua grandeza industrial y sus verdes colinas apenas visibles a través de la llovizna, aquello me recordaba mucho el lugar donde crecí, en Ayrshire; solo que algo más cálido, más cerca del aeropuerto de Heathrow, y con un equipo de rugby con más probabilidades de derrotar a Inglaterra.

Compré la casa sobre todo por estar al lado del mar. Pero había una pega. La hermosa franja de costa situada delante de ella estaba espantosamente cubierta de basura. Miles de botellas de plástico ensuciaban la arena y las rocas. Había bolsas de plástico ondeando al viento, atrapadas en las espinas de las rosas silvestres; latas de cerveza y de refresco oxidándose entre las dunas; bolsas de patatas fritas flotando sobre las olas como repulsivas medusas opacas.
¿De dónde venía toda aquella basura? Era evidente que parte de ella la arrojaban los jóvenes locales, que parecían indiferentes al ruinoso efecto de su comportamiento en la belleza natural de la tierra de sus padres. Pero una parte mucho mayor parecía venir del mar. Empecé a leer, con creciente horror, sobre el alcance de los vertidos realizados cerca de la costa, una práctica que queda fuera del control de cualquier gobierno, regulador o ley. A diferencia de los vertederos de tierra, el océano es un vertedero gratuito. Y a diferencia de los residuos que arrojaron en él las generaciones anteriores, la basura plástica no es biodegradable ni lo bastante pesada para hundirse. Son las corrientes, mareas y vientos los que deciden dónde va a parar. Por desgracia para mí, los del canal de Bristol parecían decididos a depositar una parte desproporcionada de toda la basura del Atlántico Norte en mi jardín trasero.

Consternado, pregunté a los vecinos quién era el responsable de mantener limpia la costa. “Por aquí abajo se supone que lo hace el ayuntamiento –me explicó uno de ellos–. Pero en realidad no hacen nada al respecto, ¿verdad?” En lugar de Bajo el bosque lácteo –la obra de Dylan Thomas ambientada en una imaginaria localidad galesa–, aquello parecía más bien Bajo el cartón de leche. Enfurecido, y quizá dando muestras de los primeros síntomas de un trastorno obsesivo-compulsivo, empecé a acarrear y llenar bolsas de basura negras cada vez que salía a dar un paseo. Pero aquella era una tarea que superaba la capacidad de un solo hombre.

Y entonces fue cuando ocurrió. Empecé a pedir voluntarios. La propuesta era simple: venga a ayudarme a hacer que este lugar tenga el aspecto que debería; almuerzo incluido. La primera limpieza de la playa resultó bastante modesta: no vinieron más de ocho o nueve personas, y no todas ellas completaron el trabajo, que implicaba dolor de espalda y las manos sucias. La segunda tuvo más éxito. Esta vez brilló el sol como solo a veces –muy de vez en cuando– lo hace.

Sin embargo, cuando intervino la rama local de los Clubes de Leones se produjo el avance. Yo nunca había oído hablar de los Clubes de Leones. Me enteré de que originariamente se trataba de una asociación estadounidense, el Lions Club, no muy distinta del Rotary Club: ambas fueron fundadas por hombres de negocios de Chicago hace aproximadamente un siglo, y ambas son redes laicas cuyos miembros dedican tiempo a diversas buenas causas. Los Leones aportaron un nivel de organización y motivación que superaba con mucho mis anteriores esfuerzos improvisados. Como resultado de su participación, la costa se transformó. Las botellas de plástico fueron embolsadas y adecuadamente eliminadas. Se liberó a las rosas de sus deshilachadas envolturas de polietileno. Una medida de nuestro éxito fue el marcado incremento del número de vecinos y visitantes que empezaron a pasear por el camino costero.
Mi experiencia galesa me enseñó el poder de la asociación de voluntarios como institución. Juntos, de manera espontánea, sin ninguna participación del sector público, sin ningún afán de lucro, sin ninguna obligación o poder legal, habíamos convertido un deprimente basurero de nuevo en un bello paisaje. Y cada vez que me dejo caer por allí para nadar un rato, me pregunto: ¿cuántos otros problemas podrían resolverse de esta manera tan sencilla y, sin embargo, tan satisfactoria?

NIALL FERGUSON, La gran degeneración (págs. 139-141)

Edit. Debate. Barcelona, 2013

Título original: The Great Degeneration

Traducción de Francisco J. Ramos Mena

Cuarteto Sentir Sonoro

Servicio nacional

Las democracias liberales contemporáneas no exigen mucho a cambio de la protección estatal de los derechos de sus ciudadanos y, en particular, del derecho al voto. El sentido de comunidad nacional se vería fortalecido con el requisito universal del servicio nacional. Tal mandato subrayaría el hecho de que el mantenimiento de la ciudadanía requiere compromiso y sacrificio. Podría cumplirse sirviendo tanto en el ejército como en alguna actividad civil. Dicho requisito está presente en el juramento de naturalización estadounidense, que impone la voluntad de portar armas en nombre del país o de trabajar en un servicio civil como exige la ley. Si dicho servicio estuviera correctamente diseñado, obligaría a los jóvenes a trabajar con otros de clases sociales, regiones, razas y etnias muy diferentes, tal como lo hace el servicio militar. Y, como todas las formas de sacrificio compartido, sería una manera efectiva de integrar a los recién llegados en la cultura nacional. El servicio nacional constituiría una forma de republicanismo clásico, una forma de democracia que fomentaría la virtud y el espíritu público en vez de limitarse a dejar que los ciudadanos se interesaran exclusivamente por su vida privada.

