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Es Moll Flanders una buena novela?

En el estilo, puede resultar verosímil que el relato autobiográfico de la autora haya caído en manos de un personaje moralista, y escrupuloso para la escritura, amante de “lo que debe ser”, no de “lo que es”; y que así, el lenguaje carcelario de la autora (que no tendría tampoco mucha razón de ser tal, ya que, al final de su primer matrimonio, calculamos que tendría unos veintidós años, había vivido arrimada a “los buenos”, y había aprendido mucho), el lenguaje de la autora, digo, se transforme en el de un pastor protestante.

No parece en absoluto imposible que la pobre y atractiva muchacha, acogida en una casa de ricos, sea seducida por el hermano mayor, al cual se entrega, y después, con la aquiescencia de este, se case con el hermano menor, aunque su enamoramiento respecto al hermano mayor sigue vivo.

Cinco años con este marido, que la quiere y la trata con mucha consideración y respeto. Tienen dos hijos. Si no estaba enamorada de su marido ni tenía relaciones con su cuñado, razón de más para que se hubiese entregado a la crianza y educación de sus dos niños. esa sería la reacción visceral –y moral– lógica en una joven que se había criado sin madre, aunque tratada con afecto y consideración suficientes para desarrollar sus cualidades humanas propias.

Y he aquí lo que nos sorprende a principios del capítulo segundo: “afortunadamente, los padres de mi esposo se hicieron cargo de mis hijos”. Está en una posición económica holgada. ¿Y se desprende de sus hijos con ese desparpajo? ¿Este acto no le parece suficientemente aberrante al moralista revisor del texto, para demorarse haciendo un breve comentario o explicación?

He seguido leyendo un poco más (en la traducción de Carlos Pujol), pero ya he perdido el interés por la historia. Que la viudita se apañe como pueda.

Irene Vallejo, acosada en el cole

En los últimos años me han maravillado especialmente tres escritores, historiadores los tres: Yuval Noah Harari, Niall Ferguson y ahora (acabé ayer su lectura) Irene Vallejo, con El infinito en un junco.

Un libro entusiasmante y conmovedor desde el prólogo hasta los agradecimientos. Instructivo a tope, ameno todo lo que se pueda imaginar.
El primer estímulo para despertar mi deseo de leerlo fue, en El País, una columna de Juan José Millás titulada “Vallejo”; en la que, con su habitual riqueza imaginativa y verbal, confesaba haber encontrado en este libro, sorpresivamente, un territorio maravilloso a la vez que propio.
La autora dosifica con maestría la presencia de su propia vida en la exposición del tema, “La invención de los libros en el mundo antiguo”, según reza el subtítulo.

Cuán próxima se nos hace la historia con estas apariciones en escena de la profesora. Sí, profesora; porque, leyéndola, entran unas enormes ganas de volver a tener catorce años, y de tenerla a ella de profesora en el instituto.

Por ello, cuando llegamos al capítulo 86, penúltimo de la primera parte, y nos cuenta que fue una niña acosada y maltratada pro sus compañeros en el colegio, sentimos una desolación inmensa.

Copio ahora una secuencia, dos párrafos, de dicho capítulo:

Los perseguidores se repartían los papeles; uno era el líder, y otros sus fieles secuaces. Inventaban motes para mí; hacían imitaciones grotescas de mi aparato de dientes; me lanzaban esos balonazos cuyo golpe seco, cuyo aturdimiento todavía me parece sentir; me rompieron el dedo meñique en clase de gimnasia; disfrutaban con mi miedo. Los demás imagino que ni siquiera se acuerdan. Tal vez, escarbando en su memoria, dirían, bueno, le gastamos algunas bromas pesadas. Colaboraban precisamente así, con su indiferencia.

Durante el periodo más crudo, entre mis ocho y doce años, hubo otras marginadas; no fui la única. Una repetidora, una inmigrante china que apenas hablaba nuestro idioma, una chica exuberante con la pubertad adelantada. Éramos los ejemplares débiles de la manada, que el depredador observa y aísla desde lejos.

La décima que apareció aquí ayer, “La libertad, Sancho” (Don Quijote II, 58), era un intento de evitarme esta entrada de hoy (lamento haber llegado a este grado de decimanía: si tengo que escribir algo, o lo meto en una décima, o no lo escribo).

