Anuncios
  • Páginas

  • Archivos

  • febrero 2018
    L M X J V S D
    « Ene    
     1234
    567891011
    12131415161718
    19202122232425
    262728  

La penosa ortografía

No he leído, a pesar de su brevedad, la carta de Javier Fernández a Pablo Iglesias. La vi, cansado y somnoliento, en la edición de El Mundo, en la que ya aparecía con los mil o mil y tantos circulitos típicos de las correcciones ortográficas.

Santiago González escribía de esta carta en su columna de ayer (en el mencionado periódico):

Dejando al margen el hecho lamentable de haya diseminado las comas a voleo, como si fuera un sembrador de avena, esa carta es el documento más sensato que ha salido de Ferraz en los últimos dos años.

Pero a uno no le queda más remedio que objetar (aparte el ‘que’ ausente: Santiago González escribe muy bien): no tan sensato, si descuida tan ostentosamente aspectos tan básicos para la buena escritura.

Una carta, además, que, según todos los indicios, recibió toda la prensa al mismo tiempo que su destinatario. No era, por tanto, una carta a Iglesias, sino una carta a todos los españoles.

De todas formas yo no escribiría aquí nada sobre este penoso asunto, si no hubiera encontrado ayer (a las 16:35), en la web de Casa del Libro, la presentación del último (por ahora) de Juan Eslava Galán, escrita así, tristemente tal cual:

 

Un libro riguroso y ameno que nos ayudara a entender la Revolucion rusaEl triunfo de la Revolucion rusa transformo el mundo y fue trascendental para la historia de la politica contemporanea. Este libro, riguroso y ameno, nos ayudara a entender los motivos que provocaron el derrocamiento de los Romanov y el triunfo de la Revolucion.Fiel al estilo divulgativo y riguroso de Juan Eslava Galan, el lector encontrara en estas paginas un relato trepidante, divertido, emocionante, lleno de intrigas, conspiraciones palaciegas, motines, atentados, creencias casi esotericas y enredos de todo tipo para explicar los antecedentes y los porques de la Historia. Una obra que se lee como una novela y que cuenta con detalle las biografias de sus protagonistas. Bolcheviques y zares, lujo y miseria, para abordar las luces y las sombras de este periodo trascendente.Conoceremos el origen de la familia Romanov; sabremos que le paso a Karl Marx; sufriremos con la miseria de los campesinos rusos; y aprenderemos a entender lo que significo el domingo sangriento, autentica mecha de la Revolucion, entre otros muchos acontecimientos.

Un texto que sin duda es copia (mala, pésima) del que aparece en una de las solapas de la edición en papel. En la página de Amazon aparece el mismo texto, sólo que bien copiado. Así que me compraré el libro en Amazon: me fío más de quien hace las cosas bien.

Anuncios

El mismo cielo

Emulando —o imitando servilmente— al maestro Martín, me admiro pensando en la cantidad de temas que hoy podría tratar en estas líneas (si yo supiera algo de esos temas): que ya están a la venta las entradas para las corridas de la feria, que ayer ganó el Real Madrid, que los curas hacen su agosto en mayo con las comuniones, que Francia nos tiene a los europeos con el corazón en un puño.

Pero, como nada sé de esos temas, voy a escribir de otro tema del que tampoco sé nada, pero que al menos lo he visto en los dos últimos días, los dos primeros de mayo: una teleserie de una temporada y seis episodios titulada El mismo cielo (The Same Sky).

A mí, sin fijarme en los títulos de crédito, me ha parecido una teleserie alemana, a pesar del título en inglés. No sé, será una coproducción.

Y me ha resultado una sencilla lección de Historia. Historia Contemporánea con mayúsculas, pero también con minúsculas, contemporánea o coetánea respecto a mí mismo, pues el protagonista cumple 25 en el 74 (mes más, mes menos), cuando yo cumplía 23: me lleva dos años; y vivía en Berlín (en uno de los dos Berlines que había entonces, tan distintos) y se había preparado para ser un espía, mientras que yo vivía en un pueblecillo de Granada, tan cercano a la ciudad que me permitía ir cada día a mis clases como alumno de Filología. Cada día excepto los que tenía resaca, por haber estado bebiendo durante la noche anterior con mis amigos Falín y Cipriano, o con cualquier otra vida perdida y perdularia que por las tabernas de Gójar se moviera.