 

Francis Fukuyama, Identidad

Capítulo 14. ¿Qué hacer?

Traducción de Antonio García Maldonado

Planeta, Barcelona 2019. Edición digital.

EL NUEVO IMPERIO GLOBAL

Desde aproximadamente el año 200 a. C., la mayoría de los humanos ha vivido en imperios, y todo apunta a que probablemente en el futuro también la mayoría de los humanos vivan en uno. Pero esta vez el imperio será realmente global. La visión imperial de dominio sobre el mundo entero puede ser inminente.

A medida que el siglo XXI va avanzando, el nacionalismo pierde terreno rápidamente. Cada vez más gente cree que toda la humanidad es el origen legítimo de la autoridad política, y no los miembros de una nacionalidad concreta, y que salvaguardar los derechos humanos y proteger los intereses de toda la especie humana debiera ser el faro que guíe la política. Si es así, tener cerca de 200 estados independientes es un estorbo en lugar de una ayuda. Puesto que suecos, indonesios y nigerianos merecen los mismos derechos humanos, ¿no sería más sencillo que un único gobierno global los protegiera?

La aparición de problemas que son en esencial globales, como el deshielo de los casquetes polares, socava cualquier legitimidad que les quede a los estados-nación independientes. Ningún Estado soberano será capaz de librarse por sí solo del calentamiento global. El Mandato del Cielo chino lo confirió el Cielo para resolver los problemas de la humanidad. El Mandato del Cielo moderno lo dará la humanidad para resolver los problemas del cielo, como el agujero de la capa de ozono y la acumulación de gases de efecto invernadero. El color del imperio global bien pudiera ser verde.

En 2014, el mundo todavía está fragmentado políticamente, pero los estados cada vez tienen menos independencia. Ninguno de ellos es realmente capaz de ejecutar políticas económicas independientes, de declarar y sostener guerras a su antojo, ni incluso de gestionar sus propios asuntos internos como le plazca. Los estados se hallan cada vez más abiertos a las maquinaciones de los mercados globales, a la interferencia de las compañías y organizaciones no gubernamentales globales, y a la supervisión de la opinión pública global y al sistema judicial internacional. Los estados se ven obligados a amoldarse a los estándares globales de comportamiento financiero, política ambiental y justicia. Corrientes enormemente profundas de capital, trabajo e información remueven y modelan el mundo, con una desatención creciente por las fronteras y las opiniones de los estados.

El imperio global que se está forjando ante nuestros ojos no está gobernado por ningún Estado o grupo étnico particulares. De manera muy parecida al Imperio romano tardío, está gobernado por una élite multiétnica, y se mantiene unido por una cultura común e intereses comunes. En todo el mundo, cada vez hay más emprendedores, ingenieros, expertos, eruditos, abogados y gestores que son llamados a unirse al imperio. Tienen que sopesar si responder a la llamada imperial o permanecer leales a su Estado y su gente. Y cada vez son más los que eligen el imperio.

Yuval Noah Harari, De animales a dioses. Breve historia de la humanidad.

(Págs. 231-232)

Ed. DEBATE.  Barcelona, 2014.

Título original: From Animals into Gods: A Brief History of Humankind

Traducción de Joandomènec Ros

Una lágrima en mayo

Una lágrima en mayo.

Día treinta, una lágrima

llorada si no vista,

es como un largo puente

uniendo dos orillas

que se miraban desde lejos, solas.

Una lágrima en mayo

despierta, allí en sus nidos,

a las aves nocturnas,

todas desconcertadas,

igual que en los eclipses,

por ese velo súbito

en la vida tan clara.

Una lágrima en mayo

parece un gran desorden.

Y en cuanto se ha vertido,

aunque nadie la vea,

le crea al mundo entero

un deber, una deuda.

Tendrán que trabajar

la tierra, sus entrañas,

fabricando diamantes, y los mares

harán conchas más nuevas

que las que antes hacían.

Pondrán todas las flores

sutilezas, esmeros

en florecer. Estío, otoño, invierno

con la nieve y el vino

aumentarán los bienes

juntados para el pago.

Y acumulando plomos, hojas, oro,

con la belleza ahorrada

cada día del año,

vendrá el mundo a pagarte,

alguna vez, en gozo,

a ti que la has llorado

-llorada si no vista-

la lágrima de mayo.