Un intento. Tenía que explicar mi posición de forma algo más clara. Si queremos que no haya acoso ni violencia en colegios e institutos, tenemos que crear un sistema educativo en el que los niños y los adolescentes se sientan libres –e iguales–, en el que decidan a qué clases y actividades asisten, y a cuáles no; y asuman su responsabilidad en el resultado. Si lo que les hemos creado es un régimen de plato único –e igual– para todos, de represión, de prohibiciones, de obligaciones, de encierro carcelario, de odiosas comparaciones, de suspensos y broncas, no nos extrañe que los sentimientos de algunos de ellos –no hace falta que sean los de muchos para que envenenen el ambiente– se pudran y se conviertan en rencor, agresión, maldad, daño para los más inocentes.

Yo a la escuela faltaba mucho: o porque hacía rabona (así lo llamábamos entonces) o porque mi padre me mandaba cualquier tarea en el campo. Compartíamos la idea de que, una vez que sabías leer, escribir y “las cuatro reglas”, ya la escuela era tiempo perdido.

Había peleas en nuestra escuela; y tortas y varazos del maestro. Yo me llevé una buena tunda por llamarlo, en voz alta y en tono de reproche además, por su mote. Por supuesto, allí no había niñas: sólo cabezones.

Pero la épica de las peleas estaba fuera, en las eras del pueblo sobre todo, y tampoco en ellas había niñas: era otro mundo, muy diferente del que fue llegando con el desarrollo y después con la democracia.

Para mí acabó pronto aquel ambiente: cuando el nuevo cura párroco nos tomó a unos cuantos bajo su égida (poco después algunos estábamos en el seminario).

Concluyendo. La vida (y los libros, claro) me ha enseñado que todos, o casi todos, llevamos un mal bicho dentro, que se despierta cuando se dan las circunstancias adecuadas. Hay que evitar que eso ocurra, de la mejor manera posible. Y en los centros educativos, ello supone respetar mucho más la libertad, la idiosincrasia y la responsabilidad de los alumnos.

Rosa Montero

Hoy he terminado la lectura de Historia del Rey Transparente, de Rosa Montero.

Reconozco que últimamente no me tienta mucho la lectura de novelas. Pero, un poco por casualidad, le metí mano a ésta, y me ha encantado.

Ambientada en los siglos XII-XIII, en la mitad sur de Francia, es a la vez una novela histórica y fantástica, feminista y viril, guerrera y tierna, abarcante de todos los estamentos sociales, continuamente itinerante en sus escenarios.

No es reciente, su primera edición salió en 2005; pero eso tiene poca importancia: más años hace que se publicó Don Quijote, y muchos más la Odisea.

Rosa Montero forma parte de un grupo de escritores españoles que, por capricho sentimental mío, tienen un altarcito aparte en mi mundo mental y emocional: ellos nacieron en 1951, año en que yo también nací.

Aunque, ya digo, es un capricho, la verdad es que la coetaneidad aproxima bastante: compartimos, ellos y yo, la misma España en nuestra infancia y juventud. Recuerdo haberle leído, a uno de ellos, un artículo en el que hablaba de su libro de texto de Griego en el curso de Preu, y era el mismo libro de texto que yo había tenido en ese curso.

Empecé a leer a Rosa Montero cuando ella empezó a trabajar en El País, recién nacido este periódico y recién muerto Franco, en 1976. Recuerdo que me encantaban sus entrevistas en el suplemento dominical, que era, a todo el suplemento me refiero ahora, una gozada matutina.

También leí de esta autora algunas novelas, pocas; pero suficientes para constatar cómo iba creciendo su maestría.

Ella acompañó, con alguno de sus libros infantiles, a alguna de mis hijas, en ese rato, afectivamente tan importante, de antes de dormir.

Si algún domingo me salto la lectura de su página en EPS, me lo considero un fallo disculpable: el tiempo es limitado. Pero seguiremos leyendo, mientras podamos, a esta coetánea.

Blases

Ayer, lunes 4, a media mañana, veo caminando al amigo JC; y, desde la bicicleta, le pregunto: ¿cómo no estás en el trabajo? Me contesta que es fiesta local en Víznar, por San Blas.

Dejo a JC y sigo pedaleando, mientras me acuerdo de que, efectivamente, mi señora había traído a la casa, el día anterior, unas roscas bendecidas por el San Blas de Otura. Por San Blas, la rosca verás.

Hoy, en la columna del admirado David Gistau, leo una anécdota relacionada con otro Blas, no el bendecidor de roscas y dispensador de lunes laborales: Blas de Lezo.

