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Cagar sin daño

En mi pueblo, allá por los cincuenta del veinte, no había agua corriente, ni cuartos de baño, ni cosa que se les pareciera. Y las personas humanas hacíamos nuestras necesidades como las personas caprinas, es decir, donde las necesidades se presentaban; aunque, eso sí, con un punto de discreción y vergüenza que no tenían las cabras: elegíamos el rincón menos visible.

Los hombres lo buscaban en el campo; las mujeres, en corrales o cuadras; los niños, por doquier. Recuerdo ver a alguno de los muchos Silvestricos haciéndolo encaramado en la copa de la higuera, como si fuera un gorrión.

Cuando se me presentó tener que irme al seminario, a los doce años, pensé que lo que me resultaría más difícil sería cagar en un váter. Pero no fue así como ocurrió, me acostumbré a la primera.

A los dieciséis, cuando deserté de la curillanía y me quedé con mi familia y en mi pueblo, volví a la ausencia de agua corriente, de duchas y de cuartos de baño.

Y una malhadada y plácida tarde de primavera, estando yo a lo mío de la evacuación al abrigo de un balate gratamente cubierto de parras y de pastos, oí voces femeninas y apresuré la acción. Así que, estando yo aún con los pantalones a medio subir y con el regalo aún entre las piernas, hicieron su aparición la madre y la hija (la madre, una matrona entrada en carnes; la hija, una belleza).

Después de aquel inoportuno encuentro, no cejé hasta habilitar la rústica casa familiar con cuarto de baño, con ducha, inodoro y pozo ciego -robándole un trozo al corral-. Pasados algunos años, llegó el agua corriente.

Y fue pasando el agua. Y fue pasando el tiempo. Pero hemos seguido siendo parientes de las cabras, aun con cuartos de baño.

 

Altares e infiernos

Hasta los diecisiete años, edad en la que me volví un ateo irrecuperable, viví en un mundo similar, en aspectos de mucha relevancia, al mundo en que había vivido Gonzalo de Berceo, siete siglos y medio antes: un mundo en el que los humanos se debatían entre fuerzas angelicales y protectoras que hacían lo que estaba en su mano para llevarlos al Paraíso, con Dios y Santa María, y fuerzas malignas que no perdían ocasión para empujarlos al precipicio en cuyo fondo los aguardaba Belcebú con toda su corte, en un infierno de fuego inagotable.

Actualmente, yo no sé si están en regresión las religiones convencionales, las de antiguo origen. Quizá no. Quizá se pensó que sí allá por los años setenta del pasado siglo; se pensó que con el desarrollo de las ciencias y de la tecnología, y con una izquierda moderada e ilustrada en los gobiernos de los países, afloraría una sociedad de hombres “libres e iguales”, que tendrían una jornada laboral liviana, a los que quedaría tiempo para el ocio clásico, el enriquecedor, liberados del oscurantismo ancestral de la religión: narcotizante, embobante y alienante.

Lo que hemos visto, en la medida en que los hombres se han ido desenganchando de las viejas religiones, ha sido que se han creado e impuesto dogmas nuevos, nuevas figuras de culto. Es como si esta especie animal, evolucionada y distinta, necesitara sentir que vive en un mundo de tres niveles: el de los altares, de seres adorados y reverenciados; el de los seres inferiores, carentes de derechos y de dignidad, que sólo merecen hostigamientos y castigos; y el de los hombres propiamente tales, que tienen que andarse vigilantes, y sentirse a la vez vigilados, para no convertirse en reos y ser arrojados a los inferi, al mundo inferior; sino lo contrario: cuanto antes, sin tener que esperar a la muerte corporal ni siquiera llegar a la edad adulta, lograr una apoteosis como la de Hércules, o una asunción como la de Santa María. La gloria de los altares.

O sea, que no tenemos arreglo.

De la culpa y sus tratamientos

Del primer curso en que ocupé una plaza de profe de instituto, recuerdo que una alumna -siempre ellas las más listas- me hizo la observación de que yo tendía a subir las notas más bajas y a bajar las más altas. Lo cual, comprobé, era totalmente verdadero. No recuerdo si lo reconocí ante ella, o si sólo fui aceptando, poco a poco, la razón con que aquella alumna se había expresado.

Fui, creo ahora, aprendiendo a evaluar; a colocar ceros, dieces o cincos sin que el pulso me temblara: cuique suum. Hartándome de corregir previamente, eso sí; pues, de lo contrario, la primera mala nota, el primer suspensísimo, habría tenido que ser para mí.

