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Examen de Religión

Al llegar las vacaciones de Semana Santa del año 1968, abandoné definitivamente el seminario. Estaba yo entonces en 5º de latín.
Volví, sí, para los exámenes finales. Mis profesores me hicieron el favor de adelantármelos unas cuantas semanas. Con 5º curso acabado, en el instituto me convalidaban hasta 4º, y ya solamente tenía que presentarme a la Reválida Elemental, la que seguía a 4º de Bachillerato.

Poco recuerdo de aquellos exámenes adelantados. Yo estudiaba, sacaba buenas notas…

Recuerdo algo del examen de Música (don Germán Tejerizo Robles, qué buena persona, me puso a solfear una canción mientras él me acompañaba al piano) y algo del examen de Religión. Don Antonio Pérez Andrés, que había sido el Rector, ya no lo era, me examinó en la clase, oralmente, delante de todos mis compañeros. Yo llevaba mi libro de texto en la mano, habría estado repasando, supongo, hasta la hora del examen.

Clase con tarima. Don Antonio Pérez, de pie tras la mesa del profesor, en la pose solemne que él siempre adoptaba ante los seminaristas, me mandó entregarle el libro. Lo abrió y, pasando las hojas más o menos al azar, me fue haciendo preguntas.

Me aterroricé: no por temor a no saber las respuestas, sino porque en ese tiempo, mientras estudiaba en casa de mis padres, yo, cada vez más crítico con la religión que vivíamos entonces, había ido sembrando el libro de comentarios poco respetuosos, escritos, claro, de mi puño y letra. Temí que ahora este reverendo (que a veces, solo medio en broma, empleaba el plural mayestático) leyera alguno de aquellos comentarios y extendiera su brazo, como una espada de fuego, para expulsarme del aula, del seminario y del paraíso. No ocurrió nada de eso, y el examen acabó pacíficamente.

¿Por qué cuento ahora esta anécdota de hace más de medio siglo? Porque estoy leyendo El sueño de Hipatia, de José Calvo Poyato, lectura que ha suscitado en mí una serie de recuerdos, de reflexiones acerca de la historia del cristianismo. Pero ya nada de eso voy a escribir aquí, no quiero extenderme demasiado; e Hipatia, que me está gustando mucho, me espera.

Zweig

Stefan Zweig murió, se suicidó, el 22 de febrero –exactamente tres años después de la muerte de Antonio Machado– de 1942. Tenía sesenta años. Machado, pocos más cuando murió. Ambos estaban, al final de sus días, en el exilio y la penuria, después de haber vivido una vida razonablemente plena y exitosa; Zweig, en un estatus económico más favorable, por la fortuna familiar.

Pero dejo ya, ahí, el paralelismo entre estos dos escritores, que me ha surgido al leer, en Wikipedia, la fecha de la muerte del austríaco. Del que acabo de leer El mundo de ayer, un libro de memorias póstumo que el autor subtituló Memorias de un europeo. De él había leído ya unos cuantos libros –Momentos estelares de la humanidad, por ejemplo, todos en la última década, más o menos. Lo cual anoto porque lamento no haber tenido acceso a los libros de Zweig en mi juventud, ya que me parece un autor de una gran fuerza moral, de apasionamiento contagioso en su dedicación intelectual y literaria, de búsqueda permanente de la perfección y del contacto y aprendizaje junto a quienes, por su valía y logros, podían servirle de ejemplo en su propia labor.

Ahora, en estos años en los que la construcción de una Europa unida nos va pareciendo un proceso difícil y lleno de escollos y peligros, la actitud de Zweig, tan inequívocamente europea, podría servir de ejemplo y enseñanza a quienes creemos, la inmensa mayoría, que no hay otro buen camino que esa unión, para afrontar los retos del futuro.
A Stefan Zweig le quedaba, creo, vida, salud, talento, para continuar su obra al menos un par de décadas más, pero se quedó sin tierra bajo sus pies.

Quizá si hubiese aguantado aquella crisis por un año más, habría conocido acontecimientos que le hubiesen devuelto la esperanza: la de que cambiaban las tornas en la guerra, y los nazis empezaban a perder terreno, empezaban a hundirse.

Yo termino aquí mi comentario con un deseo recurrente al final de las buenas lecturas: ojalá, pasado no mucho tiempo, encuentre el momento adecuado para releer estas memorias.

Escrito sin lágrimas

La relación entre los hombres y los dioses ha sido siempre muy estrecha, seguramente desde los mismos comienzos de la humanidad. Pero, para que tal relación existiera, primero los hombres tenían que crear a los dioses; y darles una identidad que el grupo humano, no un solo individuo, percibiera y compartiera.
Después vendría, también desde muy al principio, que unos cuantos elementos del grupo se adueñaran de los dioses; de sus voces, de su voluntad, de su incidencia y poder sobre los humanos: “Somos nosotros los que conocemos los mandatos de los dioses, y a los demás les toca cumplir y obedecer y someterse”.