La historia que esta teleserie nos cuenta puede verse —yo así la he visto— como un símbolo anticipado de la caída del Muro y de la reunificación de Alemania (lo que ocurrirá unos quince años más tarde), así como de la posición central de esta Alemania reunificada en una Europa que camina en el tiempo por la senda de las libertades políticas y sociales.

Y nada más diré del argumento ni de los personajes. A ver, de éstos sí, diré algo: todos, hasta los que parecen más ambiciosos, o lacayunos, o torpes, o cobardes, están vistos con indulgencia. Hay que perdonar, tenemos que perdonarnos las propias debilidades, y seguir adelante.

Golpes bajos

Es el título de la tercera novela (y última por ahora) de David Gistau, la cual un servidor terminó de leer ayer: de leer con fruición, con gusto, con entusiasmo.

Recuerdo —de hace ya muchos años, quizá en uno de los primeros del presente siglo— que una mañana me emparejé, Saladillo alante, camino del instituto, con un alumno de los mayores, de los de 2º de Bachillerato. Y recuerdo que en un momento de nuestra breve charla, quizá sin venir del todo a cuento, este alumno me soltó: “Hay que ver lo bien que escribe Gistau”. Una salida en la que su profe de Lengua captó la trisemia: el choteo del profe, que les hablaba con tanta admiración del joven columnista, el deseo de quedar bien ante el profe, y, finalmente, la ponderación sincera.

Era un alumno muy inteligente, aunque protegía su gran laguna —las Matemáticas— con una intransigencia maniática. No sé cómo le irá ahora: ojalá que muy bien.

A David Gistau seguro que le va bien, aunque quizá no tanto como a él le gustaría, quizá no tanto como se merece. No creo, por ejemplo, que le hayan dedicado una reseña los de Babelia, en El País.

Otra anécdota. A los pocos días de aparecer en prensa una entrevista a Gistau, sin duda de las acordadas con la editorial de la novela —La Esfera de los Libros—, entrevista en la que comentaba que había escrito la novela en la cafetería de El Corte Inglés —toda persona que en su casa ha tenido que repartir su tiempo entre trabajo y crianza, sabe de los agobios que se llegan a pasar—, a los pocos días, digo, de publicarse la entrevista, quiso la Marga comprar la novela en la librería de El Corte Inglés, pero allí no sabían nada de la tal novela.

En fin, parece que, de las dos novelas anteriores, la primera, A que no hay huevos (2004) está difícil de encontrar; pero no la segunda, Ruido de fondo (2008). Y esta tercera, de este año, todavía conserva el calor y el olor de la imprenta.

Yo sigo leyendo a Gistau con la misma delectación con que lo leía en aquellos años de la referida charla con mi alumno, aunque el escritor ha ido cambiando de periódico: de La Razón pasó a El Mundo, y después al ABC; pero, ya en tiempos de ediciones digitales, era fácil encontrarlo.

Recomendación final: no veten ustedes a un escritor porque creen que su mente no se ajusta a la línea editorial de su periódico preferido; no clausuren ustedes ninguna puerta dentro de su propia mente; que a ustedes, como a Terencio, todo lo humano les interese.

Raúl del Pozo

Muy perplejo me dejó ayer la columna de Raúl del Pozo en El Mundo. La tituló “No escribir gratis”; y, efectivamente, la gratuidad a la que se refiere aquí el adverbio es la ausencia de compensación pecuniaria.

Si no vas a cobrar por ello, nos dice, no escribas, porque harás competencia desleal, peor, harás dumping, peor, harás el gilipollas.

Yo no sé si este teclista, peñolista, escritor o periodista, que ocupó en la “contra” de El Mundo el espacio que dejó vacante Francisco Umbral con su fallecimiento, yo no sé si este Raúl del Pozo se ve a sí mismo en situación tan precaria en lo económico; creo que habla más bien de no pocos de sus colegas que han caído arrumbados en el paro, sin que ningún empresario o editor esté dispuesto a pagar un euro por lo que escriben.

Debe de ser horrible verse llegado a una edad avanzada y sin ingresos, y peor aún, con cargas familiares. Debe de ser muy duro para quien antes ha gozado de una posición holgada o al menos suficiente; y de pronto siente que todo se desmorona a su alrededor.

Pero, Raúl, no pidas a los que escriben sin cobrar que no escriban. ¿Le pedirías algo equivalente a un aficionado a tañer la guitarra, a cantar, a dibujar, a jugar al fútbol?

