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Rosa Montero

Hoy he terminado la lectura de Historia del Rey Transparente, de Rosa Montero.

Reconozco que últimamente no me tienta mucho la lectura de novelas. Pero, un poco por casualidad, le metí mano a ésta, y me ha encantado.

Ambientada en los siglos XII-XIII, en la mitad sur de Francia, es a la vez una novela histórica y fantástica, feminista y viril, guerrera y tierna, abarcante de todos los estamentos sociales, continuamente itinerante en sus escenarios.

No es reciente, su primera edición salió en 2005; pero eso tiene poca importancia: más años hace que se publicó Don Quijote, y muchos más la Odisea.

Rosa Montero forma parte de un grupo de escritores españoles que, por capricho sentimental mío, tienen un altarcito aparte en mi mundo mental y emocional: ellos nacieron en 1951, año en que yo también nací.

Aunque, ya digo, es un capricho, la verdad es que la coetaneidad aproxima bastante: compartimos, ellos y yo, la misma España en nuestra infancia y juventud. Recuerdo haberle leído, a uno de ellos, un artículo en el que hablaba de su libro de texto de Griego en el curso de Preu, y era el mismo libro de texto que yo había tenido en ese curso.

Empecé a leer a Rosa Montero cuando ella empezó a trabajar en El País, recién nacido este periódico y recién muerto Franco, en 1976. Recuerdo que me encantaban sus entrevistas en el suplemento dominical, que era, a todo el suplemento me refiero ahora, una gozada matutina.

También leí de esta autora algunas novelas, pocas; pero suficientes para constatar cómo iba creciendo su maestría.

Ella acompañó, con alguno de sus libros infantiles, a alguna de mis hijas, en ese rato, afectivamente tan importante, de antes de dormir.

Si algún domingo me salto la lectura de su página en EPS, me lo considero un fallo disculpable: el tiempo es limitado. Pero seguiremos leyendo, mientras podamos, a esta coetánea.

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Blases

Ayer, lunes 4, a media mañana, veo caminando al amigo JC; y, desde la bicicleta, le pregunto: ¿cómo no estás en el trabajo? Me contesta que es fiesta local en Víznar, por San Blas.

Dejo a JC y sigo pedaleando, mientras me acuerdo de que, efectivamente, mi señora había traído a la casa, el día anterior, unas roscas bendecidas por el San Blas de Otura. Por San Blas, la rosca verás.

Hoy, en la columna del admirado David Gistau, leo una anécdota relacionada con otro Blas, no el bendecidor de roscas y dispensador de lunes laborales: Blas de Lezo.

Se ve que alguien (o álguienes), con motivo de los Goya del cine, ha lamentado la inexistencia de una película protagonizada por este personaje histórico y heroico. Y yo recuerdo ahora que dejé a medias el libro que, sobre este marino de la armada española en el siglo XVIII, escribió Pablo Victoria: El día que España derrotó a Inglaterra.

Lo retomo y releo en la Introducción:

Blas de Lezo es un héroe muy conocido y querido de todos los colombianos pues, contra todo pronóstico, defendió Cartagena de Indias promediando el siglo XVIII, cuando una flota invasora puesta a la mar por Inglaterra pretendió conquistar la ciudad y estrangular el Imperio Español en América. En efecto, el 13 de marzo de 1741 asomaba sobre las costas de Cartagena, en el antiguo virreinato de Nueva Granada, la mayor Armada invasora que Inglaterra había puesto contra España. La comandaba el almirante Sir Edward Vernon. Los planes de los ingleses eran apoderarse de todo el Imperio Español de ultramar, estrangulando la yugular de la ruta del Tesoro Americano por Panamá y sometiendo la plaza amurallada, “Llave” de las Antillas; la idea era penetrar hacia Santa Fe de Bogotá hasta alcanzar los reinos del Perú. Era esta una nueva Armada Invencible […]

Tan segura estaba Inglaterra de su victoria, que mandó acuñar monedas para celebrar su triunfo; en ellas se leía: “La arrogancia española humillada por el almirante Vernon” y “Los héroes británicos tomaron Cartagena, abril 1, 1741”; grabado aparecía el Almirante inglés recibiendo la espada de Blas de Lezo, quien, arrodillado, la entregaba a su conquistador. Pero Inglaterra no pudo lograrlo. Se lo impidió este heroico general de la Armada, quien, tuerto, manco y mocho de una pierna -y por ello llamado medio-hombre– demostró que a quien los ingleses tenían por delante era todo un hombre y medio.

O sea -se deduce- un Blas con tres cojones. Lo mismo retomo ahora el libro y completo su lectura.

En la lección 14

En el libro de las 21 lecciones de Harari, voy leyendo por la 19. Quizá lo mejor que podría hacer ahora mismo es seguir leyéndolo hasta terminarlo. Más que nada, para poder empezarlo a leer otra vez desde el principio, porque los buenos libros no son de usar y tirar, no son de una única lectura, los apreciamos más y entendemos mejor cuanto más los leemos.

