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Escribir

«Cuando desde el móvil tratamos con la administración y hasta con el médico, ya no sirve el dictamen ‘hay que ir a Madrid para hacer las gestiones'».

Es una frase del artículo «¿Y si el problema no es el nacionalismo?» (22-03-23), de Félix Ovejero, uno de los más doctos colaboradores del diario El Mundo. No me voy a detener en hacer una síntesis del artículo, sí en recomendar la lectura de Ovejero siempre que sea posible.

A lo que iba. Cuando llegué a la frase copiada al principio, en mi lectura de esta tribuna, confieso que tuve que pararme y releerla despacio para entenderla. Puede que por culpa de mi torpeza; pero puede también que fuera en parte porque en el original no venía la coma que yo he añadido donde acaba la proposición subordinada que comienza en el ‘Cuando’ inicial.

Se ha escrito y hablado bastante, en días recién pasados, acerca de una tilde concreta, la de sólo cuando es adverbio. Otras tildes puede haber cuyo uso se preste a discusión, pero prácticamente todo el sistema del uso de la tilde en nuestro idioma es diáfano y sabiamente organizado.

Como lo es también el del uso de los signos de puntuación: coma, punto y coma, punto y seguido, punto y aparte, punto final, puntos suspensivos, dos puntos, paréntesis, raya, comillas…

En mis tiempos de profe de instituto tuve que lidiar con alumnos que categóricamente afirmaban que ellos no ponían nunca el punto en la iminúscula. Eran ya tiempos de ombliguismo, en los que a mí ya nadie me dicta normas.

Hace pocos días vino a esta casa un técnico para hacer una inspección. Al acabar, rellenó un breve formulario: a duras penas y sólo parcialmente lo entendí cuando lo leí, a pesar de que el asunto era diáfano.

¿Estamos en vías de ir perdiendo la escritura manual? Sería una pena. Han pasado muchos milenios desde que nuestros ancestros descendieron de los árboles para vivir pisando sobre el suelo, mas no por ello hemos perdido todas nuestras capacidades para trepar a un árbol y movernos por sus ramas.

Una exhortación final, por tanto: que escribir sea para nosotros sinónimo de escribir bien; como preparar un guiso o montar en bici son actos que se llaman de ese modo cuando se hacen bien.

Y no nos enorgullezcamos cuando hagamos las cosas bien: pensemos que tan solo hemos hecho lo correcto.

En la diferencia, hacia la igualdad

Aunque llevo muchos años ejerciendo de jubilado, creo que no he perdido el carácter de maestrillo de instituto, así que el tema que más en carne viva me afecta sigue siendo el tema de la educación.

Veinticinco cursos seguidos en el mismo instituto me permitieron ser testigo de cómo se degradaba el sistema de educación publica a partir de la implantación de la LOGSE. Donde había habido un ambiente de disciplina, exigencia y respetos mutuos, se iba imponiendo una convivencia asilvestrada que apenas permitía minutos aislados para la atención a los temas que la transmisión del conocimiento requiere.

Algunos grupos de los primeros cursos de la ESO me parecían similares en descontrol, ruido y pendencias al de la escuela unitaria que yo había vivido de niño, antes de que el cura párroco me rescatara (no a mí sólo) de ella para prepararme y mandarme al seminario.

Me he puesto a escribir estas líneas al venirme a la mente la columna de ayer en El Mundo de Lucía Méndez, “Babuinos de rango alto y de rango bajo”. El nudo temático de su texto es el escandaloso sueldo de Antonio Garamendi, presidente de la CEOE. No sé si esta columnista, y magnífica periodista sin duda, se escandaliza lo mismo ante la cifra que cobra un deportista de élite o un cirujano estético de esos que les arreglan los defectillos corporales a la gente de pasta.

La conclusión para la periodista: cuando se crió mi generación, parecía que el mundo de los pobres, “gracias a la educación pública que nos sirvió de trampolín” caminaba hacia la igualdad social; pero aquello fue un espejismo generacional; ahora el mundo vuelve a avanzar por los rumbos de siempre, los de la injusticia y la opresión de los ricos y poderosos sobre los pobres y menesterosos.

Yo no creo que la cosa sea tanto así. No digo que ahora mismo no haya mucha injusticia social; no digo que no sea para rabiar de indignación que un trabajador (o trabajadora) que cumple en su puesto sólo pueda obtener un sueldo de miseria (también eso lo viví en mi propia carne, de niño y de joven).

Siempre va a haber diferencias: de rendimiento en el puesto que ocupamos, y de retribución económica. “Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro si no hace más que otro”, dice don Quijote (I, 18). Luego según él, y seguramente también según Cervantes, hay diferencias en lo que valen unas personas y otras; y esas diferencias están en lo que hacen.

Ahora bien, si la generación de Lucía Méndez (que es casi la mía, casi, porque no fue igual criarse como niño pobre en los años sesenta que criarse en los años cincuenta) llegó a alcanzar la dignidad social y laboral gracias a una buena educación pública, cómo llevamos ya más de treinta años permitiendo que esa educación pública se degrade; no por falta de presupuesto o de personal cualificado, sino por la pérdida de los principios esenciales que deben regir en la institución: libertad, responsabilidad, exigencia, respeto y fraternidad.

Y, ya para terminar, una pregunta: ¿estamos relacionando adecuadamente la degradación del sistema educativo con el alarmante y escandaloso paro juvenil?

Animales

Somos animales, todos nosotros, el homo sapiens.

Nuestra especie ha desarrollado el lenguaje, la mente, la capacidad de colaboración en grandes grupos, también la rivalidad, y ha tenido una relación muy diversa con las otras especies animales: las ha masacrado, las ha domesticado, las ha divinizado, las ha encerrado o enjaulado, las ha sufrido, les ha servido de alimento o le han servido de alimento, ha aprendido de ellas…

A estas alturas está claro que la acción humana está afectando negativamente a la biodiversidad, necesaria para la propia vida humana en el planeta. Y está también claro que el contacto del urbanita actual con animales no de su misma especie es mucho más infrecuente y esporádico. Para una persona de ciudad, ver trepar tranquilamente por una pared de su vivienda una pequeña larva, puede suponer una conmoción no tan pequeña.

Dos revoluciones han modificado grandemente nuestra relación con los animales: la revolución neolítica, de hace unos diez mil años, y la revolución industrial, de hace un par de siglos. Quizá ahora, en nuestros días, se está produciendo una tercera revolución de tanto calado para la humanidad como las dos anteriores: la revolución de Internet.

Mi relación personal con los animales ha cambiado mucho desde mi infancia rural, casi puro neolítico, a mi vejez, permanentemente conectada al móvil y al ordenador. Quiero decir que me crié literalmente entre animales. Ahora comparto vivienda con una gata, aparte de con mi señora, claro, y tengo la suerte de que los sonidos que con más frecuencia me llegan del exterior son cantos, trinos o gorjeos de pájaros o aves. Y también la desgracia, cuando salgo a pasear por estas proximidades, de tener que ir viendo, y esquivando (no oliendo, no tengo buen olfato) cacas de can.

No sé si hacía falta una nueva ley de bienestar y protección animal. Pocos y muy remotos recuerdos me vienen de haber visto a alguien maltratando a alguno. Aunque confieso que yo mismo he combatido recientemente, con productos venenosos, invasiones de pulgones o de hormigas.

No sé cómo terminar una entrada de tema tan amplio, que yo reduzco aquí a tan poco texto. Pues así: admitiendo que no soy vegetariano ni vegano, ni lo pienso ser mientras pueda evitarlo.