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Outlander

Anoche mi mujer y yo terminamos de ver esta serie de cuatro temporadas (cinco, pero a la 5ª no podemos acceder por ahora) que ha entretenido y amenizado nuestras veladas, a dos episodios por noche, durante una buena temporadita.

Tiene una bastante satisfactoria dosificación de componentes: acción y aventura, historia, magia, ciencia médica, personajes, paisajes. La acción comienza al final de la Segunda Guerra Mundial, retrocede hasta mediados del siglo XVIII, avanza en algún momento hasta 1968 y los primeros años de la siguiente década, y acaba, si no recuerdo mal, en 1771, cuando la Guerra de la Independencia de los Estados Unidos está ya a las puertas.

El elemento mágico (los viajes en el tiempo son su principal componente) no impide la actitud colaborante del espectador, pues el desarrollo de la acción se atiene al principio de verdad suficiente.

Algunos pasajes, tanto de erotismo como de violencia, resultan un tanto prolijos. Los indios cheroqui parecen recién salidos del mejor instituto de belleza del siglo XXI, pero afortunadamente estamos en tiempos de comprender y de sentir que todos los humanos formamos parte de una única tribu. Y los dos sucesivos antagonistas (malos remalos aunque no los únicos malos) conservan un atisbo de su antigua personalidad: la de antes de pasar por unas experiencias tan duras que les ennegrecieron el alma hasta convertirlos en demonios.

La serie está basada en una saga de novelas, Forastera, de la autora estadounidense Diana Gabaldon. A la que veo en Wikipedia, en una foto de 2007, y, a pesar de que nació sólo un año después que yo, tiene un aspecto tan juvenil que me maravilla. No nos extrañe, por tanto, que pasen los años, e incluso las décadas, y Claire y Jamie, la pareja protagonista, mantenga su lozanía juvenil y su atractivo.

Examen de Religión

Al llegar las vacaciones de Semana Santa del año 1968, abandoné definitivamente el seminario. Estaba yo entonces en 5º de latín.
Volví, sí, para los exámenes finales. Mis profesores me hicieron el favor de adelantármelos unas cuantas semanas. Con 5º curso acabado, en el instituto me convalidaban hasta 4º, y ya solamente tenía que presentarme a la Reválida Elemental, la que seguía a 4º de Bachillerato.

Poco recuerdo de aquellos exámenes adelantados. Yo estudiaba, sacaba buenas notas…

Recuerdo algo del examen de Música (don Germán Tejerizo Robles, qué buena persona, me puso a solfear una canción mientras él me acompañaba al piano) y algo del examen de Religión. Don Antonio Pérez Andrés, que había sido el Rector, ya no lo era, me examinó en la clase, oralmente, delante de todos mis compañeros. Yo llevaba mi libro de texto en la mano, habría estado repasando, supongo, hasta la hora del examen.

Clase con tarima. Don Antonio Pérez, de pie tras la mesa del profesor, en la pose solemne que él siempre adoptaba ante los seminaristas, me mandó entregarle el libro. Lo abrió y, pasando las hojas más o menos al azar, me fue haciendo preguntas.

Me aterroricé: no por temor a no saber las respuestas, sino porque en ese tiempo, mientras estudiaba en casa de mis padres, yo, cada vez más crítico con la religión que vivíamos entonces, había ido sembrando el libro de comentarios poco respetuosos, escritos, claro, de mi puño y letra. Temí que ahora este reverendo (que a veces, solo medio en broma, empleaba el plural mayestático) leyera alguno de aquellos comentarios y extendiera su brazo, como una espada de fuego, para expulsarme del aula, del seminario y del paraíso. No ocurrió nada de eso, y el examen acabó pacíficamente.

¿Por qué cuento ahora esta anécdota de hace más de medio siglo? Porque estoy leyendo El sueño de Hipatia, de José Calvo Poyato, lectura que ha suscitado en mí una serie de recuerdos, de reflexiones acerca de la historia del cristianismo. Pero ya nada de eso voy a escribir aquí, no quiero extenderme demasiado; e Hipatia, que me está gustando mucho, me espera.

Zweig

Stefan Zweig murió, se suicidó, el 22 de febrero –exactamente tres años después de la muerte de Antonio Machado– de 1942. Tenía sesenta años. Machado, pocos más cuando murió. Ambos estaban, al final de sus días, en el exilio y la penuria, después de haber vivido una vida razonablemente plena y exitosa; Zweig, en un estatus económico más favorable, por la fortuna familiar.

Pero dejo ya, ahí, el paralelismo entre estos dos escritores, que me ha surgido al leer, en Wikipedia, la fecha de la muerte del austríaco. Del que acabo de leer El mundo de ayer, un libro de memorias póstumo que el autor subtituló Memorias de un europeo. De él había leído ya unos cuantos libros –Momentos estelares de la humanidad, por ejemplo, todos en la última década, más o menos. Lo cual anoto porque lamento no haber tenido acceso a los libros de Zweig en mi juventud, ya que me parece un autor de una gran fuerza moral, de apasionamiento contagioso en su dedicación intelectual y literaria, de búsqueda permanente de la perfección y del contacto y aprendizaje junto a quienes, por su valía y logros, podían servirle de ejemplo en su propia labor.

Ahora, en estos años en los que la construcción de una Europa unida nos va pareciendo un proceso difícil y lleno de escollos y peligros, la actitud de Zweig, tan inequívocamente europea, podría servir de ejemplo y enseñanza a quienes creemos, la inmensa mayoría, que no hay otro buen camino que esa unión, para afrontar los retos del futuro.
A Stefan Zweig le quedaba, creo, vida, salud, talento, para continuar su obra al menos un par de décadas más, pero se quedó sin tierra bajo sus pies.

Quizá si hubiese aguantado aquella crisis por un año más, habría conocido acontecimientos que le hubiesen devuelto la esperanza: la de que cambiaban las tornas en la guerra, y los nazis empezaban a perder terreno, empezaban a hundirse.

Yo termino aquí mi comentario con un deseo recurrente al final de las buenas lecturas: ojalá, pasado no mucho tiempo, encuentre el momento adecuado para releer estas memorias.