En la lección o capítulo 14 habla Harari de “El ideal laico”, y comenta algo así como las virtudes cardinales del laicismo, que, según su visión, son seis: VERDAD, COMPASIÓN, IGUALDAD, LIBERTAD, VALENTÍA y RESPONSABILIDAD.

Creo que, a pesar de que mi memoria no es ni mucho menos lo que era, no olvidaré su enumeración, lo mismo que no he olvidado la enumeración de las cuatro virtudes cardinales del catecismo, que seguramente aprendí antes de hacer la primera comunión, a los siete años: PRUDENCIA, JUSTICIA, FORTALEZA y TEMPLANZA. Por supuesto, a aquella edad yo repetía el mantra de las cuatro palabras sin saber lo que significaba ninguna de ellas. Era el método de enseñanza de los curas: tú ahora apréndete el catecismo, y ya lo irás entendiendo, poco a poco. Quizá no era un mal método.

¿Qué hay de común entre la formulación de Harari y la del catecismo católico de hace sesenta años? La preocupación por la condición moral del hombre, de su atención permanente  a lo que ‘está bien’ (es honesto) y a lo que ‘está mal’ (es deshonesto).

Si perdemos esa condición, porque todo nuestro yo lo llena nuestro instinto hedonista, nos convertimos en individuos inmorales. Y si este tipo de individuos predomina en una sociedad, esta es una sociedad desmoralizada, que podría avanzar por unos derroteros terribles para la humanidad.

No perdamos nuestro sentido moral. Y sigamos leyendo a Harari.

Misa del Niki

En el entierro de nuestro querido Niki (Agustín LM), enredado entre un grupo de amigos que entraban a la iglesia para asistir a a la misa “de corpore insepulto”, decidí mantenerme en el grupo y asistir yo también, de libre oyente.

En muy pocas ocasiones he entrado en la iglesia de mi pueblo en los últimos ¡cincuenta años! Cómo pasa el tiempo. A lo que iba: todo lo que vi me gustó: la limpieza, el brillo, la ornamentación, la iluminación, la imaginería, los feligreses, el cura y su sermón, los cánticos -voces femeninas: los hombres se abstienen, y sólo alguno se atreve medio en sordina-.

Y las lecturas. La primera -antes se llamaba epístola, supongo que ahora también- era un pasaje del libro de los Hechos de los Apóstoles, del capítulo 25. El cura, en su homilía, relacionó este episodio de la vida de San Pablo -y no como un hallazgo propio y personal sino como una conclusión doctrinal consolidada- con el nacimiento de Europa y de la cultura occidental.

San Pablo, en su condición de judío, de cives romanus y de poseedor de la cultura griega, aunaba en su persona los tres componentes básicos del hombre occidental: el filósofo amante de la verdad, el sujeto de derechos y deberes que son inviolables en la comunidad, y el creyente que trasciende con su fe las limitaciones de la vida humana.

En fin, que no me reconvertí al catolicismo en la misa de cuerpo presente del Niki, pero casi.

Alguna crítica, no obstante, habré de hacer, para que no todo sean elogios. Se nota todavía demasiado en la iglesia de mi pueblo -y en la Iglesia- la falta de igualdad entre hombres y mujeres, éstas siempre en funciones subalternas, por muy necesarias que sean. ¿Qué espera la jerarquía eclesiástica para elevar mujeres al sacerdocio, para abolir el celibato sacerdotal?

Bueno, Niki, tú a lo tuyo: a descansar en paz y a esperarnos sin impaciencia.

Desayuno con romanza

Domingo último de abril. En cuanto a puentes, nunca he estado pendiente de ninguno, creo; aunque la jubilación es un puente que nos lleva de la vida útil a la eternidad.

Desayuno, comme d’habitude si desayuno solo, en compañía de la radio. Y hoy domingo toca Radio Clásica. Un poco más tarde de lo habitual por mi parte, suena La Zarzuela. Y, entre otras, una pieza especialmente reconocida y evocadora, la romanza Canto a la espada, de El huésped del Sevillano: “Fiel espada triunfadora / que ahora brillas en mi mano”…

Según van sonando sus compases, va actuando en mí el café y comienzo a pensar: en los tiempos tan pacifistas que vivimos —a pesar de lo cual la guerra es presencia y amenaza—, en lo distinta que era España cuando esta zarzuela se escribió, hace un siglo, en lo muy distinto que era este país cuando vivió “el huésped del Sevillano”, Cervantes; en lo abismalmente distinta que era esta Andalucía cuando oí y vi por primera vez esta romanza, a los 14 o 15 años, en la tele de la taberna Las Tres Emes, muy lejos todavía de que en mi casa hubiera tele.

Y pienso en que, aunque han sido muchos los cambios producidos, otros todavía se tendrán que producir para que esta esquina de Eurasia que es la Unión Europea avance por el buen camino: el de la Unión.

Lo de las Becas Erasmus está muy bien, fue un gran invento; pero hay que extenderlo más, no dejarlo sólo para algunos —o muchos— universitarios. ¿Por qué no se universaliza para los jóvenes un servicio social europeo? Sesenta días de servicios a la comunidad, prestados en un país distinto al de origen, y, por supuesto, no retribuidos económicamente; o con un sueldo simbólico, como el de la antigua mili.

