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Radio Clásica

El cura del pueblo, el que lo fue entre mis seis y mis once años, seguramente adolecía de defectos, como todo el mundo; pero hizo algo hermoso: compró un tocadiscos para la sacristía y un equipo de megafonía para la torre de la iglesia. Y, en las mañanas festivas, llenaba los aires de la rústica aldea con las divinas músicas de Grieg, de Mendelssohn, de Schubert.

El siguiente cura, don Ángel Peinado, fue párroco durante muchos más años. Y también era un gran aficionado a la música clásica. Incluso diría yo que su familia estaba llena de melómanos. Con él fui monaguillo durante su primer año en la parroquia. En la escuela del maestro don Antonio, don Ángel seleccionó nada menos que a diez niños para que fueran sus acólitos; y, probablemente porque se informó del triste ambiente que reinaba en la escuela –éramos salvajillos–, nos sacó de ésta y nos daba las clases en su casa, con la ayuda de su madrina y de alguna catequista. A veces usaba la palmeta, para que los verbos entraran en nuestras cabezas más deprisa, pero, en los ratos de calma y reposo, no era raro que nos soltara una plática con fondo de sonata beethoveniana.

Luego vinieron mis cinco cursos de seminario, donde la música, clásica o sacra, siempre estaba presente. La llegada, al seminario menor de Cuevas del Almanzora, está en mi recuerdo asociada a la Pequeña serenata nocturna, de Mozart. Ésta fue la primera pieza que nos puso don Jesús Peinado, hermano, claro, de don Ángel, en el rato de recogimiento y lectura que, sentados todos en el suelo de la cocina, seguía a la cena. Y el final de mi etapa de seminarista lo asocio con Las cuatro estaciones, de Vivaldi. Estábamos haciendo “ejercicios espirituales” en el seminario de la sierra, en el Hotel del Duque. Ya estaba yo en quinto curso, tenía dieciséis años; y, paseando por aquellos deliciosos parajes y oyendo las ráfagas de Vivaldi que llegaban del seminario por los altavoces exteriores, decidí cambiar de ambiente, y pasar a los estudios seglares.

La música clásica quedó algo preterida por algunos años. Creo que ello duró hasta que tuve mi propio radiocasete; entonces compraba cintas vírgenes, mucho más baratas, y las grababa de la radio.

Eran los tiempos en que estaba empezando Radio Clásica, que todavía era La 2 de Radio Nacional de España. Desde entonces, no por tiempos muy prolongados (casi nunca me he puesto música mientras leía o estudiaba), me ha proporcionado momentos de grata compañía. Así que nunca me suelto del todo de esta estupenda cadena, tendría que quedarme sordo para que tal cosa sucediera.

Ahora, en la penosa coyuntura de estas semanas en las que andamos todos con el corazón encogido por la guerra que arrasa un país de nuestra vieja Europa, amigo, te lo recomiendo: un rato escuchando Radio Clásica (cualquiera de sus programas, son todos buenísimos) te puede aportar compañía, paz, dulzura, conocimiento, equilibrio y armonía.

Redondilla

COLOFÓN

Mira si es poco sensato
este arte nuestro que para
que tú contemples tu cara
te ofrezco mi autorretrato.
(Último poema de Manzanas robadas, de Miguel d’Ors)

Hacía siglos que no leía poesías, y menos escribía versos –ni prosa– de ningún tipo, como prueba este blog, ha tantos meses abandonado. Pero ayer sentí el impulso de volver a Miguel d’Ors, a mi admirado d’Ors. Primero, a ver si tenía algo nuevo publicado; y lo tiene: Viaje de invierno (2021, Renacimiento). Y leo la reseña que le hace José Luis García Martín. Y veo que profesor y crítico tan sabio y exigente se quita el sombrero, es un decir, ante la nueva obra del veterano poeta. Me la regalaré. Pero no antes de releer, otra vez, los dos libros anteriores, que los tengo aquí, a mano. Y, asombrado, maravillado y gozoso, comienzo por Manzanas robadas (2017). Mañana le tocará el turno al precedente, Átomos y galaxias (2013).

Una anécdota de ayer, en el ámbito familiar, me trae ahora a este último poemita, “Colofón”, del primer libro mencionado. Colofón, o sea, remate, final, despedida del lector.

El poeta se vale, para tal despedida, de la tradicional, humilde y sencilla redondilla. Pero, claro, el poeta la trabaja a su manera. Respeta, sí, pulcramente, la preceptiva, pero echa mano de recursos propios para hacerla parecer algo distinto, novedoso, personal. Desde la cuasilocución consecutiva, ponderativa, inicial, tan coloquial, de tanto uso popular “mira si”, hasta las sucesivas aliteraciones (el verso tercero parece un trabalenguas) y hasta el fuerte encabalgamiento entre los versos segundo y tercero, que separa (y une) no ya una preposición de su término, sino los dos componentes de una locución conjuntiva de finalidad, “para que”. Así que nos suena novedoso el ritmo de estos octosílabos, no consabido, rutinario, habitual.