La sociedad, directamente -a través de la opinión publica- o indirectamente -a través de las instituciones estatales- anda siempre evaluando, repartiendo notas del cero al diez; y, por tanto, afrontando -además de las buenas acciones habituales- fechorías.

Y, con frecuencia, afrontándolas mal.

Unas veces concentra la culpa en un solo individuo, aunque sean reos de la misma un montón. Y a posteriori, cuando ese mal juicio no tiene remedio, damos el nombre que de verdad corresponde al condenado: cabeza de turco, chivo expiatorio, pagano del pato.

Otras veces la culpa del delito, cometido por uno o por unos pocos, se diluye entre toda la sociedad: todos somos culpables, entonemos el mea culpa. Mientras los verdaderos culpables se toman un gin-tonic.

Ni lo uno ni lo otro es lo correcto. Que pague el que debe, sea uno o sean ciento. A cada uno según su delito; o según su mérito. De cero a diez.

Otro cuaderno de versos

Entre las magias que me arrebataron en mi infancia y primera juventud -el cine, la música, el teatro, la literatura-, ninguna ha sido tan constante en mi vida como la literatura, seguramente por ser la más parca en necesidad de medios para su cultivo: una persona y un libro; una persona, un trozo de papel y un boli. Leer un buen libro en medio de la paz del campo, en primavera o en verano; leer junto a la chimenea o el brasero en invierno; leer sentado en la hierba, en una piedra, en una silla, en una mecedora. Qué asequible el gozo de leer.

Y de entre todas las lecturas posibles, la más noble y sublime, la más simple y compleja a la vez, la más próxima al prodigio, ha sido siempre la de la poesía.

Sin embargo creo que, en los dos últimos años -aproximadamente-, no me he comprado un libro nuevo de poesía ni he releído ninguno de los que están a mi disposición en las estanterías de la casa. Y a lo peor tampoco he escrito ningún poema que merezca el marchamo de la poesía verdadera.

Con la mucha edad acumulada, nos falla el entusiasmo -el “endiosamiento”, que es lo que viene a significar el sustantivo entusiasmo-. El peso de lo vivido nos va pegando a la prosa de la tierra, del humus: nos hace más humanos, menos divinos. Así, nada de extraño tiene que Jon Juaristi, poeta cierto, llegado a la cincuentena, titulara su nuevo libro de poemas Prosas (en verso).

No sé si, entre los poemas que yo he compuesto entre el 25 de septiembre de 2013 y ayer, hay alguno que merezca el nombre de poesía. Quizá ninguno pasa de pasatiempo de jubilado. Casi todos han ido apareciendo en este blog. Ahora he considerado acabado y he cerrado este cuaderno; y le he puesto -o confirmado- el título: Frutos secos. Lo cuelgo aquí, en la pestaña de “Versos”, por si a alguien le interesa.

No sé si seguiré escribiendo versos. Lo que sí sé es que los momentos de arrebato, de entusiasmo, de exultación, si los hubiere, serán cada vez menos. Aun así, procuraremos que la sonrisa, la sabia sonrisa de la prosa cervantina, no nos falte.

Asignatura

En la catástrofe del Airbus de Germanwings había ya indicios claros de que la causa había sido la enfermedad psíquica  del joven copiloto y, aun así, la mayoría de los comentarios en los medios de comunicación se enfocaban hacia algunos detalles técnicos de la aeronave.

Creo que, en pleno siglo XXI, seguimos, al menos en algunos países desarrollados, considerando de poca relevancia la salud mental de los ciudadanos. En contra del primer imperativo socrático: conócete a ti mismo, base de la salud completa.

Es imperdonable que, a estas alturas, cuando las distintas ramas, tendencias, investigaciones y disciplinas científicas en torno a la psicología han aportado tanto para el conocimiento de la conducta humana y de su etiología, sigamos pensando, en general, que cada persona es como es, y que ese tipo de estudios o de entretenimientos es ocupación propia de quien tiene los problemas económicos o de salud física resueltos.

El ser humano, como tal, es muy complejo. Es biología y cultura. Y, en gran medida, su salud dependerá de que mantenga en armonía esos dos componentes básicos. Si, por el contrario, esa armonía se rompe, lo que obtenemos es un individuo (o muchos) enfermo. Todo reino dividido, dijo Cristo, sucumbirá. Ciertamente. Y todo individuo en conflicto consigo mismo enfermará primero y, si no resuelve su conflicto, perecerá.