Cuando yo la hice, año y medio, con el cadáver de Franco todavía caliente, se realizaba obligatoriamente en una región militar distinta de la de procedencia. Recuerdo que tuve compañeros y amigos catalanes, algún valenciano, algún albaceteño, algún extremeño, algún gallego (uno, no recuerdo su nombre, cuya madre era amiga de Gonzalo Torrente Ballester). Todos en la buena sintonía de la juventud. La verdad: yo me sentía allí mucho mejor que en mi casa paterna.

Recuerdo que a veces me veía en un corrillo de catalanes, que, naturalmente, hablaban en catalán. Yo callaba, escuchaba y entendía —mi licenciatura en Filología Románica, ya obtenida, incluía una asignatura de Catalán—. Cuando alguno de ellos se daba cuenta de mi presencia, me pedían perdón; pero yo los animaba a que continuaran en catalán, que yo me enteraba de todo o de casi todo.

Hay que seguir avanzando en la creación de una red de puentes por la que los jóvenes europeos transiten con fluidez, hagan amigos, aprendan idiomas, busquen pareja, y canten para sus colegas las romanzas de su patria chica, como esta de “el huésped del Sevillano”, que fue el soldado más vocacional de la milicia, el escritor más pacífico e inteligente, y el español más universal.

Algos

Los escritos breves se adaptan bien al blog. Juan Ramón Jiménez hubiera encajado bien en el perfil de bloguero. Dónde mejor que en un blog los sucesivos capítulos de Platero y yo, o los sucesivos asientos de Diario de un poeta recién casado. Salvo por un factor: la gratuidad. Quizá don Juan Ramón tenía un sexto sentido para lo crematístico que le habría desaconsejado este medio. No estoy seguro.

Yo sigo enredado en mi Certe patet, que ya ha cumplido unos cuantos años.

Por otra parte, me parece que tiendo al minimalismo expresivo; que me llevará, paso a paso, a estarme callado y ágrafo para siempre.

El año pasado casi limité mi escritura a las décimas que componen Decimanía 17. Este año estoy recogiendo mis versos, versillos más bien, en un cuaderno titulado Algos (2018). Efectivamente, es título inspirado por Sancho Panza: ver Don Quijote, II, 29.

También aquí están saliendo muchas décimas (la decimanía no se me cura). Alternan con una estrofita para la que, por qué no, he inventado un nombre: gramo. Es una combinación de pentasílabo, endecasílabo, pentasílabo, generalmente sin rima. Pero, ¿eso no es un haiku? Pues no. El verso central del haiku es un heptasílabo; y entre un heptasílabo y un endecasílabo hay mucha distancia (para un oído sensible a las melodías y ritmos de los versos).

Poco más ha brotado en este campo de algos.

Pero, en lugar de esperar a que acabe el año para colocar aquí el cuaderno completo, he decidido colgar ya el cuadernillo del primer trimestre. Como un diario que es, cada entrada, que no siempre es monotemática y monotitular, va precedida por su correspondiente fecha.

Y ahí quede la cosa, enterrada en el blog.

La tragedia de Macbeth

Fui un vicioso del cine desde que tenía dientes de leche. O desde el seno materno, no sé bien. Y vi todo el que pude. Que no fue mucho, para mi infatigable afición, pero fue algo.

La cual afición duró hasta la edad adulta, llamando así a la que tenía cuando comencé a trabajar como profe de instituto, que, además, coincidió con el comienzo de la crianza de mis hijas.

A partir de entonces no hubo tiempo para tanto cuelgue; y me desenganché.

Mi modo de mirar una buena peli se volvió austero y resignado, pero no menos atento. Veía fragmentos de películas, en la tele, claro, y tenía suficiente criterio para saber si eran excelentes aunque viera sólo el cacho que me tocaba. Prescindiendo del resto. Al fin y al cabo, de todo en la vida tenemos un conocimiento fragmentario, incompleto, hecho de retazos mayores o menores, más o menos entrelazados.

Y como sigo viendo cine con ese fragmentarismo, anoche vi, sólo, la hora final, aproximadamente, de Macbeth, la película del director Justin Kurzel, con música, impresionante, de su hermano Jed Kurzel.

Que esté montada sobre la obra de Shakespeare, parece que ya tiene que ser una garantía de calidad. En este caso lo es.

El texto shakespeariano se aligera, pero mantiene su fuerza poética. Y las imágenes, la actuación de los personajes, los paisajes, la música, tienen una intensidad apabullante.

Cuánto tiempo ha pasado desde que oí por primera vez la premonición de la tercera de las brujas (fatídicas en la película de anoche): “Salve, Macbeth, tú serás rey”. Fue en uno de aquellos remotos programas de Estudio Uno, sentados ante la tele de nuestro amigo Juan Sisinio. Tenía que pasar un puñado de años antes de que hubiera tele en casa de mis padres.

En fin. Seguiré, mientras pueda, viendo fragmentos de películas, y disfrutando con ello, siempre que la pieza sea de una calidad similar a la de anoche.