Son esos que practican tu arte por afición, no por oficio, los que mejor preparados están para valorar tu obra, para pagar unos euros por ella, para decir a tu patrón, con su asiduidad, con su admiración, que tu escritura merece la paga.

Yo, que a ratos me divierto tecleando en este blog, podría leer gratis tu columna, pues tu periódico la cuelga en su edición abierta, pero la leo en la edición de pago porque estoy suscrito a ella. Leve carga económica, la suscripción a la edición digital, que yo llevo con gusto, para colaborar a que tu periódico y sus periodistas sigan siendo lumen mundi Deo gratias.

De esta especie

Mi amigo —desde la infancia— Juan Sisinio Pérez Garzón, catedrático de Historia Contemporánea, publicó en 2011 una Historia del feminismo (Catarata) que yo compré en seguida y leí atentamente. Libro que aquí tengo otra vez, sobre la mesa; y es posible que lo relea antes de cederlo a un segundo lector (o lectora) que ahora me lo ha pedido.

Fue omisión imperdonable que, cuando lo leí, no le hiciera a su autor ningún comentario, ni amplio ni breve, sobre su concienzudo y documentado trabajo.

La razón de tan afrentosa omisión fue que mi punto de vista personal sobre el tema se desmarcaba bastante de lo que yo consideraba la idea central del feminismo: que la tajante separación de roles sociales entre hombres y mujeres ha convertido a la mujer en la perdedora, cuando no en la víctima, y al hombre en el beneficiario.

La separación de roles en las sociedades primitivas eran explicables desde la lógica de la protección de la especie: en una especie de animales mamíferos, la hembra, portadora de mamas para amamantar a las crías, se queda en el refugio o en sus aledaños, con sus cachorros, para ponerse a resguardo en cuanto se aviste algún peligro; y el macho, de mayor fuerza física, se organiza para la caza que se convertirá en el alimento, o para la batida que hostigue a un enemigo.

Pero yo no consigo ver que esa arcaica separación de roles haya dado más ventajas a los machos que a las hembras. ¿Cuántos miles de machos han perdido la vida en explotaciones mineras, desde que en el mundo existe la minería, o a consecuencia de enfermedades contraídas en ellas? ¿Y cuántas hembras? ¿Cuántos miles de jóvenes machos perdieron la vida en el desastre de Annual, en dos o tres días de julio de 1921? ¿Y cuántas hembras?

La evolución de las formas de vida de esta especie de mamíferos (principalmente en los dos últimos siglos, con la revolución industrial y el rápido desarrollo tecnológico) ha hecho cada vez más innecesaria e inconveniente la estricta separación de roles, y más provechosa la convivencia y la colaboración. La crianza y educación de los hijos es responsabilidad compartida del padre y de la madre, la economía y manutención del hogar es necesidad compartida igualmente por los dos.

Por otra parte, continuamente constatamos que esta especie a la que pertenecemos no es una especie angelical. Sí: es capaz de sacrificios altruistas hasta el heroísmo; pero también de actos criminales, abominables. Y para estos últimos (no sé si también para los primeros) tiene ventaja el que posee la mayor fuerza física.

Pero en las sociedades modernas, con el desarrollo tecnológico, también ha ido creciendo y desarrollándose otro factor importantísimo: el Estado y su monopolio de la violencia. En el segundo ejemplo que pusimos más arriba, el del desastre de Annual, esos miles de jóvenes españoles, salvo unos pocos de la oficialidad y los mandos, no fueron voluntarios al matadero del norte de África: los llevó a la fuerza papá Estado.

Un individuo de la especie humana puede hacer mucho bien y también mucho mal. El Estado, dotado de una fuerza incomparablemente mayor, puede hacer muchísimo bien, pero también muchísimo daño.

En general, a pesar de los horrores que cada día leemos en la prensa, las sociedades humanas han evolucionado bien: hacia una mejor convivencia. Pero Papá Estado (como muchos padres y madres con un sentido pervertido de la crianza y la educación de su prole) tiende a infantilizar a los ciudadanos (¡y ciudadanas!); a hacerlos incapaces, inmaduros y permanentemente dependientes. Porque cuanto menos poder legítimo administren los propios ciudadanos, mayor poder detentará el Estado.

Ante la lacra de los maltratos y abusos machistas que sigue azotando incluso en las partes más desarrolladas y civilizadas del mundo, ¿por qué no se llevan a cabo campañas para optimizar la capacidad de autodefensa de las mujeres?