Se ve que alguien (o álguienes), con motivo de los Goya del cine, ha lamentado la inexistencia de una película protagonizada por este personaje histórico y heroico. Y yo recuerdo ahora que dejé a medias el libro que, sobre este marino de la armada española en el siglo XVIII, escribió Pablo Victoria: El día que España derrotó a Inglaterra.

Lo retomo y releo en la Introducción:

Blas de Lezo es un héroe muy conocido y querido de todos los colombianos pues, contra todo pronóstico, defendió Cartagena de Indias promediando el siglo XVIII, cuando una flota invasora puesta a la mar por Inglaterra pretendió conquistar la ciudad y estrangular el Imperio Español en América. En efecto, el 13 de marzo de 1741 asomaba sobre las costas de Cartagena, en el antiguo virreinato de Nueva Granada, la mayor Armada invasora que Inglaterra había puesto contra España. La comandaba el almirante Sir Edward Vernon. Los planes de los ingleses eran apoderarse de todo el Imperio Español de ultramar, estrangulando la yugular de la ruta del Tesoro Americano por Panamá y sometiendo la plaza amurallada, “Llave” de las Antillas; la idea era penetrar hacia Santa Fe de Bogotá hasta alcanzar los reinos del Perú. Era esta una nueva Armada Invencible […]

Tan segura estaba Inglaterra de su victoria, que mandó acuñar monedas para celebrar su triunfo; en ellas se leía: “La arrogancia española humillada por el almirante Vernon” y “Los héroes británicos tomaron Cartagena, abril 1, 1741”; grabado aparecía el Almirante inglés recibiendo la espada de Blas de Lezo, quien, arrodillado, la entregaba a su conquistador. Pero Inglaterra no pudo lograrlo. Se lo impidió este heroico general de la Armada, quien, tuerto, manco y mocho de una pierna -y por ello llamado medio-hombre– demostró que a quien los ingleses tenían por delante era todo un hombre y medio.

O sea -se deduce- un Blas con tres cojones. Lo mismo retomo ahora el libro y completo su lectura.

En la lección 14

En el libro de las 21 lecciones de Harari, voy leyendo por la 19. Quizá lo mejor que podría hacer ahora mismo es seguir leyéndolo hasta terminarlo. Más que nada, para poder empezarlo a leer otra vez desde el principio, porque los buenos libros no son de usar y tirar, no son de una única lectura, los apreciamos más y entendemos mejor cuanto más los leemos.

En la lección o capítulo 14 habla Harari de “El ideal laico”, y comenta algo así como las virtudes cardinales del laicismo, que, según su visión, son seis: VERDAD, COMPASIÓN, IGUALDAD, LIBERTAD, VALENTÍA y RESPONSABILIDAD.

Creo que, a pesar de que mi memoria no es ni mucho menos lo que era, no olvidaré su enumeración, lo mismo que no he olvidado la enumeración de las cuatro virtudes cardinales del catecismo, que seguramente aprendí antes de hacer la primera comunión, a los siete años: PRUDENCIA, JUSTICIA, FORTALEZA y TEMPLANZA. Por supuesto, a aquella edad yo repetía el mantra de las cuatro palabras sin saber lo que significaba ninguna de ellas. Era el método de enseñanza de los curas: tú ahora apréndete el catecismo, y ya lo irás entendiendo, poco a poco. Quizá no era un mal método.

¿Qué hay de común entre la formulación de Harari y la del catecismo católico de hace sesenta años? La preocupación por la condición moral del hombre, de su atención permanente  a lo que ‘está bien’ (es honesto) y a lo que ‘está mal’ (es deshonesto).

Si perdemos esa condición, porque todo nuestro yo lo llena nuestro instinto hedonista, nos convertimos en individuos inmorales. Y si este tipo de individuos predomina en una sociedad, esta es una sociedad desmoralizada, que podría avanzar por unos derroteros terribles para la humanidad.

No perdamos nuestro sentido moral. Y sigamos leyendo a Harari.

Misa del Niki

En el entierro de nuestro querido Niki (Agustín LM), enredado entre un grupo de amigos que entraban a la iglesia para asistir a a la misa “de corpore insepulto”, decidí mantenerme en el grupo y asistir yo también, de libre oyente.

En muy pocas ocasiones he entrado en la iglesia de mi pueblo en los últimos ¡cincuenta años! Cómo pasa el tiempo. A lo que iba: todo lo que vi me gustó: la limpieza, el brillo, la ornamentación, la iluminación, la imaginería, los feligreses, el cura y su sermón, los cánticos -voces femeninas: los hombres se abstienen, y sólo alguno se atreve medio en sordina-.