Pero aún no hemos dicho nada del contenido. ¿Qué nos dice el poeta en esta redondilla de despedida? ¿A qué autorretrato se refiere en el último verso? A cuál va a ser, amigo, al que el poeta ha hecho de sí mismo en este poema y en los treinta y cuatro que lo preceden y que constituyen el poemario. El poeta se ha retratado en sus aficiones, predilecciones, inquietudes, arrobamientos, fidelidades, felicidades e infelicidades. ¡Ah!, y en su manera de expresarlas, de contarlas. De presentártelas a ti, a mí, al lector, sin el cual el libro no sería tal. “La mitad del libro la pone el lector”, es una frase que se reitera en las novelas del protagonista Melchor Marín, del que acaba de salir la tercera (El castillo de Barbazul, Javier Cercas, tendremos que regalárnosla también). Pues bien, si eso ocurre con una novela, qué diremos de un libro de poemas sino que la mitad del libro la pone el lector. El lector que ha seguido, verso a verso (sí, Antonio Machado), paso a paso, poema a poema, cada vivencia del poeta, y ha contemplado el cuadro que ha dejado de cada una de ellas. Y el lector se ha ido identificando, he aquí la palabra clave, se ha ido haciendo un igual al poeta. Aquí tiene lugar un grado de identificación mayor que el que expresa Baudelaire cuando llama al lector “mon semblable, mon frère” D’Ors no llama al lector “mi similar, mi hermano”, le dice “yo soy tú y tú eres yo”.

Y yo me pregunto ahora: esta aproximación hasta la identificación total ¿sólo se puede hacer entre poeta y lector? ¿No se puede hacer entre vecino y vecino? Si los humanos somos todos tan parecidos… ¿Por qué, entonces, nos dedicamos tanto a alimentar, a engordar, a ponderar esas mínimas diferencias? ¿Para justificarnos cuando consideramos enemigo a nuestro hermano, a nuestro vecino, a nuestro igual?

Conozco algunos casos de hermanos mellizos o gemelos que son enemigos irreconciliables. ¡Qué triste! Pero en estos días de pesadumbre y angustia por los acontecimientos que están teniendo lugar en el este de Europa, cómo no sentirnos abatidos por la amarga paradoja de que el gobierno y el ejercito de Rusia estén invadiendo, destruyendo, machacando, a los que son geográfica, étnica, cultural y lingüísticamente más cercanos a los rusos. ¡Hala!, no seamos iguales: homo homini lupus.

Pues no: homo homini geminus, aequalis, frater.

Volvamos, para terminar, al comienzo, a la redondilla de d’Ors. Y ahora, cómo no recordar aquel verso de Lope de Vega en el Arte nuevo de hacer comedias: “y para las de amor las redondillas”. Se refiere a las escenas de amor, en el teatro. Pues bien, eso es lo que le hace aquí el poeta al lector para despedirse: una escena de amor.

Reencuentro

Abro este blog y constato que lleva abandonado, por este su gestor, algo más de cuarenta días, tras la publicación de esa foto de la poda del falso pimentero. Sí, soy yo el de la foto; me la hizo mi señora Marga, que estuvo en vilo, temiendo el cebollazo, mientras yo cortaba ramas: para parar por una temporada la expansión del imparable árbol.

Alguna entrada anterior a la foto hace referencia al acontecimiento familiar más destacado de los últimos tiempos: la llegada al mundo de nuestro nieto, que ya anda –más bien habría que decir que repta– por los siete meses, y está hecho un becerro de sano, de fuerte y de guapo.

Mi última –por ahora– aventurilla en la escritura ha sido la de redactarle, ¡ya!, a este nieto, una carta-libro en la que le cuento cosas de mi infancia, y de sus parientes de entonces por esta parte de la familia.

Una carta cuyo destinatario no la va a leer en los próximos ¿siete, ocho, diez años? Espero que sí la lean su madre y su padre, y que decidan guardársela para cuando crean que el niño ha llegado a la edad adecuada para su lectura, aunque tenga que contar, para algunos pasajes y personajes, con la ayuda interpretativa de su madre.

En cuanto a mis aventuras como lector –quito aquí el sufijo diminutivo que no se merecen los autores-, diré que, mirando en la estantería el hueco que debía corresponder al tercer volumen de la trilogía Los hijos del desastre, que no me decidí a comprar en cuanto salió, ahora sí, me lo regalé-regalaron para el Día del Libro; y ya lo he terminado. ¡Cómo no recomendar esta trilogía! Lemaitre es un novelista impresionante, rico, documentado, divertido, genial.

Cuando empecé la lectura de este espejo de nuestras penas, dejé a medias la relectura, en Kindle, de El corazón del mundo, de Peter Frankopan.

Me decidí a releerlo al saber que había publicado después otra gran obra de historia mundial, Las nuevas rutas de la seda. Esperaré hasta el final de la relectura del primero para descargarme el segundo; si para entonces no me ha tentado más fuerte otra obra. ¡Hay tanto libro interesante por ahí, por aquí, por todas partes!

Hoy es Uno de Mayo. Una fecha tan simbólica y hermosa. Aquí ha amanecido radiante, con un sol que me llena con su exceso de luz esta mesa, y me obliga a mantener la persiana a media asta.

Ahora haré algunos ejercicios –suaves– en la terraza, para estirarme y oxigenarme; y esta tarde, si nada lo impide –un infarto, por ejemplo, que uno ya no es un niño– echaré mi buen rato de bici.

Querido lector curioso, que no sólo te has asomado a este blog sino que has llegado hasta el final de esta entrada: recibe mi abrazo agradecido.