(Pedro Salinas)

Del que estoy leyendo, página por la que voy

En su tiempo libre, Gong escribía. Internet empezaba a despegar como foro para toda clase de ideas, y ella se fue forjando fama de asesora en sintonía con los problemas de la República Popular. La gente empezó a llamarla «la pequeña dragón». Recibía montañas de mensajes de solteros angustiados, padres preocupados y novias ansiosas, muchos de ellos miembros o exmiembros de su página de contactos.

Con frecuencia, sus consejos clamaban contra las ancestrales tradiciones chinas. Si tu suegra te considera una simple «fabricante de hijos» y tu marido no ayuda, le decía Gong a una esposa reciente, olvídate del marido, «haz acopio de valor y abandona esa familia». En el caso de una pareja de nuevos ricos en la que el marido había empezado a acostarse con quien no debía, Gong aplaudió a la esposa por no convertirse en una «persona patética, débil y lloriqueante», y le aconsejaba obligar al marido a firmar un documento estipulando que perdería todo su capital si volvía a engañarla con otra. Por encima de todo, Gong entendía la búsqueda de amor dentro del marco de la independencia personal. «Los pasteles de carne —escribió— no caen del cielo.»

 

Osnos, Evan. China: la edad de la ambición (Ensayo político)

Spanish Edition (Posición en Kindle 861-869)

EL HOMBRE DEL TR3S. Edición de Kindle.

Precio en oferta Kindle Flash: 1, 89 €

 

Historia de los judíos

Los judíos no fueron sólo innovadores. También fueron ejemplos y paradigmas de la condición humana. Parecía que presentaban con claridad y sin ambages todos los dilemas inexorables del hombre. Fueron los “forasteros y viajeros” por antonomasia. Pero ¿no compartimos todos esa condición en este planeta, donde a cada uno se nos concede apenas una estancia de setenta años? Los judíos han sido el emblema de la humanidad desarraigada y vulnerable. Pero ¿acaso la Tierra entera es algo más que un lugar de tránsito provisional? Los judíos han sido fieros idealistas que buscaban la perfección, y al mismo tiempo hombres y mujeres frágiles que ansiaban la abundancia y la seguridad. Querían obedecer la ley imposible de Dios, y también buscaban conservar la vida. Ahí está el dilema de las comunidades judías de la Antigüedad, que trataban de combinar la excelencia moral de una teocracia con las exigencias prácticas de un estado capaz de defenderse. El dilema se ha repetido en nuestro propio tiempo en la forma de Israel, fundado para realizar un ideal humanitario, y que ha descubierto en la práctica que necesita mostrarse implacable si quiere sobrevivir en un mundo hostil. Pero ¿acaso éste no es un problema recurrente que afecta a todas las sociedades humanas? Todos queremos construir Jerusalén. Parece que el papel de los judíos es concentrar y dramatizar estas experiencias comunes de la humanidad, y convertir su destino particular en una moral universal. Pero si los judíos asumen este papel, ¿quién se lo asignó?

Los historiadores deben evitar la búsqueda de esquemas providenciales en los hechos. Es demasiado fácil encontrarlos, pues somos criaturas crédulas, nacidas para creer y dotadas de una imaginación poderosa que fácilmente reúne y organiza los datos para adaptarlos a un plan trascendente cualquiera. Sin embargo, el escepticismo excesivo puede originar una deformación tan grave como la credulidad. El historiador debe tener en cuenta todas las formas de la prueba, incluso las que son o parecen ser metafísicas. Si los primitivos judíos fueran capaces de analizar, con nosotros, la historia de su progenie, no hallarían en ella nada sorprendente. Siempre supieron que la sociedad judía estaba destinada a ser el proyecto piloto de toda la raza humana. A ellos les parecía muy natural que los dilemas, los dramas y las catástrofes judíos fueran ejemplares, de proporciones exageradas. En el curso de los milenios, que los judíos provocasen un odio sin igual, incluso inexplicable, era lamentable pero de esperar. Sobre todo, que los judíos sobreviviesen, cuando todos los restantes pueblos antiguos se habían transformado o desaparecido en los entresijos de la historia, era completamente previsible. ¿Cómo podía ser de otro modo? La providencia lo decretaba, y los judíos obedecían. El historiador puede decir: no hay nada a lo que pueda denominarse providencia. Quizá no. Pero la confianza humana en esa dinámica histórica, si es intensa y lo bastante tenaz, constituye en sí misma una fuerza que presiona sobre el curso de los hechos y los impulsa. Los judíos han creído que eran un pueblo especial, y lo han creído con tanta unanimidad y tal pasión, y durante un periodo tan prolongado, que han llegado a ser precisamente eso. En efecto, han tenido un papel porque lo crearon para ellos mismos. Quizá ahí está la clave de la historia.

Final del Epílogo de:

La historia de los judíos, de Paul Johnson

Sipan Barcelona Network S. L. (Penguin Randon House)

Traducción de Aníbal Leal

1ª edición, septiembre de 2017

Título original: A History of the Jew (1987)