En el mundo clásico, tan atractivo por su riqueza cultural, mitológica y religiosa, surgen unas figuras en las que la relación hombre-dios se estrecha aún más: son los héroes, hijos de una divinidad y de un individuo humano. En el escudo de Andalucía nos ha quedado imagen de uno de los más conocidos, Hércules o Heracles, hijo de Júpiter (Zeus) y de la princesa Alcmena. Al acabarse su vida como mortal, Hércules experimentó su apoteosis, su ascenso a la plena condición de dios olímpico.
El gran cambio en la percepción humana de los dioses llegó con las religiones monoteístas: el judaísmo y sus dos hijas, el cristianismo y el islam.

La figura de Jesucristo tiene una importante semejanza con la de Hércules: el poseer la doble naturaleza, la divina y la humana. Aunque Cristo sólo tuvo naturaleza humana cuando Dios Padre quiso redimir a los humanos de sus faltas –y de sus sobras– y envió a su hijo unigénito para que les trasmitiera el mérito de su propia obra redentora, y pudieran ellos, por fin libres de culpas, ser dignos de la gracia del Cielo; partícipes, por tanto, de la naturaleza divina. O sea, ya todos los hombres, cuando muramos en esa gracia, podremos experimentar nuestra propia apoteosis, como Hércules.

Las tres religiones monoteístas han evolucionado de muy distinta manera.

Los judíos han vivido, casi dos milenios, dispersados por el mundo, en la diáspora, desde su derrota y destrucción ante la Roma imperial, hasta la constitución del nuevo Estado de Israel, poco después de finalizada la Segunda Guerra Mundial. Ahora Israel es un pequeño y próspero país, rodeado de enemigos que anhelan su aniquilación. Pero es un país democrático, en el que cada individuo puede elegir su posicionamiento respecto a la religión.

El cristianismo, ya con dos milenios bien cumplidos de historia, experimentó, en su expansión y evolución, tres momentos especialmente relevantes: el triunfo, con el emperador Teodosio, siglo IV, de convertirse en la religión única y oficial del Imperio Romano tanto de Oriente como de Occidente; el Cisma de Oriente, en el siglo XI, cuando la parte oriental de la jerarquía cristiana no estuvo dispuesta a mantener su servidumbre respecto al Papa de Roma, para lo cual recurrió a una justificación o triquiñuela teológica; y la reforma protestante, siglo XVI, con Lutero como principal clérigo reformador, y nuestro Emperador Carlos como el principal paladín de la obediencia al Papa.

La reforma, en tiempos de Lutero, estaba siendo muy necesaria en la Iglesia de Roma, pero ésta prefirió mantenerse en el boato externo, en la teatralidad, y en el dominio de las conciencias individuales por la vía de la rendición de cuentas en el confesionario. Mientras, en el dominio protestante, comenzaba a vivirse una religión con más libertad de conciencia, con más trato directo y confianza con Dios en la oración, con menos ritos fastuosos y más laboriosidad en beneficio propio, familiar y de la comunidad.

A los que nos hemos criado en el mundo católico nos tocó una parte muy anquilosada del cristianismo. Y de los que nos educamos en el nacional catolicismo de la dictadura franquista, qué decir: hartura de curas, empacho de curas y militares.

Algunos privilegiados nos educamos con unas cuantas vueltas de tuerca más que la gente corriente: los que estuvimos internados en un seminario para convertirnos de mayores en curas.

En ese mundo anduvo inmerso, este que suscribe, durante casi cinco años cruciales de su formación: desde los doce a casi los diecisiete.

Después de abandonar aquel estricto internado, no habían pasado muchos meses cuando aquel exseminarista se había convertido en ateo total. Y lo sigue siendo, a la edad de sesenta y ocho.

Hace pocos días un joven vecino me hizo el regalo de un libro (Escrito con lágrimas, de Luke Veldt) a cuya lectura me he sentido, por varias circunstancias, comprometido. A pesar de que tal libro es, en alta proporción, la predicación de un pastor protestante a sus lectores, más o menos previsibles. Pero también es, este librito, el testimonio sincero de un padre que ha sufrido el tremendo mazazo de la pérdida de una hija de trece años.
Es una obra pulcramente escrita, traducida y editada, que yo he leído con emoción, respeto y atención, a pesar de mi ateísmo. Porque hay algo en común entre la fe de este pastor y mi ateísmo: la actitud de procurar ser personas algo mejores cada día, por poco que se evolucione en esta tendencia.

Pero yo no necesito proyectar mis deseos personales en un Dios Todopoderoso y Eterno, que no pasa de ser un invento humano compartido. Me moriré y, simplemente, ya no estaré, ni en ninguna tierra ni en ningún cielo. Pero en el mundo seguirá habiendo hombres, y mujeres, esforzándose cada día por ser mejores, en lo ético, pero también en lo físico, lo psíquico y lo estético. Y seguramente, poco a poco, lo irán consiguiendo; irán pareciéndose cada vez más a esos seres imaginarios, los dioses, que, desde el principio de la humanidad, los hombres hemos tenido tanto empeño en forjar: para que sean nuestros modelos o referentes, no nuestros carceleros.