Pero desde las instancias de poder nunca o casi nunca se ha pretendido llegar a una sociedad de individuos sanos, sino de individuos sumisos: a unos dogmas religiosos, a una jerarquía, a una ideología, a un reglamento, a un boletín oficial.

Es hora de que las sociedades modernas valoren tanto las ciencias de la psicología humana como las ciencias de la biología humana. Y por tanto es hora de que en los institutos de educación secundaria se imparta la asignatura de psicología en igualdad de importancia con la biología humana o con la biología general.

Tendrá que ser así si queremos que el mundo esté poblado por seres humanos razonablemente saludables y felices; y no por seres humanos meramente bien alimentados, bien alojados, bien transportados, bien tratados farmacológicamente, bien intervenidos quirúrgicamente, pero íntimamente descontentos y desgraciados.

Reflexiones electorales

Muy sintéticas, que el tiempo es oro.

Primero. El PSOE me tiene muy, pero que muy decepcionado. Ya desde la última legislatura de Felipe González, cuando pudimos constatar que para él y sus cuates lo importante era el Partido, no el buen gobierno de España. Lo de Zapatero fue muy triste. Y en Andalucía, los resultados de tanto gobierno socialista… están a la vista. Así que la Sultana Díaz no va a contar con mi voto.

Segundo. Al PP se le han pegado los trepas como las garrapatas a la piel de un perro. Aznar se volvió megalómano, se creyó uno de los cuatro reyes de la baraja, pero se dejaba acorralar en la intimidad. Rajoy ha confirmado en su mandato lo que prometía en campaña: nada. Y en Andalucía a Juanma Moreno (como a la Sultana) habría que decirle: búscate un trabajo; y cuando demuestres que vales para algo fuera de la política, vuelve a la política.

Tercero. A los de Podemos (ya es indicio de incoherencia que como nombre se pongan un verbo) les digo un eslogan: el problema no es la casta sino la pasta. La pasta del dinero y, más importante aún, la pasta de la que estamos hechos los españoles: es una pasta de mala calidad, una masa floja de la que no sale buen pan ni buena torta. Y aviso para el votante desavisado: el “nombre” Podemos no lo han tomado del verbo poder sino del verbo podar. Así que, si llegan al gobierno, es probable que los recortes que conocemos nos resulten una nimiedad comparados con la poda de entonces.

Cuarto. Rosa Díez nos fue recomendada en la campaña de 2011 nada menos que por el mismísimo Vargas Llosa. No le hicimos caso al ilustrísimo: la votamos poco. Y ahora nos alegramos: tiene una tendencia, al parecer innata, a la descomposición.

Quinto. Albert Rivera es uno de los Ciudadanos ejemplares. Entró en la política desnudo. Un buen desnudo que tiene el tío. Así que esperamos que, si gobierna (él o su cuate andaluz Juan Marín), emulará al Sancho Panza gobernador de la ínsula Barataria y gobernará bien, como Sancho. Y, como Sancho, se desnudará otra vez al final de su mandato; y dirá como él: desnudo llegué al gobierno y desnudo me hallo, ni pierdo ni gano.

Y nada más de mi parte. Que ustedes lo voten bien.

Cuarenta y cuatro cuadernos

En la caja del súper, con cierta frecuencia, me he encontrado a alguna antigua alumna trabajando de cajera. Hoy he encontrado a una pagando su compra, como yo. De pronto su cara, que antes me había resultado vagamente familiar, se me hace reconocible, aunque no con total seguridad. Al final es ella la que se dirige a mí. Sí: es Rocío. Fue, en el instituto, una alumna excelente: inteligente, estudiosa, discreta y atenta. La mayor de unas cuantas hermanas que nos fueron llegando después. Me gustaría saber que le va bien, que está contenta con su vida. Los indicios que capto en su entorno próximo son buenos. Pero ni es el lugar ni el momento ni la circunstancia para más de lo que supone un saludo apresurado.

Ahora, en la casa, podría refrescar mi memoria con algún dato de cuando ella era alumna, o ver cuál es el día de su cumpleaños. Lo podría hacer porque he conservado los cuadernos de control de alumnos que manejaba en el insti. Hace pocos días los retomé; y, en lugar de tirarlos, los ordené cronológicamente y los numeré: cuarenta y cuatro cuadernos de veinticinco cursos en el IES Saladillo.

No voy a buscar las fichas de Rocío. Ya sé que sus notas eran siempre muy buenas, y no siento ninguna curiosidad por saber exactamente su edad, ni la fecha de su cumpleaños. Porque para desearle toda la felicidad, la posible e incluso la imposible, no tengo que esperar hasta esa fecha.