En la literatura reciente, dos personajes femeninos han seducido a infinidad de lectores (¡y lectoras!) con su amplia gama de capacidades para la defensa y el ataque (al margen de las leyes vigentes, por supuesto): la Lisbeth Salander de Larsson y la Aomame de Murakami. Ojalá las dos sean, durante el tiempo que haga falta, un estímulo para la autodefensa de las mujeres y una advertencia para las torpes tentaciones de algunos hombres.

Felicidad para todos

Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante

(Ev. San Juan, X, 10)

 

Para los niños:

Que tengan madre y padre, y abuelos y titos y primos: una amplia familia que les haga sentirse seguros y a salvo de toda intemperie. Que reciban regalos (no tantos que su misma abundancia los devalúe), y entre ellos siempre haya un libro adecuado a su edad.

 

Para los jóvenes:

Que, además de familia y sabios profesores, tengan amigos; buenos amigos: los que ven y admiran las virtudes del amigo, y son comprensivos con sus defectos. Que no sufran las penas del amor no correspondido, sino las alegrías del que sí lo es.

 

Para los padres:

Que se tengan y se sostengan el uno al otro. Que su trabajo les sea remunerado suficientemente, de modo que puedan aportar a sus hogares los medios necesarios para un desenvolvimiento digno.

 

Para los mayores:

Que no les faltan las fuerzas para apañarse a sí mismos y para ayudar a los próximos. Que tengan la satisfacción de verse escuchados atentamente cuando hablan, para que el caudal de su experiencia no se convierta en desperdicios.

 

Para todos:

Que ningún mal golpe de la mala fortuna les sea asestado en los días felices; y el tiempo de la dicha cumpla con sus funciones de aportar únicamente, en toda su gama de matices, felicidad.

 

Toda una biblia

En mayo de 2015 me regalé De animales a dioses, de Y. N. Harari. No sé —cuestión secundaria, ciertamente— a partir de qué edición ha empezado a aparecer con el antetítulo Sapiens. En la mía no aparece. Bueno. El caso es que lo he leído y lo he releído. Y pensado que ningún libro me había parecido tan luminoso y tan divertido en los últimos veinte o treinta años. Siendo un libro de historia, yo lo encuentro de un alto nivel literario. Tratando de temas tan serios, está completamente sembrado de sonrisas.

Iba ya a comenzar, sin mayor postergación, mi tercera lectura del mismo, cuando me llegó en la prensa la noticia y la reseña de lo que sin duda es su segunda parte: Homo Deus. Si el primer volumen apareció con el subtítulo de “Breve historia de la humanidad”, este trae el de “Breve historia del mañana”.

Ya le he dado el primer repaso. Ahora los dejaré reposar una breve temporada y, a continuación, espero seguir teniendo salud y vista suficientes para releer seguidos los dos volúmenes, tan bien cuidados ambos, en su presentación y encuadernación, por el grupo editorial al que pertenece Debate.

¿Tenéis, entre vuestros familiares o amigos especiales, a alguien con inquietudes intelectuales, con afán de aprender, capaz de disfrutar leyendo? Regaladle los dos volúmenes. Ahora que se aproxima la compra de la lotería de Navidad, en la que siempre participamos y en la que nunca nos toca nada sino pagar, cambiemos nuestra participación en el espejismo de la lotería por la adquisición de los dos valiosos volúmenes. Para un familiar o amigo, o quizá mejor para nosotros mismos. Este magnum opus de Harari no es un espejismo, sino un espejo en el que vemos reflejado lo que anuncian sus subtítulos. Por supuesto, no pensemos que en el segundo volumen el autor se dedica a lanzar aventuradas o desventuradas profecías sobre el futuro de la humanidad. Simplemente nos enseña a entender mejor nuestro presente, a mirar al futuro con un atisbo de luz.

Uno, que no ha rechazado de manera sistemática aquellos libros en los que el buen humor escasea o está ausente —los libros de Antonio Muñoz Molina me encantan, y mira que es sosito el muchacho— tiende a valorar más positivamente aquellos en los que el autor ha sabido imbuirse de un sabio sentido del humor para dirigirse a sus lectores. Encerrando con llave sus acritudes y enfados. ¡Quién no padece de frustraciones, negros días, desconsideraciones, malas patas y agrias leches! Pero al lector hay que hacerle llegar lo mejor.

Es lo que ha hecho Harari.