Y las lecturas. La primera -antes se llamaba epístola, supongo que ahora también- era un pasaje del libro de los Hechos de los Apóstoles, del capítulo 25. El cura, en su homilía, relacionó este episodio de la vida de San Pablo -y no como un hallazgo propio y personal sino como una conclusión doctrinal consolidada- con el nacimiento de Europa y de la cultura occidental.

San Pablo, en su condición de judío, de cives romanus y de poseedor de la cultura griega, aunaba en su persona los tres componentes básicos del hombre occidental: el filósofo amante de la verdad, el sujeto de derechos y deberes que son inviolables en la comunidad, y el creyente que trasciende con su fe las limitaciones de la vida humana.

En fin, que no me reconvertí al catolicismo en la misa de cuerpo presente del Niki, pero casi.

Alguna crítica, no obstante, habré de hacer, para que no todo sean elogios. Se nota todavía demasiado en la iglesia de mi pueblo -y en la Iglesia- la falta de igualdad entre hombres y mujeres, éstas siempre en funciones subalternas, por muy necesarias que sean. ¿Qué espera la jerarquía eclesiástica para elevar mujeres al sacerdocio, para abolir el celibato sacerdotal?

Bueno, Niki, tú a lo tuyo: a descansar en paz y a esperarnos sin impaciencia.

Desayuno con romanza

Domingo último de abril. En cuanto a puentes, nunca he estado pendiente de ninguno, creo; aunque la jubilación es un puente que nos lleva de la vida útil a la eternidad.

Desayuno, comme d’habitude si desayuno solo, en compañía de la radio. Y hoy domingo toca Radio Clásica. Un poco más tarde de lo habitual por mi parte, suena La Zarzuela. Y, entre otras, una pieza especialmente reconocida y evocadora, la romanza Canto a la espada, de El huésped del Sevillano: “Fiel espada triunfadora / que ahora brillas en mi mano”…

Según van sonando sus compases, va actuando en mí el café y comienzo a pensar: en los tiempos tan pacifistas que vivimos —a pesar de lo cual la guerra es presencia y amenaza—, en lo distinta que era España cuando esta zarzuela se escribió, hace un siglo, en lo muy distinto que era este país cuando vivió “el huésped del Sevillano”, Cervantes; en lo abismalmente distinta que era esta Andalucía cuando oí y vi por primera vez esta romanza, a los 14 o 15 años, en la tele de la taberna Las Tres Emes, muy lejos todavía de que en mi casa hubiera tele.

Y pienso en que, aunque han sido muchos los cambios producidos, otros todavía se tendrán que producir para que esta esquina de Eurasia que es la Unión Europea avance por el buen camino: el de la Unión.

Lo de las Becas Erasmus está muy bien, fue un gran invento; pero hay que extenderlo más, no dejarlo sólo para algunos —o muchos— universitarios. ¿Por qué no se universaliza para los jóvenes un servicio social europeo? Sesenta días de servicios a la comunidad, prestados en un país distinto al de origen, y, por supuesto, no retribuidos económicamente; o con un sueldo simbólico, como el de la antigua mili.

Cuando yo la hice, año y medio, con el cadáver de Franco todavía caliente, se realizaba obligatoriamente en una región militar distinta de la de procedencia. Recuerdo que tuve compañeros y amigos catalanes, algún valenciano, algún albaceteño, algún extremeño, algún gallego (uno, no recuerdo su nombre, cuya madre era amiga de Gonzalo Torrente Ballester). Todos en la buena sintonía de la juventud. La verdad: yo me sentía allí mucho mejor que en mi casa paterna.

Recuerdo que a veces me veía en un corrillo de catalanes, que, naturalmente, hablaban en catalán. Yo callaba, escuchaba y entendía —mi licenciatura en Filología Románica, ya obtenida, incluía una asignatura de Catalán—. Cuando alguno de ellos se daba cuenta de mi presencia, me pedían perdón; pero yo los animaba a que continuaran en catalán, que yo me enteraba de todo o de casi todo.

Hay que seguir avanzando en la creación de una red de puentes por la que los jóvenes europeos transiten con fluidez, hagan amigos, aprendan idiomas, busquen pareja, y canten para sus colegas las romanzas de su patria chica, como esta de “el huésped del Sevillano”, que fue el soldado más vocacional de la milicia, el escritor más pacífico e inteligente, y el español más universal.