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SPQR

 

Un libro de historia y me evado del presente.

En el que estoy leyendo ahora, título en el título, de Mary Beard, voy por el año 133 antes de Cristo, año en que fueron masacrados Tiberio Sempronio Graco y sus partidarios:

El primero [en una secuencia de momentos críticos que marcaron las etapas de una progresiva degeneración del proceso político y en una sucesión de atrocidades que durante siglos poblaron la imaginación de los romanos] se produjo en el 133 a. C., cuando Tiberio Sempronio Graco, un tribuno de la plebe con planes radicales de distribuir tierras a los romanos pobres, decidió prolongar su mandato un segundo año. Para poner freno a esto, un grupo extraoficial de senadores y sus dependientes interrumpieron las elecciones, apalearon a Graco y a centenares de partidarios suyos hasta la muerte y lanzaron sus cuerpos al Tíber.

Y ya la violencia política y las guerras civiles no acabarán sino pasado un siglo, con el triunfo del que será el primer emperador, Octavio César.

El arranque de un libro

Introducción

Imaginemos un mundo sin instituciones. Es un mundo en el que las fronteras entre países parecen haberse disuelto, dejando un único paisaje infinito por donde la gente viaja buscando comunidades que ya no existen. No hay gobiernos, ni a nivel nacional ni tan siquiera local. No hay escuelas ni universidades, ni bibliotecas ni archivos, ni acceso a ningún tipo de información. No hay cines ni teatros, ni desde luego televisión. La radio funciona de vez en cuando, pero la señal es remota, y casi siempre en una lengua extranjera. Nadie ha visto un periódico durante semanas. No hay trenes ni vehículos a motor, teléfonos ni telegramas, oficina de correos, comunicación de ningún tipo excepto la que se transmite a través del boca a boca.

No hay bancos, pero no constituye una gran adversidad porque el dinero ya no tiene ningún valor. No hay tiendas, porque nadie tiene nada que vender. Aquí nada se produce: las grandes fábricas y negocios que solía haber han sido destruidos o desmantelados como lo ha sido la mayoría de los edificios. No hay herramientas, guardad lo que se pueda extraer de los escombros. No hay comida.

La ley y el orden prácticamente no existen, porque no hay fuerzas policiales ni judiciales. en algunas zonas ya no parece haber un claro sentido de lo que está bien y lo que está mal. La gente coge lo que quiere sin tener en cuenta a quién pertenece –de hecho, el sentido de la propiedad en sí ha desaparecido en gran medida. Los bienes sólo pertenecen a aquellos lo bastante robustos para aferrarse a ellos y a los que están dispuestos a defenderlos con su vida. Hombres armados deambulan por las calles, cogiendo lo que quieren y amenazando a cualquiera que se interponga en su camino. Mujeres de todas las clases y edades se prostituyen a cambio de comida y protección. No hay vergüenza. No hay moralidad. Sólo la supervivencia.

KEITH LOWE, Continente salvaje

Europa después de la Segunda Guerra Mundial

Traducción de Irene Cifuentes

Ed. Galaxia Gutenberg – Círculo de Lectores

Barcelona, 2012

Limpiando la playa

Hace casi diez años me compré una casa en la costa de Gales del Sur. Con su litoral atlántico escarpado y azotado por el viento, sus campos de golf siempre empapados por la lluvia, los restos de su antigua grandeza industrial y sus verdes colinas apenas visibles a través de la llovizna, aquello me recordaba mucho el lugar donde crecí, en Ayrshire; solo que algo más cálido, más cerca del aeropuerto de Heathrow, y con un equipo de rugby con más probabilidades de derrotar a Inglaterra.

Compré la casa sobre todo por estar al lado del mar. Pero había una pega. La hermosa franja de costa situada delante de ella estaba espantosamente cubierta de basura. Miles de botellas de plástico ensuciaban la arena y las rocas. Había bolsas de plástico ondeando al viento, atrapadas en las espinas de las rosas silvestres; latas de cerveza y de refresco oxidándose entre las dunas; bolsas de patatas fritas flotando sobre las olas como repulsivas medusas opacas.
¿De dónde venía toda aquella basura? Era evidente que parte de ella la arrojaban los jóvenes locales, que parecían indiferentes al ruinoso efecto de su comportamiento en la belleza natural de la tierra de sus padres. Pero una parte mucho mayor parecía venir del mar. Empecé a leer, con creciente horror, sobre el alcance de los vertidos realizados cerca de la costa, una práctica que queda fuera del control de cualquier gobierno, regulador o ley. A diferencia de los vertederos de tierra, el océano es un vertedero gratuito. Y a diferencia de los residuos que arrojaron en él las generaciones anteriores, la basura plástica no es biodegradable ni lo bastante pesada para hundirse. Son las corrientes, mareas y vientos los que deciden dónde va a parar. Por desgracia para mí, los del canal de Bristol parecían decididos a depositar una parte desproporcionada de toda la basura del Atlántico Norte en mi jardín trasero.

Consternado, pregunté a los vecinos quién era el responsable de mantener limpia la costa. “Por aquí abajo se supone que lo hace el ayuntamiento –me explicó uno de ellos–. Pero en realidad no hacen nada al respecto, ¿verdad?” En lugar de Bajo el bosque lácteo –la obra de Dylan Thomas ambientada en una imaginaria localidad galesa–, aquello parecía más bien Bajo el cartón de leche. Enfurecido, y quizá dando muestras de los primeros síntomas de un trastorno obsesivo-compulsivo, empecé a acarrear y llenar bolsas de basura negras cada vez que salía a dar un paseo. Pero aquella era una tarea que superaba la capacidad de un solo hombre.

Y entonces fue cuando ocurrió. Empecé a pedir voluntarios. La propuesta era simple: venga a ayudarme a hacer que este lugar tenga el aspecto que debería; almuerzo incluido. La primera limpieza de la playa resultó bastante modesta: no vinieron más de ocho o nueve personas, y no todas ellas completaron el trabajo, que implicaba dolor de espalda y las manos sucias. La segunda tuvo más éxito. Esta vez brilló el sol como solo a veces –muy de vez en cuando– lo hace.

Sin embargo, cuando intervino la rama local de los Clubes de Leones se produjo el avance. Yo nunca había oído hablar de los Clubes de Leones. Me enteré de que originariamente se trataba de una asociación estadounidense, el Lions Club, no muy distinta del Rotary Club: ambas fueron fundadas por hombres de negocios de Chicago hace aproximadamente un siglo, y ambas son redes laicas cuyos miembros dedican tiempo a diversas buenas causas. Los Leones aportaron un nivel de organización y motivación que superaba con mucho mis anteriores esfuerzos improvisados. Como resultado de su participación, la costa se transformó. Las botellas de plástico fueron embolsadas y adecuadamente eliminadas. Se liberó a las rosas de sus deshilachadas envolturas de polietileno. Una medida de nuestro éxito fue el marcado incremento del número de vecinos y visitantes que empezaron a pasear por el camino costero.
Mi experiencia galesa me enseñó el poder de la asociación de voluntarios como institución. Juntos, de manera espontánea, sin ninguna participación del sector público, sin ningún afán de lucro, sin ninguna obligación o poder legal, habíamos convertido un deprimente basurero de nuevo en un bello paisaje. Y cada vez que me dejo caer por allí para nadar un rato, me pregunto: ¿cuántos otros problemas podrían resolverse de esta manera tan sencilla y, sin embargo, tan satisfactoria?

NIALL FERGUSON, La gran degeneración (págs. 139-141)

Edit. Debate. Barcelona, 2013

Título original: The Great Degeneration

Traducción de Francisco J. Ramos Mena